29 diciembre, 2016

EL ACCIDENTE DE MI VIDA

Junio 2016. Romántica contemporánea.

¿Qué ocurre si se mezcla en una misma historia una madre odiosa, una boda, unas amigas locas, un amor de adolescencia, un secreto de familia y una protagonista un poco zorra?
Pues que tienes mi historia.
Mi nombre es Adriana Fanjul y mi vida está llena de pequeños accidentes que han ido marcando mi existencia.
¿Seré capaz de solucionar todos mis problemas y volver a ser la chica que abandonó Lastres, o acabaré huyendo de nuevo para recuperar mi vida?
Pasa y descubre cómo los accidentes de mi vida me han convertido en lo que soy.
Eso sí, pilla una copa, porque hay tragos que es mejor pasarlos con un buen vino.

¡DISFRUTA DE MIS ACCIDENTES!

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Lastres
Junio
Sí, soy una zorra. Pero de esas de manual. Bueno, miento. Era una zorra. Hace unos meses no se podía confiar en mí. Mi vida se basaba en conseguir todo lo que quería a base de mentiras, engaños y artimañas. Me dedicaba a utilizar a los hombres a mi antojo para tener todo lo que se me antojaba.
Sí, lo reconozco. Dicen que es el primer paso para recuperarse.
Pero ahora me encuentro en un banco en plena noche esperando a que un taxi me lleve de Lastres a Oviedo. El cielo está tan oscuro que creo que el mismísimo señor, o señora, que esté ahí arriba va a comenzar a descargar toda su ira contra mí.
—Empieza ya si quieres. Total nada peor puede pasarme esta noche. —Levanto los brazos como esperando una respuesta y no hay nada—. Pensaba. Si es que no sé cómo he podido ser tan estúpida.  
Juré no dejarme cambiar y en estos últimos meses me he convertido en lo que era en el instituto. Una chica enamorada en secreto de un tío que solo tenía ojos para otras. He vuelto a ser la chica con gafas de pasta y aparato en los dientes enamorada de Enol. El hermano de mi mejor amiga. El chico que me destrozó con aquella gran sonrisa cuando se despidió de mí antes de irse de viaje de fin de curso.
—Adriana eres imbécil. Antes eras una zorra pero este tío te ha convertido en una idiota y has caído en la trampa de pensar que podrías ser feliz sin pagar por tus errores. No te tenías que haber enamorado. Estúpida, estúpida, estúpida. —Me golpeo en la frente varias veces.
Y como siempre todo ha terminado como mi vida, con un accidente. Parece que me persiguen desde muy joven. Un accidente no me permitió ir al viaje de fin de curso, un accidente me jodió mi vida perfecta en Milán y un accidente me acaba de echar de lo que pensaba que era un nuevo comienzo. Aunque este accidente viene con nombre, apellidos, junto con una bonita sonrisa.
Os aviso que adentraros en estas páginas no será bueno. Veréis mi vida, toda mi vida y la destriparéis. Me juzgaréis, me odiaréis y en algunos casos me querréis dar dos bofetadas. Esas mismas bofetadas que me he querido dar yo. Creer que mi vida iba a cambiar quedándome en este pueblo, que había encontrado a alguien que no mira con lupa todo lo que hago, alguien que no me ha juzgado ni una sola vez en su vida. Enol, el único hombre del que no me he querido aprovechar.
¿Os preguntáis qué ha pasado entre nosotros?
La historia se remonta muchos, muchos años atrás. Enol es el hermano de mi mejor amiga Covadonga, Covi para las amigas. Toda la vida estuvimos juntos. Nuestros padres son muy amigos y disfrutábamos todos los veranos de un mes en Islantilla, Huelva. En un coche iba Covi con Enol y sus padres. En otro coche, si se le podía llamar así al trasto que teníamos nosotros, íbamos mis padres, mis hermanos Roberto y Jaime y yo. Nos pasábamos todos los días hasta tarde hablando y riendo. Pero claro, nosotras éramos las pequeñas y mientras ellos hablaban de cosas de chicos, nosotras nos teníamos que quedar en nuestra habitación.
Debido a nuestros tres años de diferencia de edad pude ver todas las novias de Enol desde los quince años hasta los dieciocho. Al principio ellas no me gustaban y pensaba que era porque Enol era como mi hermano, como otro hermano. Pero cuando cumplí los quince y él ya estaba en el último curso, me di cuenta. Enol me gustaba, me gustaba mucho pero él solamente me veía como otra hermana pequeña a la que putear de vez en cuando.
Aquel año Enol se marchaba a estudiar Derecho a Oxford. Era el momento y necesitaba buscar el más adecuado. Y lo encontré. Nos íbamos a marchar a Barcelona de viaje de fin de curso y Enol, Jaime y Roberto se ofrecieron para ir a cuidarnos. Vamos, que lo que querían era pasar aquellos días disfrutando de las chicas de Barcelona. Era mi momento. Sería nuestro momento. Pero como siempre en mi vida, un accidente me truncó el viaje.
Dos días antes de irnos mi hermano Roberto bromeando me tiró de la bici, con tan mala suerte, que caí por un pequeño barranco de no más de cinco metros. Con aún más mala suerte que me clavé la cadena de la bici en el muslo rasgándomelo. Una bonita cicatriz de diez puntos que lo cruzaba horizontalmente. Mis padres me prohibieron viajar y me tuve que quedar en mi casa, en mi cama, mirando el techo de mi habitación pensando en Enol. Como una penosa psicópata.
La noche antes de irse entró en mi habitación como otras miles de veces pero yo ya le veía de otra manera.
—A ver pequeña, me dice tu madre que estás muy triste por no ir a Barcelona —su tono de voz fue muy irónico.
—No me vaciles Enol.
—Vamos a ver, que no va a pasar nada divertido allí. No son más que quinceañeras que harán fiestas de pijamas y poco más. Además no veas que plan tan aburrido tiene vuestro profesor de arte. —Sabía que yo adoraba el arte y siempre me trataba de molestar con ello.
—A mí me gusta el arte Enol.
—Es que eres un poco rarita Adri. Reconócelo.
Entre risas cándidas de él y, ahora que lo pienso, pensamientos demasiado calenturientos de mi yo de quince años, Enol se quedó a dormir en mi cama.
Y el viaje se acabó, volvieron, me lo contaron con pelos y señales, me dieron muchísima envidia y la peor noticia que me podía imaginar. Sandra, compañera de clase de Enol y de mis hermanos, también fue al viaje. Y sí, tal y como os imagináis, se enrolló con Enol. Él, que le había confesado a mis hermanos que le encantaba aquella chica, al final lo consiguió. Y aquel verano tuve que verlos paseando por el pueblo, besándose por el pueblo, metiéndose mano por el pueblo y jurándose amor eterno por el pueblo.
Así que decidí que en cuanto acabase Bachiller me iría de este pueblo y dejaría todo esto atrás. Sí, sé que tan solo era una cría, pero entre Enol y algunos problemas que tuve con mis padres, pues lo que quería era desaparecer lo más lejos posible de aquí. Y por otro accidente he tenido que volver demasiados años después. Y ahora seis meses después, me voy habiendo cambiado más de lo que me gustaría admitir, con el rabo entre las piernas. No puedo volver a pasar por lo mismo. Me niego.
Así que adiós a la Adriana de estos meses y bienvenida a la Adriana zorra. Volveré a ser como he sido hasta ahora. Al menos así, nadie es capaz de hacerme daño.
¿Queréis saber lo que me ha pasado estos meses para que quiera ser de nuevo una zorra?
Pasa y conoce mi vida. Descubre cómo los accidentes de mi vida me han convertido en lo que soy. Eso sí, pilla una copa, porque hay tragos que es mejor pasarlos con un buen vino.



Estudié Historia del Arte en la Universidad de Oviedo. Dejé atrás las gafas, junto el aparato y se puede decir que al dejar el instituto me convertí en algo así como un pequeño cisne. Vamos, que aprendí a resaltar mis virtudes.
Conocí a gente nueva y por fin me pude alejar de Lastres. Discutía a diario con mi madre porque somos demasiado iguales. Cabezotas, malhabladas y muy zorras cuando queremos. Tal vez eso fue el inicio. No estaba muy lejos de casa pero sí lo suficiente como para olvidarme de todo y empezar a compartir un piso con varias chicas y un chico de la universidad. Mis hermanos habían empezado a trabajar después de terminar sus estudios en el pequeño hotel de la familia, una antigua casona de Lastres, para poder echar una mano a mi padre.
Él la heredó de mi abuelo pero aquello no era para mí. Yo me merecía algo más que los gritos continuos de mi madre por no ayudar a hacer las camas o a servir los desayunos a las chicas que tenía contratadas. Estuve muchos años haciéndolo para todos aquellos turistas que estaban de paso en el pueblo. Pero yo quería ser como ellos. Viajar por el mundo, encontrar pequeños rincones preciosos en otras ciudades y dejar atrás la decepción. Era una cría pero para mí, el desengaño con Enol, fue el primer y el peor.
Cuando terminé mis estudios estaba saliendo con un chico. Parecía bueno, parecía normal. Pero mis dos hermanos cada vez que venían a Oviedo trataban de alejarme de él. Incluso Enol un par de veces que vino con ellos me instó a apartarme de él.
—Peque, no te mereces un tío así. Te va a engañar si no lo está haciendo ya —estábamos en un bar los cuatro a altas horas de la madrugada.
La música sonaba demasiado alta, el alcohol me estaba desinhibiendo por completo y me acababa de enterar de que Sandra había dejado plantado a Enol en su piso. Le dejó y se dio a la fuga.
Por los altavoces se escuchaba “En el muelle de San Blas” de Maná y, sin saber muy bien cómo, Enol y yo estábamos bailando en medio de la pista de aquel oscuro bar.
Ella despidió a su amor, él partió en un barco en el muelle de San Blas. Él juró que volvería y empapada en llanto ella juró que esperaría.
Enol estaba tan guapo como siempre. Su pelo moreno alborotado, con sus preciosos ojos azules que brillaban más que nunca, su barba de tres días perfectamente estudiada y aquella boca. Aquella boca delineada, carnosa y de la que no me olvidaba. Mis hermanos habían desaparecido, probablemente detrás de dos culos bien puestos, y en el bar no había nadie más que nosotros dos.
—Estás preciosa peque. —Sus manos jugaban en la parte de atrás de mi cintura. ¿Me mandaba señales o no me las mandaba?
—Eso ya me lo dice mi novio.
—Sabes que no me gusta. Veo cómo te trata, cómo te infravalora. ¿No lo ves? Te mereces algo mucho mejor. —Me agarró de la barbilla acariciándola con uno de sus dedos y me obligó a mirarle.
¿Qué sentí? Que el suelo del bar se iba a abrir haciendo un gran cráter y nos iba a tragar a los dos. Lo que Enol era capaz de producir en mí no lo producía nadie. Ni siquiera mi novio.
—¿Qué me vas a decir Enol? ¿Qué me merezco a alguien como tú? No me hagas reír, de verdad.
—Pues sí. Alguien que te vea como yo. Joder Adri, que eres preciosa y ese tío sigue engañándote. ¿Cuántas veces te ha dicho que no puedes enseñar esas preciosas piernas o que debes taparte más? —teniendo tan cerca a Enol mi respiración se dificultaba a cada palabra.
—¿Estás tratando de ligar conmigo Santovenia? —cuando queríamos molestarnos nos llamábamos por los apellidos.
—No Fanjul. Soy el menos indicado para ligar contigo. Tus hermanos me partirían las piernas.
—Además has visto cómo me salían las tetas. Es imposible que yo te llegue a gustar nunca. —Me separé de él dándole un pequeño empujón y me fui a la barra a por un chupito.
—¿Qué demonios te pasa Adri?
—Pues que me has confirmado que lo que tengo ahora es lo que me merezco. —Me bebí de trago el chupito de vodka—. ¿Quién se va a fijar en un ratón de biblioteca que se queda ensimismada mirando un cuadro durante horas? Sigo siendo la niña del aparato y las gafas. —Le hice un gesto al camarero para que me pusiera otro chupito agitando el vaso en el aire.
—¿Qué problema hay si sigues siendo esa chica? Eras adorable —tras beberme el chupito le miré fijamente alucinando.
—Eso significa que ya no lo soy Enol.
—Lo sigues siendo.
Negué con la cabeza y recogí mi bolso. No estaba dispuesta a volver a pensar en Enol de la misma manera y necesitaba alejarme de aquel bar, de él y de mis recuerdos tontos de adolescencia.
Me encaminé por una de las calles pensando que era idiota. Que sí, seguía siendo la adolescente enamorada de Enol y no quería. No. Me negaba. Me abroché la chaqueta y comencé a escuchar unos pasos tras de mí y aceleré los míos para llegar lo antes posible a mi casa. Pero realmente no sabía muy bien dónde estaba.
—Adri para por favor —negué con la cabeza al escuchar la voz de Enol y continué con mi camino—. Adriana por favor.
La mano de Enol me agarró del brazo parándome y dándome la vuelta. Al mirarle sus ojos brillaban más de la cuenta y lo achaqué al alcohol que habíamos ingerido. Su pecho subía y bajaba. Sus ojos recorrían mi cara buscando, no sé, que bajase las defensas y cayese en sus brazos.
—Voy a hacer algo que sé que es una locura pero cuando te he visto esta noche —con una de sus manos me acercó a él. Podía notar su respiración cerca de mi boca—. Adri estás preciosa.
Su boca se pegó a la mía y no pude reaccionar. Fueron dos segundos los que estuvo así y mi cuerpo se dejó llevar. Abrí la boca para poder degustar aquellos labios que tanto deseaba. Aquellos labios que tantas noches me habían acompañado y me dejé llevar.
Sin darme cuenta había caminado en dirección contraria a mi piso y me estaba dirigiendo a la zona donde los padres de Enol tenían un apartamento en la ciudad.
Los metros que nos separaban de su piso fueron eternos. Necesitaba que me recorriese con sus manos, que sus labios besasen cada parte de mi piel y que me hiciese sentir lo que mi novio no era capaz de hacer.
Llegamos a casa y no hubo ningún tipo de preliminar. Sus manos se deshicieron de mi ropa rápidamente y las mías hicieron lo mismo con la suya. Me quedé con el pequeño conjunto de encaje negro que llevaba y respiró profundamente cuando me vio de aquella manera.
—Estás preciosa. Nunca dejes que nadie te diga qué hacer o qué llevar. Nunca.
Comenzamos a besarnos de nuevo y me agarró del culo obligando a que me aferrase a su cintura con mis piernas. Todo me parecía uno de esos sueños que tenía por las noches cuando me dormía. No podía ser que después de tantos años estuviésemos a punto de hacer lo que siempre había querido.
Me dejó suavemente en la cama y sus labios comenzaron a recorrer mis piernas. Me retorcía de placer en la cama, agarrándome a las sábanas con las manos y moviendo las caderas tratando de buscarle. Su teléfono comenzó a sonar e intuí que serían mis hermanos tratando de localizarle. Me miró negando con la cabeza diciéndome que nadie nos iba a joder la noche. Pero el teléfono continuó sonando de una manera tan insistente que Enol acabó buscándolo en su vaquero y descolgando.
—¿Sí? Hola Sandra.
Enol y Sandra no se hablaban desde que ella decidió alejarse de él sin ningún motivo aparente. Roberto me contó que eso le había destrozado  y me extrañó aquella llamada.
—No lo entiendo Sandra. Desapareciste de un día para otro y —su cara cambió radicalmente y se dibujó en ella un signo de preocupación—. Tranquila Sandra. No llores. No, no estoy ocupado. Claro que te sigo queriendo Sandra. —Se dio la vuelta y salió de la habitación para ir al salón.
—Genial Adri, eres estúpida. Bueno, no. No eres estúpida. Eres rematadamente gilipollas. —Comencé a buscar mi ropa e hice un gurruño con ella en mis manos.
Me sentí idiota y decidí que lo mejor era irme del piso sin decirle nada. Pude ver que seguía enamorado de ella y que yo simplemente iba a ser un pasatiempo con el que divertirse. Pero eso a mí me hubiese destrozado cuando al día siguiente me dijese que no había significado nada. Así que abrí la puerta y eché a correr por las escaleras para salir lo antes posible de allí.
Supongo que Enol se dio cuenta demasiado tarde porque le escuché gritar mi nombre desde la ventana mientras yo salía del portal con la ropa a medio poner y los zapatos en las manos.
No quise mirar atrás. No quise darle ninguna opción de engañarme o de que mi cuerpo flaquease ante alguna excusa preparada que pudiese inventarse. Así que hice lo mejor para mí. Hui y me prometí que ningún tío volvería a hacerme sentir así. Decidí que yo sería la que utilizaría a los tíos y así no habría daños para mí.



No queda ya nada de aquella cándida adolescente enamorada de un tío al que idolatraba. Sí, era joven, estúpida y me rompió el corazón. Él es la causa de que yo sea como soy ahora mismo. Me prometí a mí misma que no volvería a pasar por algo así. Y después tantos años lo he conseguido. He tenido muchas parejas de una noche o de varios meses pero cuando veía que la cosa iba más en serio, dejaba de tener contacto.
Después de acabar mis estudios en Oviedo hice unas prácticas en Florencia como guía en la galería Uffizi. La verdad es que tuve que pisar un par de cabezas para conseguir aquel puesto. Pero después de tres años guiando a miles de visitantes y explicándoles lo que veían, una noche conocí a un hombre que estaba interesado en mí más allá de mis piernas y de follar conmigo una sola vez. Dago Molinaro. Era el conservador de la Pinacoteca Ambrosiana de Milán. Se me hicieron los ojos chiribitas en cuanto me lo dijo.
—Mira Adriana, un amigo vino a hacer una visita hace unos meses y vio algo en ti diferente. La pasión que le pusiste a Caravaggio o a Tiziano, le dejó alucinado. Según sus palabras nadie le había hecho disfrutar tanto sin tocarle un solo pelo.
—Eso es el arte. Entender más allá de las pinceladas. Encontrar en los cuadros lo que realmente quería trasmitir el artista.
—Esa es la pasión que quiero yo en la Pinacoteca. El tío que tenemos ahora mismo como coordinador de exposiciones, no sabe decir nada más allá de lo que viene en la Wikipedia sobre un cuadro. Quiero más. Quiero que tú me des ese más.
—No sé si esto es una oferta en firme o tan solo una proposición indecente y si no paso por tu cama no queda firmada. —Comencé a tontear con él descaradamente.
La verdad es que no estaba nada mal. Alto, ojos verdes, moreno con demasiada gomina en el pelo, pero el traje parecía esconder un cuerpo que me podría hacer gozar mucho.
Mi pie enfundado en un bonito Blahnik comenzó a recorrer su pierna y él notó a la primera mi provocación.
—No hace falta que nos acostemos para que consigas el puesto, pero creo que podríamos disfrutar mucho Adriana. —Su mano se posó sobre mi pierna desnuda.
—¿Entonces la oferta es de verdad? ¿No es una broma del director de mi museo? Creo que desde que llegué quiere deshacerse de mí por saber más sobre arte que él.
—La oferta es en serio. Aquí tienes —me pasó por encima de la barra una carpeta granate—, toda la oferta. Estúdiala. No solo sería para la Pinacoteca. Hay mucho más dentro de esta carpeta. Mañana me voy a Milán de nuevo y me iré con tu sí. Me alojo en el Portrait. —Se levantó dejando pagadas las copas—. La oferta solo dura hasta mañana. Tú verás qué quieres conseguir en esta vida. Quedarte aquí o empezar a  formar parte de algo más grande y con más responsabilidad. Aunque a lo mejor, no estás preparada para ello.
El señor Molinaro me retó y él no sabía que había despertado a la bestia. Me marché a mi pequeño piso y ojeé la oferta. La verdad es que no tenía mala pinta pero tenía ciertas dudas sobre algunos puntos. Como la disponibilidad total y horaria, el sueldo y la repartición de las horas de trabajo. No solamente sería para la Pinacoteca, sería para todo lo que ellos dirigían.
Dos horas y media después estaba picando con mis nudillos en la habitación del Portrait. Me había vestido para negociar. Lo que en mi idioma significa un vestido ceñido, escote en la espalda, tacones de vértigo y un bonito conjunto de ropa interior.
Cuando Dago abrió la puerta se quedó sorprendido al verme allí. Iba vestido solamente con un pantalón de pijama negro. Descalzo, con el pelo revuelto y cara de recién follado. Entonces me pareció aún más apetecible. Y sí, el traje escondía mucho.
—No esperaba verte aquí a estas horas Adriana —dejó paso para que entrase en su habitación.
—Hay algunas cosas que no me convencen de la oferta y quiero negociar —me quité el abrigo negro que llevaba y le mostré mi forma de hacerlo.
—Pisas muy fuerte negociando Adriana —paseó descaradamente sus ojos por mi cuerpo y yo le dejé.
—Lo que ves es lo que vende en ciertos asuntos.
Educadamente me apartó una silla para que me sentase y yo lo hice. Cuando se sentó delante de mí crucé las piernas muy despacio, dejando que sus ojos paseasen por ellas.
—¿Qué —carraspeó varias veces desconcentrado mientras se ponía una camiseta—. Perdón. ¿Qué es lo que no te convence?
—¿Disponibilidad horaria?
—Es un trabajo que requiere muchas horas de investigación, de proyección, de documentación y quiero que todo sea perfecto siempre —afirmé con la cabeza mientras él hablaba.
—¿Este sería el salario anual bruto? Porque siento decirlo así, pero por eso no me muevo de Florencia. —Dago sonrió y me quedé unos segundos absorta en su sonrisa.
—No Adriana. Ese sería una especie de ficha. ¿Te gusta el fútbol? —se levantó para descorchar una botella de vino.
—Me gustan más los futbolistas. —Me dejó una copa con vino blanco.
—Sabes que cuando un club quiere fichar a un jugador que está en otro equipo, deben pagar una clausula de rescisión y darle al jugador algún incentivo. —Le pegué un trago al vino—. Yo tengo que pagar una ficha por ti y ese número que aparece ahí es tu incentivo. Eso sería el plus del primer mes si realmente eres tan buena como me han dicho.
—Soy mejor.
—¿Eso significa que aceptas mi propuesta? —Jugueteé con mis uñas en la copa poniéndole nerviosa de forma deliberada.
—¿Disponibilidad total?
—Sí. No podrás trabajar para nadie más. Solamente para mí. Soy muy celoso de mis trabajadores. Me gustan que solo sean míos.
—Bueno —sonreí—, espero que en las relaciones no seas igual.
—Bueno —se acercó a mí lentamente, poniendo sus manos sobre la mesa y se quedó a escasos centímetros de mi boca—, con ciertas personas lo soy. No me gusta tener que compartir lo que me gusta.
Bebí otro trago de vino, y sin amilanarme, me pasé la lengua por los labios. Levanté una ceja y me acerqué a su boca.
—Hay veces que compartir puede ser muy divertido Dago.
—Parece que contigo hay cosas que pueden ser muy divertidas Adriana.
—Vamos a comprobarlo.
Mis labios apresaron los suyos y me hice dueña de la situación. Él parecía el típico que llevaba siempre la batuta en todos sus encuentros pero conmigo no iba a ser así. Rápidamente acabamos en la habitación terminando de negociar los puntos que no me convencían. Conseguí un aumento de sueldo sin haber aceptado su oferta y de regalo me llevé dos orgasmos.
Sobre las tres de la mañana me despedí de Dago en la puerta de la habitación.
—Parece que va a ser muy divertido trabajar contigo.
—Pero el tema de disponibilidad total se quedará solo en el trabajo. —Sus ojos se entrecerraron—. No pretenderás tener la exclusiva con la cantidad de hombres que hay en este mundo. No señor Molinaro. Nadie conseguirá de mí esa disponibilidad total nunca.
Seis años después ascendí dentro de la Pinacoteca. Dago es el director y yo el comisariado artístico de la Pinacoteca. Nuestra relación se afianzó dentro del trabajo y fuera, pero sin esa disponibilidad total. Dago insistió durante años pero yo me negué.
Hace un par de años se casó con una mujer cuya familia es la más rica de Milán y casi de Italia. Tiene lazos estrechos con el arte desde hace años y son benefactores de muchos museos por todo el país. Pero nuestros encuentros han continuado incluso estando casado. Eso a mí no me importa. Mientras satisfaga mis deseos y peticiones, me vale.
Pero vamos, que no me he cerrado las puertas en ningún sentido. Todo mi círculo de amigos son artistas. A algunos les he ayudado a realizar exposiciones y a otros me los he beneficiado de forma más personal.
Desde Enol me prometí no volver a enamorarme y tantos años después mi mantra sigue siendo el mismo. Nadie nunca entrará ni en mi casa, ni en mi corazón.



Milán
Marzo
Últimamente Antonia, la perfecta y preciosa mujer de Dago, está continuamente en el Museo, en su despacho, en el pasillo, en cada lugar al que yo tengo que ir. Si tengo que ir a una reunión, ella es la encargada de la misma y actúa como portavoz de Dago. La última ha sido esta mañana cuando tenía que recibir la colección que tenía que revisar. Ella se ha hecho cargo de mi trabajo y ha tomado decisiones que me conciernen a mí, a mi puesto de trabajo. No voy a dejar que una petarda como ella me joda lo que he conseguido.
Me voy directa al despacho de Dago y está al teléfono. Aprovecho que es un fan de las cosas antiguas y sigue usando un teléfono con cable. Cuelgo la llamada. Se da la vuelta muy extrañado y me encuentra temiblemente enfadada.
—Estaba hablando con el director del —le corto rápidamente.
—Me da igual Dago. ¿Qué demonios le pasa a tu mujercita? Lleva unos meses tocándome los huevos y te juro que un día reviento. —Se acerca a mí y me agarra de la cintura.
—Llevamos varios meses tratando de que se quede embarazada y no lo conseguimos. Estará estresada.
—Pues que se vaya a hacer yoga, o Tai Chi, o lo que le dé la gana. Pero Dago, no la puedo tener por aquí y que pise mi trabajo. No.
—Adri anda, no te enfades. Si hace un par de cosas se siente útil —sus manos bajan por mi culo y debajo de la falda encuentras los ligueros de mis medias—. Déjala ocupada y así nosotros podremos comer tranquilos.
—Tengo una reunión. ¿Lo del fin de semana sigue en pie?
—¿La cabaña en Sankt Moritz? Por supuesto. Mi mujer piensa que voy a una reunión y ella no puede evadirse de unas galas que tiene. Así que este fin de semana tú, yo, mucho vino, mucho sexo del bueno y nieve. —Introduce su mano en mi entrepierna y suelto un gemido. —Shhhh Adri, no se te puede oír.
Escucho los tacones de su mujer y me separo rápidamente de Dago. Tengo el tiempo justo para situarme en la otra punta del despacho, en una pequeña biblioteca, y sacar un libro para disimular.
—Dago me dicen que —noto los ojos clavados de su mujer en mi nuca.
—Nada Dago. No dicen nada de ese cuadro.—Dejo de nuevo el libro en su sitio—. Tendré que preguntarle a Sue si ella conoce algo de la historia. Os dejo solos. —Su mujer me observa mientras me alejo.
Cuando cierro la puerta escucho las preguntas de ella y las esquivas respuestas de él. Esta tiene más cuernos que la Monumental de México en plena temporada y no soy la única que los hace crecer. Y lo peor de todo es que después de tantos años liada con Dago, siento algo raro dentro de mí. ¿Pena por ella? ¿Siento que estoy haciendo mal las cosas? ¿Qué debería alejarme de esta relación tan tóxica? No, no creo. El desayuno me ha debido sentar mal.
El fin de semana empieza a lo grande. Nuestra cabaña es perfecta, grande, espaciosa y con mucho detalle. Después de encerrarnos en la habitación durante más de media tarde estamos tumbados en el suelo frente a una chimenea. Dago recorre con sus dedos mi espalda desnuda y por un instante pienso en su mujer. ¿Qué demonios me pasa a mí esta semana con tanto pensar en su mujer?
—¿Recuerdas la cláusula de disponibilidad total?
—No la he incumplido en ningún momento. —Me remuevo poniéndome cara a cara con él.
—Con tus ligues sí —levanto una ceja sin dar crédito por esto.
—Vamos a ver Dago, quedamos en que lo nuestro es lo que es, sexo y nada más.
—¿Sabes lo celoso que me pongo cuando te viene Michelle, Jon o cualquiera de tus conquistas a buscar? Es que joder Adri, pareces un marinero con veinte novias en cada puerto. —Le miro y tiene los labios fruncidos, como cuando se enfada.
—¿Van a cambiar ahora los términos? —me pongo a horcajadas sobre él.
—Cásate conmigo —me atraganto con mi propia saliva y me hago la loca haciendo que no lo he escuchado—. Cásate conmigo Adriana —pero lo repite varias veces más.
—¿Quieres ser un jeque Saudí o qué? Tú ya tienes una mujer.
—No la quiero Adri. No siento con ella lo que siento contigo.
—Pero porque yo soy lo prohibido y tu mujer lo real.
Me levanto apresurada. Necesito encontrar algo para que bebamos y olvidar lo que me acaba de decir. Es que no me lo puedo creer. Este es idiota. De verdad. Rebusco en el minibar pero lo más fuerte que encuentro es vino tinto. Joder. Ahora lo que necesito es una botella de vodka.
—Adri —sus manos se posan sobre mi cintura y no me giro, me quedo observando la nieve desde la cabaña—. Dime que no te gustaría poder hacer más a menudo estos viajes. Dime que no querrías poder pasear de mi mano por Milán sin miedo a que nos pillen.
—Dago, lo que te excita de mí es precisamente eso. Que está prohibido y que nos pillen te la pone dura. —Sigo sin darme la vuelta.
—Quiero dejar a mi mujer. Todo son peleas, son broncas y celos infundados —me empiezo a reír.
—¿Infundados? Por favor no me hagas reír. Que tu polla hace más alzadas de bandera al mes que la de un barco pirata. Que estoy yo —comienzo a contar con los dedos—, está la directora de la biblioteca, la azafata de la última exposición y su compañera, tenemos a Bianca —hago una parada y le miro—. ¿Quieres que siga?
—Pero es que ella —lo corto con un beso.
—Tal vez sea hora de que tú te centres en tu mujer y yo en mi trabajo.
—No Adri, me parece perfecto que no quieras casarte conmigo, lo acepto. Pero no me prives de ti.
—Dago, vamos a disfrutar de este fin de semana y ya hablaremos cuando volvamos al trabajo. Por ahora me apetece salir a cenar algo y después ir a algún sitio interesante.
Me preparo y salimos a cenar. La verdad es que las noches con Dago son perfectas. Buena comida, buen vino, buena compañía y mejor noche. Pero creo que estoy estancada en mi relación con él. Tal vez sea bueno dar un paso al frente y olvidarme de él. ¿Pero qué coño me pasa? ¿Desde cuando pienso en los demás? Por un instante pienso en el tiempo que hemos pasado juntos y al segundo, la imagen de su mujer se me viene a la mente. Como si fuese un nubarrón encima de mí avisándome de que algo va mal. Agito la cabeza tratando de sacarla de mis pensamientos, pero no es tan fácil. ¿Tal vez sea una especie de aviso antes de que nos cace a los dos y me deje sin trabajo? ¡¿Pero qué me pasa con su mujer?!
Tras salir del último bar Dago coge el coche que ha alquilado. No se ha tomado más que una cerveza en toda la noche así que me subo con él. Nuestra cabaña está arriba del todo, en el alto de una pequeña montaña nevada. Yo voy mirando por la ventana las estrellas y el coche patina de vez en cuando. Dago es un experto conductor. Así me lo ha dejado claro muchas veces con sus cursos de conducción peligrosa. Pero cuando estamos a punto de girar en una de las curvas más cerradas Dago tiene que pegar un volantazo porque hay un animal en medio de la carretera. Giramos por culpa del hielo de la carretera y me agarro a la ventanilla y al salpicadero. Joder. Lo único que me sale de la boca es para, para, para. Hasta que el coche para en seco y empieza a balancearse. Miro por el cristal y estamos en un pequeño barranco colgados con medio coche.
—No te muevas Adri. Tranquila—pone su mano en mi pecho a modo de protección.
—Joder Dago, como caigamos por ahí creo que no va a quedar mucho de nosotros —tengo el cuerpo pegado al asiento tratando de no moverme.
—Tranquila. Estoy llamando al hotel. Seguro que nos mandan a alguien…
Dago no puede terminar la frase y el coche comienza a deslizarse ladera abajo, cogiendo más velocidad mientras más vamos cayendo. Mis gritos yo creo que están despertando a toda la localidad. Por mi cabeza pasan todas las cosas que he hecho a lo largo de estos años. Pasan desde mis ligues, a los compañeros de trabajo a los que he puteado, mi padre, mis hermanos, mi madre y lo último que se me pasa por la cabeza es Enol. Su sonrisa, sus ojos, sus labios y negro.



Joder qué dolor de cabeza tengo y qué dolor en las costillas. Me arde el pecho y casi no puedo abrir los ojos. Escucho voces a mi alrededor y me cuesta muchísimo respirar. Cuando por fin puedo abrirlos, lo que veo me asusta. Ya no estoy en el coche, ni siquiera en la cabaña. Esto parece una habitación de hospital. Giro levemente la cabeza y veo un gotero colgado y de mi brazo sale una vía. ¿Tal golpe nos hemos dado que no recuerdo nada?
Trato de moverme y me resulta casi imposible. Intento tragar y tengo la boca seca, la garganta dolorida y un dolor en general casi insoportable. Una enfermera entra en la habitación.
—Bonjour señorita Fanjul. —Me habla en francés. Menos mal que puedo hablarlo a la perfección.
—¿Buenos días?
—Sí. ¿Recuerda lo que sucedió ayer?
—Recuerdo que volvíamos en el coche, se deslizó y empezamos a caer por una ladera. Después de eso, yo… —realmente no lo recuerdo—, no, nada más.
—Eso es por el golpe que se dio en la cabeza. Le hicimos un TAC y está bien. Solamente tiene la abrasión en el pecho del cinturón de seguridad y una fisura en una costilla. El brazo del señor Molinaro le paró el golpe.
—¿Cómo está?
—Bien, una contusión en la rodilla, en el brazo y heridas por el cristal. Está en la habitación de al lado. —Respiro tranquila porque está bien—. Ahora mismo está acompañado de su mujer —al decir esta última palabra me mira muy mal, juzgándome.
—Genial. Ahora sí que la hemos cagado.
—Eso parece porque los gritos se han oído desde el puesto de enfermeras. Ahora le voy a dejar descansar y en una semana le daremos el alta.
Cuando la enfermera se va me miro por debajo de la bata que me han puesto y veo un moratón que me cruza el pecho, unas heridas en los brazos de los cristales y al tocarme la cara noto dolor. Tendré algún moratón.
Fuera de la habitación escucho la voz de la mujer de Dago. Tengo dos opciones. Me lanzo por la ventana huyendo cual amante cazada o me hago la dormida. Ni siquiera llama a la puerta. Al entrar me observa levantando una ceja y se acerca muy lentamente comprobando mis heridas.
—Hola Adriana —tiene los labios apretados y las cejas enarcadas—. Parece que todas mis sospechas eran realidad. ¿Cuántos años llevas follándote a mi marido? —Abro la boca para responder y me manda callar con su mano en el aire—. Mejor no me respondas con mentiras. No sabes con quién te has metido zorrita. No lo sabes bien. Creo que sabes quién es mi familia y quién soy yo. Tu vida, tu perfecta vida, acaba de terminar. Voy a hacer todo lo imposible por acabar contigo. Tendrás que volver a tu casa con el rabo entre las piernas Adriana. Aquí no tendrás nada que hacer. Despídete del piso que te encontró Dago. Por supuesto, olvídate de tu fabuloso trabajo y del dinero que te debe la Pinacoteca. Y te aseguro que el resto del dinero que tienes, tendrás que usarlo para pagar este hospital tan caro.
La amenaza de la mujer de Dago parece real, muy real. Por primera vez en mucho tiempo no tengo nada que decir. No puedo articular ni una sola palabra.
—Estás acabada. Ni se te ocurra tratar de hacer de las tuyas o usar alguna artimaña con mi marido. Nunca dejará a alguien como yo, por una zorra cualquiera como tú.
—No soy una zorra cualquiera.
—No, perdóname. Eres la zorra de las zorras. Te doy una semana para salir de Milán. Como vea tu culo por allí, acabo contigo. —Trato de hablar pero me pone la mano en alto de nuevo—. Una semana. Te pasas por el piso, recoges la maleta que te dejaré allí y adiós muy buenas Adriana Fanjul. Se acabó tu periplo por Italia.
Y con esta amenaza bajo el brazo se va de la habitación haciéndome temblar por primera vez en mucho tiempo. La hemos cagado los dos pero la que va a pagar las consecuencias soy yo. Genial. De cojones Adriana. No te querías complicar la vida y has elegido el peor camino durante todos estos años.



Al salir del hospital tras pagar la factura, con la que he acabado con las reservas de tres de mis visas, tengo que acercarme hasta una oficina de alquiler de coches para coger uno hasta Milán. La idea de pillar un vuelo no es que no me atraiga pero no tengo más dinero en las tarjetas.
Me dan un Fiat 500 blanco. Una vez en ruta, paro en una gasolinera para mirar el navegador y comprar algo de beber y tabaco. No suelo fumar pero creo que esto es fuerza mayor y lo necesito. Salgo con una bolsa llena de bebida energética, regalices negros, caramelos de menta y tabaco. Me monto en el coche, introduzco la dirección de la que hasta hace unos días era mi casa y la señorita de dentro del GPS me avisa que en dos horas y media llegaré a mi destino.
—¿Mi destino? Mira bonita, si te pongo el pueblo al que tengo que volver seguro que no tendrías ese tono tan feliz. Te partirías el culo de mí y hasta saldría una imagen de un dedo señalándome.
Me quedo unos segundos con las manos y la barbilla apoyadas sobre el volante. A los segundos mi teléfono se conecta con el Bluetooth. Meneo lentamente la cabeza y veo el tatuaje de mi muñeca. Una pequeña flor de loto que me hice con Covi hace muchos años. Me costó una gran bronca con mi madre. Antes de realmente pensarlo, estoy llamando a Covi por teléfono.
—Hombre, buenos días mi italiana —la voz de Covi siempre me tranquiliza.
—La he jodido pero bien —con ella es con la única persona que me permito ser yo misma.
—¿Te has tirado otra vez a algún famoso o político? —Covi siempre bromea con las cosas que le cuento.
—No es eso.
Comienzo a contárselo y el silencio de Covi me está matando. No sé qué se le puede estar pasando por la cabeza pero si no me dice nada ya, me va a dar un ataque al corazón.
—Dios mío Adri. En qué lío te has metido. Te lo avise. Déjate de Dago y busca algo formal. —Prefiero no hacer ningún comentario a esto último—. Te lo avisé, os acabaría pillando cualquier día en el museo.
—No. Ha sido en Sankt Moritz. Hemos tenido un accidente y ha aparecido en el hospital.
—¿Accidente? —Covi pega tal grito que un señor que está echando gasolina en un surtidor cercano se me queda mirando—. ¿Cómo que accidente? ¿Estás bien?
—Sí. Unas costillas tocadas, moratones y he quemado las tarjetas pagando el hospital. Y esa zorra me ha dejado sin nada. En el piso habrá una maleta para que me vaya de allí.
—¿El piso?
—Sí. Estaba de alquiler en uno de su familia. La renta era cara pero bueno, estaba en el centro y —me quedo en silencio—, tengo que volver a casa. Hace años que no hablo con mi madre y mi padre, si se entera se decepcionará.
—Bueno, volver a casa no es malo. Yo estoy aquí.
—Pero a ti siempre te ha gustado el pueblo Covi.
—A ti antes también, pero después de aquel viaje de fin de curso cambiaste peque —Covi y su manía de llamarme como lo hacía su hermano—. Además, tenemos que hablar y ya que vienes, mejor en persona.
—Dime que ya no sales con el idiota de mi hermano —lleva saliendo con Roberto desde hace tres años.
—Si quieres que te lo diga te lo digo pero te estaría mintiendo. Pero mejor a la cara con unos culines de sidra y unos carbayones —lo  mismo que comía cuando tenía quince años—. ¿O sigues llevando un palo metido por el culo?
—¿Cómo está mi padre? —pensar en él y en la cara que pondrá cuando me vea regresar me hace querer volver al pueblo. Siempre seré su pitufa, la única chica. Pero sé que se sentirá muy decepcionado al verme volver de esta manera.
—Está bien. Desde que dejó el hotel ha rejuvenecido. Sale a pescar, a pasear por el monte, está genial. Además tu hermano ha vuelto al pueblo.
—¿Roberto o Jaime?
—Los dos.
—¿Los dos? —Me extraño y lo primero que pienso es que papá está mal.
—Sí. No pienses que tu padre está mal. Las ciudades acaban agobiando. Bueno ¿cuándo llegas a Lastres? —me cambia de tema rápidamente.
—Pues seguramente mañana por la tarde. Que asco volver al pueblo, de verdad. No hay más que viejos, pescado y casas antiguas.
—Verás cómo no será tan malo.
—¿Alguna vez te he dicho que odio el pueblo?
Al terminar de hablar con Covi me pongo en camino a Milán. Tres horas más tarde estoy aparcando justo debajo de casa. Tengo pánico a subir al piso pero antes de montarme en el ascensor mi portero se acerca a mí. Es un hombre de unos sesenta años que siempre ha sido muy amable conmigo.
—Señorita Fanjul, la señora Molinaro le ha dejado aquí una maleta. Me ha pedido que no suba al piso. Ya ha cambiado la cerradura —resoplo negando con la cabeza.
—Genial. Seguro que he perdido todo lo que tenía en casa. —El portero mira a los lados y se acerca a mí como si me fuese a revelar el secreto de Estado más grande del mundo.
—El señor Molinaro estuvo el día antes que ella y empaquetó todas las cosas. Me pidió la dirección de España y yo, desobedeciendo sus órdenes de no darla nunca, se la di. Pensé que sería algo importante. —De su garita saca una maleta y un sobre—. Esto es lo que la señora Molinaro me ha entregado.
—Gracias Lorenzo. Gracias por soportarme todos estos años —el golpe en la cabeza me ha debido dejar idiota perdida para que esté dando las gracias.
—No señorita, es mi trabajo. Que le vaya bien por España.
Recojo la maleta y al meterla en el coche echo una ojeada al edificio. No soy sentimental pero tengo el pecho un pelín encogido. Miro a Lorenzo y me despido de él con un abrazo. Antes de separarme de él me susurra en italiano al oído.
—Errare è umano, perserverare è diabolico.
Me acaricia suavemente la cara y me besa en la frente. Me quedo extrañada ante su frase, y sin dejar de mirarle, me monto en el coche. Observo el sobre en el que hay un billete de ida a Madrid y otro a Oviedo. La vuelta va a ser muy dura, mucho. Creo que me voy a dar a la bebida en los vuelos y, al menos así, me parecerá mejor la idea de volver a casa.



Lastres
Abril
Los vuelos han sido demasiado cortos, la espera en Oviedo para el autobús ha sido más corta y el camino hasta Lastres, se me ha pasado volando. Al entrar en el pueblo se me acumulan muchos sentimientos. Miro por la ventana y se empiezan a pasar imágenes mías, de mis hermanos, de Covi y de Enol siendo pequeños jugando por estas calles. Me lo quito todo de la cabeza. No sé porqué después de tantos años ha vuelto a mí. Covi me ha contado alguna vez cosas sobre él pero siempre le he cambiado de tema. Ni siquiera sé qué fue de su relación con Sandra. Sé que se fue a estudiar fuera y acabó en Estados Unidos trabajando como abogado. También sé que volvió a casa unos meses hace un par de años, cuando falleció su madre. Fue repentino, de un ictus, y yo no pude escaparme de Milán para estar con mi amiga ni con su padre. Teníamos una gran exposición entre manos y fue imposible. Sé que me guarda un poco de rencor por ello.
—Lo siento pero no podemos bajar más. Tendrás que bajar a pie hasta abajo.
Miro por la ventanilla y el autobús no puede pasar ya que hay una furgoneta cruzada en medio de la calle. Desde aquí me queda una cuesta muy empinada y más de dos kilómetros hasta llegar a casa.
El conductor deja mi enorme maleta en el suelo y me mira como si fuese una especie en extinción. Sí, llevo un vestido ajustado, unos tacones demasiado altos para estas calles empedradas y una gabardina roja. Algo que parece que por este pueblo no han visto desde hace mucho tiempo.
—Suerte en la bajada. Yo me quitaría esos inútiles tacones. No sé porque las mujeres os empeñáis en poneros esas cosas que os hacen sufrir. Con lo bien que se va en alpargatas.
Me quedo mirándole y no digo nada. Han sido demasiadas horas de viaje y lo último que pretendo es discutir nada más llegar. Resoplo, tiro del asa de la maleta, me coloco el bolso y comienzo a bajar la cuesta. La maleta comienza a rodar mucho más rápido que yo y me golpea en las piernas. Los tacones se introducen en cada pequeña junta de las piedras del suelo. El bolso se me resbala del hombro, el gran bolso en el que llevo mi agenda, mi Mac y toda mi vida.
De repente pasa un Jeep Wrangler rojo descapotable a toda velocidad con la música a tope. Me aparto rápidamente pero me tropiezo con un pequeño muro y medio cuerpo acaba encima de él, y mi bolso cae por encima de mi cabeza. Todas mis cosas están desparramadas entre estos arbustos.
—Imbécil que esto no es un circuito —el Jeep sigue su camino y creo que no se ha dado ni cuenta de que casi me atropella—. Este pueblo es un asco. Joder.
Dejo la maleta apoyada en el muro junto con mis zapatos y me meto por un pequeño hueco para recuperar mis cosas. Estoy maldiciendo a ese gilipollas cuando escucho una voz en la carretera.
—¿Pitu?
Al levantar la vista veo los ojos de mi padre buscándome entre los arbustos. Saco la cabeza y cuando le veo, suspiro y me pongo a llorar. Yo, la mujer de hielo que lleva años sin llorar, rompo a llorar como una niña de tres años al ver a mi padre. Él se acerca hasta mí y me abraza fuertemente.
—Pitufa, ¿por qué no me has avisado de que venías? Hubiese ido a buscarte a Oviedo.
—Era un sorpresa. Quería veros.
—Sabes que siempre te pillo cuando me mientes. ¿Qué ha pasado? —No sé ni cómo contárselo a mi padre—. Vamos a tomar un cafetín y me lo cuentas todo. ¿Esa maleta es tuya? —Afirmo con la cabeza—. Vamos pitufa. Todo saldrá bien.
Vamos a una de las cafeterías de la calle Real y, tras varios minutos sin hablar, le cuento todo a mi padre. La verdad es que con él nunca he tenido secretos, y aunque tiene sesenta años, me comprende muy bien.
—Esa relación estaba avocada al fracaso. No era una relación sana y me alegro que haya terminado. Ahora podrás ser tú, podrás volver a ser mi niña, y no la persona en la que te convertiste al irte a Italia.
—¿Y si sí soy esa persona? ¿Y si soy la peor zorra del mundo?
—Nunca te llames eso. Errar es humano y más humano es reconocerlo. Siempre serás mi niña, da igual lo que hayas hecho. Estar aquí te va a venir muy bien cariño —me agarra de las manos y tira de mí para que apoye mi cabeza en su pecho.
—¿Y qué hacemos con mamá?
—De ella me encargo yo. Además tus hermanos están aquí y está encantada con ellos.
—Pues como siempre. Parece que las cosas no han cambiado. ¿Ibas para el hotel?
—No cariño, lo vendí. —Le miro dolida porque me he enterado por Covi.
—Pero si adorabas el pequeño hotel.
—Pero tu madre no. Tuvimos muchas peleas y decidí luchar por mi matrimonio antes que por una casona que se estaba empezando a caer a cachos. Había que hacer una gran inversión y no disponíamos de tanto dinero. Tu madre no me dejó ni siquiera pensarlo.
A mi madre nunca le ha gustado el hotel. Llevaba en la familia de mi padre muchos años pero ella quería más. Le parecía triste tener que hacerle la cama a los huéspedes y tener que prepararles los desayunos. Yo de joven también pensaba lo mismo pero era el sueño de mi padre.
—¿Y a quién se lo has vendido? —Mi padre se queda callado unos segundos.
—Ya hablaremos de ello. Ahora vamos a casa. Tus hermanos van a alucinar cuando te vean.
Nos terminamos los cafés y caminamos hasta casa. Al llegar, antes de entrar, me quedo observando todo. La casa sigue como siempre. Con el balcón de mi habitación de madera, con las flores de mi madre preciosas en las ventanas, con la puerta de casa con las marcas de crecimiento de mis hermanos y mías.
—Vamos cariño creo que tienes que descansar algo.
Al entrar en casa huele a bizcocho. El bizcocho de mi padre de nueces. En el jardín se oyen las voces de mis hermanos picándose como siempre y la de Covi. Parece que mi madre no está en casa. ¿Dónde demonios estará a estas horas de la mañana?
—Chicos me he encontrado con alguien en el pueblo. No se si os acordaréis. —Mi padre me manda pasar con la mano y al salir mis hermanos se quedan mirándome fijamente.
—Dios, la reina de Italia se ha dignado a venir a ver a la plebe —mi hermano Jaime igual de idiota que siempre.
—Ave Adriana, los que van a morir te saludan —Roberto se une a su estupidez.
—Una pena que el tema leones ya no se lleve porque sería divertido ver cómo tratáis de sobrevivir.
No tardan más de diez segundos en venir hasta mí, agarrarme, levantarme por los aires y empezar a hacerme cosquillas. Por un momento me siento como cuando tenía cinco años y me siento bien. Covi se levanta de la mesa y se acerca a nosotros. Noto algo raro en la mirada que le dirige a Roberto.
—Bienvenida a casa amiga.
Nos abrazamos y dentro del abrazo van implícitas muchas cosas. Solo ella y mi padre saben porqué realmente he vuelto. Si se lo cuento a mis hermanos me dirían que soy imbécil por haberme liado con un hombre casado y bla bla bla. Soltarían su verborrea y me sentiría peor aún, más estúpida y más zorra.
Mi padre nos saca café de puchero y bizcocho. Ahora sí me siento en casa pero la paz dura poco porque a los diez minutos escucho la voz de mi madre desde el salón.
—Contrólate Adri —Jaime me agarra de la mano.
—Si ella lo hace, yo también.
—Chicos, he comprado unas casadielles en la pastelería. Estoy cansada de los bizcochos de vuestro padre. —Nunca me ha gustado la forma que tiene de manipular a mi padre.
Su cara es un poema al verme aquí. No puede dejar de mirarme y negar levemente con la cabeza.
—Qué honor que vengas a ver a tu familia Adriana.
—Gracias mamá por tu ironía. Veo que hay cosas que no cambian. —Me levanto para darle dos besos pero ella se aparta dejando la bolsa en la mesa.
—¿Ya te han dado la buena noticia? —miro a mi madre sin entenderla.
—Acaba de llegar Inés. Dale tiempo para que descanse.
—Tu hermano y Covi se casan.
Tardo unos segundos en procesar lo que sale de la boca de mi madre. Ella está orgullosa de que su hijo mayor, el mejor de los tres, el más listo, el más guapo, el más todo, se case con Covi, la hija que siempre quiso tener.
—Estoy tan contenta de que sea quien se case. Sé que será la única boda de mis hijos, la mejor.
—¿Sigue siendo igual que siempre Jaime? —con él siempre he tenido más confianza.
—No lo sabes bien, ¿estás segura de que quieres volver aquí? Juraste y perjuraste no volver a pisar estas calles.
—Lo sé pero ha sido casi obligatorio. —Mi hermano me agarra de la mano.
—Me lo contarás con una caja de sidra delante.
—Sí, pero necesito descansar. Quitarme esta ropa y ducharme.
Covi, que nos escucha, nos mira a Jaime y a mí.
—Voy a subir a mi habitación.
—Tu habitación —mi madre me mira—. La he convertido en mi gimnasio. Como no volví a saber nada de ti, decidí que no querrías la habitación.
Me quedo en silencio unos segundos y mi padre sabe a la perfección que voy a estallar. Me levanto de la silla, me estiro el vestido, recojo mi móvil y me quedo mirándola.
—Claro, mi habitación. Porque no vas a tocar la de tus adorados hijos. No, lo de ellos es sagrado, pero lo de tu hija puedes meterlo en cajas y deshacerte de ellas, de sus recuerdos y de sus cosas.
—No te pongas melodramática Adriana, que ya sabemos lo que te gusta ser el centro de atención. —Mi madre siempre tratando de fastidiarme—. No había nada de valor ahí dentro. Además todo lo dejé en una caja en el garaje.
—Sigues siendo una maldita arpía. Después te extraña que yo sea como soy. Soy tu vivo reflejo madre. —Sé que llamarla así le molesta muchísimo.
—Tú eres una zorra sin que yo te haya ayudado.
—De tal palo tal astilla.
Nuestras peleas siempre han sido fuertes. Tenemos el carácter muy parecido, nos encendemos con la misma rapidez, y somos capaces de escupir mucho veneno en un segundo.
—Ya está bien Inés —mi padre pega un grito que me asusta—. Deja a tu hija en paz. Siempre estás igual, normal que no quisiese volver a casa. Vamos cariño —me agarra de la mano—, te acerco hasta el hotel. Están restaurando cosas pero seguro que hay una habitación para ti. Estarás mejor que en casa.
—Siempre le sacas la cara a ella Pedro. Estoy harta de que antepongas siempre a tu hija —mi padre no deja que termine de hablar.
—Nuestra hija, no lo olvides. Vamos cariño, si yo pudiese también me quedaba contigo en la Casona.
Mi padre recoge la maleta y caminamos hasta el hotel que esta cerca de casa. Al menos no estaré bajo el mismo techo que mi madre. Al llegar no hay nadie en la recepción y esperamos unos minutos hasta que aparece una niña de unos quince años.
—Hola Daniela.
—Hola Pedro —se abraza a mi padre muy efusivamente—. ¿Qué haces por aquí?
—¿Tenéis una habitación para mi hija?
—Sí. Está todo patas arriba pero creo que una de las habitaciones de arriba que da al jardín está totalmente terminada —recoge una llave de la recepción.
Subimos las escaleras de madera y todo está tapado con unos plásticos. Por el olor parece que están pintando. Cada rincón de esta casa me trae buenos recuerdos de cuando era pequeña. Daniela abre la habitación y me sorprendo. No queda nada de los muebles que recuerdo pero han hecho un gran trabajo. Esta habitación mantiene toda su esencia. Las paredes están recubiertas de piedras, hay una preciosa chimenea, unos sillones blancos y la terraza tiene una pequeña mesa. Al respirar el olor a madera me llega dentro. Me encanta la habitación.
—Cariño tengo que irme ahora que he quedado con el padre de Covi para firmar unos papeles. Tú descansa y avísame si necesitas algo —me da un beso y me acaricia la cara—. Ya estás en casa pitufa, todo saldrá bien.
—Gracias papá. Te quiero.
—Te quiero cariño.
Mi padre y Daniela salen de la habitación dejándome a solas. Me da miedo abrir la maleta y encontrarme bichos muertos o ratas disecadas. La señora Molinaro podría haber hecho cualquier cosa. Al abrirla me encuentro unos vaqueros rotos, mis blusas rotas, mis vestido rotos y mis zapatos de tacón con el tacón roto. Vamos, que no tengo nada que ponerme más que este vestido.
Me siento en la cama y comienzo a escuchar voces en el jardín. Me asomo pero no veo a nadie y a la derecha veo el Jeep que ha estado a punto de arrollarme horas antes.
—Genial.
Cierro la puerta de la terraza, bajo la persiana y tras darme un baño, me meto en la cama. Necesito dormir y olvidarme de las últimas semanas de mi vida.




Dios mío. He descansado como nunca. Aquí no hay ruidos de coches, de motos, ni de italianos pegando gritos pronto por la mañana. Tengo puesto un antifaz de Chanel en los ojos para que la claridad no me moleste. Paso los dedos por los bordados de pestañas que tiene, me estiro y noto a alguien más en la habitación. Me levanto el antifaz y me encuentro a Daniela delante de mí observándome.
—Buenos días. Pensaba que estabas muerta. Llevas casi un día entero durmiendo.
—¿Te parece normal entrar en la habitación de un huésped?
—Perdona, pero no estás pagando el alojamiento, así que eres una invitada. —Pero que niña más contestona, por Dios.
—¿Eres así de normal o es que hoy te has pasado con el Cola-Cao?
—¿Y tú eres así de borde o es que el Botox se te ha subido al cerebro? El desayuno está servido abajo, mi ama. —Sale de la habitación haciendo una reverencia.
Me está toreando una cría adolescente. Este pueblo no para de sorprenderme. Me meto a la ducha y a los cinco minutos llaman a la puerta y entra Covi directamente, sin esperar a que le diga nada.
—Hombre, mi futura cuñada y ex mejor amiga.
—No te hagas la mártir que tú a mí también me has ocultado cosas. —Salgo del baño con una toalla y veo que Covi me deja una bolsa de deporte.
—Aquí te traigo algo de ropa hasta que recibas las cajas. Sé que no es de marca, ni te quedará tan bien como tus Versace, pero te valdrá para estar aquí. —Abro la bolsa y veo algo de la ropa.  Saco unos vaqueros rotos y una sudadera amplia gris.
—Me sirve.
Nos vestimos y bajamos por las escaleras que dan al jardín tratando de no tocar nada ya que sigue oliendo a pintura. En el jardín hay montada una mesa de madera enorme debajo de una gran pérgola con tazas, platos y una cafetera echando humo.
—Por cierto, el gilipollas de ese coche —señalo el Jeep—, casi me atropella ayer por la mañana. Me caí en unos arbustos por su culpa.
—¿No sabes quién es el nuevo dueño de la Casona? —Me bajo un poco las gafas de sol y veo la cara de circunstancia de Covi—. Parece que no. Pensé que tu padre te lo habría dicho antes de venir.
—¿Peque?
Escucho esa palabra justo detrás de mí. Estoy dando la espalda a lo que se supone que es la cocina, y esa voz no puede ser de otra persona, y menos llamándome peque. Nadie me ha vuelto a llamar así desde hace muchos años, muchísimos, exceptuando a Covi que lo suele hacer para molestarme. Ya casi había logrado olvidar su voz. No quiero darme la vuelta y Covi me mira mordiéndose el labio. Yo, simplemente, quiero desaparecer en este mismo instante. Quiero hacer chas y esfumarme.
—¿Peque? —vuelve a repetirlo de nuevo y, aunque me moleste, sigue haciéndome vibrar después de tantos años.
Enol deja una bandeja con unos croissants encima de la mesa y me mira de arriba abajo. Yo, como una idiota, me trato de arreglar el pelo disimuladamente y me quito las gafas.
—Sigues siendo la chica más guapa del pueblo.
Y sin decir nada más, me abraza por la cintura y me eleva del suelo dando vueltas conmigo. Mi cabeza se entierra en su cuello y me quiero morir. Me quiero morir ya. Tantas noches sufriendo por él, tantos días tratando de olvidar su recuerdo en brazos de otros hombres, para volver aquí y encontrármelo en la Casona.
Me deja en el suelo y sus manos están sujetando las mías. Así al menos no se me notan los temblores.
—¿Es que ya no sabes hablar castellano o te has vuelto tímida a estas alturas?
—Tú eres el imbécil que casi me atropella ayer en la curva de bajada.
—Veo que tu genio tampoco ha cambiado. Sigues siendo una Fanjul en toda regla. —Sonríe mientras me habla.
—No soy la misma idiota que caía rendida a tus pies con una sonrisa Enol. —Me doy la vuelta y me siento en una silla—. Poco queda de aquella niña tonta.
—Pues es una pena peque. Una pena.
Sin decir una sola palabra más, se aleja de nosotras para traer otra bandeja con napolitanas pequeñas de chocolate y se sienta con nosotras a desayunar. A los minutos se une Daniela.
—¿Es tu hija? —sin dejar de mirar a Enol suelto la pregunta.
—No. Es la hija de Sandra. Ahora está Afganistán destacada. —Les miro a los dos y les saco cierto parecido. Tienen los mismos ojos, aunque Sandra también los tiene verdes—. Está pasando una temporada conmigo mientras su madre vuelve.
—Es divertido estar aquí con el tío ayudándole con la Casona.
—¿Sigues saliendo con ella?
—No, no volvimos a salir después de —me mira fijamente y me hace temblar por dentro—. Después de aquello.
—Sí, cuando mi madre se plantó en tu casa hace mucho años. No te cortes porque yo esté delante Enol. Soy mayorcita ya. —Noto algo de rencor en la voz de Daniela.
—Dani —Enol la regaña con los ojos.
—Qué buenos están los croissants hermanito. Cada día te superas. —Miro a Covi extrañada.
—No mires con esa cara peque.
—Pero si hace años quemabas el tomate para hacer pasta.
—Fue solo una vez y porque estaba de resaca.
—Claro ahora me dirás que has dejado la abogacía y eres cocinero.
Y como siempre ha hecho, se queda callado retándome con la mirada. Me mira tan fijamente que me hace sentir incómoda. Yo, la mujer fría y calculadora, la mujer que es la que hace sentir incómoda a la gente, me siento otra vez como una quinceañera ante sus ojos.
No digo nada más, me pongo un café y me levantó de la silla para acercarme a una pequeña valla de madera que da a la parte del puerto. Los barcos se ven pequeños a lo lejos. Recuerdo cuando mi padre salía con el padre de Covi y Enol a pescar.
—Adri he quedado con Roberto en un rato. Vamos a mirar unas cosas de la ceremonia.
—¿Cuándo pensabais decirme que os ibais a casar? Porque que yo recuerde, lo vuestro había empezado como una noche de no tener nada que hacer. —Sin mirar me doy la vuelta y me encuentro a Daniela observándome—. Esta niña es un poco descarada ¿no?
—Se pasa el día con Enol arreglando la Casona. Lo que pasa es que no ha visto a una como tú nunca. —Me doy la vuelta para mirar a Covi.
—¿Como yo?
—Si hija, aún llevando mis vaqueros sigues teniendo ese aire italiano que tanto llama la atención.
—¿Puedo ayudarte Daniela? —ella me sigue mirando fijamente.
—¿Tú eres la Adriana que Enol conoce desde el colegio?
—Sí Daniela. Esa soy yo.
—Llámame Dani que Daniela solo me llama mi madre cuando quiere echarme la bronca por algo.
Me mira fijamente unos minutos más y me empieza a poner nerviosa. Es exactamente la misma forma de mirar que tiene Enol. Yo la observo a ella y puedo ver muchos gestos de cuando Enol era joven.
Coge un croissant y se va comiéndoselo y tarareando una canción. Esta niña me pone nerviosa.
—¿Vienes con nosotros entonces? —Covi tampoco quiere estar mucho rato a solas con mi madre.
—No porque va a estar mi madre y os voy a joder el día. Además tengo que llamar para ver dónde están mis cosas. Bastante cabreada estoy como para pasar el resto del día con mi madre regalándome halagos como: «Roberto mi único hijo de provecho, Roberto mi mejor hijo, Roberto el único que siempre me ha gustado». Parece que Jaime y yo no somos sus hijos. —Covi me agarra de la mano.
—Ya sabes como es tu madre. Te quiere.
—Sí, me quiere lejos. No me ha llamado ni una vez.
—Tú a ella tampoco.
—Teniendo en cuenta que cada vez que la llamaba reprobaba todo lo que le contaba y acababa diciéndome que estaba echando a perder mi vida entre pinturas viejas y que me iba a quedar sola cuidando miles de gatos en casa, pues tú dirás. Si es que soy igual de zorra que ella. Viene en los genes.
—No Adri, no eres como ella. Y no te llames zorra.
—Lo soy Covi. He hecho cosas estos años como para poder llevar ese galón clavado en mi pecho. Si hubiese sido un poco más lista seguiría teniendo mi casa, mi trabajo y mi vida.
—Pero has vuelto a casa.
—Y espero no tardar mucho en marcharme, aquí no hay nada que me retenga —escuchamos el ruido de un cortacésped y Enol pasa por delante de nosotras recortando el jardín.
—Tal vez eso cambie. Al menos prométeme que estarás en nuestra boda. A tu hermano le haría muchísima ilusión y a mí también. —No puedo apartar mis ojos de Enol.
—¿Por qué no me contaste que lo vuestro iba tan en serio? Pensé que era como una crisis de los treinta de ambos.
—Porque cuando hablé contigo había problemas mayores que resolver primero. Además queríamos contártelo en persona. Tu hermano ya sabes que no es una persona que demuestre sus sentimientos, pero tiene ganas de tener una charla contigo. Y Jaime también.
Mientras Covi habla, por mi cabeza solo se pasan las imágenes de Enol aquella noche en su piso. Cómo me miraba, cómo me tocaba y cómo me besaba. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo y con una sola mirada, en la distancia, me hace temblar. Joder Adriana, estás jodida teniéndole cerca.
Enol me mira fijamente y esboza una pequeña sonrisa negando con la cabeza. ¿Acaso estoy babeando como una idiota y se me ha descolgado la mandíbula hasta el suelo?
—¿Entonces te parece bien? —Covi se pone delante de mí y simplemente afirmo con la cabeza—. Genial pues esta noche cenamos todos aquí en el jardín para poder enseñaros lo que hemos pensado para la boda. Queremos celebrarla aquí, algo íntimo y familiar.
—Si mi madre está organizándolo, eso de íntimo me parece que no será posible. Querrá invitar a todo el pueblo y a media comarca.
—Es mi boda —Covi levanta la voz y me empiezo a reír. Parece no conocer a mi madre.
—¿Y eso se lo has dicho a ella? Porque me imagino que ella estará organizando la boda como si fueseis Will y Kate. Veo una portada en plan revista de los miércoles.
—Ni de coña. No voy a pasar por eso. Ya tuve bronca con ella con el tema del vestido. Quería que pareciese un puñetero muffin con cobertura de fresa por encima. —Parece que Covi ha perdido ya los papeles con mi madre y es la persona más tranquila que conozco.
—¿Y mi hermano qué dice? ¿O sigue siendo un calzonazos en manos de mi madre?
—Tu hermano con decir que solo me quiere ver feliz, parece que lo soluciona todo. —Niego con la cabeza. El más mayor, el primero, el inteligente de la familia, pero el más tonto en manos de mi madre.
—Ya tendré una charla con él. Si no mi madre se meterá por medio y acabaréis discutiendo. —Comienzo a escuchar mi móvil. Me lo saco del bolsillo y veo un número que no reconozco—. ¿Sí?
—Buenos días, llamo de la oficina de UPS en Gijón. Un compañero ha intentado dejar sus cajas en la dirección que nos dieron de Lastres pero una mujer ha dicho que no vive allí. Era para concertar una cita o que pase a recogerlos por nuestra oficina.
—¿Qué mujer?
—Solo nos ha dejado su nombre, Inés. —Me muerdo la lengua unos segundos para no empezar a gritar y respiro profundamente.
—Yo me paso por la oficina en un rato. Muchas gracias. —Cuelgo el teléfono y niego con la cabeza.
—Tu madre.
—¿Quién si no? Es que de verdad, que ganas tengo de solucionar mis problemas y largarme de aquí. Quedarme solo puede hacerme cometer una estupidez. —Y no solo lo digo por el hecho de tener que convivir con mi madre. Enol puede ser el mayor de mis problemas en este pueblo.
—¿Tienes que ir a Gijón? —afirmo mientras busco en el móvil la dirección de la empresa de transportes—. Pues mi hermano tiene que ir. Seguro que no le importa llevarte.
—No te preocupes. Le pediré a mi padre el coche y listo.
Antes de que pueda decir nada más, Covi se acerca corriendo a Enol, obligándole a apagar el cortacésped. Él se lleva las manos a los ojos para evitar el sol y afirma con la cabeza mirando el reloj. No puedo escuchar lo que dicen pero por sus gestos, supongo que le está diciendo que espere un poco. Covi vuelve corriendo y yo trato de disimular haciendo que estoy poniéndome al día con mis redes sociales.
—En media hora os vais. Que tiene que pasar a comprar unas cosas para la cena de esta noche en un mercado. Si quieres subir a por tus cosas y prepararte un poco, te esperará.
...
®El accidente de mi vida ©Marta Lobo


Título original: El accidente de mi vida 
Primera edición: Vitoria, junio de 2016
Diseño de portada y contraportada: Marta Lobo

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ISBN: 1523912537
ISBN-13: 978-1523912537

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