01 septiembre, 2015

BÉSAME PRINCESA Y QUÉDATE CONMIGO (II)



Junio 2015. Erótica

Lucía se lanzó al vacío y cayó sin esperar una mano que la salvase. Tendrá que luchar por seguir adelante o enfrentarse a la verdad, a su verdad. Pero para ello tendrá que ponerse frente a frente con el hombre que le echó de su vida.
Hans se refugiará en compañías que no le convienen, llevando su historia de amor hasta unos límites que ni el mismo sabrá si podrá salvar. Los protagonistas tendrán que luchar contra viento y marea por solucionar su relación, o por seguir adelante.
¿Lo conseguirán?
Descúbrelo en el esperado desenlace de Bésame Princesa.


PORQUE AMAR TAMBIÉN PUEDE SER EXCITANTE.



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BOOKTRAILER: https://www.youtube.com/watch?v=9YuoxZ_5hd0



No podía respirar. No era capaz de tomar una maldita bocanada de aire que me llenase por completo los pulmones. Aun estando en aquel acantilado, con el viento golpeándome en la cara sin piedad, era incapaz de respirar. Mis pulmones no se llenaban por completo de oxígeno, la garganta estaba completamente cerrada, y mi cabeza estaba muy lejos de allí. Las lágrimas cubrían toda mi cara y mi cuerpo no dejaba de temblar recordando esas palabras. Sus últimas palabras seguían sonando atronadoras en mi cabeza. ¿Cómo podía haber reaccionado así? ¿Cómo había sido tan estúpida de creer que haciéndolo de aquella manera, todo tendría una mejor solución?
Era idiota. Me sentía como una completa idiota.
Me quedé mirando el horizonte y bajé la mirada por un momento para observar el mar. Estaba picado, parecía estar de la misma manera que estaba yo por dentro. Rota. Completa y absolutamente rota.
Mis piernas colgaban por el acantilado. Hacía dos horas que me había sentado por el saliente más lejano de la carretera, donde el viento golpeaba con más fuerza, y pequeños trozos de la roca se desprendían hacía aquel pequeño abismo. Miré como caían golpeándose contra las rocas afiladas del acantilado. Yo en aquel momento era como aquellas pequeñas piedras cayendo al vacío, sin encontrar nada dónde agarrarse, golpeándose brutalmente contra el agua. Así me sentía yo, con un corazón despedazado que se había arrojado a un precipicio del que no podía salir.
Aparté mi mano del suelo y vi la marca que me había dejado el anillo que me dio la abuela de Hans en uno de los dedos. Me lo debieron de quitar en el momento que les entregué el dinero, pero no lo recordaba. No recordaba con claridad lo que había sucedido horas antes. Desde el momento en que recibí la llamada de Pablo, todo pasó a cámara rápida por mi cabeza. Era como si estuviera en una película a toda velocidad. El taxista negándose a entrar en aquel barrio de la ciudad, los ruidos de la calle detrás de mí cuando caminaba hacía aquella dirección, mis tacones resonando en aquel suelo lleno de cristales rotos, la luz tintineante de aquel callejón que estalló ante mi llegada, el tipo de la entrada, la pistola, los chicos aterrados, la droga encima de la mesa, los gritos de Hans, mis gritos y el sonido de aquella puerta cerrándose de un golpe.
Me tumbé en el suelo y noté cómo el aire me levantaba el vestido. Tomé una gran bocanada de aire y por primera vez en varias horas, la presión de mi pecho me dejó respirar.
Respiré varias veces profundamente y me quedé observando las estrellas. Sabía que en una de ellas mi padre me estaba vigilando y protegiendo, aunque aquella noche nadie pudiera haberlo hecho. Mi cabeza recordó sus palabras. «Siempre os estaré protegiendo y guiando».
—Esta noche ni tú papá, hubieras sido capaz de protegerme.
Cogí todo el aire que pude y lo contuve dentro de mí unos segundos. Hice lo mismo durante varios minutos, tratando de relajarme, de recomponerme y de intentar saber qué iba a hacer con mi corazón después de aquella noche.
Cerré los ojos varios minutos y cuando los volví a abrir, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Me levanté recogiendo los zapatos del suelo. Mi pie se resbaló hacia el precipicio y por unos segundos sentí que iba a caer por el precipicio al agua. Contuve la respiración e hice un movimiento rápido metiéndome en tierra firme. Observé de nuevo aquellas rocas que se desprendían. El agua se movía tranquila ante mis ojos. Era como si la tormenta de la noche anterior se hubiera calmado. Ojalá fuera todo tan fácil. Negué con la cabeza mientras las lágrimas volvían a recorrer mis mejillas. Hacía años que no me permitía llorar de esa manera y aquella noche agoté todas mis reservas.
Me monté en el coche y busqué en mi bolso. No había rastro ni de mis llaves de casa, ni de la cartera, ni del móvil. Dios. Mi tía y Pablo se estarían volviendo locos buscándome. Salí de allí casi derrapando con el coche y por la radio comenzó a sonar “Stay with me” de Sam Smith. El mismo que hacía unas horas parecía dedicarme una preciosa canción, como si la estuviera cantando Hans, pasó a dedicarme unas amargas líneas, que me acompañaron en el camino a casa.
No quiero que te vayas, ¿vas a darme la mano? ¿No te quedarás conmigo? Porque eres todo lo que necesito. Esto no es amor, es fácil de ver pero cariño, quédate conmigo.
Ojalá aquellas palabras hubieran salido de la boca de Hans y no de una canción en la radio. Era una completa estúpida. «Estúpida, estúpida, estúpida». Las palabras en la voz de mi padrastro retumbaban en mi cabeza. «Nunca serás feliz. Nunca. Yo me encargaré de ello». Parecía ser así. Aunque la única culpable era yo misma. Yo fui quien me encargué de joderla. No podía culpar a nadie más.
Al llegar a casa, las luces de la policía me alertaron. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que algo les había sucedido a mi tía y a Pablo. Pasé el cordón de seguridad peleándome con un par de policías que me impedían el acceso a casa. Entre gritos logré convencerles. Salí corriendo hacía dentro y me encontré a mi tía, a Hernando y a Pablo, sentados con varios policías alrededor. Eché a correr hasta donde ellos y mi tía al verme, se llevó la mano al pecho.
—Maitia. ¿Dónde estabas? Hemos estado llamándote toda la noche. —Se lanzó a mis brazos y vi cómo su maquillaje estaba corrido debido a las lágrimas.
—Yo… Lo siento tía. No quería que os preocupaseis pero… —no pude controlar de nuevo las lágrimas—. Lo siento tía. —La besé en la mejilla y la apreté fuertemente contra mí.
—Hemos llegado a casa y la puerta estaba abierta. Han destrozado el piso, se han llevado algunas cosas y —Pablo se quedó callado y me agarró del brazo apartándome del resto—, he encontrado una nota. Es para ti. —No podía entender qué es lo que estaba sucediendo.
—No entiendo nada Pablo. —Abrí la nota y no reconocí la letra.

«Muchas gracias por pagar las deudas de esa pequeña zorra. Todo está finiquitado. Gracias bombón».

—Han estado aquí. Pero, ¿cómo… —Pablo me abrazó fuertemente—. Siento muchísimo todo esto. Ha sido mi culpa, si yo no hubiera ido allí… —le corté.
—No Pablo. Nada de esto es tu culpa. Quisiste salvar a Sharon y acabamos metidos en el mismísimo infierno. La única culpable de todo esto soy yo. —Le acaricié la cara y saqué fuerzas para sonreír.
—No tenías que haberlo hecho. Nosotros podíamos haberlo solucionado.
—No Pablo, solo sois unos críos y no sabéis lo que todo eso hubiera hecho a su familia. Esas drogas no eran de Sharon. Noté cómo mi hermano se enfadaba por momentos.
—Ni tuyas Lucía. No tienes que cargar tú con todo. Has destrozado a Hans. Has destrozado la maravillosa relación que teníais, solo por querer ser una súper heroína. —Resoplé fuertemente y mi hermano me agarró de los brazos—.Sharon va a hablar con Hans cuando se tranquilice.
—No Pablo, habla con ella y prométeme que nadie se lo va a contar. Que crea que son mías es la mejor solución a todo.
—No lo es.
—Sí lo es, joder Pablo. Por una maldita vez en tu vida hazme caso. —Pegué tal grito que todos se dieron la vuelta—. Hazme caso y déjalo estar joder. Joder. —Me aparté de él bruscamente.
Me metí en casa, sacando a un policía de mi habitación y encerrándome por dentro. Necesitaba meterme en la ducha y olvidar aquel maldito día. Olvidar todo lo que había pasado en las últimas doce horas. Aunque sin saberlo, olvidar todo, no iba a ser tan fácil.



Destrocé cada centímetro de mi despacho. Cada figura, cada copa y cada imagen que había encima de la mesa, habían quedado hechas añicos en cualquier rincón de aquella habitación. Me volví loco. Me volví loco al saber que esos últimos meses habían sido una gran mentira. Sus palabras, sus caricias y sobre todo sus te quiero, habían sido fruto de… no sabía ni cómo catalogarla. Una maldita yonqui que había entrado en mi vida para enamorarme y destrozarme cuando mejor le viniese.
No. Simplemente no lo había visto. Me sentía estúpido. No sabía cómo no me había dado cuenta de cada una de las señales. De cada una de sus extrañas formas de actuar en las últimas semanas. Aquella forma que tenía de recuperarse milagrosamente después de horas de trabajo, de semanas llenas de baile y fiestas. No sabía cómo no me había dado cuenta antes. Me sentía como un jodido estúpido.
Me puse una copa de whisky y al darme la vuelta vi sus fotos. Esas fotos que colgadas en mi despacho no hacían más que recordarme su traición. Me empezó a quemar la garganta, como si una gran bola de fuego quisiera salir por mi boca. Sentí un gran dolor en el pecho que me obligó a apoyarme en la mesa. Apoyé una mano en ella y la ira comenzó a recorrerme de nuevo, como un escalofrío. Miré el fondo del vaso y a los pocos segundos, ese mismo vaso, estaba estallando en mil pedazos contra una de sus fotos. El whisky corría por la pared.
Los golpes alertaron a mis padres y a mi abuela, pero mis gritos les ahuyentaron de allí. Supuse que Sharon y Pablo ya les habrían contado todo lo que minutos antes había sucedido. Mi padre volvió a golpear fuertemente la puerta al escuchar el estallido del vaso, pero mi cabeza estaba lejos de allí.
Recordé cómo la primera vez mis ojos se posaron en los suyos. Aquella forma de desafiarme, me tenía que haber avisado. No era una apuesta segura. No tenía que haber caído en sus malditas garras. No tenía que haber sucumbido a sus vicios. Simplemente me tenía que haber alejado de ella. Pero mi cabeza no pudo. Caer en sus redes fue simple. Dos meneos de culo, dos caídas de ojos y tristemente, me tenía en sus manos. Aprovechándose de… Dios santo. Estaba tan enfadado, tan decepcionado, tan jodidamente enamorado de aquella extraña en la que se había convertido.
Estaba defraudado, dolido y sobre todo asombrado, ante la forma que tenía de hacernos creer a todos que su vida era perfecta. Que su forma de ver la vida era la mejor. Pero ni siquiera ella misma sabía en la mierda que estaba metida. Perder a sus padres, tener aquel pasado, no podía tener un final feliz.
Joder, ni siquiera tenía la seguridad de que todo lo que me hubiese contado fuera verdad. Mierda. Si cuando dije en el pasado que no volvería a confiar en ninguna mujer, estaba en lo cierto. Ninguna se merecía esa confianza ciega que le había brindado a Lucía.
—Mierda Lucía. Has destrozado todo lo que teníamos.
Me faltó el aire al pronunciar su nombre. No quería tenerla en mi boca, ni en mi cabeza y mucho menos en mi corazón. Pero no me podía controlar. Tenía la necesidad de gritar y salir de allí lo antes posible. No me lo pensé.
Cogí las llaves del coche y salí por la parte de atrás. Vi cómo Pablo hablaba con su tía, y ella simplemente negaba con la cabeza, como no creyendo lo que estaba oyendo. Llevándose una mano a la cara y la otra al pecho. Pobre familia. Lucía se encargaba de joder todo lo que tocaba. Y con ellos no podía ser menos.
Me monté en el coche y desaparecí. Desaparecí el resto de la noche tratando de olvidar sus besos, sus caricias, sus abrazos y esos falsos te quiero.
Nunca más. Nunca más confiaría de nuevo en ella, ni en ninguna otra mujer. Bajé la guardia y el placaje que me hizo fue terrible. De la misma manera que me enamoré a la velocidad de un rayo de ella, consiguió que la odiase tanto, como para desearle que todo aquello cayera sobre su conciencia.
Paré en la playa un buen rato después y continué con mi única aliada de la noche. Aquella botella Vintage Balblair 1975.
La noche era oscura y el alcohol ahogó mis penas y las últimas lágrimas que derramaría por ella. Porque desde aquel momento, Lucía no existía para mí.



—Maitia, no puedes seguir así. Tirada en la cama durante todo el día y aparecer por el salón como un murciélago por las noches para beber algo. —Mi tía me acariciaba la cara—. Aún no entiendo por qué has hecho eso.
—Nadie lo entiende. Os lo he explicado un millón de veces y… —mi tía me cortó.
—Y un millón de veces más te diré que eres tonta. Tonta de remate, por no llamarte otra cosa. Dejar que él crea todo lo que cree. Que te tratase como si fueras… —se quedó callada y me di de nuevo la vuelta en la cama para no mirarla y que me viera de nuevo llorando—. Como si fueras una maldita drogadicta. No te conoce. No te conoce nada.
—Tía, tan solo han sido un par de meses que nos conocemos a lo mucho. Todo era simplemente una ilusión. La ilusión de haber encontrado a alguien que no me señalaba por mis defectos. Llené mis pulmones con todo el aire de la habitación—. Que había encontrado eso que tienes tú con Hernando. —Me senté de espaldas a ella en la cama—. Querer creer en el amor, no es lo mismo que querer.
—Maitia, no puedes ser tan dura contigo misma. —Se dio la vuelta y se sentó a mi lado agarrándome de la mano—. Llevas llorando una semana completa. No has salido de casa ni a que te dé el aire. —Levanté los hombros como excusándome y afirmando que no tenía ganas—. Rose ha venido cada día y ni siquiera la has querido ver a ella.
Mierda, Rose. Me estaba comportando con ella como la peor de las amigas.
—Lo sé. Estoy siendo una egoísta, pero no tengo fuerzas. No tengo ganas tía.
—No eres mi sobrina. No lo eres en este momento. —Me levanté y miré por la ventana—. Mi sobrina es fuerte, decidida y nunca duda de lo que hace. Aunque la cague, apechuga con las consecuencias. —Me di la vuelta y la miré—. Tienes que salir de aquí. Respirar fuera de estas cuatro paredes, que es como una maldita leonera de circo, pero de esos circos de locos. —Sonreí. La primera vez que sonreía en una semana—. Yo sé lo que necesitas.
—No tía, no lo sabes.
—Sí lo sé. —Se levantó y me agarró de la cara obligándome a mirarla—. Necesitas bailar. Sacar toda esa rabia que tienes dentro, que tú solita te has creado.
—No me sigas machacando por favor tía. —Agaché la mirada.
—Puedo comprender que no quieres que su familia sufra, pero si no era de ella la droga, no hubiera pasado nada. —Resoplé.
—Tía, si me trató a mí así, sin dudar un segundo que no fuese mía, imagínate lo que hubiera hecho con su hermana. Eso les habría destrozado. No tuvo ningún tipo de duda en sacarme de allí a patadas y echarme de su vida, de su mundo. —Negué con la cabeza fuertemente tratando de olvidarme de sus palabras—. Imagínate que hubiera pasado con Sharon. No le viste. Si conmigo estaba hecho una furia, con su hermana… —negué con la cabeza—. La hubiera echado a los leones. Y no podía. Sabemos lo que es una familia destrozada. No quería eso para ellos. —Mi tía me agarró de la mano—. Les has conocido, has tratado con ellos y son una gran familia. Se apoyan, se quieren y se aman. No quiero que por una cosa que ni siquiera sucedió, acaben en una guerra familiar. Y que Sharon pueda realmente tener algo que ver de nuevo con esos cabrones. —Fruncí los labios como esperando una aprobación a mi comportamiento.
—Me he equivocado maitia. Sí que eres mi sobrina. Eres la misma Lucía que antepone el mundo a su corazón. Pero esta vez mi vida, creo que pagarás las consecuencias. Tu corazón no se recuperará nunca de esta pérdida. —Me limpié los ojos.
—Los corazones se acaban recuperando de pérdidas como éstas. Simplemente hay que dejar paso a lo nuevo que tiene que venir. —Ni yo misma me creía mis propias palabras. Era un discurso para que mi tía se quedase tranquila, pero me conocía demasiado bien.
—Eso no te lo crees ni tú. Por mucho que te lo repitas, Hans ha sido el único hombre que ha entrado en tu corazón. —Puso su mano en mi pecho—. Es más listo que tú y no dejará tan fácilmente salir a Hans de él.
—No hay mal que cien años dure.
—Ni cuerpo que lo aguante. —Negué con la cabeza—. ¿Seguro que estarás bien esta tarde? Hernando se ha empeñado en coger un coche y conducir por la costa para llevarme a cenar a un bonito restaurante. —Puse mi mano sobre la suya que aún estaba en mi pecho.
—Sí. Es más, he convencido yo a Hernando para que te lleve. Llevas toda la semana cuidándome, preocupándote por mí y necesitas descansar de esto.
—No necesito descansar de ti.
—Sí que lo necesitas. Hasta yo misma necesito descansar de mí misma. —Me miró a los ojos y sabía que me iba a hacer prometer algo.
—Si yo me voy, tú sales de casa. Vete a la academia, habla con Rose. Está muy preocupada por ti y no estás siendo buena amiga. Ha venido todos los días y no has querido verla. No has querido ver a nadie. Ni siquiera Pablo ha entrado en la habitación. —Suspiré al oír el nombre de mi hermano—. Se siente totalmente culpable de todo lo que ha pasado.
—No es su culpa. —Me enfadé al saber eso.
—Ya se lo he dicho, pero necesita oírlo de su hermana. No de mí. —Eché la cabeza hacia atrás—.Te vas a enfadar, pero ha cambiado la fecha de inicio de sus prácticas. Tenía la opción de hacerlas antes de agosto, o empezarlas en enero.
—¿Es idiota? —grité al saberlo.
—No es idiota Lucía. Está preocupado por ti y hasta que no se solucione todo, no se va a ir de aquí. —Me fui al baño.
—¿Dónde está? —encendí la ducha.
—Está en Hollywood Boulevard, me dijo que se iba a hacer fotos.
—De acuerdo. —Me metí en la ducha y a los minutos estaba secándome un poco el pelo y poniéndome las mallas, una camiseta y las zapatillas.
—¿Dónde vas? —mi tía me miró extrañada.
—Este niño me va a oír. Cambiar su vida por mí. ¿Está bobo?
—Lucía, tú hiciste lo mismo. Cambiaste tu vida, tu mundo, solo por él. —Me agarró del brazo antes de salir por la puerta—. Está haciendo lo mismo por ti.
—Mierda. ¿Por qué habrá aprendido a hacer eso? —resoplé mientras iba a por el coche—. Le voy a matar. —Abrí el coche con el mando y miré mi móvil. Ese móvil que mi tía se encargó de comprarme. Tenía al menos cincuenta llamadas perdidas, demasiados mensajes y muchos emails—. Vuelta a la puñetera realidad.
Me senté en el coche y al arrancar e ir a incorporarme a la carretera, se me paralizó el cuerpo y pisé el pedal del freno. Escuché el bocinazo del coche que se quedó a escasos centímetros. Tenía una sensación extraña recorriéndome todo el cuerpo. Que sensación rara ni que bicho muerto. Sabía exactamente lo que me pasaba. Me di cuenta de que era el primer día sin Hans en mi vida, pero el primer día de verdad.
Los días anteriores habían sido un estado de letargo, de lloros y de dolor. Pero ese día la realidad podía golpearme en cualquier esquina y verle. Ver a Hans en cualquier momento podría ser totalmente destructivo para mí. Pánico. Pánico total sentía en aquel momento. Mis ojos se perdieron en el retrovisor. Saber que no volvería a besarle, que no me volvería a coger de la mano al pasear y que nunca me perdonaría por lo que había hecho, o por lo que no había hecho. Noté cómo las lágrimas iban a empezar a caerme de los ojos y moví el retrovisor para mirarme. Dios mío. Las ojeras me llegan hasta las mejillas y mis ojos se veían más grandes de lo normal y mi boca… Mis labios cuarteados me mostraron el total descuido que había tenido durante demasiado tiempo. Me había descuidado y estaba haciendo sufrir a las personas que no se habían apartado de mi lado.
Antes de arrancar llamé a Pablo pero no daba señal. A los segundos simplemente comunicaba. Hollywood Boulevard había dicho mi tía. Allí me dirigía para encontrar al idiota de mi hermano, que había cambiado su vida por mí.
Una hora después aparqué en el centro comercial Hollywood and Highland y salí corriendo por una de las puertas. Había muchísima gente y no podía casi andar. Trataba de comunicarme con Pablo, pero parecía una maldita misión imposible. Me lo iba a comer en cuanto me lo echase a la cara. Recorrí el paseo de la fama entero y no le vi. Crucé la carretera entre los coches que pasaban para poder mirar en la otra acera. Piensa Lucía, piensa. Un amante de la fotografía en Hollywood, ¿dónde podría estar? Mi cabeza no daba para pensar, solamente había una cosa en mi cabeza. Mi hermano y su aplazamiento de la beca. Media hora pateando la calle después, me di por vencida y cuando iba a por el coche le vi. Estaba sentado en un banco mirando las fotos de su cámara con un gesto triste en su mirada. Crucé casi sin mirar y un coche estuvo a punto de atropellarme. Frenó a escasos centímetros de mis piernas y golpeé la parte delantera del coche gritando.
—¡Qué estoy cruzando joder! —el conductor juró en hebreo y me esquivó para irse. Pablo se dio la vuelta ante mi grito.
—¿Estás loca Lu? Casi te atropellan. —Se levantó de un salto del banco.
—El que está loco eres tú. ¿Qué es eso de un aplazamiento de la beca? ¿Eres tonto? —le pegué en el brazo.
—Joder, sí que has vuelto guerrera. —Nos sentamos en el banco.
—Me preocupa que dejes todo solo por mí.
—Tú lo hiciste. Es la mejor manera con la que puedo devolvértelo. —Le miré enfadada negando con la cabeza.
—No Pablo. La mejor manera es que sigas con tu vida. No se puede para el mundo por mí.
—Tu mundo se paró por mí. Déjame ayudarte Lu. Por favor. —Me agarró de las manos rogándome con sus ojos.
—Pablo…
—Por favor. Solo son unos meses. Cuando tú estés bien, cuando realmente estés bien, yo seguiré con mi vida. Pero no me puedo marchar ahora y abandonarte a tu suerte. —Cerré los ojos—. No estás bien y esto no va a pasar en unos días. No te has roto una uña Lu. Ha sido tu corazón lo que se ha roto. —Resoplé al escuchar su nombre—. Deberías hablar con él y contarle toda la verdad. Entenderá porqué lo has hecho.
—No Pablo. Me echó de su vida. —Traté de soltarme de sus manos pero las agarró más fuerte.
—Por una mentira. Él no sabe la verdad.
—Es mejor que no la sepa. Yo me puedo recuperar de esto, pero sé que él no lo haría si supiera realmente lo que pasó. No confiaría jamás en Sharon. —Los ojos de mi hermano se cerraron al oír su nombre.
—No ha querido saber nada de mí desde aquella noche. —Pasé mi mano por su hombro—.Se culpa tanto por lo que pasó, que verme le recuerda todo. Me ha dicho que no quiere volver a saber nada de mí.
—¿Cómo? Esa pequeña terrorista tiene que escucharme. No puede apartarte de su vida. —Me fui a levantar del banco y mi hermano tiro para atrás de mí, sentándome de nuevo.
—Tú lo has hecho con Hans. ¿Por qué no lo iba a hacer ella? —Sus ojos azules, llenos de tristeza estaban fijos en los míos, como si yo tuviera la respuesta a todos nuestros males.
—Vaya mierda. —Me recosté en el banco hacia atrás.
—Una mierda enorme hermanita. Una mierda enorme.
Nos quedamos unos minutos en silencio agarrados de la mano. Todo se había ido a la mierda en segundos y nos costaría demasiado recuperarnos de todo aquello.
Una media hora después le dije a Pablo que necesitaba volver a Santa Mónica para ir a ver a Rose, pero él me dijo que volvería en autobús que quería hacer unas fotos al anochecer en las colinas.
El atasco de vuelta a esa hora era monumental. Tras más de una hora arranca, para, arranca, para, conseguí llegar a la academia. Seguro que Rose estaría dando alguna de sus últimas clases y decidí entrar en la cafetería de al lado para coger un par de Frapucchinos y dos bollos. Eso siempre la apaciguaba un poco. Al entrar solo vi luz en las dos últimas clases y cuando me acerqué, Rose estaba preparando una clase de zumba para el día siguiente. Una de mis clases.
—Hola Rose. Aquí la zorra mayor del reino viene a disculparse. Me miró enfadada—. Lo siento mucho yo…
—¿Tú qué? —no me dejó terminar la frase—. ¿Te crees que es normal meterte en una puta burbuja y no dejar que nadie entre en ella? No es justo Lu, no lo es. —Pasó a mi lado saliendo del aula.
—Sé que no es justo pero necesitaba estar sola.
—No Lu. La amistad es para lo bueno y para lo malo. Después de todo lo que hemos pasado no pensaba que reaccionarías así. Se quitó la camiseta sudada para colocarse una sudadera.
—Lo sé, he sido una perra odiosa. Pero sé cómo soy estando así y no quería pagar mi error con alguien que no fuera yo. En un momento así puedo ser destructiva y no quería pagar mi dolor contigo.  —Entrecerré un poco los ojos.
—Joder Lu, deja de echarte tantas piedras en tu mochila y deja que alguien te ayude a sacarlas. —Hacía años que no veía a Rose así de enfadada—. Ahora eres tú quien necesita ayuda, quien necesita las palabras y los abrazos.
—Rose, lo sé, pero nadie me puede ayudar. Nadie. —Traté de acercarme a ella dejando los cafés y la bolsa en una mesa—. Solo puedo salir de esto yo.
—¿Porqué lo hiciste? ¿Porqué dejaste a Hans creer que esa droga era tuya? —Pude ver en sus ojos una gran preocupación.
—Ya sabes por qué lo hice. Sé que mi tía ha hablado contigo.
—Sí, lo ha hecho. Pero no lo puedo entender. Ni yo, ni ella, ni tu hermano, ni siquiera Glen lo entiende. —La miré asustada.
—¿Glen también  lo sabe? —afirmó con la cabeza resignada.
—Hans destrozó su despacho. Y le dio su versión a Glen. Cuando me lo contó, quise mandarle a la mierda, pero parece que tiene más dedos de frente que él. Supo que todo aquello era mentira. —Bajó su tono de voz.
—¿Hans lo sabe? —me temblaba la voz al nombrarle.
—No. Él solo sabe tu mierda de versión. Si tú quieres alejarle de ti y que crea tu mentira, es tu problema. No el nuestro. —Se dio la vuelta marchándose a los vestuarios.
Me quedé allí sola escuchando cómo Rose farfullaba mientras se metía a la ducha. Me senté en una silla con el café en las manos entre mis piernas, jugando con la pajita, sin realmente beber. Por unos segundos pensé que todo aquello estaba siendo una maldita pesadilla y que Hans entraría por la puerta en cualquier momento. Justo se abrió y giré la cabeza, pero allí no estaba Hans. Era Glen que venía a buscar a Rose. Me miró unos segundos fijamente apretando su mandíbula. Negó varias veces y solo pude mirarle y levantar mis hombros como dejándome vencer por su mirada.
—Ven aquí. —Tiró de mi mano y me pegó a su cuerpo cubriéndome por completo por sus brazos—. Eres idiota. Que lo sepas. —Me besó en la cabeza.
—Parece el tema del día, Lucía la idiota. —Sorbí por la nariz las lágrimas que comenzaban a caer.
—Puedo entender por qué lo has hecho, pero no comparto la forma. No sabes cómo está… —me separé de él al notar que se callaba.
—Se le pasará. Es más fácil olvidar a un amor pasajero de unos días, que olvidar cómo tu hermana te ha fallado. Eso no se olvida tan fácilmente.
—¿Crees que eres un amor pasajero? Ahora sí que definitivamente te has vuelto una idiota integral. —Me agarró por los hombros y agachó su cabeza para que pudiera ver bien su cara.
—Sigue insultándome, tu novia aún no ha empezado y lo estoy esperando. —Le miré a los ojos.
—Tú eres la que ha decidido que todo acabé así. Eres la única que puede solucionarlo. Solo tú. —Me dio en el pecho—. Sé que tu corazón está destrozado. Al igual que el de mi amigo. Completamente destrozado. 
—Lo sé Glen y me arrepentiré siempre por hacerle pasar por esto. Pero sé que es lo mejor.
—¿Lo mejor para quien Lu? —me di la vuelta y Rose salía del vestuario—. Para ti no es lo mejor. ¡No seas cabezota, coño!
—Entiéndeme Rose. Sé lo que es destrozar a una familia y ellos están demasiado unidos como para que esto les destroce. Solo he pensado en ellos. —La cara de Rose cambió.
—Mierda Lu. Pensé que solo estabas tapando a Sharon y a lo que quisiera que pasase aquella noche. No que estuvieras protegiéndoles a todos. —Me agarró del brazo—. Ahora lo entiendo. Tu tía no me lo contó todo por lo visto. Esa familia se ha metido tan dentro de ti, que no quieres que les pase lo mismo que a la tuya. Soy idiota. Perdón cariño. —Me abrazó.
—No Rose, la única idiota soy yo. De verdad.
—No cariño. No. Tú estás haciendo todo esto por una familia. No por ti ni por ella. —Me agarró de la cara—. Es admirable ver cómo te preocupas antes por ellos que por ti misma. Aunque no sé de qué me sorprendo. Siempre lo has hecho y esta vez no iba a ser diferente. Es idiota pero admirable. —Nos quedamos unos segundos mirándonos las dos y con la mirada ya nos estábamos diciendo lo que con palabras no éramos capaces de hacer. Terminó mostrándome una de sus preciosas y reconfortantes sonrisas.
—Vamos a comer algo chicas. —Miramos las dos a Glen.
—Yo me voy a casa. Disfrutad de la cena. —Tiré el vaso del Frapucchino a la basura.
—No. —Glen me agarró del brazo—. Te vienes con nosotros. Esas ojeras y esa pérdida repentina de peso me dicen que llevas sin comer bien bastantes días.
—No soy buena compañía. De verdad.
—Cuando yo era la peor compañía estuviste a mi lado. Así que ni pio. —Rose tiró de mí.
—Pero…
—He dicho que ni pio. —Me tapó la boca con la mano y me sacó de la academia.
—Vamos aquí al lado, que sé que las ensaladas de ahí te privan y las hamburguesas ni te cuento. —Glen estaba cerrando la academia y Rose no me soltaba el brazo ni un segundo.
—De acuerdo. Porque por mucho que me niegue no me vais a dejar en paz.
Dicho y hecho. Me llevaron arrastras hasta el restaurante. Rose durante toda la cena estuvo dándome su punto de vista de todo lo que había sucedido. Glen estuvo muy pendiente del móvil mientras hablábamos y llegué a tal punto de agobio, que me excusé para ir al baño.
Allí dentro me sentí sola, realmente sola. Por primera vez había salido a la calle y no tener a Hans al lado, se estaba convirtiendo en mi realidad.
Cuando iba a ir hacia la mesa y vi a Rose con Glen, me quedé parada observándoles. Cómo él la agarraba de la mejilla sonriéndola. Cómo acariciaba su nuca mientras la besaba la frente. Sus manos entrelazadas por debajo de la mesa, enseñándome su complicidad y su forma de quererse. En definitiva, lo que era el amor que se tenían. Suspiré fuertemente y de nuevo el dolor en el pecho se agudizó. Necesitaba salir de allí lo antes posible y solo se me ocurrió mentir. Mentirles a los dos para poder salir sin tener que dar demasiadas explicaciones.
—Chicos, me tengo que ir a recoger a Pablo a Hollywood. Ha perdido el último bus. Lo siento mucho. —Recogí el móvil y las llaves de la mesa.
—Ya. —Rose me miró sabiendo que estaba mintiendo pero no me dijo nada. Al mirarme a los ojos sabía exactamente lo que se me estaba pasando por la cabeza—. De acuerdo Lu, pero mañana te quiero ver en la academia, recuperando tu vida. Recuperando esa pasión que ahora mismo parece que has olvidado.
—Dame una tregua Rose.
—No, se acabó ya de pobrecita de mí. Lo has hecho. Y ahora es momento de continuar con tu vida. Con tus clases y con el baile. —Les miré entristecida a los dos.
—Rose tiene razón Lucía. No puedes quedarte en casa regodeándote en tu dolor. —Aparté la mirada de ellos centrándola en el llavero de mi coche. La famosa galletita—. Mira hacia delante Lucía, demuéstranos quién eres.
—Disfrutad del resto de la noche.
Salí del restaurante y justo antes de girar la esquina de la academia, entré en el bar de al lado. Me senté en la barra y pedí una copa. Creo que era lo que necesitaba en aquel momento. Una copa. Dos y tres más. Al menos por unos segundos me olvidé todo. Cogí el móvil y justo entró una llamada.
—¿Sí?
—Hola preciosa. ¿Cómo tienes la noche? —Reconocí la voz de Luke—. Voy a ir a una fiesta y he pensado que te apetecerá venir conmigo.
—Yo… —en ese momento me di cuenta de que no quería estar en ningún sitio sin Hans. Y otra vez la cruda realidad me abofeteaba. Nunca iba a estar de nuevo con él.
—Luke, no voy a poder ir. Estoy ocupada. Hablamos otro día. Colgué de inmediato el teléfono.
Dejé el dinero en la barra y me fui directa a la academia. Necesitaba soltar lastre, soltar esas piedras que tenía encima y sabía exactamente lo que necesitaba.
Me quité la sudadera y las zapatillas, cogiendo de mi taquilla unos calentadores y un short. Me lo puse sin mirarme en ningún momento al espejo. Si no me enfrentaba a la imagen de mí misma en aquel momento, sería más fácil. Conecté el IPod con la canción de Sia y su “Chandelier”.
Las notas iniciales de la canción retumbaron dentro de mí y mi cuerpo comenzó a bailar. Me dejé llevar por aquella desgarradora realidad que cantaba Sia. Chica a la que llaman para divertirse. Esa perecía ser mi historia.
Voy a balancearme en la lámpara. Voy a vivir como si el mañana no existiera. Voy a volar como un pájaro toda la noche. Siento mis lágrimas al secarse.
Giros, saltos torpes gracias a las tres copas que me había tomado. Me tropezaba. No sabía si por el alcohol o por el dolor que sentía. Mientras bailaba las lágrimas comenzaron a caer de nuevo. No quería pensar. Quería obligarme a dejar de sentir aquel dolor. Pero la canción no ayudaba. Cogí impulso para hacer una voltereta sin manos hacia delante pero al segundo de saltar caí de espaldas al suelo. Me dolía mucho la espalda por la caída, pero me volví a levantar. Sacudí unos segundos mis brazos y piernas, tratando de desentumecerlas. Escuché cómo la puerta de la sala se abría lentamente y no sabía por qué, pero me quería encontrar a Hans allí mirándome, como otras tantas veces había hecho. Pero era Nicola, con cara de susto por el golpe que se había escuchado.
No le hice caso y di unos pasos para atrás. La música se repitió de nuevo. Varios giros, varios pasos por el suelo y volví a coger impulso. Corrí por la sala y salté. De nuevo me quedé corta y mi espalda acabó contra el suelo.
—¿Quieres matarte loca? —Nicola vino corriendo a ayudarme.
—Suéltame. —Arrastraba un poco las palabras.
—¿Borracha y tratas de hacer una voltereta sin manos? —Aparté su mano de un golpe.
—Déjame en paz. —Me levanté escuchando por tercera vez la canción.
—¿Quieres hacerte realmente daño?
—Ya me lo he hecho. Un poco más no se notará.
—Sueltas la frustración con el baile. Eligiendo esta canción… tienes que estar muy jodida. No creo que pienses de ti misma lo que estoy escuchando.
—Podría ser yo de la que hablan ahora mismo. —Me aparté de él y comencé a bailar de nuevo.
Quería arrancarme el dolor allí mismo. Pero a cada nota, a cada paso, a cada elevación de pierna, aún seguía allí. No desaparecía. Vi por el gran espejo cómo Nicola se quitaba también la sudadera al ver que de nuevo tomaba impulso.
—Déjame ayudarte. —Negué con la cabeza—. Hay veces que una mano amiga puede ayudar más de lo que pensamos.
No asentí, simplemente suspiré y tomé impulso. Justo antes de saltar, el brazo de Nicola se puso en mi cintura y me dio el impulso necesario para poder hacer la voltereta sin caerme. Justo al caer y comenzar el estribillo, sus brazos me cogieron haciéndome girar por la sala, me dejó en el suelo y comenzó a seguir mis pasos. Parecía que hubiéramos ensayado todo, pero simplemente llevaba mucho rato haciendo lo mismo. Repitiendo la misma rutina exacta en cada paso. Y él, aprendía rápido. Seguía mis pasos. Me sujetaba con firmeza la pierna y casi al finalizar la canción, sin saber muy bien por qué, atendí a una de sus señas que me decía que saltase a sus manos. Me elevó por encima de su cabeza, y después me deslizó por su pecho, hasta cogerme por las piernas y cintura, dejándome apoyada en su hombro. Nuestras respiraciones estaban alteradas. Mi cabeza estaba apoyada en su pecho y podía escuchar su corazón latiendo fuertemente. Fueron unos segundos, tal vez unos minutos, pero aquel baile, la ayuda de Nicola, me curó por un rato. Me ayudó a entender que con el baile, podría cicatrizar las heridas de mi corazón.
—Necesitas ir a casa. —No se movió ni un centímetro.
—No me sueltes. Por favor. No lo hagas. —Me acurruqué aún más.
—No lo voy a hacer. Tranquila. —Me balanceaba muy despacio.
Tras estar allí con Nicola más de una hora, al final me fui a casa. Cuando llegué, noté a Pablo muy intranquilo mirando el ordenador.  Sabía que le pasaba algo más que lo de Sharon y su preocupación por mí. Pero según me vio, se acercó, me besó y trató de que no se le notase nada. Decidí no preguntar hasta el día siguiente en el desayuno.
Aquella noche fue horrible. Recuerdos de Hans y mi padrastro se entremezclaron en mi cabeza durante toda la noche.



Tenía que tomar una decisión. Eran las cuatro y media de la madrugada y no podía dormir. Mi cabeza le estaba exigiendo a mi corazón que claudicase, que apechugase con lo que había hecho y que tratase de recuperar la normalidad. Volver de nuevo a mi vida, a mi trabajo y dejar que el tiempo pasase lo antes posible.
Me levanté, me duché y fui a la cocina a preparar el desayuno. Cuando Pablo, la tía y Hernando se despertaron y aparecieron por allí, no podían dar crédito al verme. Se miraban murmurando en bajo pero podía escucharles perfectamente.
—Os puedo oír. Sí, soy Lucía Medina. La misma que hasta esta noche lloraba por las esquinas. La que se ha tirado toda la noche pensando en Hans. —Se sentaron en los taburetes—. La misma que ha decidido no seguir fustigándose. Dos semanas llorando tirada en la cama ha sido suficiente. —Mi tía negaba con la cabeza—. Sé que no me creéis. Como también sé que habrá días mejores y peores. Pero he sobrevivido a cosas peores que ésta. —respiré profundamente—. Al igual que cuando Pablo se vino a vivir conmigo, hoy empieza algo nuevo. Dolerá, sentiré la ausencia, pero no me puedo tirar en la cama y marchitarme. Sonreí para que no siguieran incrédulos—. La vida es demasiado corta y quiero disfrutarla con vosotros. Con mi familia. —Les serví tortitas a los tres.
—No te creo Lu. —Mi hermano era el más sorprendido.
—Hermanito, en esta vida hay que arriesgarse. Yo lo he hecho y salió mal. Pero tú, deberías hablar con una señorita —respiré al acordarme de Sharon—, y obligarla a escucharte. Antes de que te alejes de ella, para siempre.
—Consejitos vendo, pero para mí no tengo. Hermanita, si yo hablo con Sharon, tú tendrás que hablar con Hans. —Me llevé el café a la boca.
—Hoy es un nuevo inicio. No hay hueco para el pasado. —Bebí un poco de café.
—Te arrepentirás de tus propias palabras maitia. ¿Pero es lo que realmente quieres? —Afirmé mientras seguía bebiendo café, tratando de taparme lo máximo la cara—. Entonces de acuerdo. Es tu decisión y la respetaremos. Ojalá no te arrepientas. —Sonó la puerta y nos miramos cómo diciendo que estábamos todos.
—Solo son las siete de la mañana. ¿Quién en su sano juicio toca a estas horas el timbre? —Mi tía fue a abrir y cuando miré vi a Nicola en la puerta, con una caja en las manos—. Y tú precioso, ¿quién eres?
—¿Qué haces aquí Nicola? —me acerqué a la puerta.
—He pensado que después de lo de ayer, necesitarías una buena dosis de azúcar. —Mi tía me miró como la Santa Inquisición—. Cuando bailamos y te elevé, noté tu considerable pérdida de peso. Por eso no te salían bien los giros. Tu punto de gravedad ha cambiado. —Sonrió.
—Tú eres idiota. —Me di la vuelta para volver a la cocina.
—Lu. —Mi tía me dio un manotazo en el brazo—. ¿Así te hemos educado? Dile a Nicola que entre y se tome un café. Quiero saber más de él.
—No tía. Yo te resumo. Nicola, profesor nuevo de la academia, y… —hice una mueca como si estuviera pensando—. Nada más.
—Me da igual. Este hombretón se va a tomar un café que amablemente le vas a poner. —Me pegó un empujón y agarró a Nicola del brazo.
—Respira Lucía, respira. Hoy es el inicio de todo y no querrás que este imbécil te lo estropeé. —Me fui hasta la cocina tratando de montarme un momento zen en la cabeza.
—Con dos de azúcar y un chorrito de leche por favor Lucía. —Le dejé la taza en la encimera.
—Me voy a cambiar. Tengo clase a las nueve. Y quiero prepararla antes. Si me disculpáis. —Me fui a la habitación y mi tía me siguió cerrando la puerta tras de mí.
—¿Qué pasa con Nicola?
—Es un entrometido. Ayer bebí un poco más de la cuenta y me encontró bailando en la academia. Me pilló en un momento de bajón y bueno… —me puse unos pantalones, una camiseta y las New Balance—. Debilidad que no volverá a suceder.
—Ser débil de vez en cuando no es malo. Si tienes al lado a quien te ayude a levantarte. —Me dio la mano—. Yo no estaré mucho más a tu lado maitia. —La miré y agarré de la cara.
—No se te ocurra volverme a decir eso.
—Es la verdad Lu. Y lo que quiero es estar tranquila, saber que tendrás a personas a tu lado que se preocupen por ti. Saber qué vas a estar bien. —Sabía que mi tía estaba demasiado preocupada por mí y eso no era bueno en su estado—. Cariño, deja que las personas que estamos a tu lado te ayudemos. ¿Quieres hacer borrón y cuenta nueva? Perfecto. Pero déjanos preocuparnos por ti. —Me acarició la cara y me apoyé en su mano—. Te quiero mucho maitia. No quiero verte sufrir.
—Lo sé tía. Pero es la decisión que he tomado. La vida hay que vivirla y no preguntarnos por qué las cosas no funcionan. Hay veces que queremos forzar todo. Y por querer creer en el amor, tal vez no vi lo diferentes que somos Hans y yo. —Al decir su nombre un escalofrío recorrió mi cuerpo—. Tal vez yo no sepa amar.
—Sí sabes amar. Sabes mucho más que amar. Te preocupas por cada persona que pasa por tu vida. Por poco que impacte en tu vida, tú haces que la vida de los demás sea mejor. Así que no quiero oírte nunca jamás decir, que no sabes amar. Porque amas sin condiciones. Quieres sin reparos. Y eso maitia, es el verdadero amor. Amar sin reservas ni condiciones. —Mi tía era increíble.
—Te quiero tía. Nunca me abandones por favor.
—No lo haré. —Me abrazó pegándome a su pecho—. Pero tampoco te abandones tú. Prométemelo. —Me agarró de las mejillas obligándome a mirarla.
—Te lo prometo. —Me besó la frente.
—Ahora vete a la academia y disfruta. Y no seas mala con Nicola. Solo parece querer ayudar. —La miré abriendo la puerta.
—Ya veremos tía. Ahí sí que no te prometo nada.

Quedar a desayunar con Glen, suponía que Rose apareciera de su mano. Quise salir del bar antes de que me vieran pero Glen me echó una mirada de cómo te escapes te reviento. Al llegar Rose me miró con mucho odio. Era yo el que estaba enfadado con… con, ¡joder!, no podía ni pensar en su nombre. Después de muchos días sacando su recuerdo de mi cabeza, la seguía viendo en cada esquina, en cada mujer que veía y en cada mano que tocaba. Sus besos, sus caricias, sus te quiero. Maldita sea Hans. Me la tenía que sacar de la cabeza como fuera o acabaría destrozado de nuevo.
—Quita ya esa cara de victimismo Hans. No te pega nada. Y no tienes derecho a ponerla. —Escuché a Rose y mi mirada se fijó enfurecida en ella.
—Rose, no eres quién para hablar. —Vi a Glen agarrándola de la mano tratando de controlar a la pequeña bestia.
—Mira Hans. No me gustas, no me caes bien. Has destrozado a mi amiga sin… —se quedó callada como si fuera a soltar alguna cosa inteligente por esa boca.
—¿Sin qué, Rose? Tú no eres quien para hablar. Te lo repito. Quédate en tu fantástica relación y a ti Glen, te aconsejaría que te alejases de ella. Puede destruir todo lo que toca. —Ella se levantó y me pegó un empujón.
—Cállate la maldita boca. Eres un jodido estúpido. Ella es idiota, pero tú… —negaba sonriendo irónicamente—. Te arrepentirás el resto de tu vida. —Se dio la vuelta y se fue por la puerta.
—¿Qué bicho le ha picado a tu novia?
—Eres idiota. Has perdido a Lucía y nos vas a perder al resto si te sigues comportando como un imbécil. —Glen parecía enfadado.
—¿Vas a sacar la cara ahora a esas dos locas? —Me fui a sentar en el taburete y Glen se levantó dándome un gran empujón.
—Ni se te ocurra hablar así de ninguna de ellas. Ojalá supieras todo lo que está pasando, pero mira, sigue así, siendo un completo imbécil. Te quedarás solo Hans.
Dicho eso Glen salió por la puerta dando con ella en la pared. No entendía el comportamiento de ninguno de ellos dos. Bueno, de Rose sí. Quería proteger a su amiga, pero ¿Glen? Tan amigo mío que era y le sacaba la cara a esas dos taradas.
Apreté fuertemente mis manos y pedí una copa de whisky. Me daba ya igual la hora que fuera. Era lo único que me ayudaba a dejar de verla en todas partes. A tratar de mitigar mi dolor. Su cara me aparecía al tratar de dormir, al despertarme y mierda, joder, hasta cuando quería olvidarla, su maldita sonrisa se me aparecía. Encima Glen les sacaba la cara a las dos. Parecía estar compinchado con ellas para joderme. Lo que eran capaces de hacer las mujeres. Te lían para poder devorarte en sus redes.

No me pude despegar del culo a Nicola desde casa hasta la academia. Fui andando y él vino a mi lado todo el camino. Al llegar a mi sala para preparar la clase Nicola se interpuso entre la puerta y yo negándome la entrada.
—Vamos a ver, ¿te apartas? —Traté de empujarle pero no le moví ni un triste centímetro—. Tengo que preparar la clase.
—No Lucía. Las clases de zumba de las nueve se han cambiado de hora. —Le miré enfadada.
—¿Me habéis quitado las clases? ¿Qué es lo siguiente despedirme? ROSEEEEE. —Pegué un grito.
—No. Se ha cambiado de hora porque las alumnas querían apuntarse también a clases de hip hop que empezamos la semana pasada. —Me crucé de brazos delante de él—. Rose me lo propuso y la clase se ha llenado. Necesito ayuda.
—A mí no me mires, te juro que ese tipo de baile me saca de mis casillas. Tanto movimiento… —empecé a moverme bailando hip-hop—. Y movimiento de piernas, no es lo mío.
—Pues creo que lo haces de muerte. Solamente ensayando un poquito. —Se acercó agarrándome de las caderas.
—Que te apartes. —Le di un manotazo.
—Joder que carácter. Pues tu verás, porque Rose te quería decir algo cuando te incorporases a la academia. —Salí de la sala pitando.
—Joder. Lo sabía. Dos semanas sin venir y me quita las clases este bailarín exhibicionista. ROSE. —Grité al sentarme en el sofá.
—¿Dónde está el fuego cariño? —entró de la mano de Glen.
—Pues en mi culo. Me he levantado tranquila y he tratado de que nada me jodiese el día. Pero Nicola se ha encargado de… —respiré profundamente y alcé las manos en el aire mandando todo a la mierda—. Ya que no tengo clases me voy a hacer yoga. —Entré en una sala vacía, me quité las zapatillas y puse música—. Necesito relajarme.
—Nena, pensaba que no vendrías a trabajar. —Ya estaba en posición flor de loto.
—Día cero Rose. Comenzamos de nuevo. —Abrí un ojo y la miré—. Además ayer me dijiste que hoy venía sí o sí.
—Genial amor. Pues tengo que comentarte una cosa.
—Me vas a decir que me has quitado clases y que tengo que aprender a mover el culo al ritmo de hip-hop. Que se quede él con las clases. A mí me dejáis las mías y algún eventito que salga. Necesito recuperar el dinero… —respiré profundamente al recordad la noche de las bestias.
—Vamos a ver Lucía. Por el dinero no te preocupes. Además lo de hip-hop, te quería comentar…
—Noto que vas a joderme el momento zen del día. —La miré.
—La semana que viene de lunes a domingo la academia cierra y nos vamos a un pequeño congreso con masterclasses a Cabo San Lucas. —Abrió mucho los brazos como si fuera la azafata del Precio Justo mostrándome el gran escaparate final. Le hice una pedorreta.
—Como que hay congresos de baile en esa zona. Aquello es pura fiesta Rose.
—Que no. Que tengo hechas ya las inscripciones. Vienen los mejores bailarines de todo el mundo. —Cambié de postura sin tomármela en serio.
—Que no te creo Rose. Que lo que quieres es emborracharme y que me olvide de todo. —Escuché cómo Rose salía pegando gritos de la sala y volvía con unos papeles en la mano.
—Mira. —Me los tiró al suelo—. No es mentira Lucía. Nos vamos a ir, te guste o no. Hay que diversificar y darle a los clientes lo que quieren. ¿No quieres más pasta? Pues tendrás que mover el culo a ritmo de street dance y hip-hop.
—Vamos a ver. —Me levanté del suelo y vi cómo entraba Glen a la sala.
—Ni vamos a ver ni nada. Tú dices que hoy es el día cero. Pues comienza a lo grande. Cabo San Lucas. Baile por las mañanas, playa por las tardes y bonitos anocheceres. —Resoplé cerrando los ojos.
—Lucía te vendrá bien. Además ya tenemos los billetes y las habitaciones cogidas. —Les miré a los dos.
—¿Tenemos?
—Sí. No voy a dejar que Rose vaya a Cabo San Lucas sin vigilancia. Solo hace falta ver al Nicola ese. ¿Cómo demonios le contratasteis?
—A mí no me mires, que me gusta lo mismo que a ti. Menos que nada. ¿Por qué coño tengo que ir? Joder. —Trataba de tranquilizarme pero me iba a dar algo.
—Verás cómo al final los cuatro nos lo pasamos bien. —Miré a Glen y quería matarle.
—Eso no te lo crees ni tú ni tu caballo. —Salí a la calle a respirar. Simplemente era demasiado para ese día cero.
—Lucía, necesitas salir de aquí y sé que unos días alejada del imbécil de mi amigo te vendrán bien. —Al levantar la vista vi a Glen.
—Quería ser fuerte, disimular que todo está superado, pero no es así. —Me deslicé por la pared hasta el suelo y Glen se agachó.
—Lucía no va a ser nada fácil. Sé lo que es el dolor que ahora mismo estás sintiendo. —Tiró de mi hombro pegándome a su pecho—. Pero necesito ver esa preciosa sonrisa en tu cara. Aquella sonrisa que me regalaste nada más escupirme cuando nos conocimos, aquella preciosa sonrisa cuando me dejaste a solas con Rose. Necesitamos a esa Lu de vuelta.
—Prometo volver, ¿pero tengo que hacerlo en Cabo San Lucas con vosotros dos metiéndoos mano y con Nicola? —Nos reímos los dos.
—Puede que ese cambio de aires te venga bien. Tal vez hablar con alguien de fuera de tu entorno te ayude. —Me pasé la mano por la cara.
—¿Con ese que viene a quitarme mi puesto y a dejarme sin trabajo?
—Rose nunca te abandonará. Nunca. Escúchame. —Me agarró de la barbilla obligándome a mirarle—. Yo tampoco. Nena, eres especialista en meterte en el corazón de la gente y a mí me has calado hondo. —Me mostró su preciosa sonrisa.
—¿Aunque él sea tu mejor amigo?
—Cuando te equivocas, ni tu mejor amigo lo soluciona. Tú has hecho algo que no comparto, pero entiendo cuál es el fin de todo. Eres demasiado buena, cariño. Pero estaremos a tu lado. Así que cuando nos montemos en el jet, olvídate de todo. Haz como si nada hubiera pasado y disfruta de tu pasión. Es la idea de esto. Rose se ha dejado el culo buscando que os incluyeran en las masterclasses.
—Y yo pasando de ella estas semanas. Soy lo peor. —Apoyé mi cabeza en la pared.
—Eres lo peor del mundo Lu, pero te quiero tanto que si robases un banco, yo sería tu coartada sin pedírmelo. Vas a salir de esto y yo te ayudaré. —Rose se arrodilló delante de mí—. Eres mi hermana y eso no lo va a cambiar nada ni nadie. Te quiero.
—Te quiero mucho Rose. —Me levanté para abrazarla y comencé a llorar—. Lo siento, lo siento mucho Rose. Quería solucionarlo pero…
—Pero no puedes tú sola. Juntas lo conseguiremos.
Nos quedamos allí un rato llorando las dos a moco tendido. Si es que éramos iguales, paridas por diferentes madres, pero con los mismos sentimientos de amistad, amor y devoción por una hermana.
El resto de la semana pasó volando. Clases nuevas y amoldándome a la forma de trabajar de Nicola. Gritos en algunas preparaciones de las clases, diferentes puntos de vista y tirándonos de los pelos al finalizar el día.
Mi tía veía el pequeño cambio que estaba dando. Cómo sonreía al acostarme aunque me doliera la espalda. Cómo canturreaba alguna canción por lo bajo cuando preparaba alguna cena. Cómo me recostaba con ella en el sofá viendo alguna película. Estaba dando pequeños pasitos para volver a ser yo misma.
Mi hermano seguía preocupándome pero cada vez que trataba de hablar con él, se salía con alguna otra cosa que me hacía despistarme. Siempre estaba pegado a su portátil, al móvil y con llamadas extrañas. ¿En qué demonios estaría metido?
Por fin llegó el sábado y estábamos en la academia acabando una clase de hip-hop. Eran más de las ocho de la noche y allí seguíamos. Nicola se empeñó en que aprendiera algo antes de ir a Cabo. Estaba de menear el culo y las piernas hasta el mismísimo toto.
—Coño, que no puedo con ese movimiento Nico. De verdad.
—¿Desde cuándo nos llamamos por diminutivos? —me agarró de las caderas enseñándome el paso.
—Desde que me tocas el culo cuando te apetece bailando. Pegué un salto en el aire, pero caí con los pies mal—. Mierda. —Comencé a dar pequeños botes impotente por la sala.
—Tranquilízate, no tienes que ir allí a dar las clases. Solo tienes que dejarte llevar. Tienes una habilidad natural para quedarte con las cosas. Lo sientes aunque creas que no lo haces bien. Así que… —le miraba jadeando por el espejo y justo sonó mi móvil.
—Tiempo muerto. —Corrí hasta la bolsa y al sacar el móvil vi el nombre de Charlie en la pantalla—. Joder. —Resoplé antes de contestar—. ¿Sí?
—Lucía, ¿cómo estás?
—Pues me pillas trabajando, no tengo mucho tiempo ahora. Me senté en el suelo a estirar.
—Necesito que vengas a comisaría.
—Charlie, no puedo. Y tampoco me apetece de verdad.
—Lu cariño, tienes que venir. Siento ser yo el que te diga esto pero Pablo está aquí. Ha habido un percance en un bar y bueno, tienes que venir.
—Joder. —Pegué un salto y me levanté del suelo—. ¿Qué ha pasado Charlie?
—Lucía, será mejor que vengas aquí, te aseguro que tú estás involucrada en lo que ha pasado. —Recogí mi camiseta.
—Dame quince minutos y llego. —Colgué el teléfono y sin pensar comencé a gritar.
—¿Lucía todo bien?
—No, nada está bien. Parece una puta pesadilla que comienza una y otra vez. —Noté cómo me empezaban a temblar las manos.
—Lucía, ¿puedo ayudarte con algo? —Suspiré y le miré a través del espejo.
—¿Has venido a trabajar en coche?
—No, he venido en la moto. ¿Te llevo a algún sitio? —Le agarré de la mano y salimos corriendo de la academia.
—A la comisaría de Olimpic Drive. —Vi la moto y los dos cascos colgados.
—Eso está hecho. —Me dio el casco y nos montamos a toda velocidad en la moto.
Me agarré fuertemente a su cintura y salimos casi disparados. Zig zagueaba entre los coches, casi saltándose los semáforos, girando la moto en algunos cambios de sentido, tumbando tanto que casi tocábamos con los chivatos el suelo. Dejé de respirar cuando me monté en la moto y volví a respirar cuando escuché la voz de Nicola avisándome de que ya habíamos llegado.
—Puedes dejar que mi sangre vuelva a circular. —Abrí los ojos y mis manos estaban por dentro de su camiseta agarrada simplemente a su piel.
—Perdón Nicola. Yo… —me bajé de la moto con las piernas temblando.
—Tranquila. Vamos. —Me agarró fuertemente de la mano.
Salimos corriendo agarrados de la mano y justo cuando iba a subir las primeras escaleras de la comisaría noté unos ojos puestos en mí. Comenzó a temblarme el cuerpo y supe que era él. Esa sensación no era capaz de producírmela nadie más. Continué subiendo las escaleras y cuando llegué arriba, miré para atrás y le vi. Era Hans. Estaba allí de pie, con sus ojos puestos en mí. No, no, no. No podía ser. Fueron segundos los que nuestras miradas se encontraron y mi respiración volvió desaparecer. Nicola abrió la puerta pensando que yo iba detrás pero cuando volví a girarme me pegué con todo el cuerpo contra el cristal, cayéndome de espaldas al suelo.
—Mierda. —Tenía la cabeza apoyada en el suelo y volví a mirar a Hans. Estaba subiendo las escaleras de tres en tres.
—¿Lucía estás bien? —Nicola me agarró de la mano y la cintura al levantarme—. ¿Estás bien? —me quitó el pelo de la cara.
—Sí.  —Afirmaba tontamente con la cabeza.
—Parece que has visto… —no le dejé terminar la frase.
—Un fantasma. —Giré la mirada y Hans estaba parado en un escalón observándonos y negando con la cabeza. Giró el cuerpo sobre sí mismo y volvió a bajar a la altura del tipo con traje que estaba a su lado—. Vamos.

Joder. Menuda nochecita había pasado. En aquel maldito calabozo con Pablo. Cuando conseguí que me sacasen de allí, me encontré de frente con Lucía. Por primera vez en varias semanas la vi. Y sí, aquella sí era ella. No era otro producto de mi imaginación, ni de la resaca. Era ella y estaba… simplemente preciosa. Pero iba de la mano con aquel profesor de la academia. ¿Tan rápido había pasado página? Yo como un imbécil sin poder dejar de pensar en ella. En cada fiesta, en cada mujer que se acercaba cada noche, la seguía viendo. Seguía viendo esa preciosa sonrisa, ese precioso pelo que le caía por la espalda, esas preciosas caderas moviéndose para mí… «Mierda Hans. Ella ya había pasado página y tú deberías hacer lo mismo».
Ni siquiera comprendía cómo había acabado en la cárcel la noche anterior. Fue un momento de ira que no pude controlar. Saber que había estado en peligro y no me lo había contado. Joder. ¿Cuántas veces me había mentido? ¿Cuántas veces me había ocultado las cosas?
Me despedí de mi abogado y fui a por mi coche. Justo antes de girar la esquina miré por última vez para arriba. Allí estaba Lucía abrazada a Charlie. A ese tío que se había follado tantas veces y al que seguro que se follaría para sacar a Pablo de allí. Joder. Joder. Joder. Cuando pensé que podía pasar de página, me la encontré y todo volvió a removerse de nuevo.

—No entiendo nada Charlie. ¿Qué… qué hacía Hans… qué hacía Hans aquí? —mi garganta temblorosa no era capaz de hacer frases completas.
—Vamos. —Pasó su mano por mi espalda llevándome hasta su despacho.
—Lucía necesito ir a hacer unos recados. Me van a cerrar la tienda. —Me di la vuelta.
—Sí, no te preocupes. Muchas gracias Nicola. Nos vemos el lunes para coger el avión. —Me guiñó un ojo sonriendo y salió de allí. Nosotros entramos en su despacho.
—Lu, lo siento mucho. Siento que Pablo esté aquí.
—¿Porqué me dijiste que yo estaba involucrada? —me crucé de brazos delante de él.
—¿Porqué no me contaste lo de Brad? —Me aparté de él—. ¿Porqué no me contaste que te intentó besar y te hizo daño? ¿Qué trato de…
—No pasó nada. Simplemente estaba borracho. Como siempre últimamente. —Me alboroté el pelo—. ¿Es por eso por lo que Pablo está aquí?
—Sí. Pablo y Brad están abajo. Hans también se vio involucrado en la pelea.
—¿Pero qué ha pasado?
—Será mejor que hables con Pablo. Él te lo podrá explicar mejor. Pero necesito que me digas si abuso de ti en aquel bar. —Me recorrió un escalofrío por el cuerpo y las manos de mi padrastro parecían estar recorriéndome.
—No Charlie. Se sobrepasó, pero no abuso de mí. El tío del bar se encargó de él. ¿Puedo ver a mi hermano?
Me llevó a la parte de abajo. Ya se me hacía familiar estar allí y que mi hermano estuviera al otro lado de aquel cristal. Según abrí la puerta y Pablo me vio vino corriendo a mis brazos. Solamente podía decir «perdóname Lu, perdóname». Me limité a abrazarle y que sintiera que no estaba enfadada.
—Tranquilo Pablo. Tranquilo.
—Lo siento Lu. Yo no quería que tuvieras que venir aquí de nuevo, pero es que cuando entró Brad y comenzó a hablar así de ti, no me pude controlar. —Noté cómo sus puños se apretaban en mi espalda—. Esa forma tan despreciable de hablar de ti, me mató por dentro. Pensar que realmente te pudo hacer daño y que no me lo contases. —Se separó de mí.
—¿Nos puedes traer un par de cafés del Starbucks Charlie? Bien grandes. Necesito hablar con Pablo a solas. —Le miré y pasó una mano por mi brazo.
—Sabes que no estaréis solos. Habrá un policía al otro lado.
—Da igual. Solo necesito hablar con él.
—De acuerdo. Ahora vengo. —Observé a Charlie marcharse y nos sentamos en las sillas.
—¿Pablo que hacía Hans metido en todo esto?
—Mierda Lu, no tenías que enterarte que había ido a hablar con él.
—¿Qué pasa Pablo? Llevas muchos días raro. Y yo he estado en otro mundo, pero me he dado cuenta. Estás pegado a tu ordenador, esperando un mail que no llega. Has pospuesto tus prácticas en Europa y sé que no es cierto todo lo que me contaste.
—Me han quitado la beca.
—¿Cómo? —Me levanté de la silla estampándola contra la pared.
—Estoy intentando solucionarlo. Sé que fue Hans quien hizo la donación para ampliar las becas y supuse que…
—Ese cabronazo la ha pagado contigo, por eso fuiste a hablar con él. Mierda Pablo. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Eso mismo pensé yo, que él simplemente habría dicho que retiraba su donación. Pero cuando hablé con él, simplemente lo negó. —Le miré extrañada, no me cuadraba nada en aquella explicación—. Luego entró Brad al bar, nos estuvo un buen rato provocando y cuando empezó a hablar de ti, no me pude controlar. Hans trató de separarnos y el final ya lo sabes. Acabamos aquí los tres. —Se levantó acercándose a mí.
—Agradezco que no me quieras preocupar pero esto me preocupa mucho más. —Me acerqué a él.
—Sabía que no estabas bien y no quería darte más problemas. —Elevó sus hombros pidiendo perdón y sus ojos se cerraron llenos de tristeza.
—Tú no eres ningún problema. Y siempre me preocuparé de ti, siempre. —Le agarré de la cara—. Siempre.
—Pensé que podría arreglarlo sin que te enterases, sin que tuvieras que hacer más por mí. —Me volvió a abrazar—. Has perdido demasiado por mí y quería ser yo quien salvase esto. Quien nos salvase esta vez.
—Pablo yo soy tu hermana mayor. —Vi cómo hacía un gesto de desaprobación a aquella frase.
—Y yo soy tu hermano. No pude hacer nada con lo de Hans, ni con lo de Sharon. Pensé que esta vez… —levantó los hombros en forma de derrota.
—Cariño, somos los dos demasiado súper héroes y hay veces que necesitamos a otras personas.
—Vaya dos. —Entró Charlie con los cafés.
—¿Cómo va la cosa?
—¿Qué problemas vamos a tener? —Suspiré esperando tener que llamar a nuestro abogado.
—Después de hablar con Brad, ha quitado todos los cargos. Ha dicho que se cayó en el bar y que cuando llegó la policía hubo un error con Pablo. Solo ha dejado los cargos contra Hans. —Si no me odiaba ya lo suficiente, ahora ya era la última persona a la que querría volver a ver—. Él ya se ha encargado de llamar a su abogado.
—Cómo no. —Mi hermano no pudo callarse.
—¿Nos podemos marchar? —Charlie afirmó.
Salimos de la comisaría y pedimos un taxi para ir a casa. Al llegar vimos una nota que nos dejaron Hernando y la tía, avisándonos que se iban a Napa a pasar el resto del fin de semana. Sonreí al saber que Hernando hacía tanto por la tía porque fuera feliz. Ojalá todos tuviéramos esa persona a nuestro lado.



Maldito cabrón. Cuando escuché a Brad decir todo aquello, al igual que Pablo, no me pude controlar. Quería acabar con él. Nunca pensé que aun odiando a Lucía, quisiera protegerla. Era como si la sintiera aún parte de mí. Mierda. Había estado más de medio día en comisaría en una maldita celda al lado de Brad. Teniendo que escuchar sus burlas, sus ofensas continuas contra Lucía. Dios. Solamente esperaba que todo aquello fuera mentira. Que toda la mierda que salió de su boca no fuera verdad.
Aunque no quisiera, seguía teniendo esa necesidad interior de protegerla, de que no le pasase nada. Y al verla de nuevo simplemente dejé de lado todo mi odio. Era como la primera vez que la vi saliendo de los juzgados. Con la ropa sudada, el pelo cayéndole por la cara y esa manera tan suya de correr. Lo que no me esperaba era ver a Nicola de su mano. Un fuego interno me quemó. Pensar que ese tío pudiera estar ahora al lado de Lucía, agarrándole de la mano y apoyándola. Mierda.
Tiré la copa que tenía en la mano de la rabia. Estaba en mi casa y estaba tratando de localizar al decano de la Universidad. No entendí nada de lo que me contó Pablo. Por mucho que estuviera enfadado con su hermana, por mucho daño que me hubiera hecho, no iba a pagar mi dolor con Pablo jodiéndole el futuro. No sabía qué demonios había pasado con la beca. Yo hice el ingreso hacía tiempo en la Universidad y no hubo ningún problema.
Eran las nueve de la noche y el decano no contestaba a ninguna de mis llamadas. La imagen de Lucía volvía una y otra vez a mi cabeza. Llamaron a la puerta. Al a abrir mis padres y mi abuela entraron en casa.
—¿Qué ha pasado cariño? —mi abuela me abrazó.
—Un malentendido.
—Creo que por un malentendido no se acaba en la cárcel, ni un abogado tiene que ir a sacarte hijo. —Mi padre estaba enfadado.
—Fue un malentendido en un bar. Ya está. —Me di la vuelta y me fui a la cocina.
—¿Cariño va todo bien? —mi madre me agarró de la mano.
—No mamá. He perdido al amor de mi vida y no puedo perdonarla. Por todas sus mentiras, por todo lo que nos ha hecho. —Mi madre frunció la boca.
—Cariño, ¿por qué no hablas con ella? Como tú nos quieres hacer ver, en la vida hay malentendidos que te llevan a situaciones extremas.
—Aquello no fue un malentendido. Ella me mintió. Me ha estado mintiendo mucho tiempo. Muchísimo. Me siento estúpido.  —Me senté en la mesa y al ir a echarme otra copa mi madre me quitó la botella.
—Esto no va a solucionar tus problemas. Solo puede empeorarlos cariño.
—No puede ir a peor. —Apoyé la cabeza entre mis manos.
—Sí hijo. —Mi padre se sentó a mi lado poniendo su mano sobre mi hombro—. Siempre puede pasar algo que nos haga darnos cuenta de que la vida es demasiado corta como para quedarnos con dudas. ¿No tienes ninguna duda de lo que pasó aquella noche? —miré a mi padre tratando de saber si él conocía algo que yo no.
—¿A qué te refieres papá?
—Sé que nosotros conocemos muy poco a Lucía, pero… ¿cómo te lo explico? No creo que ella esté metida en toda esa mierda. La noche de la fiesta estuvimos hablando con su tía.
—Ella también puede mentir por proteger a su sobrina. —Estaba empezando a enfadarme por culpa de Lucía con mi propia familia.
—Hans, sé que soy demasiado vieja y hay veces que solo digo tonterías, pero escúchame por una vez en tu vida.
—Abuela, no quiero más sermones. No quiero. —Me levanté de la silla hecho una furia y el taburete se cayó al suelo haciendo mucho ruido.
—Hijo tranquilízate. Por favor.
—Dejadme en paz. Joder. ¿Por qué todo el mundo se quiere meter en mi vida?  DEJADME EN PAZ.
Mi grito asustó a mi madre y a mi abuela. Mi padre trató de acercarse a mí pero le aparté de un empujón. Joder. Necesitaba que todo el mundo me dejase en paz. Todos se ponían de parte de Lucía y eso no hacía otra cosa que aumentar el odio que sentía en aquel momento. Esa maldita tarada se había ganado hasta tal punto a mi familia, que todos trataban de excusarla.
Tenía tanta rabia en mi interior que les acabé echando de allí. Entre gritos, eché a mi propia familia de mi casa. Al cerrar la puerta fui a recuperar la botella que mi madre me había quitado. Me tiré en el sofá y me la terminé por completo, apurando hasta la última gota.

—¿No le localizas? —negué con la cabeza llamando al decano por duodécima vez.
—Sábado, y a estas horas, no creo que pueda localizarle.
—Sé que los domingos va a jugar a Los Ángeles Country Golf. —Tiré el teléfono al sofá.
—De acuerdo, mañana me plantaré allí a esperar una explicación.
—Lucía, te conozco y no va a ser una visita de cortesía. —Me tumbé en sus piernas.
—La Lucía malhablada la dejaré mañana en casa. —Comenzó a acariciarme el pelo.
—No te lo crees ni tú. —Cerré los ojos—. ¿Qué tal estás? De corazón.
—Jodida, pero bien. Supongo que el dolor pasa. ¿No? —Abrí los ojos y me encontré con sus ojos azules mirándome.
—Me encantaría decirte que sí, que ese dolor que tienes se pasará mañana. Pero sabes que no es verdad. Que cuando pierdes a alguien que quieres, no se pasa en dos semanas. Yo echo de menos a papá y a mamá todos los días. —Cerró los ojos y se recostó en el sofá a mi lado abrazándome por detrás.
—La vida no es tan fácil como queremos pero tenemos que aprender a vivirla. —Me apretó fuertemente contra él.
—¿Algún día nos despertaremos sonriendo? —Me di la vuelta tumbada para mirarle de frente.
—Prométeme que por muy mal que puedan ir las cosas vas a sonreír al levantarte cada día. Cuando estés a miles de kilómetros de mí, prométeme que vivirás la vida como si no acabase nunca y vivirás hoy como si el mañana no existiese. —Metí mi cabeza entre su cuello—. Prométemelo hermanito.
—Lo mismo digo Lu. Hagas lo que hagas, sé feliz. —Me besó la frente—. Quiero encontrar a alguien como tú, hermanita.
—Habla con Sharon. Es buena chica, aunque haya hecho idioteces. Todos las hemos cometido. —Escuché cómo resoplaba—. No hagas eso, no lo des por perdido. Quiero que mañana la llames y hables con ella. Por favor. Quiero verte feliz. —Apoyé mi cabeza en su pecho.
—Yo también te quiero ver feliz pero por mi culpa no lo eres. —Levanté la cabeza para mirarle.
—No es culpa tuya. La única culpable soy yo. Soy tan estúpida que creí que llevarme los gritos era la solución. —Resoplé fuertemente y apoyé la mano en mi frente—. Algún día Pablo, algún día volveré a sonreír. Te lo prometo.
Hablando nos quedamos dormidos en el sofá. Me sentía segura en los brazos de Pablo, aunque a media noche la imagen de Hans en la comisaría apareció en mis sueños. Aquellos preciosos ojos mirándome, realizándome un escáner para comprobar que era yo y que no era un maldito espejismo. Yo también tuve que mirarle varias veces, para corroborar que mi mente no me estaba jugando una mala pasada.  Estaba tan embobada al verle, que me di un golpe contra la puerta. Cuando noté una mano agarrándome, algo dentro de mí, una pequeña parte de mí, deseaba que fuera la mano de Hans. Pero sabía que no era él. No me recorrió nada por el cuerpo, no se me revolvió nada dentro de mí. Él era el único hombre que había conseguido que todo mi cuerpo reaccionase cuando estaba cerca. Sería capaz de reconocerle en una sala llena de gente con los ojos cerrados. Cómo se me erizaba la piel cuando me miraba, cómo me temblaba el cuerpo cuando me rozaba y cómo mi mente volaba cuando me besaba. Fue el único que lo había conseguido, por mucho que lo quisiera negar. Él había sido “mi único”.
Me desperté sobre las ocho de la mañana y dejé a Pablo durmiendo a pata suelta en el sofá. Me quedé varios minutos mirándole y Dios, estaba tan orgullosa de él. Cómo había madurado tanto en tan poco tiempo, cómo me protegía y cómo me quería. Suspiré tan fuerte que tuve que taparme la boca para no despertarle.
Me pegué una ducha y al vestirme, supe que ese día, tenía que sacar a relucir la Lucía más fina. Nada de vaqueros y zapatillas. Me puse un bonito vestido negro, con un poco de vuelo y una cremallera delantera que lo recorría desde el bajo hasta el pecho.  Iba a un club de pijos y necesitaba no dar el cante. Aunque luego le cantase la Traviatta al rector.
Al llegar allí silbé. Un chico vestido de blanco me abrió la puerta del coche, entregándome un pequeño llavero con un número. Pregunté en recepción por el señor Coleman y la amable rubia pechugona de la entrada me dijo que estaba empezando su partido. Así que salí a ver si podía encontrarle antes de que se montase en el carrito de golf y desapareciera de allí. El sol a las diez de la mañana era casi cegador. No veía nada y un camarero que pasaba por allí me ofreció un zumo de naranja con champagne. Sí que sabían vivir bien los ricos, champagne a las diez de la mañana. Le pregunté por Coleman y parecía conocerle. Me indicó que me llevaría con él. Nos montamos en un carrito de minigolf y a lo que a mí me parecía velocidad supersónica, me llevó hasta donde él estaba.
Me bajé del carrito despidiéndome amablemente del camarero que se quedó más de la cuenta viendo cómo clavaba mis tacones en el césped. Cuando estuve lo suficientemente cerca pude escuchar su conversación.
—No sé qué demonios ha pasado de verdad Reikson. Hemos tenido que denegar varias becas y es horrible eso. Dejar a esos chicos sin ese dinero, es como mandarles a la selva sin un cuchillo. —Veía cómo el otro hombre, con borlas en las medias, sonreía fumándose un puro.
—Vamos Coleman, no te preocupes tanto por esos chicos. Sus familias les pueden ayudar a ir a Europa a vaguear, que es lo que hacen siempre. —Tuve que agarrar a la Lucía malhablada para que no saltase.
—No, los chicos que se han quedado sin beca no tienen familias que les pueden ayudar. No lo entiendo. ¿Qué es lo que ha pasado? —No aguanté más.
—Eso me gustaría saber a mí, rector. ¿Qué demonios ha pasado para que a mi hermano ahora le denieguen la beca que tanto se ha currado? —Se dieron la vuelta los dos observándome.
—Señorita Medina, que alegría verla por aquí. —Me acerqué más a ellos pero aquellos malditos tacones se clavaban todo el rato. Me agaché para quitármelos y con ellos en la mano continué con mis preguntas.
—¿Cómo puede ser que a los niños ricos se les den becas y a los que realmente lo necesitan se las quiten? —Mientras hablaba agitaba los tacones con la mano—. No puedo entender cómo jugáis así con esos chicos. ¿Sabéis lo que pueden hacer sin esa beca? —Me miraron los dos—. Nada, no pueden hacer nada. Aunque sus familias se partan el culo currando, no pueden hacer nada.
—Señorita, ¿quién es usted? —El otro hombre me miraba de arriba abajo.
—Ella es Lucía, la hermana de Pablo Medina, uno de nuestros mejores estudiantes. Uno de los que no podrán acceder a la beca porque ese dinero simplemente se ha esfumado.
—Genial. ¿Quién donó la pasta se ha echado atrás? Puedo adivinar el nombre del que ha sido. —Me estaba cabreando por momentos y me estaba costando mucho controlarme.
—Lucía, estoy haciendo todo lo que está en mi mano para poder entregarle la beca a Pablo. Estoy moviendo mis hilos. —Puso su mano en mi espalda apartándonos del otro cretino—. Tranquila, te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para que Pablo pueda ir a Europa. Sé lo importante que es para él y para ti.
—Es que no lo entiendo. No puedo entenderlo, ¿cómo pueden quitar una beca así porque sí? —nos sentamos en un carrito que había por allí.
—Yo tampoco Lucía, pero si piensas que quien donó el dinero de ampliación de becas se ha echado atrás, no ha sido así. El señor Berg nos envió una carta de recomendación por el trabajo realizado por Pablo en la Fundación. Se ha deshecho en elogios. —Su nombre retumbó en mi cabeza.
—¿Tiene solución? Yo no puedo costear su estancia allí. Puedo pagar los gastos extras que tenga, algún material que lleva ya de aquí, pero poco más. Es muy importante esa beca. —Me agarró dulcemente de la mano.
—Lucía, sé lo duro que habéis luchado por esto. Yo me encargo de solucionarlo. Te lo prometo Lucía. —Respiré un poco más tranquila.
—Por favor. No quiero sonar desesperada pero realmente lo estoy. Quiero lo mejor para Pablo. —El gesto en su cara me tranquilizó. Era un hombre mayor, canoso y con una sonrisa sincera. Tendría que confiar en él.
—Voy a volver a lo que sea esto. Aguantar a Reikson es un suplicio, pero es una de las bazas para las becas. —Le miramos los dos.
—Tiene pinta de engreído estúpido. —No puedo aguantarme.
—Es un capullo en toda regla pero es uno de los donantes de la universidad. Así que le dejaré ganar el partido a ver si así se estira más que en la cama. —Le miré y me guiñó un ojo.
—Gracias señor Coleman. —Se levantó del banco.
—Martin, dejemos lo de señor Coleman para cuando me llame a la universidad. —Le sonreí—. La semana que viene te llamo. A ver si tengo alguna novedad.
—Muchas gracias señor… —me miró de nuevo—, Martin. Muchas gracias.
—Nos vemos Lucía.
Se marchó meneando la cabeza y observando a aquel capullo fumándose el puro. Me levanté y caminé los metros que nos separaban del bar, echando un vistazo a todo aquello. Algunas de las personas que estaban jugando me miraban por ir con los zapatos en la mano. Justo cuando llegué a la terraza del bar, me agaché para ponérmelos y escuché unas voces familiares. Los padres de Hans y la abuela estaban justo allí. Mierda. Tenía que salir de allí sin que me vieran. Aún no me sentía lo suficientemente fuerte como para verles.
—No lo entiendo de verdad. Es incomprensible. ¿Cómo puede cambiar todo en un momento? ¿Cómo demonios ha acabado Hans en la cárcel? —Levanté la vista y la abuela me vio.
—Mierda.
—Lucía cariño. —La abuela sin pensárselo se acercó a mí y me abrazó fuertemente—. Qué alegría verte cariño.
—Hola. Yo ya me iba. —Me puse muy nerviosa y quería salir de allí lo más rápido que me permitiesen mis piernas—. Tengo que preparar la maleta.
—¿Te vas de viaje? —me apartó el pelo de la cara con mucho cariño.
—Sí, nos vamos a Cabo a un congreso de baile. Sé que suena a mentira pero Rose me ha engañado para ir.
—Te vendrá bien salir unos días de la ciudad y pensar, relajarte y tratar de poner esa cabecita en orden.  —Me acarició la cabeza.
—No hay mucho que aclarar. —Los padres de Hans se acercaron lentamente.
—Mi nieto no actuó bien pero sé que tú estás encubriendo a alguien.  —Se me atragantó mi propia saliva.
—No, hay veces que cometes errores en la vida, y es justo que los pague. —Su padre me miró agarrándome de la mano.
—No hay que cargar con la culpa de otras personas solo por querer protegerlas.  —Comencé a ponerme demasiado nerviosa.
—Cargo con mi culpa. —La madre me miró muy seria.
—Eso no es verdad, pero no podemos hacer nada por cambiar tu forma de actuar. Solo espero que no te arrepientas en el futuro. —Sus palabras eran las más duras de los tres—. Sé que mi hijo puede tener muchísimos defectos. Es maniático, impuntual, cabezota y un loco. Pero te quiere. Te quería y te querrá. Solo necesita un tiempo para recordarlo. 
—Le he fallado y eso no se olvida, por mucho que quieras recordar lo bueno, las cosas malas que haces son las que se graban a fuego. Eso no se olvida. —Noté cómo mis ojos comenzaban a humedecerse—. Me encanta haberos visto pero me tengo que marchar. Cuidaos.
—Cuídate cariño. —Les sonreí y antes de irme escuché a la madre.
—No te olvides de nosotros.  —Me acerqué a ella.
—No podría. —Le di un beso en la mejilla—. Nunca.
—Solo espero que podáis solucionarlo. Mi hijo está cayendo en una espiral peligrosa. No quiero volver a verle destrozado como hace años. —Se me encogió el corazón sabiendo que Hans estaba sufriendo tanto por mi culpa.
—Cuidad de él por favor. —Agarré la mano de la abuela—. Por favor.
Sonreí para que ellos me vieran bien pero al llegar al coche ya no pude aguantar más. Rompí a llorar. No quería imaginarme a Hans destrozado y con una copa en la mano. Había sobrevivido a aquel infierno años atrás, y ser yo la culpable de que acabase así de nuevo, me mataba. Cogí el móvil y busqué el nombre de Hans. Apareció su foto, con esa preciosa sonrisa y esos ojos que tanto me prometían. Pasé el dedo por encima casi pulsando el botón verde de llamada, pero segundos antes de pulsar, entró una llamada de Rose.
Respiré antes de descolgar y hablé con ella. Quería asegurarse de que no me echaba atrás con el maldito viaje a Cabo. Cuando le colgué tiré el móvil al asiento del copiloto, olvidándome de llamar a Hans.
El resto del día lo pasé en casa, preparando las maletas y relajándome con un buen libro. Estaba con una lectura, que me estaba evadiendo de mi realidad. Una novela de unos moteros salvajes. Motero. Esa simple palabra ya me hacía sonar como una moto. Me tenía loca en esa realidad paralela que me había montado en el salón. Estuve varias horas devorando y hasta me olvidé de comer. Deseaba ser yo quien montase esa moto y no la protagonista, agarrada de la cintura de ese hombre. Que me comprendiese y pudiera vivir aquella gran aventura. Que hombre por Dios. Tener esa historia tan trepidante de amor y tan llena de pasión y dulzura, me evadió de mis propios sentimientos gran parte de la tarde. A las seis Pablo llegó a casa hambriento.
—Déjame las llaves del Mini, me voy a por un par de Phily Cheese Steak con picante y unos aros de cebolla al Johnny Rockets —se puso delante de mí.
—Ajam. —Continué leyendo el libro y pegando pequeños suspiritos.
—¿Quieres que te traiga un bocata o a un tío con su pedazo de moto?
—Un motero con mucho picante. —Me quitó el libro de las manos.
—Cuando te pones a leer estos libros te evades de cualquier realidad.
—Por eso lo hago. Yo quiero una historia así. —Me llevé las manos al pecho—. Quiero conocer a un hombre que me haga perder la cabeza. —Me tiró el libro a las piernas.
—En fin.
Me levanté con las piernas adormiladas y puse algo de música. Justo sonó por los altavoces “What a feeling” de Irene Cara. Mi hermano me dio la mano y comenzó a bailar pegado a mí. Esa forma que tenía de abrazarme haciéndome cosquillas me hacía reír. Era capaz de sacarme una sonrisa en cualquier momento.
Cuando no hay nada más que un sueño que lentamente resplandece… He llorado lágrimas silenciosas, llena de orgullo en un mundo hecho de acero, hecho de piedra. Escucho la música, cierro mis ojos, siento el ritmo…
Cuando la música pasó a ser un poco más rápida comenzó a hacer unos pasos de baile imitándome en alguna de mis clases. Pegaba saltitos, rodaba por el suelo del salón, tiraba de mi mano para que le siguiera, pero no podía parar de reír. Se miraba en el espejo, poniendo cara de interesante, haciéndose a sí mismo morritos y estiraba sus piernas en el aire.
Acabé echándole de casa para que fuera a por la cena. Era un payaso, pero era el payaso que me había tocado como hermano, y al que adoraba.
Puse la mesa y continué con mi lectura hasta que llegase la cena.



Había pasado más de una hora desde que Pablo se marchó a por la cena. Terminé de hacer la maleta y tras poner la mesa en la terraza, llamé a Pablo. Estaba volviendo pero había parado a recoger el postre.
Entré en casa a por las servilletas y escuché cómo se caían unas sillas fuera. Pensé que alguno de los vecinos venía con alguna copa de más o que Pablo se había vuelto loco comprando y no podía con las bolsas. Escuché un quejido de mujer y al salir por la puerta me encontré con una Sharon casi irreconocible. Dio un paso adelante al verme tratando de erguirse y se cayó sobre la mesa tirando los platos y copas. Salí corriendo hacia ella.
—Sharon, ¿estás bien? —la agarré por la cintura tratando de levantarla.
—Perfectamente. He destrozado tu vida, la de tu hermano, la del mío y estoy camino de destrozar la mía. ¿A que lo hago bien? —La agarré de la cintura fuertemente y la metí en casa.
—¿Qué cojones crees que estás haciendo Sharon? —la senté en el sofá.
—Lo que mejor se me da. Destrozar todo lo que toco. —Echó la cabeza para atrás. Noté en su tono de voz algo raro y al mirarle a los ojos, vi sus pupilas completamente dilatadas. Toqué su cara y estaba ardiendo.
—¿Sharon qué has hecho? —La miré y su estado de alerta y absoluta excitación la delataba. Puse mis dedos en su cuello y su pulso estaba demasiado acelerado—. Mierda Sharon. ¿Qué coño te has metido?
—Nada. No necesito nada para estar así. —Su estado cambió y pasó a estar eufórica dando paseos por el salón—. La vida es una mierda, pero lo mejor que puedo hacer es alejarme de todos y de todo. —Se fue a sentar en un taburete y se cayó al suelo riéndose de manera exagerada.
—Levántate de ahí. —Al ir a agarrar su mano me pegó fuertemente en la mía—. Joder. —Tiré fuertemente de su mano levantándola—. No me toques los cojones Sharon. Puedo contigo y con veinte como tú. —Me pegó un empujón en el pecho.
—Déjame en paz. Quiero hablar con Pablo. Pablo. —Se puso a gritar y a buscar a mi hermano por las habitaciones—. PABLO.
—Pablo no está aquí y no le gustaría verte en este estado. ¿Por qué has hecho esto Sharon? —me crucé de brazos delante de ella.
—Porque puedo. Mi familia está tan centrada en mi hermanito que no se dan cuenta de lo que hago o dejo de hacer. —Se pasó la mano por la nariz y comenzó a sangrar—. Nadie sabe por lo que estoy pasando. —Levantó los brazos como si sobre ella estuviese recayendo todo el peso del mundo.
—Deja de comportarte como una niñata y simplemente sigue con tu vida. —Estaba comenzando a perder los nervios con el comportamiento de Sharon.
—¿Cómo voy a seguir con mi vida? He destrozado la vida de mi hermano y la tuya. —Se acercó al sofá—. Necesito mi bolso. Si dejo de sentir, dejo de sufrir.
Al ir a agarrar su bolso se lo quité de las manos rebuscando en él. Encontré varias bolsas pequeñas con una sustancia blanca, supuse que era cocaína. Mi respiración se aceleró tanto que me di miedo a mí misma de cómo podría reaccionar. Tiré el bolso al suelo y fui directamente a por Sharon. La agarré del brazo y la llevé hasta la fregadera. Sus gritos podrían haberse oído a kilómetros, quejándose de que la estaba haciendo daño en el brazo. Agité las bolsitas ante sus ojos y las tiré por la trituradora, apreté el botón y sus ojos se dilataron aún más.
—¿Qué coño haces? Joder. Me he gastado quinientos dólares. —Trató de apartarse de mí pero apreté mucho más fuerte su brazo obligándola a mirarme.
—Como si te has gastado un millón. No sabes lo que eso puede hacerte. ¿No has aprendido nada? Joder Sharon. —Se deshizo de mi mano.
—He aprendido que quitarme del medio sería lo mejor. —Como siguiera diciendo cosas como esa, le iba a dar un tortazo que le pondría los ojos en la nuca.
—Tú eres idiota. —Paseé por la cocina como un león enjaulado. Tenía que hacer algo pero no sabía el qué—. De acuerdo, nos vamos al hospital. Que te saquen toda esa mierda de alguna manera.
Dos minutos. Dos minutos fue lo que tardé en volver al salón tras recoger mi bolso y ponerme unas zapatillas. Me encontré a Sharon en el suelo desmayada. Restos de aquella sustancia blanca en mi encimera, una tarjeta de crédito, un billete enrollado y un trozo sin esnifar de una raya. Corrí por el pequeño pasillo hasta arrodillarme donde estaba Sharon tirada. Agarré su brazo para darle la vuelta. Tenía sangre en la nariz, restos de cocaína o lo que demonios fuera aquello, y no respondía. Di un par de golpes en su cara, agité su cuerpo, pero seguía sin responder. En ese momento, era yo la que quería gritar alto y fuerte.
—Mierda Sharon. No me hagas esto. —La puse sobre mi pecho—. Mierda Sharon. —No sabía qué hacer, no podía reaccionar ante aquella situación que se me estaba yendo de las manos—. Por favor, reacciona joder. —Comenzó a convulsionar y la puse en posición lateral. Me vomitó encima y me aterroricé. Busqué con la mirada mi móvil y lo vi en la encimera de la entrada. Me fui a levantar para ir a por él y justo entró Pablo en casa.
—Joder hermanita, menudo desastre de mesa has puesto. Está todo… —miró mi cara y vio a Sharon en mis brazos en el suelo. Dejó caer todas las bolsas y se tiró a su nuestro lado—. ¿Qué coño ha pasado? Lucía. —Sacó su móvil del bolsillo y lo dejó en mi mano—. Llama a emergencias. LUCÍA.
—Voy. Voy.
Mis manos temblaban mientras marcaba el 911. Mi voz entrecortada explicó todo lo que pudo y di todos los datos que me pidieron. Constantes, que droga había sido, cuanto tiempo llevaba inconsciente. Demasiadas preguntas y yo lo único que quería es que una maldita ambulancia fuera a casa.
Tras colgar no tardaron más de diez minutos en llegar. Los sanitarios entraron en el piso con la camilla y tras examinarla, ponerle una vía y colocarle algo en vena, salieron con ella de allí.
—¿Cómo está? —Pablo no se separaba de Sharon.
—Estable, dentro de la gravedad, está estable. Tenemos que hacerle más pruebas en el hospital para ver cuánto ha consumido y qué. Hacerle un lavado de estómago, si no es demasiado tarde. Nos tenemos que marchar ya. —Salieron hacia la ambulancia—. ¿Seguro privado? —Pablo y yo nos miramos sin saber qué hacer—. Señorita. —Me miraron esperando mi respuesta—. La llevamos a Santa Mónica Ucla Center o… —no le dejé terminar.
—Sí, allí. Sin duda. —Agarré fuertemente la mano de mi hermano y tras cerrar la puerta de casa nos montamos en el coche siguiendo a la ambulancia.
Pablo estaba centrado en la ambulancia que seguíamos. Mi corazón latía a dos mil por hora. Creo que no vi ningún coche hasta que aparcamos en la puerta del hospital. Entramos corriendo en urgencias pero unos médicos nos pararon cuando quisimos pasar las puertas de uno de los boxes. Nos obligaron a esperar fuera y mi hermano se desesperó.
—¿Cómo ha podido pasar esto Lucía? —Me acerqué a él agarrándole de la mano.
—No lo sé Pablo, pero está en buenas manos. Voy a hacer una llamada. —Tiró de mi brazo para abrazarme.
—Prométeme que todo va a salir bien. —Le miré a los ojos y le mentí. Simplemente mentí. No sabía lo que iba a suceder.
—Todo saldrá bien. Quedará en un susto que le hará ver la vida de otra manera. —Al menos eso era lo que realmente yo esperaba—. Voy a la máquina a por un par de cafés y a hacer una llamada.
Antes de poder salir de aquella sala escuché «familiares de Sharon Berg» por un altavoz. Acudimos los dos al mostrador y rellené un montón de formularios con los datos que sabía de Sharon. Había preguntas tipo alergias, enfermedades, operaciones que ni siquiera sabía que contestar. Dejé el boli sobre el mostrador y marqué el número de Hans. Cinco llamadas, cinco malditas llamadas después y no contestó ninguna de ellas. El mejor momento para que pasase de mis llamadas.

Aquella fiesta era el revulsivo que me hacía falta. Mario siempre había sabido organizar grandes fiestas con mejor compañía. Su casa en Malibu, a pie de playa, era simplemente perfecta. Había un montón de preciosas mujeres que me iban a hacer olvidar por completo a Lucía. Había llamado a Glen para que me acompañase pero estaba demasiado ocupado con su novia. ¡Cómo había cambiado! Siempre habíamos ido juntos a este tipo de fiestas y ahora simplemente perdía el culo por Rose.
—Hola Hans. —Al darme la vuelta vi a Mercedes a mi lado.
—Hola Mercedes. —Le pegué otro trago a mi copa.
—¿Cómo así tú por aquí? ¿Dónde te has dejado a tu novia de mercadillo? —La miré queriendo contestar pero el alcohol no me lo permitió.
—Desapareció de mi vida. Simplemente. —Vi cómo Mercedes esbozaba una sonrisa.
—Tío, esta fiesta es una de las mejores que he organizado. —Mario se acercó a nosotros con una chica de cada brazo—. Hola Mercedes.
—Hola Mario. Qué raro veros a los dos juntos. Después del espectáculo de la última fiesta, sois las últimas personas que me imaginaria juntas. —Noté cómo me vibraba el teléfono de nuevo y simplemente lo obvié.
—Hans ellas son Hayley y Monique. Nuestras chicas esta noche. —Me levanté para besar a las dos y Monique se echó a mis brazos.
—Hans Berg, no sabes cómo me gustaba verte cuando jugabas. Soy tu fan número uno. —Se mordió el labio mientras me acariciaba el brazo—. Déjame llevarte al cielo esta noche.
—Te dejaré llevarme hasta el mismísimo infierno. —La agarré de la cintura pegándola a mí.
—Vamos ángeles del infierno, tengo reservada una de las camas balinesas especiales. Especialmente preparada para nosotros. Seguro que nos lo pasamos muy bien los cinco. —Sin saber cómo, los cinco caminábamos entre sonrisas y miradas bajando por las escaleras hasta la playa.
Necesitaba desahogarme, sacar todas mis frustraciones fuera y olvidarme de una puta vez de Lucía. Con aquella preciosa rubia sería la mejor manera. Cuando nos tumbamos en la cama balinesa volvió a vibrarme el móvil. Fui a cogerlo pero antes de ver la pantalla, Monique me lo quitó de la mano.
—Olvídate del mundo exterior y déjame hacerte disfrutar señor Berg.
—Hazme olvidar mi mundo. —Se abalanzó sobre mí tirando el móvil a la cama balinesa.

—Joder Hans. ¿Dónde coño estás? —Me levanté del sillón enfurecida—. Joder.
—¿Has podido localizar a alguien? —Mi hermano me miraba preocupado.
—Hans no contesta a mis llamadas. No sé cuántas veces le he llamado ya. No quería llamar a sus padres. Pero no me queda otra opción. Esto les va a matar. —Me aparté el pelo de la cara.
—Sharon está en planta. No sé qué han hecho en urgencias, pero una enfermera me ha dicho que está dormida y descansando. —Me levanté de la silla para ir a la habitación—. Después de verla les llamo. —Pulsé el botón del ascensor y escuché a la chica del mostrador llamándome.
—Perdone, disculpe. Necesito que firme los formularios y deje su número de contacto. Es por seguridad. —Firmé sin pensármelo—. Gracias.
Subimos a la habitación, y al entrar, vi cómo Pablo se quedaba en la puerta sin dar un paso. Estaba aterrado por ver a Sharon en aquel estado. Sin maquillaje, con una vía en el brazo y con oxígeno en la nariz. La verdad es que estaba muy desmejorada. Me acerqué a ella y la agarré de la mano. Estaba tan tranquila, tan en paz, que no parecía la misma Sharon que hacía unas horas irrumpió en casa destrozándolo todo. Pablo se sentó a su lado acariciándole la mano y la cara. No dejó de mirarla en ningún momento.
Armándome de valor llamé a Lorel. Se me hizo durísimo contarle que su hija estaba en el hospital pero no le dije cuál era el motivo. Sería asustarles demasiado por algo que ya estaba solucionado. Al entrar en la habitación escuché a Pablo hablando con Sharon, que continuaba dormida. Me quedé unos segundos pero supe que era su momento. Cerré lentamente la puerta de la habitación y me fui hasta la máquina de café. Rebusqué unas monedas en mis vaqueros y cuando le fui a pegar un sorbo al café, escuché la voz de Lorel desde el fondo del pasillo diciendo mi nombre.
—Lucía, ¿dónde está Sharon? —Al llegar dónde mí me agarró de brazo—. ¿Qué ha pasado?
—Tranquila, todo está bien.
—¿Cómo va a estar bien si está ingresada en el hospital? —Steve tenía las manos apretadas a ambos lados de su cuerpo.
—Está con Pablo en la habitación del fondo. Solo os quiero avisar de que está bien, ha sido un susto, pero creo que será mejor que ella os lo explique. —Justo vi cómo Pablo salía de la habitación corriendo.
—Lucía, se ha despertado. —Fuimos los cinco corriendo hasta la habitación. Al entrar Sharon nos miró a todos y comenzó a llorar.
—Lo siento. Lo siento mucho. —Se llevó las manos a la cara y se asustó al verse la vía.
—Cariño. —Los tres fueron hasta la cama y agarré de la mano a Pablo para salir de la habitación.
—Dejémosles solos. Tienen mucho de lo que hablar.
Salimos a una sala que estaba al lado y Pablo aprovechó para acurrucarse a mi lado, agarrándome fuertemente de la mano. Después del susto, se quedó adormilado apoyado en la silla. Supe por lo que estaban pasando en aquel momento los padres y la abuela. Al ver a mi hermano a mi lado, dulcemente dormido, pensé en el infierno que podríamos pasar. Pasó más de una hora y miré mi móvil para ver si Hans había contestado alguna de mis llamadas, pero no hubo suerte. Pablo abrió los ojos y sin mediar palabra se marchó al baño con la cabeza agachada y frotándose la nuca.
—Lucía. —Levanté la vista y me encontré a Victoria delante de mí—. Sharon nos ha contado lo que ha pasado esta noche. No sé cómo agradecerte lo que has hecho por ella.
—No he hecho nada Victoria. Me asusté tanto que no sabía lo que hacer. —Me levanté.
—Nos ha contado todo. ¿Por qué has cargado con una culpa que no te correspondía? —Abrí la boca sorprendida.
—No te entiendo.
—Nos ha contado lo que hiciste aquella noche. Ir hasta allí a por ellos, sacarles de aquel infierno y cargar tú con una culpa que no te corresponde. —Me pegó fuertemente en el brazo y acto seguido me abrazó—. No puedes seguir con esta carga cariño. Debes hablar con mi nieto. Tienes que hacerlo. —Al separarse de mí vi las lágrimas en sus ojos.
—Lo hecho, hecho está Victoria.
—No seas cabezota. No puedes dejar que lo que hizo mi nieta, destruya todo lo que conseguisteis. —Agaché la cabeza.
—Le he llamado esta noche para avisarle y no me ha cogido. Ya lo dijo. Fuera de su vida.
—No Lucía, él echó a la Lucía metida en drogas, no a esta Lucía, la que ha tratado de proteger a mi estúpida nieta. —Apretó fuertemente sus labios.
—No es estúpida. Se ha metido en problemas como hemos hecho todos.
—Es culpa nuestra. Nos hemos centrado en proteger a Hans y nos hemos olvidado de que quien realmente tiene problemas es ella. —Se sentó en una silla—. Muchas gracias por lo que has hecho por ella. Si no llega a ir donde ti…
—Vino a casa buscando ayuda. Sin hacerlo, la estaba  pidiendo a gritos. Necesita ayuda y ahora sois su mejor apoyo. —Justo salió Steve de la habitación frotándose los ojos, como hacía Hans cuando algo le atormentaba.
—Lucía, muchísimas gracias. No… —suspiró fuertemente—. Gracias por traerla aquí. —Justo llegó Pablo del baño—. A ti Pablo, siento mucho que Sharon no te haya llamado en todo este tiempo. Yo le pedí que se alejase de ti, que se alejase de todo lo que le rodeaba y pensé que tú —se quedó callado—, que tú podrías ser un problema para ella. Lo siento mucho hijo.
—No se preocupe. Es su hija y solo quiere lo mejor para ella. Pero yo también. Puede sonar a locura, pero quiero a su hija. Quiero que se recupere y tal vez tenga razón en que lo mejor es que me aleje de ella. —Sonrió tristemente.
—Ni se te ocurra. —La abuela se levantó rápidamente—. Da igual lo que dijera o pensase Steve en aquel momento. Sharon necesita a una persona como tú a su lado. Que le enseñe lo que puede perder si sigue por este camino. Y ahora voy a intentar localizar al imbécil de mi nieto.
—Nosotros —miré a Pablo y miré el gran reloj que colgaba de la pared de la sala—, creo que lo mejor será que nos vayamos. Yo cojo un vuelo mañana temprano y tengo que terminar de hacer algunas cosas.
—Por favor, espera a que llegue Hans. Tienes que hablar hoy sin falta con él.
—Steve, bastante tendrá con enterarse de que Sharon está hospitalizada, como para que me vea aquí. Cuando vuelva de Cabo hablaré con él. Ahora tenéis que estar unidos por y para Sharon.
—Eres un ángel Lucía. —Steve me abrazó—. Pero prométeme que hablarás con él. Tiene que saber la verdad.
—No hay manera de que me coja el teléfono. —Se notaba el cansancio en  los ojos de Victoria y apartó a Steve para hablarme.
—Esta mañana le escuché en la Fundación. Iba a una fiesta a Malibu. Pero no recuerdo dónde.
—En casa de Mario. —Escuché la voz de Lorel sin entender lo que decía—. En casa de ese gilipollas.
—¿Sabes la dirección cariño? —Steve se acercó a ella.
—Sí.
—Voy a por él, aunque tenga que sacarle de allí de las orejas.
—Chicos yo me marcho. —Pablo se acercó a mí.
—¿Te importa si me quedo con ellos?
—Claro que no cariño. Yo mañana me voy muy pronto. En realidad en unas horas. —Le acaricié la cara—. Te quiero mucho Pablo.

—Llámame cuando lleguéis y te pondré al día.





Título original: Bésame Princesa y Quédate Conmigo 
© Marta Lobo
© Primera edición: junio 2015, Vitoria-Gasteiz
Diseño cubierta: Marta Lobo

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Copyright © 2015 Marta Lobo
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ISBN-10: 1503016927

ISBN-13: 978-1503016927

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