01 septiembre, 2015

BÉSAME, PRINCESA Y QUÉDATE CONMIGO (II)



Junio 2015. Erótica

Lucía se lanzó al vacío y cayó sin esperar una mano que la salvase. Tendrá que luchar por seguir adelante o enfrentarse a la verdad, a su verdad. Pero para ello tendrá que ponerse frente a frente con el hombre que le echó de su vida.

Hans se refugiará en compañías que no le convienen, llevando su historia de amor hasta unos límites que ni el mismo sabrá si podrá salvar. Los protagonistas tendrán que luchar contra viento y marea por solucionar su relación, o por seguir adelante.

¿Lo conseguirán?

Descúbrelo en el esperado desenlace de Bésame Princesa.


PORQUE AMAR TAMBIÉN PUEDE SER EXCITANTE.





PRÓLOGO LUCÍA

No podía respirar. No era capaz de tomar una maldita bocanada de aire que me llenase por completo los pulmones. Aun estando en aquel acantilado, con el viento golpeándome en la cara sin piedad, era incapaz de respirar. Mis pulmones no se llenaban por completo de oxígeno, la garganta estaba completamente cerrada, y mi cabeza estaba muy lejos de allí. Las lágrimas cubrían toda mi cara y mi cuerpo no dejaba de temblar recordando esas palabras. Sus últimas palabras seguían sonando atronadoras en mi cabeza. ¿Cómo podía haber reaccionado así? ¿Cómo había sido tan estúpida de creer que haciéndolo de aquella manera, todo tendría una mejor solución? 
Era idiota. Me sentía como una completa idiota. 
Me quedé mirando el horizonte y bajé la mirada por un momento para observar el mar. Estaba picado, parecía estar de la misma manera que estaba yo por dentro. Rota. Completa y absolutamente rota.
Mis piernas colgaban por el acantilado. Hacía dos horas que me había sentado por el saliente más lejano de la carretera, donde el viento golpeaba con más fuerza, y pequeños trozos de la roca se desprendían hacía aquel pequeño abismo. Miré como caían golpeándose contra las rocas afiladas del acantilado. Yo en aquel momento era como aquellas pequeñas piedras cayendo al vacío, sin encontrar nada dónde agarrarse, golpeándose brutalmente contra el agua. Así me sentía yo, con un corazón despedazado que se había arrojado a un precipicio del que no podía salir. 
Aparté mi mano del suelo y vi la marca que me había dejado el anillo que me dio la abuela de Hans en uno de los dedos. Me lo debieron de quitar en el momento que les entregué el dinero, pero no lo recordaba. No recordaba con claridad lo que había sucedido horas antes. Desde el momento en que recibí la llamada de Pablo, todo pasó a cámara rápida por mi cabeza. Era como si estuviera en una película a toda velocidad. El taxista negándose a entrar en aquel barrio de la ciudad, los ruidos de la calle detrás de mí cuando caminaba hacía aquella dirección, mis tacones resonando en aquel suelo lleno de cristales rotos, la luz tintineante de aquel callejón que estalló ante mi llegada, el tipo de la entrada, la pistola, los chicos aterrados, la droga encima de la mesa, los gritos de Hans, mis gritos y el sonido de aquella puerta cerrándose de un golpe.
Me tumbé en el suelo y noté cómo el aire me levantaba el vestido. Tomé una gran bocanada de aire y por primera vez en varias horas, la presión de mi pecho me dejó respirar. 
Respiré varias veces profundamente y me quedé observando las estrellas. Sabía que en una de ellas mi padre me estaba vigilando y protegiendo, aunque aquella noche nadie pudiera haberlo hecho. Mi cabeza recordó sus palabras. «Siempre os estaré protegiendo y guiando».
—Esta noche ni tú papá hubieras sido capaz de protegerme. 
Cogí todo el aire que pude y lo contuve dentro de mí unos segundos. Hice lo mismo durante varios minutos, tratando de relajarme, de recomponerme y de intentar saber qué iba a hacer con mi corazón después de aquella noche.
Cerré los ojos varios minutos y cuando los volví a abrir, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Me levanté recogiendo los zapatos del suelo. Mi pie se resbaló hacia el precipicio y por unos segundos sentí que iba a caer por el precipicio al agua. Contuve la respiración e hice un movimiento rápido metiéndome en tierra firme. Observé de nuevo aquellas rocas que se desprendían. El agua se movía tranquila ante mis ojos. Era como si la tormenta de la noche anterior se hubiera calmado. Ojalá fuera todo tan fácil. Negué con la cabeza mientras las lágrimas volvían a recorrer mis mejillas. Hacía años que no me permitía llorar de esa manera y aquella noche agoté todas mis reservas. 
Me monté en el coche y busqué en mi bolso. No había rastro ni de mis llaves de casa, ni de la cartera, ni del móvil. Dios. Mi tía y Pablo se estarían volviendo locos buscándome. Salí de allí casi derrapando con el coche y por la radio comenzó a sonar “Stay with me” de Sam Smith. El mismo que hacía unas horas parecía dedicarme una preciosa canción, como si la estuviera cantando Hans, pasó a dedicarme unas amargas líneas, que me acompañaron en el camino a casa.
No quiero que te vayas, ¿vas a darme la mano? ¿No te quedarás conmigo? Porque eres todo lo que necesito. Esto no es amor, es fácil de ver pero cariño, quédate conmigo.
Ojalá aquellas palabras hubieran salido de la boca de Hans y no de una canción en la radio. Era una completa estúpida. «Estúpida, estúpida, estúpida». Las palabras en la voz de mi padrastro retumbaban en mi cabeza. «Nunca serás feliz. Nunca. Yo me encargaré de ello». Parecía ser así. Aunque la única culpable era yo misma. Yo fui quien me encargué de joderla. No podía culpar a nadie más. 
Al llegar a casa, las luces de la policía me alertaron. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que algo les había sucedido a mi tía y a Pablo. Pasé el cordón de seguridad peleándome con un par de policías que me impedían el acceso a casa. Entre gritos logré convencerles. Salí corriendo hacía dentro y me encontré a mi tía, a Hernando y a Pablo, sentados con varios policías alrededor. Eché a correr hasta donde ellos y mi tía al verme, se llevó la mano al pecho.
—Maitia. ¿Dónde estabas? Hemos estado llamándote toda la noche. —Se lanzó a mis brazos y vi cómo su maquillaje estaba corrido debido a las lágrimas.
—Yo… Lo siento, tía. No quería que os preocupaseis pero… —no pude controlar de nuevo las lágrimas—. Lo siento, tía. —La besé en la mejilla y la apreté fuertemente contra mí.
—Hemos llegado a casa y la puerta estaba abierta. Han destrozado el piso, se han llevado algunas cosas y —Pablo se quedó callado y me agarró del brazo apartándome del resto—, he encontrado una nota. Es para ti. —No podía entender qué es lo que estaba sucediendo.
—No entiendo nada, Pablo. —Abrí la nota y no reconocí la letra.

«Muchas gracias por pagar las deudas de esa pequeña zorra.   Todo está finiquitado. Gracias, bombón».

—Han estado aquí. Pero, ¿cómo… —Pablo me abrazó fuertemente—. Siento muchísimo todo esto. Ha sido mi culpa, si yo no hubiera ido allí… —le corté.
—No, Pablo. Nada de esto es tu culpa. Quisiste salvar a Sharon y acabamos metidos en el mismísimo infierno. La única culpable de todo esto soy yo. —Le acaricié la cara y saqué fuerzas para sonreír.
—No tenías que haberlo hecho. Nosotros podíamos haberlo solucionado. 
—No, Pablo, solo sois unos críos y no sabéis lo que todo eso hubiera hecho a su familia. Esas drogas no eran de Sharon. Noté cómo mi hermano se enfadaba por momentos.
—Ni tuyas, Lucía. No tienes que cargar tú con todo. Has destrozado a Hans. Has destrozado la maravillosa relación que teníais, solo por querer ser una súper heroína. —Resoplé fuertemente y mi hermano me agarró de los brazos—. Sharon va a hablar con Hans cuando se tranquilice. 
—No, Pablo, habla con ella y prométeme que nadie se lo va a contar. Que crea que son mías es la mejor solución a todo.
—No lo es.
—Sí lo es, joder, Pablo. Por una maldita vez en tu vida hazme caso. —Pegué tal grito que todos se dieron la vuelta—. Hazme caso y déjalo estar joder. Joder. —Me aparté de él bruscamente.
Me metí en casa, sacando a un policía de mi habitación y encerrándome por dentro. Necesitaba meterme en la ducha y olvidar aquel maldito día. Olvidar todo lo que había pasado en las últimas doce horas. Aunque sin saberlo, olvidar todo, no iba a ser tan fácil.


PRÓLOGO HANS

Destrocé cada centímetro de mi despacho. Cada figura, cada copa y cada imagen que había encima de la mesa, habían quedado hechas añicos en cualquier rincón de aquella habitación. Me volví loco. Me volví loco al saber que esos últimos meses habían sido una gran mentira. Sus palabras, sus caricias y sobre todo sus te quiero, habían sido fruto de… no sabía ni cómo catalogarla. Una maldita yonqui que había entrado en mi vida para enamorarme y destrozarme cuando mejor le viniese.
No. Simplemente no lo había visto. Me sentía estúpido. No sabía cómo no me había dado cuenta de cada una de las señales. De cada una de sus extrañas formas de actuar en las últimas semanas. Aquella forma que tenía de recuperarse milagrosamente después de horas de trabajo, de semanas llenas de baile y fiestas. No sabía cómo no me había dado cuenta antes. Me sentía como un jodido estúpido. 
Me puse una copa de whisky y al darme la vuelta vi sus fotos. Esas fotos que colgadas en mi despacho no hacían más que recordarme su traición. Me empezó a quemar la garganta, como si una gran bola de fuego quisiera salir por mi boca. Sentí un gran dolor en el pecho que me obligó a apoyarme en la mesa. Apoyé una mano en ella y la ira comenzó a recorrerme de nuevo, como un escalofrío. Miré el fondo del vaso y a los pocos segundos, ese mismo vaso, estaba estallando en mil pedazos contra una de sus fotos. El whisky corría por la pared. 
Los golpes alertaron a mis padres y a mi abuela, pero mis gritos les ahuyentaron de allí. Supuse que Sharon y Pablo ya les habrían contado todo lo que minutos antes había sucedido. Mi padre volvió a golpear fuertemente la puerta al escuchar el estallido del vaso, pero mi cabeza estaba lejos de allí.
Recordé cómo la primera vez mis ojos se posaron en los suyos. Aquella forma de desafiarme, me tenía que haber avisado. No era una apuesta segura. No tenía que haber caído en sus malditas garras. No tenía que haber sucumbido a sus vicios. Simplemente me tenía que haber alejado de ella. Pero mi cabeza no pudo. Caer en sus redes fue simple. Dos meneos de culo, dos caídas de ojos y tristemente, me tenía en sus manos. Aprovechándose de… Dios santo. Estaba tan enfadado, tan decepcionado, tan jodidamente enamorado de aquella extraña en la que se había convertido. 
Estaba defraudado, dolido y sobre todo asombrado, ante la forma que tenía de hacernos creer a todos que su vida era perfecta. Que su forma de ver la vida era la mejor. Pero ni siquiera ella misma sabía en la mierda que estaba metida. Perder a sus padres, tener aquel pasado, no podía tener un final feliz. 
Joder, ni siquiera tenía la seguridad de que todo lo que me hubiese contado fuera verdad. Mierda. Si cuando dije en el pasado que no volvería a confiar en ninguna mujer, estaba en lo cierto. Ninguna se merecía esa confianza ciega que le había brindado a Lucía. 
—Mierda, Lucía. Has destrozado todo lo que teníamos.
Me faltó el aire al pronunciar su nombre. No quería tenerla en mi boca, ni en mi cabeza y mucho menos en mi corazón. Pero no me podía controlar. Tenía la necesidad de gritar y salir de allí lo antes posible. No me lo pensé.
Cogí las llaves del coche y salí por la parte de atrás. Vi cómo Pablo hablaba con su tía, y ella simplemente negaba con la cabeza, como no creyendo lo que estaba oyendo. Llevándose una mano a la cara y la otra al pecho. Pobre familia. Lucía se encargaba de joder todo lo que tocaba. Y con ellos no podía ser menos.
Me monté en el coche y desaparecí. Desaparecí el resto de la noche tratando de olvidar sus besos, sus caricias, sus abrazos y esos falsos te quiero.
Nunca más. Nunca más confiaría de nuevo en ella, ni en ninguna otra mujer. Bajé la guardia y el placaje que me hizo fue terrible. De la misma manera que me enamoré a la velocidad de un rayo de ella, consiguió que la odiase tanto, como para desearle que todo aquello cayera sobre su conciencia.
Paré en la playa un buen rato después y continué con mi única aliada de la noche. Aquella botella Vintage Balblair 1975. 
La noche era oscura y el alcohol ahogó mis penas y las últimas lágrimas que derramaría por ella. Porque desde aquel momento, Lucía no existía para mí.
  

Título Original: Bésame, princesa, y quédate conmigo
Primera edición: Junio 2015, Vitoria-Gasteiz
Diseño de portada y contraportada Marta Lobo

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