05 julio, 2015

BÉSAME PRINCESA (I)


Septiembre 2014. Erótica.

Lucía no es una chica como las demás. Bailarina de profesión y luchadora, soñadora, descarada e impulsiva por pasión. Disfruta de la vida tal como le viene. No es la típica princesa que se deja deslumbrar.
Hans no es un chico como los demás. Enamorarse no entra dentro de sus planes. Descarado, picante, sabroso y dulce en ciertas dosis. No es el típico chico que se enamora a la primera de cambio.
A veces el camino más recto no es el que te lleva al amor.
Hans y Lucía tendrán que aprender a disfrutar de esas curvas y enamorarse.

PORQUE MIRAR NUNCA FUE TAN EXCITANTE.


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PRÓLOGO

Varios años atrás

«No tienes cuerpo de bailarina. Tus caderas son demasiado grandes, tus pechos despistarían a cualquiera y te sobran cinco o seis kilos. Ningún bailarín podría hacer ningún tipo de elevación contigo, así que despídete del ballet bonita».
Las palabras de aquella estúpida estirada retumbaban en mi cabeza mientras estaba sentada en aquel bordillo tratando de recuperarme del mazazo que me habían dado en la última audición. Después de tanto trabajo, de tantas noches preparando las rutinas, de destrozarme los pies y las malditas dietas milagro para tratar de perder un par de kilos, que aseguraba que habían acabado con mis neuronas, me cerraron las puertas en mis propias narices.
¡Estirada esquelética! Normal. Con ese moño tan tirante que llevaba, no dejaba que la sangre le llegase al cerebro. Muchas veces pensé en tirar la toalla pero me encantaba bailar y desde que había llegado a Los Ángeles, me había partido literalmente el culo trabajando y aprendiendo en la academia de Wen. Día y noche aprendiendo, practicando y luchando, para acabar siempre con la moral por los suelos tras cada audición. Si no era mi edad, era mi cuerpo y si no que no era lo suficientemente rubia de ojos azules. Vamos, que no había nacido para ser una estrella del Ballet Ruso. Coño, eso ya lo sabía yo, pero la forma que nos trataban, como si fuéramos ganado que va al matadero, me molestaba muchísimo. Y bastante me mordí la lengua para no decirle lo que realmente pensaba de ella. Zorra asquerosa. Autocontrol. Mmmmm. Yoga, mis lecciones de yoga eran lo que necesitaba en aquel momento.
Estaba sentada en el bordillo de una de las escaleras de incendio del edificio contiguo frotándome los pies, después de habérmelos machacado haciendo varios fouettes durante muchos minutos. Solo se oía «continúa, no pares, no pares, hasta que te sangren los pies». Maldita zorra malfollada.
—Esa es una hija de puta, no te preocupes por lo que te ha dicho. Ella ya está vieja y amargada. Lo único que quiere es joderte las ilusiones. —Levanté la cabeza y allí estaba Rose, mi compañera de la academia de Wen, mirándome con sus enormes ojos azules.
—Miraba más al coreógrafo que a nosotras. El grito que ha pegado cuando la otra chica se ha tropezado haciendo un cabriole —negué fuertemente con la cabeza—, que se ha torcido el tobillo al caer y ha ido al suelo, es inhumano. Coño, que es un paso de tíos. Ninguna chica lo puede hacer bien. —Resoplé fuertemente.
—Casi te echa de la audición por ir a ayudarla —abrió mucho sus ojos.
—Menudo grito me ha metido la muy zorra.
—No merece la pena que te mates en estas audiciones para que no pases de ser la segundona en cualquier obra de mierda. —Tiró su bolsa al suelo—. Yo estuve un año y medio en la compañía de esa señora y no pise ningún escenario. Pero me tenía que matar a ensayar. Hasta que te sangren los pies. —Cerró los ojos—. A ella le hacía yo sangrar pero la cara. —Pegó un puñetazo al aire.
—Eres única Rose —le sonreí y me levanté descalza. Tenía los pies amoratados y con algún corte gracias a las puntas.
—Sé que es una locura y desperdiciar tu talento es horrible pero yo tengo una pequeña academia. Llevo muy poquito con ella y estaría encantada de tenerte conmigo. —Levanté la vista—. Eres muy buena y siempre tienes grandes ideas. Sé que Wen me matará por llevarte a mi academia pero es una buena oportunidad. Podrás dar clases de lo que más te guste, no solo relacionado con el baile. Sé que tocas más palos y hay muchas de esas ideas que me gustaría explotar. Yoga. —Le miré sorprendida por que lo supiera—. No me mires con esa cara. Te he visto cuando acabamos las clases relajándote. —La miré unos segundos y ni me lo pensé.
—Tendría que hablar con él pero puedo seguir yendo a sus clases y trabajar para ti, aunque nunca en mi vida he dado clases de ningún tipo. —Me puse las zapatillas.
—Vamos a tomar algo y lo hablamos. —Me pasó el brazo por los hombros.
—No puedo, he quedado con un amigo para tomar una copa. —Sonreí.
—¿Está bueno? —me miró con sus grandes ojos muy abiertos de nuevo.
—Podría decirse que puede perfectamente, romper nueces con el culo. —Nos reímos—. Y creo que tiene un amigo, que no está nada mal Rose. —Me pasé los dedos por la boca.
—De acuerdo, de perdidos al río. Necesito darle alegría a este cuerpo o se me acabará cayendo a cachos.
Terminamos el desastroso día en un local los cuatro riéndonos, bebiendo y empezando una noche inolvidable. Me reía mucho con Rose y con esa boquita de piñón. Cualquier cosa que se le pasaba por la cabeza, lo soltaba sin pensarlo. Y eso es lo que nos unió en la academia de Wen. Soltar por nuestra preciosa boquita todo lo que pensábamos. Por eso nos llevábamos tan bien. Aunque a veces nos matásemos, aunque a días nos odiásemos, era una relación de amor-odio en la mejor de las versiones.
El local en el que estábamos no era un local muy normal. La fiesta era un tanto extraña. Las parejas se besaban en cualquier esquina y sus manos se introducían por la ropa sin miramientos. Nos dimos cuenta las dos a la media hora de llegar, pero estábamos tan bien acompañadas, que nos dio igual.
—Chicos voy un momento al baño. —Miré a Charlie queriendo saber dónde estaba.
—Al fondo, cruzas el pasillo largo y a la derecha. —Me agarró dulcemente del brazo.
—Gracias. —Les guiñé un ojo.
Mientras iba hacia el baño, vi a varias parejas que habían pasado de la primera base y estaban haciendo un home run completo. Al girar la esquina me topé con una pareja semidesnuda. Paré en seco y me quedé detrás de una columna. Dentro de mí se despertó una curiosidad, que siempre había tenido, pero que nunca había dejado salir del todo. Siempre había tenido esa inquietud de ver a otra pareja disfrutando. Pero antes de aquel momento no lo había hecho o al menos de una forma tan descarada. Dentro de mí se encendió una llama de excitación que no podía apagar simplemente dejando de mirar. Me asomé por una esquina de la columna y les observé. Como él le besaba las tetas por encima del sujetador, sacándoselas y tirando de sus pezones. Me llevé las manos a los míos y estaban como los de ella. Esperando a que alguien les prestase un poquito de atención. Me estaba excitando solo con verles y parte de mí, quería estar allí con ellos. Al notar cómo ella arqueaba la espalda para recibirle me di cuenta que estaba tan excitada como ella. Dios mío. No podía dejar de mirarles. No podía apartar mis ojos de ellos dos, ni las manos de mi cuerpo.
—¿Vas a empezar una fiesta sin mí? —miré para arriba y allí estaba Charlie. Mi rubio de ojos azules y metro noventa.
—No, yo… —traté de excusarme sin éxito—. Iba al baño y… —me quedé sin palabras.
—Te has quedado observando el festín que se están dando. ¿Te excita verles? —volví a mirar a la pareja detenidamente.
—Sí, siempre he tenido curiosidad pero la verdad es que nunca había observado con tanto detenimiento. —Ahora ella estaba encima de él jugando muy fuerte.
—Pues disfrutemos de tu curiosidad nena.
Guie las manos de Charlie hasta hacerlas llegar entre mis piernas. Sus dedos se introdujeron dentro de mí lentamente, acariciándome el clítoris y haciéndome gemir. Se deshizo de mi vestido, dejándome en ropa interior, a la vista de cualquiera. Otra vez ese hormigueo en mi estómago. No solo me ponía cachonda ver a otras personas follando, me excitaba que nosotros pudiéramos ser observados.
En aquel momento descubrí que mi curiosidad era más excitante cada noche que pasaba con Charlie. Así descubrí que en Los Ángeles, la ciudad de las estrellas, éstas no solo se podían ver en el paseo de la Fama. Con Charlie aprendí a ver las estrellas cada noche. Esa fue la primera de muchas aventuras entre los dos.
Comencé a trabajar con Rose en la academia y la verdad es que era divertido. Poco a poco fui haciéndome a las clases, a los horarios y a las noches sin dormir gracias a Charlie. La academia se convirtió en mi segundo hogar y Rose en la hermana que nunca tuve. La verdad es que me salvaron poco a poco. Me salvaron de aquellas pesadillas que me seguían atormentando por las noches.
—Dios mío, me va a estallar la cabeza. —Estaba tumbada en el suelo de la academia.
—Necesitas descansar. Las horas aquí, las clases de Wen, las horas que metes en el bar y Charlie, te van a terminar matando. —Se empezó a reír—. Pero creo que Charlie lo hará de puro placer.
—Mi tía y Pablo necesitan el dinero. —Empezó a sonar mi teléfono—. ¿Quién será? ¿Si? —descolgué sin mirar la pantalla.
—Hola maitia. ¿Qué tal estás? —era mi tía Anita.
—Hola tía. Qué alegría escucharte. Ahora mismo estaba hablando de ti. —Sonreí pensando en ella.
—No me pitaban los oídos, así que supongo que sería algo bueno.
—Sí, más o menos. —Solté una carcajada.
—Mi amor, tenemos que hablar. —Me levanté y salí a la calle preocupada por su tono de voz.
—¿Qué pasa tía? —noté tristeza y preocupación en su voz.
—Me cuesta mucho decir esto, pero, no puedo hacerme cargo de Pablo. Se mete en muchos líos y la verdad es que soy incapaz de contenerle ya. —Me llevé la mano a la cabeza.
—¿Qué demonios te está haciendo? Este niño nos va a matar. —Noté cómo mi tía se callaba. Me senté en un banco pensando en la última vez que vi a Pablo.
—No tengo treinta años y no puedo seguirle el ritmo. Yo había pensado en que se podría ir a vivir contigo. Allí, a Los Ángeles. —Se le iba apagando la voz mientras me lo iba diciendo.
—¿Conmigo? —salté del banco en el que me había sentado—. Yo trabajo muchísimo para poder enviaros el dinero a España y no tendría tiempo para poder estar con él. Son muchas horas fuera de casa y —noté cómo comenzaba a faltarme el aire—. No es que no quiera verle, me encantaría, pero… Joder, suena fatal lo que he dicho. —Paseé por la acera pensando callada unos segundos—. Claro que sí tía. Tú ya has hecho mucho por nosotros y es hora de que me haga responsable de Pablo. Es mi responsabilidad ahora mismo.
—No es eso cariño, pero es que aquí no hay más que problemas, y creo que allí podría terminar sus estudios. Entrar algún día en una buena Universidad. —Noté cómo su voz se iba apagando de nuevo con tristeza.
—¿Tú estás bien? Me preocupa lo que me dices de no puedo seguirle el ritmo. Eres muy joven y ¿todo está bien?
—Claro que sí cariño —carraspeó—, pero pienso que allí puede tener más oportunidades y podría ser más feliz a tu lado.
—No ha querido hablar conmigo en estos años, me sigue odiando por abandonarle tía. —Pensé en las palabras de Pablo cuando me fui de España.
—No te odia. Solamente no entendió porqué te fuiste. Nos has estado cuidando a miles de kilómetros de distancia cariño. Recuperarás su amor poco a poco. No te preocupes por eso. —Cerré los ojos negando con la cabeza.
—Supongo que sí. —Resoplé fuertemente.
—Cariño, te llamo mañana y hablamos un poco, que me viene a buscar Hernando para hacer unos recados.
—De acuerdo tía. Te quiero muchísimo.
—Y yo a ti maitia. Recuerda que siempre os querré.
Me quedé unos segundos mirando mi teléfono. Mi tía no podía hacerse cargo de Pablo y era hora de que tomase las riendas de nuestras vidas y tratase de solucionar todos nuestros problemas.
Rose conocía cual era el verdadero motivo por el que yo estaba en Los Ángeles. Nos montamos en mi Mini y fuimos a ver el atardecer a la playa de Santa Mónica, cerca del muelle. Era una pequeña tradición. Cuando el día había sido una completa mierda o teníamos algo rondándonos la cabeza, terminábamos viendo el atardecer más bonito de la costa Oeste con un buen Frapucchino de Starbucks bien cargadito.
Puse la música y nos tumbamos en el capo mirando el horizonte. Comenzó a sonar “Today my life begins” de Bruno Mars. Era la canción más adecuada para aquel momento.
Voy a romper estas cadenas que me atan, la felicidad me encontrará. Dejaré el pasado detrás de mí, hoy mi vida comienza aquí. Un nuevo mundo me está esperando. Sé que puedo hacerlo. Mi vida empieza hoy.


1. REBELDE SIN CAUSA

Presente

Otra vez aquellos malditos recuerdos agolpándose en mi cabeza. Golpes, sangre y heridas por todo mi cuerpo. Eso era lo único que podía recordar cuando me desperté. Mi respiración agitada resonaba por toda la habitación. Me pasé las manos por los brazos como si quisiera quitarme los restos de lo que había soñado. Era como volver a estar allí, como si aquellos recuerdos no quisieran irse de mi cabeza. Por mucho que luchase contra ellos, aquella noche habían vuelto más fuertes y más duros que nunca. Hacía días que no tenía una de aquellas malditas pesadillas y en aquel momento habían vuelto de la peor manera posible a mis sueños. Desde que Pablo se fue vivir a Los Ángeles, cada vez que se metía en algún problema, las pesadillas volvían. Era como si me avisasen de que algo no iba bien. Unos recuerdos que después de tantos años había sido incapaz de quitarme de la cabeza. Todo aquello que me golpeaba años después, aparecía cuando menos lo esperaba. Recuerdos duros, amargos, llenos de dolor y que me hacían temblar como si volviera a ser aquella pequeña niña indefensa.
Una maldita llamada se añadía a la noche horrorosa en el trabajo y a aquella pesadilla. Apenas había dormido dos horas y tenía la agradable sorpresa de que mi hermanito estaba en comisaría. Me levanté maldiciéndole y chocándome con la mitad de las cajas de la mudanza de nunca acabar, que estaban desperdigadas por todo el suelo. Sandra, mi compañera de piso, estaba preparándose el desayuno sentada en una de las cajas que aún no habíamos abierto.
—¿Algún año de este siglo terminaremos de abrir estas malditas cajas? —le pegué una pequeña patada a una de ellas.
—Buenos días solete. —Susurró mientras se metía una cucharada de cereales en la boca.
—No me hables. ¿Hay café? —pregunté mientras buscaba las llaves del maldito coche.
—Sí. Has debido de pasar una noche terrible. Tienes unos pelos como sí acabarás de salir de una pelea. —Me acercó el café sin dejar de mirarme.
—Mal despertar. Me acaban de llamar de la comisaría. El señor, me meto en problemas cuando menos te lo esperas, está allí. En cuanto me lo eche a la cara lo mato. —Aún no me podía creer que estuviera detenido.
—¿Qué ha hecho esta vez? —Negué fuertemente con la cabeza cogiendo casi todo el aire de la habitación tratando de tranquilizarme.
—No lo sé. Pero que me llame Brad significa que algo muy malo ha debido de hacer. Si no, no se molestaría en tratar de sacarle del problema él. —Recogí las llaves, pegué un trago al café y salí pitando por la puerta.
Aún no había amanecido y ya estaba jurando en hebreo, mientras me montaba en el Mini para conducir veinte minutos para llegar a comisaría.
La primera persona que vi según entré en comisaría fue a Brad. Un gran amigo que trataba de hacerme la vida más fácil con mi hermano. Mi cara debió de delatar el estado en el que llegaba, porque antes de decir nada, tiró de mi brazo para meterme en la sala del café.
—Lucía, antes de que empieces a despotricar vamos a tomarnos un café, que no eres persona sin uno a primera hora de la mañana. —Le miré como diciendo que de acuerdo. No quería discutir con él—. No quieras crucificarle antes de que sepas lo que ha pasado. —No quería discutir pero lo iba a hacer.
—Pues si está aquí nada bueno. —Me dio uno de los cafés y al pegarle un trago casi lo escupo de las mismas—. Joder, qué asco de café. Normal que Sophie diga que no duermes a las noches. —Aparté el vaso.
—La sibarita del café. ¿Qué eres la prima perdida de Juan Valdés? —Sonreímos los dos y le negué con un fuerte suspiro.
—¿Qué ha hecho el delincuente en potencia? —aparté el café para sentarme en la mesa.
—Estar en un mal sitio en un mal momento. Ayer estuvo en el Lure.
—¿Cómo que en el Lure? Si es menor de edad. No puede entrar allí. ¿Cómo le dejaron entrar? —salté de la mesa como sí me quemase el culo.
—El problema no es cómo entró, el problema es lo que pasó dentro. —Trató de acercarse a mí y resoplé.
—Él y sus amigos los ricachones de Los Ángeles. —Pegué cuatros berridos en castellano, tacos incluidos.
—Alto ahí. Que cuando empiezas a blasfemar en castellano me das muchísimo miedo. —Me agarró del brazo y me abrazó—. Tranquila Lucía. Está bien. —Me pasaba las manos por la espalda tratando de tranquilizarme—. Solamente se ha metido en un pequeño lío que esperaba que no constase en ficha policial. Pero el dueño del local ha interpuesto una denuncia contra él por daños. —Me aparté de él rápidamente.
—¿Qué coño ha hecho? ¿Reventar la puñetera barra a cabezazos? —levanté los brazos.
—Sus amigos se dedicaron a romper algunas cosas en el local cuando les negaron las bebidas que pidieron. —Me agarró de la mano—. Tenemos que hablar con un compañero que se encarga de este tipo de cosas, porque la denuncia o lo que sea, va a llegar a trámite.
Mi cabeza comenzó a sacar humo y me parecía que estaba a punto de explotarme. Mi hermanito y sus malas compañías. Tantas veces se lo había dicho y tantas veces había pasado de mi culo. El hecho de haberle dejado aquel día en España, sin poder hacer nada más por él, parecía atormentarnos años después. Y él queriendo recordármelo día sí y día también.
Salimos de la sala y pasamos por delante de uno de los despachos donde los compañeros buenorros de Brad estaban hablando. Estaban todos como para secuestrarles y no pedir rescate. Vaya cuerpos tenía el cuerpo de la policía de Los Ángeles. Nota mental. Comprar pilas. Segunda nota mental. Centrarme.
Bajamos unas escaleras que nos dirigieron a una sala de interrogatorios apartada del resto. Cuando eché un vistazo para verle, casi me muero allí mismo. Su cara desmejorada por la fiesta y un gran moratón en el ojo derecho no mejoraron mi estado de humor.
—Ahora mismo no necesita tu versión más malota. —Tenía que respirar más despacio para no empezar a hiperventilar—. Estaba donde no debía, con quién no debía. Él solito va a pagar las consecuencias de sus actos. Los padres del resto de chicos ya se han encargado de llamar a sus abogados para que queden en libertad sin cargos. —Puse los ojos en blanco—. Tu hermano va a tener que apechugar con algo que realmente no fue su culpa. —Me miró a los ojos acariciándome la mejilla—. Puede que esto que le va a pasar, le haga ver la realidad. El susto que se va a llevar cuando sepa lo de la denuncia, le hará empezar a valorar más su vida.
Le había dicho a mi hermano que aquellos amigos no eran buena compañía como dos millones de veces. Que su única preocupación era gastar dinero y pasárselo bien. Jugar a ser adultos y aprovecharse de cualquier jovencita que se les pusiera a tiro. Pero no hay más sordo que el que no quiere oír. Y mi hermano en ese caso, estaba como una puñetera tapia.
Cuando entré en la sala se limitó a agachar la cabeza y a cruzarse de brazos.
—Pablo —me acerque a él y le agarré suavemente de la barbilla obligándole a mirarme—. ¿Qué ha pasado? —me quedé mirándole unos segundos esperando su respuesta.
—Nada. —Me lanzó una mirada tan altiva que le habría dado un sopapo en aquel mismo instante.
—Ese moratón no me parece nada. Sé que esperas que me ponga como un basilisco pero no lo voy a hacer. Estoy demasiado preocupada por ti en este momento. No sabes en el lío que te han metido. —Traté de pasarle una mano por el brazo y se apartó.
—Pues no deberías preocuparte. Sé cuidarme solito. No me hace falta tu caridad. —Me miró y vi algo diferente en su mirada.
—¿Mi caridad? —Solté un grito sin poder controlarme más—. Eres mi hermano y siempre me voy a preocupar por ti. Porque te quiero y no... —dejé de hablar al ver a Brad entrando en la sala.
—No sabes nada Lucía. Estás demasiado ocupada como para saber lo que pasa. —Dijo medio gritando.
—Mira señorito no necesito ayuda. He prometido no ser la madrastra de Blancanieves pero me lo estás poniendo demasiado difícil. —Me sacó de mis casillas con su tono de voz—. ¡Mírame cuando te estoy hablando! Prometí cuidarte cuando mamá... —no pude terminar la frase porque se me puso un nudo en la garganta recordando todo.
—Pues no lo hiciste dejándome allí solo.
Nuestra historia no era un cuento de hadas llena de unicornios, flores y recuerdos felices. Un pequeño resumen del final. Después de lo que pasó tomé la decisión de quitarme de en medio. Gracias a mi tía me fui a estudiar a Estados Unidos a una gran academia de baile. Un amigo suyo de la juventud tenía una de las mejores academias en Los Ángeles y decidí que era lo mejor. Tratar de buscar una vida fuera de España, alejándome de aquel horror, trabajando para que a mi hermano y a mi tía no les faltase de nada. Mi hermano después de lo que nos pasó, no me quería tener cerca. Fue la decisión más difícil que había tenido que tomar en mi vida.
Había pasado un año desde que Pablo se había venido a vivir conmigo y pensaba que habíamos llegado a un punto de entendimiento, pero al parecer, no era así.
—¿Cuándo qué Lucía? Cuando te fuiste de casa y me dejaste solo. Tú no viste a mamá... —se levantó tirando la silla al suelo y empujando la mesa contra la pared.
—Pablo, ojalá hubiera sido yo y no tú. Sé por todo lo que has pasado, las horas en el psicólogo para tratar de sacar aquella imagen de tu cabeza, pero ésta no es la solución a todo cariño. —Traté de acercarme a él.
—Me abandonaste dos veces. Una allí y otra para venirte aquí. —Su mirada era una mezcla de rencor y una petición ayuda.
—No Pablo. El día que estés preparado y quieras hablar conmigo del pasado, te contaré todo lo que realmente pasó. No lo que a ti te metieron en la cabeza. —Respiré profundamente por la nariz controlándome, sabiendo toda la mierda que a él le contaron—. Y si me vine a Los Ángeles fue porque no querías vivir con la tía y conmigo, así que decidí quitarme del medio y que pudieras ser feliz.
—Te odiaba —gritó.
—Lo sé Pablo y yo me odiaba a mí misma por haberte dejado presenciar todo aquello. Y me odiaré siempre. —Me acerqué a él, apoyando mi mano en su hombro y aquella vez no se apartó.
—Joder. —Agachó su mirada apoyándose en la pared—. Lo siento Lu. —Trago saliva y empezó a negar con la cabeza—. Siento haber sido un niñato malcriado. Tú solo querías ayudar y yo te he odiado por algo que no era culpa tuya. —Abrió sus preciosos ojos azules y me miró—. No me hace falta hablar contigo del pasado. —Su tono de voz cambió por completo—. Ayer llegó a casa un paquete que la tía mandó con documentos. Y bueno —se pasó la mano por el pelo—, no la tenía que haber abierto, pero no pensé que me encontraría con toda la verdad. Todo estaba ante mis ojos. Aquellas cartas que me escribiste pero que no quise leer y que la tía guardó, aquellos documentos. —Respiró profundamente—. Sé todo lo que intentaste hacer, pero en mi cabeza sigue presente el hecho de lo que pasó. —sus ojos estaban perdidos en un punto de la habitación—. Si ayer salí de casa era porque no me perdonaba todo lo que te he hecho pasar todos estos años. Solamente quería echar esos años atrás y volver a ser como éramos. —Su mirada de repente cambió—. En aquel momento necesitaba verte, abrazarte y… Yo necesitaba a mi hermana. —Comenzaron a brillarle los ojos—. ¿Qué me va a pasar? No quiero acabar en la cárcel. No Lu, no quiero. —Se abalanzó sobre mí llorando con tanta fuerza que acabé con la espalda contra la pared.
—Tranquilo que lo solucionaremos. Te lo prometo. —Le acaricié la espalda mirando a Brad pidiéndole ayuda.
—Pablo, la semana que viene tendrás que presentarte en el juzgado. Hoy es sábado así que supongo que para el lunes o así te llegara la citación. Vas a cargar con todas las culpas de todo. —Brad no se acercó a nosotros. Seguía manteniendo una distancia prudente entre nosotros.
—Yo traté de pararles pero aquel maldito gorila me pegó un puñetazo que me tumbó y no me acuerdo del resto. —Se apartó de mí.
—Dado a que tu historial delictivo se queda por ahora en aquella pintada del skatepark —Brad se acercó a él—, el juez seguramente te impondrá horas de servicios comunitarios o una multa. Lo bueno de todo es que siendo menor de edad no deberías haber estado dentro de la discoteca y con esa baza podríamos jugar.
Estuvimos un rato hablando con un asesor de la comisaría para conseguir un abogado que no me sangrase en exceso. Esa misma tarde teníamos cita con uno. Al llegar a casa Sandra ya se había ido a un casting. Pablo se durmió nada más meterse en la cama y yo tenía la adrenalina a tope. Me quedé unos segundos observándole desde la puerta. Tenía que reconocer que había momentos en que lo mataría pero era mi hermano pequeño, el que tantas veces me había sacado la cara en el colegio, aunque fuese más pequeño que yo. Me senté unos segundos en la cama, acariciándole el pelo y viéndole dormir. Así no le mataría. Tenía una cara de niño bueno que no se la creería nadie. Noté como se movía y me marché antes de que me pillase observándole.
Justo antes de salir, me quedé de nuevo unos segundos en la puerta mirándole. Saber que se había enterado de todo lo que realmente pasó, y que debido a su enfado consigo mismo terminó metido en aquel gran lío, me mataba por dentro.
Cerré su puerta y salí al salón. Al abrir la ventana de la terraza oí ruido que venía de fuera. Al asomarme vi a los chicos desayunando. Paul, Simon y Tony, tres de mis adorables vecinos. Paul nada más verme tiró de mí y me sentó en una de las sillas.
Vivíamos en Santa Mónica, en el condado de Los Ángeles, en una comunidad un tanto especial. Eso sí, el lugar era precioso. Pisos de dos plantas alrededor de una piscina comunitaria. Al más puro estilo Melrose Place. Buen ambiente, una muy buena zona y cerca de la academia. Nos decidimos por aquel piso porque nos tuvimos que mudar del último, ya que nos subieron demasiado el alquiler y entre la universidad de Pablo y los gastos del piso, no llegábamos a fin de mes.
—Mi amor, ¿qué hacías a las cinco de la mañana corriendo como una loca? ¿Algún amante te reclamaba? —comenzaron a reírse los tres.
—Ojalá. No cato hombre desde hace días. He tenido que ir a buscar a mi hermano. —Cogí un bollo y me lo metí en la boca.
—El bombón sale a hacer sus largos diarios —Tony se bajó las gafas de sol observándole.
Miramos todos a la puerta y allí estaba ese dios puertorriqueño enseñándonos su cuerpazo. Estaba buenísimo, no se podía negar, pero también estaba encantado de conocerse y eso especialmente me echaba para atrás. Llevar más escote que y las cejas mejores depiladas que yo, no entraba dentro de mi prototipo de chico ideal.
—Buenos días lindas.
—Buenos días Ricardo —parecían los tres ángeles saludando a Charlie, mano en el aire y tonito repipi incluido.
—Buenos días Lucía. ¿Cómo puede ser que cada día estés más bella? —levanté la mano pasando de él y oí como se tiraba a la piscina—. Algún día me dirás que sí y te llevaré a un buen restaurante y lo disfrutarás.
—Sí, algún día, cuando las ranas maúllen. —Saboreé el bollo—. ¿De dónde es? Está que te mueres.
—¿Por qué no puedo haberlo hecho yo? —Simon y su forma de ser trágico continuamente.
—Porque la última receta de cupcakes que te di —hice un parón y puse cara de horror—, tuvimos a media dotación de bomberos aquí. Pensando que era el coloso en llamas. —sonreímos todos.
—Son del deli del final de la calle, ese nuevo. Tienen cada cosa que son mortales para nuestra línea.
—Esto lo quemo luego, tengo dos clases de aeroyoga hoy. —Meneé la cabeza para los lados como si estuviera bailando.
—Hemos pensado en hacer una cena el sábado para dar la bienvenida a la luna nueva. —Les miré a los tres sabiendo que era otra excusa barata para montar una fiesta.
—Claro y me toca a mí cocinar, ¿a qué sí? —entrecerré los ojos y sonreí.
—Eres nuestra Top Chef. Lo que no sé es porque no lo haces de forma más profesional. —Se levantó y aprovechó para besarme.
—Porque soy bailarina, la cocina me encanta pero no lo he estudiado. Es algo intuitivo simplemente. Me dejo llevar. —Me levante y empecé a bailar—. La comida es como el baile, todo intuitivo. Y como el sexo, todo puro placer.
—Pues deberías hacerlo. Me gusta mucho como cocinas y esas galletas que haces de canela, son tan buenas o mejor que las del deli. —Cogí el móvil para mirar la agenda.
—Este finde por ahora no tengo nada planeado. Así que antes de que me arrepienta digo que sí. El sábado cena para dar la bienvenida a la lo que sea que os habéis inventado.
—Así que oigo cena y no he recibido invitación. Qué mal nenas. —Ronda se acercó a nosotros e hizo un gesto con la mano al más puro estilo Mariah Carey.
—Que arte Ronda con ese movimiento de mano. —El resto tratamos de imitarla.
—Este movimiento solo lo podemos hacer tan natural nosotras, hermana. —Chocó la mano con Paul—. Así somos las del Bronx.
—Ronda necesito que me acompañes a hacer la compra el viernes cuando salga de la academia. —Se lo pedí a ella porque el resto estarían liados eligiendo sus modelitos.
—Claro que si preciosa. Marlin, despídete que nos vamos.
Estuvimos haciendo lista de lo que necesitábamos para el sábado y cuando quise darme cuenta era la hora de ir donde nuestro abogado. Nos montamos en mi fabuloso Mini Cooper S Cabrio azul. El coche que aún seguía pagando gracias a las horas extras de los eventos a los que acudía, porque en un día de locura me empeñé en comprármelo, gracias a la inestimable ayuda de Rose.
Cuando llegamos a aquel cuchitril en el que Brad nos dijo que un gran abogado nos esperaría, pensé que nos habíamos equivocado de dirección. Aquello estaba lleno de restos de comida basura y pensamos que nada podía salir peor. Al llamar la puerta se abrió lentamente, dejándonos ver al fondo un tipo bastante raro con una camisa horrible.
—Buenos días, soy Nicholas Masters. —Nos dio su mano llena de restos de grasa de un burrito.
—Buenos días. —Le di la mano y le observé.
—¿Este es el gran abogado que nos va a ayudar? —Pablo susurró entre dientes.
—Cállate —le di en el brazo—. Espero que sea bueno, porque cobrar ya cobra por la visita.
Estuvimos dos horas allí sentados comentándolo todo. Detrás de aquella apariencia de descuidado parecía haber un abogado lo bastante eficaz como para conseguir un buen trato.
Después de dejar a Pablo en casa me fui a trabajar. Aquella tarde me tocaba una hora de aeroyoga y dos de bailes latinos. Tenía poco trabajo para lo que solían ser las tardes normales. Daba clases de yoga, bailes latinos, zumba, pilates y todo lo que a Rose se le ocurría. De vez en cuando nos llamaban para fiestas y eventos varios, a los que acudíamos a bailar o a hacer algún tipo de espectáculo. Como decía Rose, estábamos para hacer lo que la demanda pidiese. Hacía poco habíamos empezado a dar clases nosotras dos de pole dance. No me había imaginado que después de estudiar en una gran academia, acabara enganchándome ese tipo de baile. Me parecía increíble y muy sexy. Poco a poco en las clases, le había cogido el tranquillo y no se me daba nada mal. Sabía que Rose algún día me pediría dar alguna clase o algo parecido. Su loca cabeza, no hacía más que maquinar ideas para la academia.


2. LAS DOS CARAS DE LA VERDAD

El lunes el gran Lebowski, así habíamos apodado a nuestro abogado porque es que era igualito a él, me llamó al trabajo avisándome de que en una hora nos teníamos que presentar en el juzgado. No me daba tiempo a pasar por casa a cambiarme de ropa. Recogí a Pablo de sus clases y nos fuimos pitando al juzgado. Cuando entramos Nicholas nos recibió explicándonos que todo iba a ser muy rápido, que ya había hablado con el otro abogado y nos dijo que no nos preocupásemos por nada.
Al entrar en la sala Pablo me agarró fuertemente de la mano. Entrar a un juzgado de nuevo le trajo amargos recuerdos.
—No estás solo. Esta vez no estás solo cariño. Todo saldrá bien. Ya lo verás —le besé tratando de tranquilizarle.
—Lo sé. Estando a mi lado lo sé. Siento si el otro día…—agachó su cabeza.
—No sientas nada. Digas lo que digas y hagas lo que hagas siempre te querré. Eres mi Superman. —Sonreí.
—Te quiero Lu. —Apretó más fuerte mi mano, casi haciéndome daño.
Entramos y Pablo se sentó cerca del estrado con nuestro abogado, y yo me puse justo detrás de ellos. De repente se abrieron las puertas y entró el abogado de la acusación. Vestido con un traje impolutamente caro, un maletín de piel negro y unos zapatos relucientes. Vamos, igualito que el nuestro. Estaba él solo, el dueño de la discoteca ni se había presentado. Vaya imbécil. Le denuncia y ni se presenta.
El juez anunció que era un acto de conciliación y que más o menos se había llegado a un acuerdo previo. ¿Qué demonios había hecho nuestro abogado si nosotros no habíamos dicho nada? Después de cuarenta minutos de tecnicismos legales, de los que de la mitad no me enteré y lo otro me sonaba a serie de televisión, el juez pasó a hacer la sentencia.
—Dictamino una sanción reparadora en beneficio de los demandantes, por falta de las buenas costumbres y perturbación de la tranquilidad. Dado a que el acusado no tiene ningún proceso abierto ni ninguna pena anterior, la sentencia serán cuatrocientas horas de servicios comunitarios. Siendo la pena cumplida a partir de la semana que viene en los términos acordados anteriormente entre las partes. —Respiré aliviada pero en mi cara se podía notar la tensión acumulada de los días anteriores—. En cuanto a usted señor Medina, solamente una recomendación. No deje su vida en manos de personas que huyen dejándole solo ante un problema. Usted parece un joven inteligente. No desperdicie su vida, tiene mucho por delante. No quiero volver a verle por aquí. El lugar donde va a realizar los servicios le vendrá muy bien para ver la vida con otros ojos y recapacitar. —Dio con el mazo en la mesa—. Se levanta la sesión. Buenos días.
La cara de mi hermano era de pura angustia. No sabía qué era lo que le esperaba pero parecía haber escuchado bien lo que el juez le dijo. Tal vez oyéndolo de alguien que no era familiar ni amigo le vendría bien y le haría reconsiderar el rumbo que estaba llevando su vida.
Al salir de la sala nos abrazamos fuertemente. Después de todo el trato que consiguió nuestro abogado fue bastante bueno. Unas horas de servicios comunitarios no le vendrían nada mal. Por fin pude respirar tranquila.
—Prométeme Pablo que nunca tendré que sacarte de ningún sitio de nuevo, ni tendré que ir a reconocer tu cuerpo a la morgue. —Le miré muy seria.
—Joder Lu, que trágica te pones. Sé que no lo estoy haciendo bien, pero no me quieras matar. Y deja ya tus consejitos de hada madrina que te puedes poner súper pesada cuando quieres. —Me ofreció una bonita sonrisa a modo de disculpa.
—A mí no me ganas con una de esas espectaculares sonrisas que les das a las niñas que te traes a casa. —Le di en el hombro y me mostró la mejor de sus sonrisas. Claudiqué y le sonreí.
—No Lu. Tú eres inmune a los hombres. Pero yo te sacaré una sonrisa todos los días. Te lo prometo. —Justo llegó nuestro abogado.
—Todo ha salido bien chicos. Es un buen trato. —Sacó una barrita de su camisa y empezó a comérsela.
—Vales lo que cuestas Nicholas. Pero, con lo que cobras ¿no te da para comprarte pantalones enteros para acudir a un juicio? —le miré de arriba abajo sonriendo.
—Nena, ¿no sabes que lo importante no es la ropa si no lo que va por dentro? Yo despisto así. Piensan que soy un paleto de pueblo y zas —dio un golpe cual ninja en el aire y media barrita se cayó al suelo—, les doy por donde menos se lo esperan. Me agradecerías que no fuera como el vendedor de féretros de ahí detrás. —Señaló al otro abogado y le miramos riéndonos.
—Solo una pregunta más. La persona que ha denunciado a mi hermano, no se ha dignado ni a venir. —Salimos del juzgado y bajamos las escaleras.
—Ha mandado a su abogado. Ya sabes estos ricos lo que les importa un juicio. Con ganar y sacar lo que ellos quieren les vale. —Nos paramos en el paso de cebra para cruzar y coger el coche.
—Me imagino. Bueno ya nos estás diciendo cual es el trato, porque no tenemos ni idea a que has llegado con ellos. —Pablo esperaba ansioso el nombre del lugar donde tendría que pasar tantas horas.
—Las horas de servicios los vas a realizar en una fundación para jóvenes con problemas y familias con niños enfermos hospitalizados. Es una buena institución y simplemente tendrás que estar con ellos, hacer lo que te digan una vez allí. Para eso tenéis mañana una cita allí a las diez de la mañana. Así que luego te paso por mail la dirección Lucía. —Pablo resopló—. Me voy que tengo que sangrar en media hora a un marido infiel. —Agitó su mano y le miramos sorprendidos.
—Tú no resoples tanto que podía haber sido peor. —Le agarré del brazo.
—Ya lo sé Lu pero…
Empezamos a cruzar el paso de cebra y pasó un coche a gran velocidad que casi nos atropella. Nos esquivó en el último momento parando unos metros más adelante.
—Será imbécil. ¡Que es un paso de cebra, no el circuito de Lemans, gilipollas! —Me quedé en medio del paso de cebra con los brazos en alto gritando.
Del fabuloso deportivo se bajó un chico de unos treinta años, con gafas de sol y cara de angustia.
—Yo… lo siento no os había visto. Venía con prisa y… —se acercó a nosotros corriendo—. ¿Estáis bien?
—¿Qué te crees Schumacher? Colega, controla el pie del acelerador que puedes matar a cualquiera. ¿O ese gran coche no tiene freno? Imbécil —dije por lo bajinis.
—Ya he pedido perdón. Pero habéis cruzado sin mirar. No todo es culpa mía. —Se bajó las gafas de sol un poco.
—Mira guapito de cara, aprende a conducir y luego ya me hablas. —Me giré sin mirarle.
—Madre mía, me he encontrado con la persona más amable de la ciudad. Vaya boquita. —Me di la vuelta y me lo encontré de frente pegado casi a mí.
—Cuidado con esta boquita porque puedo morder. —Hice un amago de que le pegaba un mordisco.
—Y encima agresiva. Normal que estés saliendo de los juzgados. ¿Qué habrás hecho? —me miró de arriba abajo—. Por las pintas algún atraco a una lavandería que no funcionó.
—Vete a la mierda. Vámonos Pablo, antes de que nos atropelle con su fabuloso coche.
Nos montamos en el Mini y por el retrovisor observé a aquel idiota mirándonos. Vaya imbécil, arrogante y capullo nos habíamos topado.
Diez minutos, diez minutos en la autopista y del coche comenzó a salir un humo blanco, que parecíamos que estábamos eligiendo al nuevo papa. Aparqué en una zona fuera de la autopista y levanté el capó. Casi me ahogo con tanto humo. El radiador se había recalentado. Lo tenía que haber cambiado la semana anterior, pero el pago del nuevo semestre de Pablo, hizo que mi cuenta se quedase temblando. Pablo cogió su teléfono y llamó a la grúa. Le dijeron que iba a tardar más de media hora en llegar gracias al atasco que había a la salida de la ciudad.
—Eso va a ser que se ha recalentado el radiador Lu. Este coche no hace más que tragar y tragar. —Le miré poniendo los ojos en blanco—. Te lo avisaron, pero no hiciste caso. Coche caro, mantenimiento caro.
—Que no fue tan caro Pablo. Pero joder, con el mantenimiento de las narices. Esto con refrigerante se soluciona. —Miré detrás del coche y vi una gasolinera a lo lejos—. Voy a la gasolinera y ya está.
Hacía un calor bastante pegajoso y caminar por el arcén no era muy agradable. Como había salido de trabajar corriendo, iba con un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Varios coches me pitaron y se llevaron varias bonitas peinetas de mi mano. Típico saludo para capullos. Después de que el hombre de la gasolinera tratase de convencerme de venderme diez cosas diferentes para el coche, y negarme diez veces, le convencí de que una mujer podía saber sobre mecánica. Cuando se dio por vencido, pude salir de allí con refrigerante, unas bebidas energéticas y regalices rojos. Mi perdición. Varias peinetas después, llegué al coche y descubrí que había alguien aparcado delante de nosotros y Pablo hablaba con esa persona mirando el coche. Traté de ver quién era pero fui incapaz.
—Pablo, solucionado. Echamos esto y… —vi que era el Schumacher del juzgado—. Bueno, el que faltaba para la fiesta. Móntate en tu coche de nuevo y pista. —Señalé la autopista.
—Madre mía, ¿eres siempre tan amable? ¿O es que es mi día de suerte? —me miraba a través de esas gafas de marca.
—Es que me has caído bien guapito. —Les aparté y quité la tapa del conducto echando el líquido—. Ya estamos servidos por aquí. Vámonos Pablo. —Me metí en el coche con regaliz en la boca y les miré levantando los brazos—. Algunos tenemos que trabajar.
—Gracias tío. —Pablo le dio la mano y entorné los ojos.
—De nada. Vete antes de que esa loca descerebrada me dé un latigazo con el regaliz. —Me saludo con una sonrisa demasiado irónica como para quedarme callada. Me puse las gafas de sol y aceleré el coche sonriendo—. Joder—saltó hacia atrás—. Estás loca. —Pablo se montó en el coche.
—Vamos antes de que realmente se me vaya el pie.
Pablo se montó en el coche y tras dejarle en casa, volví al trabajo. Tenía una tarde muy tranquila hasta que Rose apareció por la academia gritando como una loca.


3. HACIA RUTAS SALVAJES

—Lucíaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. —Estaba estirando en una de las salas y oí los gritos desde fuera.
—Vamos a ver Rose. No grites que van a  pensar que te estoy matando. —Entró en la sala corriendo.
—Lo tenemos, lo tenemos. —Empezó a hacer un baile muy extraño moviendo los pies y los brazos sin ton ni son.
—¿Y tú estudiaste en Julliard? —me levanté negando con la cabeza.
—Ven, ayúdame a descargar unas cositas que he traído y te cuento.
Salimos fuera y me encontré un camión de mudanza lleno de cachivaches. ¿Unas cositas? Joder, se había traído media tienda en el camión. Subió corriendo la rampa y agarró una alfombra enrollada.
—¿Te vas a quedar ahí mirando o me vas a echar una mano? —la cogió.
—Tranquila Hogan, que te va a dar algo en la espalda.
—Que te doy con ella Lucía. —Levantó la alfombra y levanté los brazos en son de paz.
—Vamos anda. —La agarré y fuimos hasta la academia con ella—. ¿Que es eso que hemos conseguido? ¿Nos dan la licencia para la ampliación?
—No. ¿Recuerdas aquella fiesta que me contaron que se iba a celebrar, por la que pagaban una pasta? ¿Qué podía dar a conocer más aún nuestro trabajo? —solté en medio de la entrada la alfombra.
—¿La de esos que nos querían medio desnudas y con acrobacias? —miré a Rose frunciendo el ceño.
—Sí, ese. ¡Es nuestro! —comenzó a bailar de nuevo.
—Yuju. Que ilusión —hice un gesto en el aire con la mano sin muchas ganas.
—No te emociones tanto Lu. He llegado a un acuerdo, en el que nosotras decidimos qué se lleva y qué se va a realizar. Será un burlesque muy fino, sin destape, sin que nadie pueda tocar a ninguna bailarina. Vamos a ir de una manera que nadie sepa quién es quién. —Metió la mano en su bolsa de deporte y se puso una peluca corta rubia—. Tachán. Será divertido.
—Sobre todo divertido. ¿Estás loca? ¿Tú recuerdas lo que les presentaste? Bailarinas de burlesque, cabaret, aerial Silk. ¿A quién le vas a engañar para hacerlo? Porque las que estamos aquí no tenemos ni idea de eso. —Me empezó a mirar pestañeando varias veces—. No, no Rose. A mí no me mires. ¿Quieres que me quede sin dientes?
—Estás dando clases de aeroyoga. Es lo mismo pero con una tela. Solamente es un ratito de espectáculo. Mientras ellos hacen la presentación. Y ya está. Una hora y nos llevamos 30.000$ calentitos.
—Joder. ¿Tanto? —me apoyé en el sofá.
—Si lo haces, sí. Calentito, calentito. —Hizo gesto de dinero con las manos.
—Tengo que pagar al abogado, arreglar el coche y las clases de Pablo. Joder. Estoy harta de ser pobre.
—No vivimos tan mal. Al día, pero bastante bien. —Nos tiramos las dos al sofá riéndonos.
No vivíamos mal. No vivíamos por encima de mis posibilidades pero siempre andábamos al día con todos los pagos. Habíamos pasado momentos duros y momentos menos duros. Pero como cualquier persona normal, teníamos esos días del mes en que un buen vaso de vino, se convertía en una cerveza de oferta. Esa fiesta nos iba a dar muchos quebraderos de cabeza, en todos los sentidos y cuando decía en todos, era en todos toditos.
A las diez de la noche salí de la academia. Esas clases me estaban matando. Necesitaba unas vacaciones después de año y medio sin parar. Al llegar a casa me encontré a Pablo hablando con Ricardo en la terraza.
—Hola bombón. —Ricardo se levantó nada más verme.
—Buenas noches. —Me desplomé en una silla—. Pablo mañana tenemos que estar en la Fundación Acosta a las diez de la mañana. Así que a dormir, que mañana te espera un día muy duro. ¿Has avisado en la universidad?
—Sí. Ya les he dicho que mañana no iría y necesitan un justificante. No quiero que sepan lo que ha pasado —agachó la cabeza.
—Yo me encargo. Hablo con el Director por la mañana. Ya veremos que nos inventamos. No quiero poner en peligro esas fabulosas prácticas a las que quieres acceder. —Se levantó y me dio un beso enorme en la mejilla.
—Eres la mejor Lu.
—La más tonta. A dormir. —Me sonrió antes de irse.
—Creo que necesitas una buena un poco de vino Lucía. No tienes buena cara. —Me sirvió una copa—. Tal vez un buen masaje te relajaría.
—Aleja tus manos de mí. ¿No tienes ninguna cita esta noche? Ninguna de esas preciosidades con las que nos alegras la vista todas las mañanas. —Le miré con una ceja levantada.
—¿Celosa? Podrías ser tú cualquier día.
—Sigue soñando Ricardo. Sigue soñando.
—Algún día dirás que sí. —Se levantó y se fue—. Buenas noches preciosa.
—Buenas noches.
—Lu, la tía Anita está llamando por Skype. —Salió corriendo con el portátil, sentándose en una silla y me senté encima de él.
—Mis niños preciosos, pero que guapísimos estáis. ¿Cómo va todo?
—Muy bien. Estamos genial tía. ¿Tú que tal estás? —miramos los dos a la pantalla.
—Bien cariño. Las últimas sesiones han ido bien. Ahora solo tenemos que esperar a las pruebas que me hacen la semana que viene. Pero estamos ganando chicos. —Nos mandó un beso virtual.
—Lo que te queremos tía. Ojala pudiéramos ir a verte pronto. Estoy tratando de cuadrar unos extras que tengo y ver si podemos viajar para allá en poco tiempo.
—En cuanto podamos nos escapamos al pueblo. Tengo ganas de verte tía. Te echamos de menos.
—Al menos veo que estáis bien y no os habéis matado. Ahora mismo, tal como estáis me acuerdo de un verano. Pablo tendría dos años y tú Lu unos pocos más. Estábamos en la playa de Langre, en el acantilado, donde está ahora el cerezo. —Agachó la mirada—. Estabais jugando a los caballeros y las princesas. Lu te puso la cabeza llena de pinzas rosas Pablo. —Mi hermano me miró extrañado.
—¿Luego te extraña que odie todos tus potingues y pinzas?
—Me encanta que después de todo lo que habéis pasado, hayáis podido terminar así. —Agarré fuertemente la mano a Pablo—. Sois lo único que tenéis en el mundo. Sois mi sangre y cuando yo no esté…
—No digas eso. No me gusta. —Fruncí el ceño.
—Perdón cariño, pero es que hoy el tratamiento ha sido duro, y echaba de menos veros y escuchar vuestras voces.
—Te quiero tía. —Pablo tenía lágrimas en los ojos.
—Yo también os quiero. Os dejo mis niños, que tenéis que descansar, que seguro que tú Pablo mañana tienes clases y tú Lu alguna maravillosa coreografía que enseñar. ¿Has hecho alguna prueba más?
—No tía. Lo dejé un poco por imposible. Me comía muchas horas y en la academia tenemos muchísimo trabajo.
—Lucha por tus sueños maitia. Un día, cuando menos te lo esperes, se harán realidad. Te lo aseguro.
—Buenas noches tía. —Le lanzamos un montón de besos.
—Os quiero preciosos. —Se cortó la comunicación y Pablo entró en casa.
Me quedé un rato en la terraza con el portátil trasteando por internet y buscando información sobre la Fundación dónde Pablo tenía que prestar sus servicios. Era una institución que se dividía en varias especialidades. Apoyo a familias con niños hospitalizados debido a largas enfermedades ofreciéndoles alojamiento para estar cerca de ellos, apoyo a jóvenes con problemas con drogas y alcohol. Apoyo a mujeres maltratadas. Suspiré pensando en esta especialidad. Ojalá nosotros hubiéramos podido hacer algo más por nuestra madre. Por sacarla de aquel infierno. Cada vez que pensaba en ello, me recorrían muchas sensaciones por el cuerpo. Odio, asco, miedo, soledad y mucho dolor. Sensaciones que no se iban con el tiempo. Me deshice de mis pensamientos y continué mirando aquella página. Me di cuenta de que esa Fundación podría ayudar mucho a Pablo.
Cuando empezó a amanecer ya llevaba varias horas levantada. Había salido a correr de madrugada. Siempre que no podía dormir lo hacía. Era la hora perfecta para correr por la playa. No había nadie y se podía ver uno de los amaneceres más bonitos del mundo. Cuando dejé a Pablo en la Fundación quise entrar con él, para saber y conocer a la persona con la que iba a estar tantas horas. Pero no me dejó. Quiso entrar el solo y hacerse cargo de todo lo que le fuera a suceder allí dentro.
—No te preocupes Lu. Estaré bien. Yo te aviso cuando salga y me vienes a recoger. —Me abrazó.
—Si no estás bien o cualquier cosa te molesta, no hagas lo de siempre. Respira y da otra oportunidad. Por favor. —Le miré a los ojos y pudo ver mi preocupación.
—No voy a hacer lo mismo de siempre Lu. No quiero ser la persona que piensas que soy. Quiero ser la persona que quieres que sea. Y te demostraré que puedo cambiar. Que puedes sentirte orgullosa de mí. Confía en mí. —Me acarició la mejilla.
—Cómo puedes ser capaz de romper mi barrera anti lloriqueos cada vez que me quieres convencer de algo Pablo. No sé cómo lo consigues. —Le alboroté el pelo.
—Deberías romper esa barrera con alguien más. Ricardo siempre me pregunta por ti. ¿Qué tiene de malo?
—¿Qué tiene de bueno? —le miré y sonreí—. No quiero que llegues tarde. Luego hablamos.
Me quedé unos minutos viendo cómo se alejaba hacia ese gran edificio por aquellos enormes jardines. Parecía una buena institución. Respiré profundamente y salí medio derrapando de allí, llevándome casi a un chico en moto que se acercaba. Frené en seco y él levantó las manos como disculpándose diciendo que era culpa suya. Meneé la cabeza y me fui. Me tiré todo el día pendiente del teléfono. Ni una llamada de socorro de Pablo.
Me dejó tiempo para preparar la fiesta de los 30.000$. Preparamos las coreografías, el vestuario y después de lloriquearme Rose durante veinte largos minutos, comenzamos a preparar el show con la tela. Me iba a dejar los dientes en aquel escenario.
—Tendrás que pagarme unos dientes nuevos. —Comenté con las piernas abiertas de par en par, enganchada en la tela, con la cabeza rozando el suelo—. Me voy a quedar tonta. La peluca no va a aguantar. —Me desenganché y me recoloqué la peluca rubia—. ¿Rubias?
—Es lo que tenían. Además aún falta esto.
Sacó de una caja un antifaz negro y el resto del estilismo. Rubias, con antifaz y esa ropa. Madre mía, que espectáculo íbamos a dar.
—¿En serio Rose? —cogí el corsé y me lo puse por encima.
—Has dicho que no quieres que nadie pueda reconocernos a ninguna. Así que esta es la mejor manera.
—Rose cada vez que te dejo elegir las cosas de las fiestas. —negué con la cabeza—. Vamos… —me pegó en el brazo.
—Vamos fantásticas. Un poco de maquillaje y listo. —Bailó con el corpiño.
—Y pretendes que yo lleve esto puesto en una de esas telas. Que me enganche, haga el bicho bola invertido y me quede colgando como un chorizo después de la matanza. A cuatro metros del suelo. —Señalé el techo.
—Como te gusta hacerte de rogar. Venga nena, menea ese culo y vamos a seguir con la rutina, que creo que la tenemos casi lista y les vamos a dejar con la boca abierta. Después de esta fiesta, veo grandes cosas. —Hice un gesto de bola de cristal.
—Vamos bruja Rose, que tu bola de cristal lleva años sin churrular bien. La última vez también dijiste eso y no nos pagaron. —Fruncí los labios.
—Aquello fue porque me acosté con el dueño antes de cobrar. Pensó que era un dios griego del sexo y creyó que con eso le valdría. Eso sí, la maravillosa lámpara que tenía en el despacho acabo hecha añicos en el suelo. Tendría mucho que explicar a su mujer cuando me fui. —Me reí recordando cómo salió del local rompiendo cosas a su paso.
Rose y su visión de los negocios. Nos metía en muchos líos, pero siempre nos lo pasábamos muy bien. Si no nos pagaban, nos llevábamos algo del local. La última fiesta que hicimos de aniversario en la academia la bebida corrió a cargo de una de las discotecas en las que no nos pagaron. Era una buena forma de cobrar las cosas.
Aquella mañana no teníamos clases así que pudimos dejar preparada la rutina definitiva de la fiesta. Estuve todo el día pendiente del móvil, pero mi hermano no me llamó. Supuse que todo iba bien. Seguía estando preocupada pero no quise agobiarle con un millón de llamadas.
Llegué a casa reventada. Necesitaba pegarme un baño y relajarme. Eran las seis y Pablo aún no estaba en casa. Decidí llamarle al móvil y cuando me cogió oí el mar de fondo.
—Hola Lu.
—¿Cómo que hola Lu? ¿Qué haces en la playa? —ya se había escaqueado.
—He salido hace un rato y sabía que estabas muy ocupada como para molestarte. Me ha dejado en la playa mi supervisor. Estaba haciendo unas fotos para el proyecto. En diez minutos voy a casa.
—De acuerdo. —No quería echarle la bronca por teléfono y me tuve que controlar.
Me metí en la piscina y empecé a nadar. Siempre me relajaba mucho. El ruido de una moto me sacó de mis pensamientos y al mirar vi a Pablo bajarse de la moto. Esperé a su explicación.
—Hola Lu.
—¿Esa moto? —entrecerré los ojos y reconocí la moto de aquella misma mañana en la Fundación.
—Es mi supervisor. Se ha empeñado en traerme él a casa y cuando le he comentado que tenía que ir a hacer unas fotos a la playa, hemos estado hablando allí y me ha estado contando cual va a ser mi trabajo en la Fundación. Es un lugar increíble, allí…
Salí de la piscina y me senté con él en el bordillo. Me contó entusiasmado que es lo que tendría que hacer, cuál iba a ser su trabajo en esos meses. Su sonrisa y entusiasmo me dijeron que esa condena iba a ser muy buena para él. Hacía mucho tiempo que no veía aquella gran sonrisa en su cara. Me gustó, me gustó mucho verla. Recuperar en cierta manera al Pablo que sabía que estaba debajo de aquellos vaqueros rotos y de su mirada triste.
El resto de la semana fue una locura. Las clases, la preparación de la fiesta y todo lo demás, me estaban dejando destrozada. Necesitaba dormir y no levantarme de la cama en días. Ni recordaba la cena que había que hacer el sábado hasta que apareció Ronda en mi habitación sacándome de la cama para ir a hacer la compra. Me echó una buena bronca porque cuando el viernes fue a la academia ya me había ido. Su forma de hacérmelo pagar fue preparar también unos mojitos de fresa para la cena.
El resto del día pasó entre mi cocina y la suya. Preparando las ensaladas, la pasta, la carne y el postre. Unas maravillosas galletas de arándanos, chocolate belga y canela. Nuestras favoritas.


4. UNA CARA CON ÁNGEL

El sábado Pablo fue a la Fundación. No entraba dentro de sus horas pero comentó que había una fiesta especial y quería estar allí. Quería hacer las fotos. Sonreí al pensar en cómo le estaba cambiando la Fundación en tan poco tiempo. Cuando me ponía tan pastelosa me daba repelús hasta a mí misma. Nunca dejaba que nadie me viera así. Me hacía sentir débil y demasiado vulnerable. Me deshice de ese aspecto de mí años atrás. Era la única manera de que no me hicieran daño. Aunque eso me hubiera alejado de conseguir enamorarme o conocer a alguien que mereciese la pena. Pero todos los hombres de Los Ángeles se dedicaban a buscar preciosas muñequitas con las que acudir a grandes fiestas en sus lujosos coches. Eso podía deslumbrar a muchas chicas, pero a mí todo eso me daba tanta grima, que las relaciones que había tenido en aquella ciudad, se habían limitado a tener sexo y poco más. Siendo sincera, me había divertido con los hombres, siempre que buscasen lo mismo que yo. Divertirnos con un sexo fantástico y punto. Sin nada de amor, ni flores, ni cenas románticas. Solamente sexo. Así es como conocí a Brad. Mi mejor amigo en la ciudad.
Una noche de fiesta en una discoteca le conocí hacía ya unos años.

***

—No me dejes beber más Lucía. Creo que puedo hacer una locura esta noche. —Rose agitaba una copa en la mano.
—¿Pero qué vas a hacer con la borrachera que llevas? —le di en el brazo.
—¿Ves a aquel macizo? El rubio de allí al fondo que no nos quita ojo. —Levanté mi copa y miré—. Esta noche mami va a tener sexo del sucio y guarro.
—La verdad es que no está nada mal el bomboncito. Y eso que no soy de rubitos cachas. Pero con ese haría una excepción. —Gruñí—. Llevo demasiadas copas encima. —Pedí otras dos riéndome sola.
—Que vienen, que vienen. —Trató de levantarse para acercarse a ellos, pero se le enganchó un tacón con la silla y se fue directa al suelo—. Joder.
—Rose. —Fui a ayudarla y acabamos las dos espatarradas en el suelo. Nos empezamos a reír.
—Joder. —Se llevó la mano a la cara para ponerse bien las gafas.
—Esto es una buena entrada. Sí señoritas. —Les miramos desde el suelo y nos ayudaron a levantarnos.
—Hola. —El rubio que me levantó estaba muy bueno—. Me llamo Brad y este es mi compañero Michael.
—Hola Brad. —Le fui a dar dos besos y Rose salió corriendo por la puerta del bar—. Voy a ver a mi amiga. No le han sentado demasiado bien las bebidas.
Salimos los tres fuera y nos encontramos a Rose apoyada en una farola, dando vueltas sobre sí misma. Estaba fatal. Michael y Brad se rieron. Fuimos a otro par de locales y lo que recuerdo es que terminamos en un reservado de una discoteca los cuatro.

***
No sé muy bien que pasó aquella noche pero disfrutamos de un sexo increíble. Los cuatro. Cada vez que Rose y yo lo recordábamos nos reíamos. Nunca habíamos experimentado aquello, pero todo lo que pasó entre los cuatros durante el siguiente año, siempre quedó entre nosotros. Nadie más lo sabía y fueron noches asombrosamente increíbles.
Pablo me llamó comentándome que llegaría tarde a la cena, que se quería quedar hasta que finalizase la fiesta diciéndome que le llevarían de nuevo a casa después. Con el lío que teníamos entre manos ni siquiera le dije nada. Simplemente asentí y colgué el teléfono para continuar preparando la cena.
A las ocho ya estábamos todos cenando y divirtiéndonos. Paul se encargaba de la música y Tony nos amenizaba con bailes sacados de uno de sus espectáculos. Se terminó la comida, la bebida que teníamos, pero no las ganas de pasárnoslo bien. Rose llegó con suministros de alcohol para quemar una ciudad entera. Cuando vio a Brad se volvió a sonrojar. Cada vez que le veía no sé qué le pasaba pero se sonrojaba.
—Nunca olvidaré esos brazos nena. —Rose me susurró al oído.
—Lo sé Rose, lo sé. Cada vez que le ves me lo dices. —Cogí unas cervezas y fui donde Brad.
—¿Qué tal Sophie? —le entregué una cerveza.
—Trabajando como siempre. —Le pegó un trago.
—Que no es un trabajo tan horrible. Ella disfruta siendo camarera. Además está con Sandra. — Traté de animarle.
—No me gusta que mi mujer trabaje en ese local. Mucho lujo pero en el 210 van a lo que van. Van a babosear a las camareras. —Resopló.
—Brad, conociste a tu mujer así, siendo camarera, así que —le di en el hombro—, espera a que le salga otra cosa y quita esa cara de idiota.
—¿Qué tal Pablo?
—Sorprendentemente está encantado con la condena. Hoy no tenía que ir y está allí fotografiando una fiesta. —Pasó su brazo por mi cintura.
—Le vendrá muy bien. Hablé con vuestro abogado y el trato que consiguió fue increíble. Me alegro mucho de que saliera tan bien. ¿Queda algún cupcake? —Se acercó a mi oído.
—Si te das prisa veo que hay dos, o Rose se los comerá antes que tú.
Nuestras fiestas siempre eran muy divertidas aunque al día siguiente las resacas eran monumentales. Y esa noche prometía un resacón en Los Ángeles. Bailamos, nos reímos sin parar, bebimos y cuando estábamos brindando por la luna nueva apareció Pablo acompañado de un chico al que no veía muy bien entre la gente. Curioseé entre todos pero no le pude ver.
—Lu, menudo fiestón habéis montado. ¿Queda algo de comida? —Pablo me beso.
—Mmm. Te he guardado algo en casa, sabía que se lo iban a comer todo. —Le agarré y empecé a bailar con él.
—Lu estás loca. —Sonreía como hacía tiempo que no le veía.
—Un poco. —Daba vueltas sobre mí misma—. ¿Qué tal ha ido tu tarde?
—Madre mía Lu, hay un bombonazo en la entrada que lo flipas. —Rose señaló la puerta divertida.
—Lu, compórtate que te voy a presentar a mi supervisor. Lo primero, no hables hasta que yo te lo diga. Que te conozco y —ese bombón comenzó a acercarse y cuando le vi quise hablar pero Pablo me puso una mano en la boca—. Shhh. Hans ella es mi hermana Lucía. Lucía él es Hans. Mi supervisor.
Allí estaba el atropella perros mirándome con las manos metidas en su vaquero de marca y su camisa tan ajustada, tan ajustada, marcando unos… Lucía atenta. Respiré para hacer caso a mi hermano y no hacerle quedar mal delante de su supervisor. Ese era el idiota que mandó al vendedor de féretros al juicio en vez de ir él, o simplemente era un mandado de los ricachones del club, o fue a asegurarse de que Pablo cumpliría condena en su Fundación. Sacó la mano de sus bolsillos para dármela y yo educadamente acerqué mi mano, pero él con mucho descaro la retiró.
—No vaya a ser que me muerda o me pegue la rabia señorita. —Miré a Pablo y volví a mirarle a él. No me pude quedar callada.
—Más te gustaría que te pegase un bocado, monito. —Me di la vuelta y regresé con los chicos.
No sé porque Pablo se empeñó en que se quedase a tomar algo. Quería seguir hablando con él de algunas cosas pero no me hacía ninguna gracia que se quedase en la fiesta. Simplemente me dediqué a ignorarle. Era el tipo de hombre en el que jamás de los jamases me fijaría.
Baile, baile con todos. Las lentas las reservaba para Paul. Era el que mejor las bailaba. Saqué la segunda ronda de comida de casa. Siempre nos comíamos todo y nos quedábamos con hambre horas más tarde. Pero esa noche no nos iba a pasar. Todos atacaron como hienas salvajes las bandejas en la mesa. Casi me tiran cuando dejé los volovanes de hongos y reducción de Pedro Ximenez. Menos mal que cogí uno de los platos con uno y me aparté del gentío, sentándome en una de las hamacas a disfrutar de ese bocado. Observé al resto y sonreí. Años atrás no teníamos nada de aquello y me alegré muchísimo cuando encontramos aquel piso. Era lo que necesitábamos en aquel momento. Llevábamos allí cuatro meses y parecía toda una vida.
Paseé alrededor de la piscina, disfrutando de aquel aroma que traía el cambio de tiempo. Una mezcla de salitre y jazmín. Unos jazmines que me resultó extraño encontrar en Los Ángeles, que me recordaban mucho a España, a los veranos que pasábamos de pequeños en Málaga. Pasé lentamente mi mano por uno de ellos, acercándomelo a la nariz para poder olerlo. Respiré profundamente y ese olor se introdujo dentro de mí, trayéndome dulces recuerdos a la memoria. La voz de Pablo me sacó de aquellos días.
—Lu, mañana quiero ir hasta Pasadena a una exposición de fotos que hay. ¿Me dejas el coche? —afirmé con la cabeza.
—Yo mañana voy a estar de resaca así que todo tuyo. Pero ten cuidado. Ya sabes lo que le pasa si no aceleras lo suficiente en la autopista. —Le sonreí—. Ese supervisor o lo que sea tuyo… —le miré y estaba hablando a Rose que estaba embobada con él—. ¿Se porta bien contigo? Porque si no ya sabes, nadie se mete con mi familia sin salir mal parado.
—Sí Lu, lo sé. Es buena gente. Pero a ti no te gusta desde el momento cero, así que no voy a intentar ni que hables con él. Puede ser peor. Y en el estado que estás hoy —negó con la cabeza—, no puede ser nada bueno lo que le dirías. ¿Monito? —Me reí—. Me voy a dormir Lu. No seas demasiado mala esta noche. —Me puse la mano en el pecho y levanté la mano.
—Prometido. Está Brad para cuidarme.
—Si bueno. Tú, Rose y él tenéis una relación muy extraña. Muy extraña Lu.
Pablo se fue a dormir y nosotros continuamos la fiesta en el Divinity’s, el local de los chicos cerca de casa. En él había espectáculos muy variopintos. Desde la noche de estrellas emergentes, vamos personas que cantaban como el culo creyéndose Beyonce, pasando por variedades, hasta llegar a burlesque al más puro estilo. Nos encantaba ir allí. No era muy normal que las chicas fueran la noche de los sábados pero no éramos normales. Esa noche era show de striptease femenino. Cuando estábamos pidiendo en la barra me di cuenta de que el monito había venido con nosotros. ¿Cómo tenía tantísimo morro de estar allí sin invitación? Le prometí a Pablo no hacer ni decir nada y eso es lo que iba a hacer. Alejarme lo más posible de él, cumpliendo la promesa que le había hecho.
Me senté en una de las mesas con Rose y Brad. Pedimos unas bebidas y gritamos mientras las chicas estaban bailando en el escenario quitándose la ropa.

En la vida había conocido a una chica que fuera a locales de striptease y los disfrutase tanto. Pero esa chulería y esa forma de llamarme monito me dejó descolocado. ¿Quién se creía que era? ¿La dueña de un zoo? Mujeres. Cada vez me sentía más orgulloso de haber tomado aquella decisión. No fiarme de ninguna y disfrutar de todas. Pero lo peor de todo era que no podía quitar los ojos de aquella tarada de ojos marrones. Esa gran sonrisa que iluminaba el local.
—Maldita sea Hans. Fíjate en esas tías que se contoneaban delante de ti con sus encantos al aire. Eso es lo que realmente te gusta. Sexo sin compromiso, disfrutando totalmente de las relaciones de una noche. Ese eres tú, no te engañes.
Repetía en mi cabeza una y otra vez. Aquella maldita mujer me destrozó tanto por dentro, que prometí no confiar nunca más en ninguna de su sexo. Todas eran iguales. Y aquí la señorita, me bebo todo lo que hay en la barra, estaba haciendo lo que todas. Tontear con cada uno de los hombres que había en el local. El cachitas, el poli malote y las locas de la pradera. No entendía qué rollo había allí.
—Por cierto, ¿tú quién eres? —el poli malote comenzó con su interrogatorio.
—Soy Hans. Me encargo de la condena de Pablo. —Lucía se acercó con una cerveza en la mano.
—¿Y qué haces aquí? No creo que esto ayude a Pablo en nada. —Dijo entrecerrando los ojos.
—Me ha invitado a una cerveza —hice una parada y la observé. Tenía unos ojazos marrones enormes, una pequeña nariz y unos labios increíbles—, Rose creo que me ha dicho que se llamaba.
—Pues ya te la has tomado, ¿no? —me miró de arriba abajo mordiéndose el carnoso labio—. Pues pista. Bye bye. Au revoir. Adiós.
—Sigue siendo mi día de suerte. La persona más amable del planeta me despide en varios idiomas. —Le miré de la misma manera que me estaba mirando—. Pero mira, me apetece disfrutar del espectáculo. Me voy a tomar otra cerveza. —Pasé cerca de ella y su cuerpo se tensó.
—Monito cuidado con las cervezas. —Se tocó la tripa y sonrió.
—Serás... —Fui a agarrarla del brazo y me miró con odio.
—Nunca en la vida te atrevas a tocarme. Nunca. —Noté como sus ojos se abrían más de la cuenta.
Se fue directa a una de las mesas a seguir con la fiesta. Ese cambio de voz me dejo un poco sorprendido. Pasó de sarcasmo a terror en décimas de segundo. Me quedé en la barra apoyado observándola. ¿Qué demonios le había pasado a esa tarada por la cabeza para contestarme así? Estuve hablando con Paul y Tony. En muy poquito tiempo, con las copas que llevaban encima, pude intuir que roles tenían cada uno de ellos. La verdad es que eran demasiado diferentes al círculo de amigos con los que yo me rodearía. Nunca tendría amigos de ese estilo. Eran estridentes, raros y muy chillones.

—Menéate para mí nenaaaaa. —Rose le gritaba a una de las bailarinas.
—Rose contrólate por Dios. Parece que tienes algo entre las piernas. Compórtate como una mujer anda. —Se levantó y comenzó a bailar.
—¿Quieres un privado? —me empecé a reír.
—¿Más de lo que ya veo a diario en el trabajo? Que la barra ya te echa de menos. Vete a pedir algo anda. —Rose se fue a la barra y me puse a apuntar unas cosas en el móvil—. Oye… Perdona… —la chica comenzó a menear sus tetas en mi cara—. No… Para… —trataba de esquivar sus pezones cerca de mis ojos—. Una pregunta solo. ¿Cómo demonios te has enganchado así en la barra?
—¿Cuándo? —se paró delante de mí.
—Al subir hacia arriba, solamente con la pierna derecha y poder continuar dando vueltas. Llevo intentándolo varias semanas y me es imposible. —Me subí al escenario y agarré la barra—. Yo cuando hago esto… —comencé a girar en la barra con una pierna enganchada a menos de medio metro del suelo—, soy incapaz de tomar impulso.
La bailarina, amablemente me dio una mini clase de barra americana.

—Ya está Lucía trabajando. No para ni un momento esta chica. —Escuché a Paul.
—¿Trabajando? —pregunté extrañado y la vi encima del escenario girando con sus piernas en la barra.
—Sí. Se dedica a ello. Y es muy buena. Tendrías que verla alguna vez. Lo hace con tanto gusto, tan bonito todo, que es todo un placer verla.
La tarada era stripper. No me extrañaba que Pablo estuviera metido en líos. La vida de una stripper no era vida. No podía darle a su hermano lo que necesitaba. No necesitaba quedarme más tiempo allí viendo aquel espectáculo. Le di el último trago a la cerveza y cuando iba a marcharme Lucía vino corriendo a la barra gritando como una loca.
—Rose, lo tengo. Ya lo tengo. —Se abrazó a ella como si hubiera descubierto la vacuna del sida.
—¿Qué tienes? —la miró con cuatro cervezas en las manos.
—Tengo el giro. —Giró sobre sí misma levantando una pierna en el aire y doblando la espalda—. Lo vamos a petar nena. —Le dio con el culo y Rose acabó tirando sus cervezas encima de mí.
—¡¡JODER!! —la cerveza me empapó entero.
—Lo siento. —Rose empezó a secarme con sus manos—. Dios mío, que duro estás nene. Pa’ lavar aquí la ropa. — No dejaba de tocarme—. Lu, toca toca.
—Más quisiera que le tocase. —Me miró sonriendo.
—Descarada. —Contesté mientras trataba de quitarme las manos de Rose de encima.
—Mucho. —Me lanzó un beso y se fue.
Me fui al baño para secarme un poco y poder salir de aquel tugurio. No sabía cómo demonios me lie para acabar allí. Solamente quería llegar a casa y tal vez llamar a Sarah, y disfrutar de un buen polvo aquella noche. Sin compromisos, sin ataduras, puro sexo salvaje. Ella complacía todas mis peticiones. A cualquier hora. Cualquier día. Podría decirse que era una relación fantástica. No me pedía nada. Ninguna atadura. Solamente follar. Eso me encantaba.

Ese hombre. Ese hombre y sus miraditas de superioridad me estaban mosqueando más de la cuenta. Salí del bar y me senté fuera. Apoyada en un coche que había por allí. Traté de olvidarme de él, pero es que aquellos ojos verdes no hacían más que aparecerse en mi cabeza. Aquella nariz perfilada y sus labios. Mierda. Le pegué un trago a mi cerveza y pensé en lo que quedaba de mes. Pablo había solicitado una beca para las prácticas de fotografía. Tenía un gran talento, cuando quería explotarlo. Tenía que hablar con el rector de la universidad. Las horas de servicios a la comunidad que tenía que prestar le iban a dejar menos tiempo para hacer muchas de las prácticas que tenían que hacer. Además tenía que hablar con él de los pagos. El siguiente cuatrimestre que estaba a punto de caer, iba a ser imposible hacer el pago completo. Necesitaba que aprobase la financiación. Di con mis pies en el suelo varias veces tratando de pensar cómo hacerlo todo. Mi hermano había visto una cámara que le entusiasmaba. Con la que hacía ahora las fotos, en fin, estaba remendada por varias esquinas, la pantalla la tenía un poco rajada y los objetivos no eran los mejores. Le había echado un ojo a una Canon EOS 5D Mark III. De todas las veces que lo había dicho me había aprendido de memoria el nombre. Tenía que pedirle a Rose más clases al día. Encima Sandra estaba pendiente de una respuesta para realizar una serie en Londres. Si dejaba el piso nos las veríamos demasiado putas para llegar a fin de mes. Tendría que meter alguna hora de más en el bar o en el Divinity’s. Todo fuera por el futuro de mi hermanito. Aun preocupándome por todo aquello, sus ojos seguían estando en mi cabeza.
Me levanté del coche y paseé un poco hasta llegar al muro que daba a la playa a escuchar el mar rompiendo en la orilla. Le pegué otro trago a la cerveza y me subí de pie al muro, andando por él, haciendo equilibrios y pequeños pasos de baile. Cuando necesitaba despejarme, desde que era pequeña, lo hacía bailando. Barandillas, muros, aceras. Cualquier superficie para mí era una pista de baile donde moverme y disfrutar.

Me despedí de todos, bueno, de todos los que me despedí y al salir fuera me encontré a aquella tarada, subida a un muro, haciendo equilibrismo con una cerveza en la mano, con una pierna elevada por encima de su cintura y la cabeza hacia atrás.
—Vamos a ver tarada, ¿qué demonios haces ahí arriba? ¿No te vale con engancharte a una barra para romperte la crisma, que ahora quieres caerte de un muro que a saber cuánta altura hay? —Me quedé delante de ella con los brazos cruzados.
—No creo que sea de tu incumbencia monito. —Hizo un giro y se quedó inclinada hacia mí con la pierna levantada de nuevo—. Sé lo que me hago. —Continuó andando por el bordillo del muro.
—Vamos a ver. Bájate de ahí.
—¿Qué más te da? Déjame en paz. —Agitó un brazo en el aire.
—Me da igual que te abras la cabeza, pero cómo te caigas tengo la obligación de auxiliarte y no me apetece tener que llevar a una tarada borracha en mi coche. —Era capaz de sacarme de quicio en dos segundos.
—No vaya a ser que te manche tu fabuloso coche de niño rico. —Me acerqué más a ella.
—Bájate de ahí. —Extendí mi mano para agarrarla pero asustada se tambaleó y cayó hacia atrás.
Me asomé completamente asustado por encima del muro y me la encontré en la arena riéndose. No había más de un metro de desnivel. Ella lo sabía y había estado jugando. ¿Cómo podía sacarme de quicio en tan poco tiempo? Su mirada desafiante, su descaro y su forma de actuar conmigo, me sacaban totalmente de mis casillas. Encima se estaba riendo. Estaba tirada en la arena riéndose. Salté el muro y me quedé mirándola. Ese pelo alborotado, sus enormes ojos marrones llenos de vida y esa gran sonrisa, con esos labios tan carnosos. «Hans no. No te hagas esto». Repetía mi subconsciente mientras trataba de no gritar por haberme asustado.
—¿Estás loca? Pensaba que te habías caído metros y te habías hecho daño.
—¿Preocupado por mí? —me miró a los ojos.
—No. Preocupado por el mobiliario urbano. Lo que se rompe se paga.
—No te preocupes monito, solo es arena. —Se levantó sacudiéndose la ropa y el pelo—. Solamente arena.
Se apartó de mí sin mirarme de nuevo. No sabía por qué pero quería que esos ojos me volvieran a mirar, saber si ella había sentido aquella electricidad como sentí yo cuando la toqué. Pero no se dio la vuelta. Saltó el muro y paseó por la calle principal cruzando a la acera de enfrente. Me quité todas las ideas de encima y me dirigí hacía el coche. Me metí dentro  y al introducir la llave en el contacto aquello no quería arrancar. Mierda. El puto coche no quería arrancar. Estaba tirado en un barrio que odiaba, cerca de una mujer que me sacaba de quicio y no quería pensar en quedarme allí. Todo parecía haberse confabulado para que no pudiera irme. El móvil estaba sin batería y no tenía ni un duro en efectivo para poder coger un taxi. Y mi maldita cartera, no sabía ni dónde estaba. Por el retrovisor vi a Lucía con una sonrisa como si hubiera ganado una gran batalla, apoyada en la pared.
Salí del coche y golpeé una de las ruedas con mi pie.
—Joder. —Resoplé fuertemente.
—¿Problemas en el paraíso? —le pegó un trago a la cerveza medio sonriendo.
—El maldito coche no arranca. El móvil está sin batería y no tengo ni un duro para volver a casa.
—Dios te dio dos maravillosas patitas para andar. Observa que te enseño, no vaya a ser que se te haya olvidado. Una pierna y después la otra. —Se puso a caminar delante de mí y pude observar un fantástico culo acompañado de un hipnótico movimiento de caderas, enfundado en sus vaqueros.
—¿Te crees muy graciosa?
—Tengo mis días. —Volvió a regalarme una sonrisa espectacular—. Pero es que hoy me he comido un payaso y me está repitiendo ahora mismo.
No lo pude evitar y me reí. Solté una gran carcajada. La verdad es que aquella mujer tenía gracia. Una gracia rara y diferente, pero era divertida.
—No tienes ni coche, ni móvil, ni dinero, ni perro que te ladre. No sé porqué te voy a decir esto, pero vivo como ya sabes aquí al lado. Te puedo dejar que hagas una llamada. Seguro que tienes a alguien interesante que te venga a recoger.
—Siempre tengo a alguien interesante en mi agenda. Pena que mi móvil se haya apagado. Sarah, Rachel o Cindy. —Vi cómo hacia un gesto con la cara—. ¿Algún problema?
—Ninguno. Mi oferta se acaba en cinco minutos. Si quieres ir a mi casa y hacer una llamada, perfecto. Si no, mueve tus patitas hasta llegar a tu casa.
—¿Qué me vas a pedir a cambio? —me acerqué lo suficiente a ella para notar su nerviosismo pero sin llegar a tocarla.
—Nada. Simplemente que seas bueno con mi hermano. —Su tono burlón simplemente desapareció—. Se merece una segunda oportunidad. Es un buen chico aunque a veces se meta en problemas. Tiene un futuro brillante y solo espero que esas benditas horas que va a pasar en lo que sea que esté haciendo allí, sean buenas para él. —Su preocupación parecía sincera. Muy sincera—. Solo quiero que tenga un buen futuro. El mejor que yo pueda darle. —Suspiró y se quedó pensativa.
Acepté su ofrecimiento para acercarnos a su casa. Estuvimos en silencio el corto trayecto. Me fijé mejor en la zona que vivía. Un bloque de apartamentos en Santa Mónica. La verdad es que un apartamento así, en una urbanización privada como aquella debía de costar un buen dinero. Supuse que hacía varios shows de striptease al cabo del día para poder pagarlo. Y su hermano iba a una buena universidad, Bakersfield College, que sabía perfectamente lo que costaba. Era la misma universidad a la que yo había acudido varias veces a dar charlas y era uno de los benefactores. Cuando entré en el apartamento, con lo primero que me topé fueron un montón de cajas desperdigadas por todo el salón.
Era un apartamento pequeño con poco espacio comparando a lo que yo estaba acostumbrado. Por todo el salón había libros de arte, fotografía, cocina, ballet y yoga. Sí que eran eclécticos en ese sentido. Me pasó el teléfono y marqué, pero los horas que eran, no había nadie que contestase. Eran más de las dos de la madrugada. No sabía a quién llamar. Mientras yo estaba al teléfono observé a Lucía. Se quitó los zapatos, frotándose los pies como si llevase horas bailando. Se sentó en el sofá, con una máscara azul pringosa en la cara que sacó de la nevera. Después de quince minutos de llamadas sin contestar, dejé el teléfono en su sitio.
—¿Ninguna de tus churris te ha contestado? —dijo sin quitarse la máscara.
—No. Son las dos de la mañana. —Paseé por el salón.
—Lo único que te puedo ofrecer es mi coche. No me preguntes a que se debe esta locura transitoria, pero es lo único que puedo ofrecerte. —Me miró de una manera diferente, como si su boca dijese una cosa y su mente pidiese otra.
—¿Lo único? —me acerqué lentamente a ella y nos quedamos a escasos centímetros.
—Lo tomas o lo dejas monito. No tengo toda la noche para hacerte ofertas. Mañana Pablo necesita el coche para ir a Pasadena a una exposición, así que te rogaría que lo trajeses de vuelta a las nueve de la mañana. Él seguro que se habrá levantado. —Fue hasta una pequeña caja y sacó un llavero con una galleta con forma de corazón y mucha purpurina roja—. Toma. Trata de comportarte con él. No es un Mercedes SLS AMG GT COUPE ROADSTER. —Le miré incrédulo—. No me mires así.
—No pareces la típica a la que le gusten los coches. —Observé su cuerpo con descaro.
—¿Cómo se supone que son las chicas a las que les gustan los coches? ¿Con peto vaquero y camisa de cuadros, coleta y gorra de gasolinera? —Pasó una mano por su cuerpo—. Fallaste. Las cosas nunca son lo que parecen.
—Es verdad. Las cosas que a simple vista parecen una cosa, al final te sorprenden. —Como con ella al enterarme de que era stripper. De ahí la galletita con purpurina roja.
—Por favor, es importante que mañana esté aquí el coche pronto.
—No te preocupes. Cumplo lo que prometo. —Cogí las llaves de sus manos y por una fracción de segundo nuestras pieles se rozaron provocándome un escalofrío, que por su gesto, también debió de sentir.
—Buenas noches. —Balbuceó mientras sus pupilas se dilataban.
—Buenas noches galletita.

Cuando quise reaccionar a lo que me llamó, ya había cerrado la puerta dejando un olor exquisito por toda la casa. Mi cuerpo pareció reaccionar ante el corto instante en el que nuestros dedos se tocaron. Una extraña sensación me recorrió el cuerpo. Me apoyé en la puerta tratando de recomponerme de ese leve roce que habíamos tenido. No me podía permitir pensar en él de esa manera. Ni por muy guapo que me pareciera, ni por muy perfectos que me parecieran esos labios, esos ojos, esas manos y ese cuerpo que me imaginaba debajo de aquella camisa blanca. No Lucía. No.
Me acosté en la cama, pero no llevaba demasiadas copas encima como para caer rodando por la cama y quedarme en coma hasta el día siguiente. Varias horas después seguía despierta en una noche que se vislumbraba llena de recuerdos.



Click, click, click. Aquel extraño sonido me sacó de un dulce sueño. Cuando abrí los ojos me encontré a Pablo sentado en mi cama haciéndome fotos dormida.
—Pablo te mato. —Me levanté pero él salió corriendo—. Como odio que me hagas fotos dormida.
—Lu, no sabes lo guapa que estás durmiendo. Además ya sabes que necesito fotos para la exposición. Bueno, si me la hacen. En mis sueños. Así se llamaría. —Salí al salón detrás de él.
—En los tuyos, no en los míos. —Le pegué en el brazo—. ¿Qué hora es? ¿Qué haces aún aquí?
—Son las ocho y el coche no está fuera. —Me dio una taza con café recién hecho.
—Le dije a Hans que lo trajese a las nueve. Culpa mía. —Me miró preguntándome que había pasado—. No me preguntes. Me dijiste que fuera buena y le dejé el coche para que volviera a su casa. Su fantástico Mercedes le dejó tirado ayer. —Me reí.
—Eres malvada. Malvada y preciosa cuando duermes. —Estaba mirando la cámara.
—Eres mi hermano y siempre me ves bien. Pero estos pelos de loca mariana no son normales. —Abrí mucho los ojos—. ¿Desayunamos en la terraza?
—¿Tú no ibas a tener una resaca monumental hoy? —Me miró sorprendido.
—Lo que tengo monumental es el moratón del culo. Menos mal que lo tengo bien mullido. —Negué con la cabeza—. Me caí de culo a la arena
—¿Qué estabas haciendo? —empezó a preparar la mesa fuera.
—El bobo.
Terminamos de preparar el desayuno y salimos a la terraza. Me encantaba poder desayunar allí. A esas horas todo el mundo dormía y leer el periódico o preparar alguna rutina allí era un gustazo. Disfrutábamos del sol casi todos los días del año, así que era el mejor sitio para vivir. Estuvimos hablando de la beca que iba a pedir Pablo para Europa. Quería ir a Italia o Reino Unido a hacer unas prácticas de fotografía. Vamos, que quería ver a supermodelos medio en pelotas pero, ¿quien no querría? Una vez fui a una sesión que hubo en su universidad de moda y Dios mío, adonis semi desnudos por todos los sitios. Para correrse del gusto y no parar.
A las nueve menos diez Hans llamó al timbre y Pablo fue a buscarle.
—Buenos días Pablo.
—Buenos días Hans. —Se acercaron a la mesa.
—¿Un café? —Me miró y yo me hice la tonta con la mirada fija en el periódico.
—Muchas gracias. —Se sentó en frente de mí—. Las llaves del coche. Tal y como prometí. —Las dejó en el centro de la mesa y se quedó mirando unas galletas que había en la mesa—. ¿Puedo coger una?
—Claro que sí. Están buenísimas. Son la especialidad de Lu. Mantequilla y chocolate belga. Increíbles. —Cogió una sin quitar la vista del llavero.
—Vamos a ver si son tan increíbles.
—Espero que no seas alérgico a nada y te vayas a hinchar como un globito. —Hice una mueca con la boca elevando mis cejas.
—¿Qué lleva? —La miró como si llevase Antrax.
—Es secreto. Si eres alérgico a algo, no la comas. Es simple. Alergia. Boca cerrada. —Me puse las gafas de sol.
—Me arriesgaré galletita. —Le miré y quise contestarle pero prometí a Pablo comportarme, al menos cuando estuviese él delante.
—Lu, yo me voy ya. Quiero llegar pronto a la exposición a ver si tengo suerte y hablo con el artista. Es flipante lo que consigue. —Cogió la cámara—. Ojalá algún día llegue a ser tan bueno como él.
—Ya lo eres.
—Pero con estos medios. —Agachó la cabeza.
—Hasta con esa cámara hecha polvo eres genial Pablo. Si tienes una cámara mejor te comes a Leibovitz. —Levanté una mano y me la chocó.
—Si bueno. Tú que me ves con buenos ojos. —Me dio un beso—. ¿Qué vas a hacer a la hora de comer? ¿Vamos a la playa a disfrutar de unas olitas?
—Tú de unas olitas y yo de unos cachitas de playa. —Saqué la lengua como si me estuviese relamiendo.
—Que típico. —Hans lo dijo muy bajo.
—Cuando venga para aquí te llamo. Y no destroces mucho la casa. —Me guiñó un ojo—. Adiós Hans.
—Adiós Pablo. —Se fue corriendo a por el coche.
—¿Típico? —me bajé las gafas—. Guárdate tus impresiones monito. No me interesan.
—De acuerdo galletita. —Vi que tenía en las manos purpurina roja y me reí—. ¿Ahora qué te pasa?
—Vas a tener purpurina hasta el día del juicio final. Tendrás que dar explicaciones a tus churris.

—Debes estar acostumbrada a tener purpurina en cualquier parte de tu cuerpo. —La miré desafiante.
—No sé a qué te refieres. —Estaba desconcertada y me encantaba ser yo quien lo hacía.
—Con ese llavero, te pondrás perdida de purpurina. —Me miró directamente a los ojos y por un momento me dieron ganas de pegarla contra mí y follar encima de aquella mesa de camping.
—Perdón niño rico. La purpurina debe de ser algo nuevo para ti. —Se volvió a bajar las gafas de sol y pasó completamente de mí atendiendo a las noticias del periódico. Empezaba a calentarme esta tarada.
—¿Puedo tomarme otro café? Hasta que no me tomo el tercero, no soy persona.
—No creo que seas persona ni aunque te cayeras en una marmita de café colombiano. —Se levantó y fue a la cocina a traer más café.

®Bésame Princesa. ©Marta Lobo

Título original: Bésame Princesa de Marta Lobo
Primera edición digital: Vitoria, julio 2014
Diseño cubierta: Marta Lobo

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Copyright © 2014 Marta Lobo
All rights reserved.
ISBN-10: 1505300150

ISBN-13: 978-1505300154








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