10 septiembre, 2017

SOMOS CASUALIDADES

Mayo 2017. Romántica contemporánea.

Mi vida ha vuelto a convertirse en un caos absoluto de la noche a la mañana. 

¿Que qué ha sucedido? Un par de detallitos de nada :
• Alex se ha cagado de miedo asustado por no estar a la altura. 
• Tengo un ex novio que se ha vuelto un jodido psicópata.
• Un inspector de Inteligencia ha aparecido para salvarme y, probablemente, volverme muy loca. 
• Mi hermana llegará a Nueva York para arrasar la ciudad y mi vida . 

Si cuando decía que no le buscaba a él… era completamente en serio.

¿Quién dijo que el amor siempre llega para quedarse?






AVISO: NO LEER SI NO HAS LEÍDO ANTES SOMOS INSTANTES. CONTIENE SPOILER.

1.

COMO SI FUERA UN GRAN SECRETO

Sí, no fue nada más que una revista olvidada en un restaurante que tirarían al no encontrar a nadie en la mesa. Acabaría en la basura… y nosotros con ella.
Me alejé del restaurante y comencé a caminar sin un rumbo fijo. Necesitaba respirar profundamente y poner en orden todos mis sentimientos. Necesitaba estar en mi lugar de Nueva York, en el único sitio en el que podía respirar de verdad, olvidarme de todo y dejarme llevar. Silbé y levanté la mano para que un taxi parase a mi lado. Media hora después estaba en Terrace Drive, delante de la entrada de Central Park. Caminé dentro del parque y comencé a respirar. Era el único lugar en Nueva York en el que podía desaparecer por unas horas y que nadie me molestase. Pedí una limonada en un puesto cercano y caminé lentamente sin mirar a las personas que caminaban a mi alrededor, hasta que llegué. Me encaminé por la galería inferior que daba a la fuente y me quedé observando unos segundos. Paseé por aquella maravilla y miré al techo. Conocía a muchas personas de mi empresa, neoyorkinos de pura cepa, que no sabían nada de aquella maravilla. Mi lugar en Nueva York era The Arcade en Bethesda Fountain, en pleno Central Park.
Tras unos minutos en los que la gente fotografiaba aquella maravilla, y yo solamente observaba, caminé hasta las escaleras para sentarme y fijarme en las personas que estaban allí. Siempre me ayudaba observar a las personas e imaginar cómo eran sus vidas. Alejarme por unos minutos de la mía y respirar tomando cierta distancia de los problemas. Me imaginaba que sus vidas eran caóticas y a la vez ordenadas, pero todas ellas estaban llenas de magia.
Por primera vez en aquella mañana pensé en Alex y en la forma que tuvimos de despedirnos. Nuestro último beso fue acompañado de una gran bofetada. Y sí, me dolió a mí más que a él. Saqué el móvil del bolsillo y lo desbloqueé. Busqué el nombre de Alex entre mis contactos y pasé el dedo por encima del botón de llamada. Necesitaba saber qué le estaba pasando, conocer cuáles eran los motivos reales de su cambio de actitud. Por un segundo me dio igual aquella mujer, solamente quería saber que él estaba bien. Aunque nosotros no pudiésemos ser nada más que un par de adultos que habían echado unos cuántos polvos fantásticos, aquello no quitaba para que me preocupase por él.
Quise llamarle, pero también quise borrar todos sus números de teléfono. Quise enfrentarme a él, pero también quise desaparecer y no encontrármelo de nuevo.
Yo no era de las típicas personas que huyen de los problemas. Yo los agarraba, me enfrentaba a ellos, les gritaba si hacía falta, los solucionaba y seguía con mi vida. No era una cobarde y con Alex no iba a ser la primera vez que lo fuese. Pero esperaría varios días para enfrentarle, iba a ser mejor que hacerlo aquel día.
Dos horas después me levanté de las escaleras. Por delante de mí habían pasado más de cien personas que habían fotografiado, habían echado un vistazo fugaz y se habían marchado de allí sin saber que aquel rincón era el que más magia tenía de todo Nueva York.
Salí del parque en dirección a la Quinta Avenida y caminé media hora hasta llegar a Godiva Chocolatier que estaba situada en la misma avenida. Necesitaba una inyección, mejor dicho, una buena sobredosis de chocolate y qué mejor que Godiva. Nada más entrar, el olor inconfundible de chocolate me inundó, me recordó en cierta parte al olor que desprendía siempre la casa de nuestra abuela en España. Cuando nos hacía aquel chocolate tan espeso los domingos para merendar. Sonreí recordando las tardes que pasábamos con ella en su casa de la montaña.
—Mariola, buenos días. —Una de las chicas que estaba allí vino a saludarme—. Qué alegría verte por la tienda. Hace mucho que no nos visitas.
—Sí, la última fiesta fue una locura y no me pude ni pasar.
—¿Algún encargo?
—No, para mí. Necesito sacarme algo de la cabeza y meterme unas cuantas de esas deliciosas creaciones.
—¿Un hombre?
Afirmé mientras observaba la tienda e iba cogiendo cosas. Unas galletas para Andrea, un chocolate para que Mike cocinase y unos bombones para Justin. De los mío se estaban encargando personalmente dentro. Creo que había dado demasiada información cuando afirmé a su pregunta.
—Toma, Mariola. —Me entregó dos cajas y pasé por el mostrador a pagar—. Espero que te gusten los bombones y en la otra caja te he metido las fresas con chocolate que tanto te privan.
—Gracias, Ciara.
Salí de la tienda con el olor a chocolate por todo mi cuerpo y no aguanté ni un segundo en meter la mano en la caja de las fresas con chocolate. Aquello era un pecado, uno de esos pecados deliciosos que hacían en Godiva. Valían cada centavo que costaban.
No me había alejado demasiado de la tienda, cuando al levantar la vista vi a Alex caminando en mi dirección. Iba con el móvil en la mano y bastante despistado. Varias personas se chocaron con él y ni siquiera levantó la cabeza. No nos habíamos cruzado en ocho años ni una sola vez y parecía que las casualidades nos iban a juntar más veces de las que me hubiese gustado.

Mi móvil no dejó de sonar en toda la mañana. Mi hermano seguía bombardeándome con mensajes. No me podía creer que siguiese insistiendo tanto en el mismo tema.
Levanté la vista un segundo cuando alguien me golpeó en el brazo al pasar por mi lado y la vi. Mariola estaba enfrente de Godiva, con una fresa en la boca y mirándome como si acabase de ver un fantasma. Los dos nos quedamos quietos, sin movernos, mientras la gente pasaba entre nosotros dos. Mi corazón dio un vuelco nada más verla.
Terminó de comerse la fresa, se limpió las manos con una servilleta, cerró la caja que tenía en la otra mano metiéndola en la bolsa de Godiva y sonrió cerrando los ojos, como si lo que estaba comiendo fuese el mejor manjar del mundo. Se puso las gafas de sol y caminó en mi dirección. Se paró justo a mi lado y levantó una mano parando un taxi. No me miro ni siquiera de reojo. Se montó en el taxi y no me dedicó ni una sola mirada.
Volvíamos a ser los mismos que hacía dos meses. Éramos de nuevo dos desconocidos más en Nueva York y me mataba que todo fuera por mi culpa. Por mi maldito miedo a no saber amar o a no amar de la manera que Mariola se merecía.

Llegué a casa para dejar todas las compras y busqué en el ordenador el teléfono de la empresa que solíamos contratar para los eventos para alquilar un coche para ir al aeropuerto. Escuché mi móvil sonando varias veces. Rebusqué en el bolso y contesté.
—¿Sí?
—¿No me ibas a llamar para llevarte al aeropuerto? —Ryan sonaba enfadado.
—No. Tú insististe, pero yo no dije que sí.
—Bueno, pero como soy así de insistente y cumplo todo lo que prometo, dime a qué hora paso por tu casa o por donde estés, para ir al aeropuerto.
—Ya tengo el número de un coche de alquiler.
—Y yo estoy en el coche dispuesto a recogerte. ¿Dónde estás? Y no me des largas porque soy de Inteligencia y tengo tácticas que desconoces.
—No sé si definirte como persistente o como un jodido loco. —No dije nada más, sopesé unos segundos aceptar su insistencia y me empecé a reír—. Estoy en casa. Llegan en una hora y media.
—Pues dame diez minutos y llego. Estoy saliendo de la comisaria de Tribeca.
—Ryan, no tienes que hacerlo, de verdad. Ya me salvaste de un atraco.
—Pero quiero hacerlo, así que no se hable más. En diez minutos en tu portal. Hasta ahora, Mariola.
No me dio ninguna opción para seguir dándole largas. Durante unos segundos continué sentada en el sofá, sin saber muy bien qué demonios estaba haciendo. ¿Estaba siendo amable con Ryan por haberme ayudado o estaba a punto de cometer una estupidez nivel Santamaría antes de una boda? ¿Que qué era ese nivel de estupidez? Así lo bautizó mi abuela materna. Ella, a dos días de casarse con su tercer marido… La abuela realmente creía en el amor y se pasó toda su vida buscándolo. Pues eso, a dos días de casarse, se fugó con nuestro abuelo. Sí, sí, nuestro abuelo, el que fue su primer marido. Se separó de él cuando nuestra madre era pequeña porque él se fue a trabajar a unas minas en África, pero nunca dejó de amarle. Y después de esos matrimonios fallidos, él volvió a buscarla. Todo muy libro de Nicholas Sparks. Así era nuestra abuela, la mujer que siempre luchó por sus ideales y por el verdadero amor. Yo había heredado mucho de ella.
Sonreí al recordarla. Después de tantos años de su muerte, seguía echando de menos sus consejos tan especiales. Si me lo proponía, podía escuchar de su propia voz el consejo que me hubiese dado sobre Alex: «si tiene miedo, que aprenda a dejar de tenerlo, joder. Que todos lo tenemos alguna vez en esta vida, pero no te quedes con el que se caga a la primera de cambio». Y luego mi madre solía preguntarse porqué mi hermana y yo éramos tan malhabladas. Venía en los genes de la abuela.
Bajé para esperar a Ryan en el portal. Comprobé en tiempo real el vuelo de mi hermana. Llegaba en setenta minutos exactamente. Al levantar la vista vi a Ryan apoyado en su coche, en su pedazo de Chevrolet Silverado azul. Llevaba unas gafas de sol y también estaba pendiente de su móvil. Me paré unos segundos antes de bajar los últimos escalones y le observé. Llevaba unos pantalones negros, una camiseta azul y aquellos tatuajes volvían a asomarse por las mangas de aquel trozo de tela que se le ajustaba tanto a…
—Buenos días, Mariola. —Me pilló mirándole como una idiota.
—Hola, Ryan. Perdón, tus tatuajes me han despistado.
Agacho la cabeza y sonrió. Me pareció tan tierno y tan sexy en aquel momento, que por un instante el señor trajeado pasó a un segundo plano. Tal vez un hombre amable fuese lo que necesitase en aquel momento. Hacer amigos siempre se me había dado bien y Ryan podía ser mi nuevo mejor amigo.
—¿Nos vamos?
Ryan me abrió la puerta muy amablemente y volví a sonreír. Joder, Ryan me había sacado varias sonrisas en pocos minutos. Empezaba con muy buen pie.
Pusimos rumbo al JFK y antes de cruzar el puente de Williamsburg nos metimos en un atasco de muerte. Había retenciones de más de cinco kilómetros debido a un accidente múltiple según la radio. Estuvimos más de tres cuartos de hora parados y decidí llamar a mi hermana, para que no se preocupase cuando aterrizasen y no me viesen allí, pero aún lo tenía apagado. Eso significaba que no habían aterrizado aún.
Veinte minutos después recibí la llamada de mi hermana quejándose de que no la estaba esperando con un cartel con su nombre en la terminal.
—Que poca vergüenza, tata.
—Estoy en un atasco de cojones y aquí parece que nadie tiene ninguna intención de moverse, coño. —Saqué la cabeza por la ventanilla—. ¿Podéis estar más tiempo parados?
—Métete dentro del coche, Mariola. —Ryan tiró de mi brazo y sacó una sirena, colocándola en el techo del coche—. Diles que en veinte minutos estamos allí.
Me quedé con los ojos como platos y comprobé cómo los coches que teníamos delante hicieron un embudo para que pudiésemos pasar.
¿Y esto no lo podrías haber hecho antes, Ryan?
—No es legal que lo use como beneficio personal, pero como es para tu beneficio…no pasa nada.
Arqueó sus cejas, se bajó las gafas de sol y me guiñó un ojo.
—Agárrate, preciosa, que no soy de los que van despacio.
No sabía si hablaba del coche, de él o de las dos cosas. Sorteó los coches como un auténtico profesional y en menos de quince minutos estábamos aparcando frente a la puerta de salida. Mi hermana y mi cuñado estaban los dos como locos comprobando todo lo que les estaba entrando en el móvil.
—Eso es un highlander en toda regla, sí señor. —Lo dije muy alto y en castellano. Sabía que mi cuñado no tardaría en reaccionar.
—Eso es un cuerpo y no el de Scotland Yard.
Mark se acercó a mí y me cogió en volandas, girando conmigo en sus brazos. Me dejó en el suelo, me ladeó levemente y me besó como en la foto de Alfred Eisenstaedt[1].
—¿Siempre tenéis que montar este numerito? Luego me acaban preguntando cosas muy extrañas de vosotros dos y esa manía de besaros en la boca.
—Dar que hablar siempre es muy divertido. —Mark y yo lo dijimos a la vez.
—Hay cosas que no deben cambiar nunca. —Mark me puso de pie y fui hasta donde mi hermana—. Estás preciosa. —La besé—. Lo de casarte te sienta muy bien.
—Eso parece. —Movió su mano en el aire enseñándome el anillo.
—Santo Dios, Mark, has dejado Escocia sin brillantes. —Agarré la mano de mi hermana observando aquel anillo—. Con esto, o te casas tú con él o lo hago yo.
—Aléjate de Mark, que nos conocemos. —Pude ver que mi hermana no dejaba de mirar a Ryan—. ¿Y él?
—Una larga historia que no querrás oír ahora mismo, María. —Aproveché a seguir hablando más bajito—. ¿Vamos al hotel?
—Sí, tenemos la reserva en el Four Seasons. —Me miró sonriendo—. Quiero ver al Capitán América con mis propios ojos.
—Joder, ¿no podías haber pillado en otro hotel, María? —Agarré su maleta y la llevé hasta el coche—. Ryan, ella es María, mi hermana. Él es Mark, mi cuñado buenorro. —Se saludaron y Mark me miró de reojo mientras metía sus maletas en la parte de atrás del coche—. Un amigo.
—Encantada. Pero, ¿podemos ir al hotel? Necesito pegarme una ducha y comer algo decente.
—Claro.
Cuando llegamos al hotel, recé por no encontrarnos con Alex. Nos acercamos a recepción para que hiciesen el check-in y Ryan esperó detrás de nosotros. Dejé a Mark y a María firmando mientras yo hablaba con Ryan.
—Muchas gracias, Ryan. Me has salvado el culo con estos dos.
—Encantado de salvarte el culo.
Estuvimos mirándonos en silencio unos cinco segundos  y mi hermana se encargó de romper aquello que estaba sucediendo.
—Todo listo. Tenemos una suite que no habíamos pedido y un regalo de bienvenida. —Agitó un sobre en la mano—. Una sesión de masaje y spa.
—En fin. —Puse los ojos en blanco—. ¿Que os parece si os alojáis y vamos a cenar algo? Estaréis muy cansados y hoy toca cenar a la hora americana.
—Perfecto, nos vemos aquí mismo en media hora. Podéis tomar algo en el bar mientras nos damos uno rapidito.
—Nada de rapiditos ni de ducha ni de ascensor.
—Si, preciosa. —Mark me dio un beso y se fue riéndose con María. 
Ellos dos se subieron a la habitación y nosotros nos fuimos a tomar algo al bar del hotel.
¿Qué quieres tomar? —Ryan me apartó un taburete de la barra para que me sentase.
—Un vino estaría bien.
—Un vino y una cerveza por favor. —Ryan pidió a la camarera con una gran sonrisa.
Me di la vuelta para apoyar mi bolso en la barra, cuando vi a Alex entrando en el bar. Era imposible estar allí y no cruzarnos.

Entré al bar, ya que mi ayudante me avisó de que la hermana de Mariola ya estaba en el hotel. Supuse que ella estaría por allí esperándoles para ir a cenar algo. Pero lo que no me esperaba era verla acompañada. Nuestros ojos se cruzaron y noté cómo Mariola se removía nerviosa en la silla.
Me acerqué a la barra y me quedé muy cerca de ellos.
—¿Podríais subir una botella de Taittinger con unas fresas con chocolate de Godiva a la suite Central Park? Con una nota que les desee una feliz estancia en la ciudad a María y a Mark.
Sabía que Mariola me iba a escuchar perfectamente y no sería capaz de quedarse callada.
—Mi hermana no tiene los mismos gustos que yo.
—Os parecéis más de lo que piensas. Tenéis las dos la misma mirada dulce y sincera.
—Aunque mi hermana por unas fresas con chocolate es capaz de venderme.
—Pues tal vez me he equivocado de hermana. —¿Por qué demonios solté aquello?
—Tal vez. Puede que con ella no te hubieses comportado como un imbécil. Pero nunca lo sabremos porque se va a casar con un hombre de verdad. —Se dio la vuelta y comenzó a hablar con aquel tío.
—Ya veo que tú olvidas fácilmente.
—Mira, Alex —se giró en el taburete y me miró directamente a los ojos—, no olvido tan fácilmente, pero si tú decidiste dejar todo correr… yo decido avanzar. Ninguna piedra en el camino me va a parar, Alex.
—Siempre me gustará la forma que tienes de ver la vida y de luchar. —Aproveché que su acompañante estaba pagando y despistado, para acercarme al oído de Mariola—. No dejes que nadie te cambie, ni siquiera yo.

Se alejó de mí, pero su perfume se quedó a mi lado, se metió de nuevo dentro de mí. Su maldito olor me impregnó por dentro, un olor que tardaría mucho tiempo en sacar de mi cabeza. El jodido señor trajeado que tanto me había dado, decidió quitármelo todo de golpe, sin darme una explicación que me sirviese. Tan solo diciendo que no dejase que nadie me cambiase. Era un maldito imbécil sin remedio.
¿Puedo preguntarte algo? —Ryan me sacó de mis pensamientos y se lo agradecí en silencio.
—Dispara. —Le di un largo trago a mi vino.
—Ese es Alex McArddle.
—Eso no es una pregunta, Ryan.
—Vale, creo que me he expresado mal. —Se pasó la mano por la boca y continuó mirando a la puerta.
—Es él. —Parecía que Alex era conocido por la policía o al menos por Ryan—. ¿Tengo que preocuparme si alguien de Inteligencia me pregunta por él? No quiero acabar en un oscuro y sucio agujero en una comisaría, respondiendo preguntas de las que no sé la respuesta.
—Le he reconocido por las revistas. —Me miró extrañado con una medio sonrisa en la boca—. ¿Cuántas series de policías has visto? No somos como los de NCIS LA.
—Soy bastante aficionada a las series y tengo una muy buena imaginación.
—Solo lo he preguntado por las revistas. Habéis salido mucho últimamente. —Jugueteó con su mano en la encimera de la barra.
—A mi pesar, se me ha reconocido por follarme a un director de hotel demasiado famoso, antes que por mi trabajo. —Solté el aire sabiendo que había hablado demasiado—. ¿Tú lees esas revistas? —Traté de desviar el tema.
—No, pero mi hermana las lee. Si le digo que he conocido a ese tío es capaz de sacarme los ojos y hacerme un interrogatorio al estilo del antiguo KGB.
¿Tienes una hermana?
—Sí. Una hermana y un hermano. Los dos más pequeños que yo.
—Así que eres el mayor de tres hermanos. Eso dice mucho de ti… —su sonrisa se hizo más grande.
—¿Y qué se supone que dice sobre mí? —Se puso la mano en el mentón, frotándolo levemente, interesado por la respuesta que estaba a punto de darle.
—Pues que sois mucho más responsables, más inteligentes y siempre estáis pendientes de los demás. Tenéis una forma de sobreproteger a las personas de vuestro alrededor. Y si a eso le añadimos que eres policía, que decidiste elegir una profesión para salvar al mundo… pues te tenemos a ti.
—¿Todo eso por ser el hermano mayor? Parece que calas muy bien a las personas, Mariola. —Ladeó la cabeza y me miró fijamente a los ojos, como si quisiera ver dentro de mí.
—Pues no te creas. Suelo encontrarme a bastantes capullos a los que no puedo detectar. Tendré que llevar el radar al taller. —Sonreí negando con la cabeza y cambié de tema—. ¿Qué edad tiene tu hermana?
—Veinte años, llenos de adolescencia atrasada y rebeldía.
—Dios mío, menuda edad. Bueno —puse mi mano sobre la suya, que reposaba en su rodilla—, lo peor no ha pasado. Yo a esa edad era lo peor del mundo y más de diez años después, sigo volviéndome loca a mi misma. Siento decírtelo así, pero hay cosas que no cambian. —Chasqueé la lengua en un claro intento de coqueteo. ¿Pero qué coño me pasaba a mí?
—Pues si quieres te la presto unos días a ver si tú consigues volverla loca.
—No. —Levanté las manos en el aire—. Ya tengo bastante con una niña de seis años.
¿Tienes una niña pequeña? —Me miró curioso.
—Tenerla la tengo, aunque no sea de mi sangre. Es mi sobrina. Una adorable niña que me vuelve loca, a la que adoro y por la que mataría. Así que supongo que sé lo que es ser la hermana mayor ahora mismo. —Se me llenaba la boca y sabía que se me iluminaban los ojos al hablar de Andrea.
—¿Sabes que se te ilumina toda la cara al hablar de ella?
—Es mi niña. He estado desde su nacimiento con ella, es más, la vi nacer. Estuve con Sonia en el hospital cuando dio a luz. Y es… —abrí mucho los ojos— es algo que no sabría describir. Es muy bonito, pero bastante asqueroso al verlo. Creo que en aquel momento decidí que no quería tener hijos. Con ser tía, me vale.
—¿No quieres tener hijos?
—Creo que no es una conversación para una… —Me quedé en silencio. ¿Estaba dando por hecho que aquello era una cita?
—Solamente soy una persona que te está haciendo un favor. Cuando tengamos una cita, Mariola, lo tendrás muy claro porque habrá una buena cena, un buen vino y un postre exquisito.
Miré durante varios segundos a Ryan. ¿Él también estaba coqueteando tan descaradamente o es que yo quería que lo hiciese para tratar de olvidarme de Alex? Cosa que no iba a a ser nada fácil si seguía viéndole en cada esquina de la ciudad.
—Estás muy seguro de que te diría que sí a una cita, Ryan. No sería muy buena compañía ahora mismo con todo lo que acabo de…
—No tiene que ser hoy ni siquiera mañana, Mariola. Las cosas no suceden en dos segundos, pero te aseguro que acabaremos cenando en un lugar bonito, con música y un buen postre.
Parecía que Ryan tenía mucha confianza en sí mismo, en su preciosa sonrisa, en su mirada sincera y en aquella caída de ojos tan terriblemente sexy que tenía. Pero por la manera que reaccionaba mi cuerpo, su confianza estaba bien fundada.
—De acuerdo, Ryan. Tal vez algún día. —No podía parecer desesperada porque me sacase a Alex de la cabeza.
Noté una mirada clavada en mí y Ryan miró por encima de mi hombro a alguien. Ahí estaba el policía que tenía que tener todo controlado.
—Buenas tardes, Mariola. ¿Cómo tú por aquí? —Se acercó para darme dos besos sin dejar de mirar a Ryan.
—Hola, Frank. Haciendo tiempo a que mi hermana y mi cuñado bajen de su habitación. Parece que no hay más hoteles en la ciudad y han tenido que alojarse justamente aquí. —Escuché un teléfono y Ryan se disculpó antes de contestar la llamada. Se alejó un poco de nosotros.
¿Qué tal estás? —No dejaba de mirar a Ryan.
—Frank, estoy aquí. —Le agarré de la barbilla, obligándole a mirarme—. Estoy igual que la última vez que nos vimos.
—Te noto con cierta desazón.
—¿Desazón? —No pude evitar sonreír y negar con la cabeza—. Cómo te gusta usar palabras raras, Frank. Estoy bien, dentro de lo que cabe. Tu amigo no es mi persona favorita ahora mismo, la verdad.
—No sé lo que ha pasado entre vosotros.
—Pues que parece que se ha cagado de miedo y no es capaz de lidiar con sus sentimientos. O no está preparado para tenerlos y tal vez nunca lo esté. —Notaba algo de esa desazón que había comentado Frank en mis palabras.
Él me ha dado su versión. —Se apoyó con una mano en la barra.
—Mira, Frank, te tengo mucho aprecio, pero es mejor que no te metas en esto. No quiero darte uno de mis conocidos cortes que te deje temblando, pero en este momento sería capaz de hacerlo sin querer. —Le miré ladeando la cabeza.
¿Quieres que cenemos juntos y hablamos? Esta noche. —Sonrió, pero parecía triste y preocupado—. Yo también necesito hablar de algunas cosas y me vendría genial alguien sin filtros como tú.
—Estoy esperando a mi hermana y a Mark para cenar. Pero esta semana comemos un día, te lo prometo. Cuadraré la agenda para hacernos un hueco. Pero prefiero cena, que parece que tú necesitas más unas copas que cenar.
—Perfecto, me paso por tu empresa. Que además tengo un proyecto y quiero que lo lleves tú. Quiero que hagáis la inauguración del local y quién mejor que tú y tu equipo de grandes profesionales.
—¿No debería ser yo quien te alabe y halague tu trabajo para conseguir el proyecto? —Los dos nos reímos y por un momento vi al Frank de la noche del cumpleaños de Andrea—. Avísame cuando vayas a pasarte y nos reunimos, que estamos a tope de proyectos. Pero por ser tú, te haré un hueco en mi super apretada agenda de gran profesional. —Le guiñé un ojo. 
—Esta semana hablamos, preciosa. —Se agachó para darme un par de besos y se fue pendiente de su móvil.
Ryan seguía apartado hablando por su teléfono, cuando escuché un pitido que me indicaba que me había entrado un email en el móvil. No vi el remitente antes de desbloquear la pantalla, así que entré en el email para ver de quien era.

Te lo avisé, Mariola. Todo puede cambiar en un solo instante. ¿Crees que lo que te está pasando es por cuestiones del destino? Baja de las nubes, preciosa. Don perfecto, don millonario sexy te oculta algo y no tienes la más mínima idea de lo que es, pero no seré yo quien se vaya de la lengua. Ahora tu cabeza comenzará a funcionar a mil por hora como siempre. Releerás este email mil veces para leer entre líneas, como solías hacer cuando estábamos juntos, pero esto no va a ser tan fácil, Mariola. Sé que te matará la curiosidad y acabarás haciendo algún informe como en tu empresa con todos los recortes que encuentres en internet. Pero piensa que los secretos de los ricos se pueden ocultar muy bien con dinero. Terminarás desquiciándote, pero es lo que te mereces.
Por cierto ¿qué tal tu hermana y tu cuñado? ¿Se quedarán mucho tiempo en la ciudad?
Pobrecita, Mariola. Qué triste te ves tan sola en esa barra del Four Seasons tomando algo. Alex no está a tu lado, Frank se ha ido y ese nuevo amigo tuyo acabará haciendo lo mismo. Te vas a quedar sola.
Un beso enorme, mi princesa.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Fue como un latigazo de electricidad que me dejó paralizada unos segundos. Dejé de respirar, de ver lo que sucedía a mi alrededor y a escuchar las conversaciones que se iniciaban a mi lado. Me levanté de la barra lentamente, agarrándome fuertemente a ella para no caerme y comencé a observar a todas las personas que estaba allí. Tenía a un par de hombres de negocios cerrando algun tipo de trato, una familia que pedía algo, una pareja que no dejaba de observarme, pero supuse que era por la cara de loca que debía tener mirándoles. Pero no veía a Jonathan por ninguna parte, pero tenía que estar allí. Me estaba observando y no podía dar con él. Respiré profundamente varias veces, me tranquilicé y agarré con fuerza el móvil. No iba a dejar que aquel desgraciado me hiciese vivir con miedo, así que decidí enfrentarle.

 ¿Qué demonios quieres de mí, Jonathan? ¿Qué es lo que te he hecho tan jodidamente malo para que me estés haciendo esto? ¿Quieres decirme algo? Hazlo a la cara. Sé un hombre y da la cara y no te escondas detrás de columnas o de pantallas. Deja de amenazarme con mi familia o con falsas acusaciones. ¿Quieres venir a por mí? Aquí te espero.
No pienso vivir bajo tus amenazas.

Le di a enviar sin apenas revisar lo que había escrito. Sabía que iba a tener consecuencias aquel email, pero no le iba a dejar creer que tenía el poder en aquel momento, ni de coña.
—¿Todo bien? —Ryan se acercó a mí tras finalizar su llamada.
—Sí, todo muy bien. —Puse mi mano sobre su antebrazo y le sonreí.
A los minutos mi hermana y Mark bajaron de la habitación con una gran sonrisa en sus bocas. Parecía que habían comenzado a disfrutar de una luna de miel anticipada.
—¿Dónde nos llevas a cenar hoy, Mariola? —Mark me agarró de la cintura, plantándome un sonoro beso en la frente.
—Pues he pensado en el Gramercy Tavern. Un poco de buena comida el primer día y otro día nos iremos de puestos callejeros.
—Me parece estupendo, hermanita.
—Yo os dejo, chicos.
—¿No vienes a cenar con nosotros? —Mi hermana agarró a Ryan del brazo, como si le conociese de toda la vida y estuviese a punto de hacerle una confesión.
—Mi trabajo ha terminado en el momento que os hemos dejado en el hotel.
—¿Soy un trabajo? —Le miré muy seria y con los ojos tan abiertos que pensé que se me iban a secar las lentillas.
—No… a ver… no quería que sonase así.
—Entonces vente a cenar con nosotros. Invita mi hermana y creo que se cena de muerte en ese restaurante por lo que he oído. —María comenzó a andar casi tirando de Ryan.
—No quiero molestar. Tendréis que poneros al día de muchas cosas. —Ryan me miraba pidiéndome auxilio.
—Tenemos tiempo, Ryan. —Mi hermana le soltó cuando salimos del hotel y agarró a Mark de la mano y caminaron por delante de nosotros.
—Ven a cenar, Ryan. Así puedo agradecerte haber hecho el trabajo tan bien. —Me pasé la lengua por los labios—. Yo invito. —Afirmé con la cabeza para acabar de convencerle.
—No quería que sonase así, Mariola. Lo he hecho encantado, de verdad.
Se quedó unos segundos mirándome a los ojos y mantuve la mirada todo lo que pude, para terminar levantando una ceja y entrecerrando los ojos, haciéndole sonreír.
—Pero sigue sin ser una cita.
—Nada de citas entre nosotros, agente.
Caminamos por la Quinta avenida hasta llegar al restaurante. Mi hermana iba disfrutando del paseo y yo de una buena conversación con Ryan. Al llegar al Gramercy, nos sentamos los cuatro en la barra, no queríamos nada demasiado serio para aquella primera noche de los chicos en la ciudad.

Después de ver a Mariola de nuevo con aquel tío, tuve que subir a encerrarme en mi despacho. No quería que nadie me viese tan jodido por ella. Jodido por ella por mi culpa, porque era el único responsable de estar hecho una auténtica mierda. Desoí unos nudillos que golpearon la puerta.
—¿Pretendes pasar de todo el mundo o es algo conmigo?
—Frank. —No me di la vuelta para mirarle. En cuanto cruzásemos nuestras miradas, Frank sabría que estaba muy mal.
¿Podemos hablar? Sin que me pegues un puñetazo.
—Lo siento, Frank. —Me di la vuelta rápidamente—. Estaba hecho una mierda y lo pagué contigo.
—No solo conmigo. Parece que te has comportado como un auténtico cretino con Mariola y ahora mismo estará cenando con ese tipo de tatuajes y pinta de sicario. ¿Le habrá contratado para que acabe contigo por ser tan imbécil?
—Yo…
—Porque mira que lo has hecho mal, tío. Pero mal del verbo cagarla por completo.
—Del verbo ser un cobarde sin huevos. —Me senté en la mesa y Frank se sentó en uno de los sillones.
—Mira, Alex, te conozco muy bien, más de lo que te gustaría realmente. Podría decir muchas cosas de ti, peor lo de no tener huevos no es una de ellas. —Frank se levantó para ponerse una copa.
—Pues con ella no tengo huevos, soy un cobarde muerto de miedo.
—¿A qué le temes, Alex? ¿A amar? ¿O a amar y no ser correspondido? —Me entregó una copa rebosante de alcohol para olvidar.
—Es ella, es Mariola. Me hace sentir, me hace vibrar y me da miedo no ser suficiente, no ser lo que ella espera o necesita. —Sí, lo dije en alto y me sentí bien al expresárselo lleno de rabia a Frank.
—Sí, eres un auténtico gilipollas sin remedio. Vamos a ver… —se frotó la barbilla unos segundos—. No conozco a Mariola tanto como para poner la mano en el fuego por conocer todos y cada uno de sus sentimientos, pero los dos la conocemos lo suficientemente bien como para saber que no necesita a nadie a su lado para que la salve o para que actúe como un príncipe con ella. —Negó con la cabeza sonriéndome—. Es la mujer más segura que conozco de esta ciudad. No necesita el beneplácito de nadie, hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere. No espera a pedir permiso, pide perdón después si es necesario. ¿Crees que no serías suficiente para ella?
—Puede que sea todo eso lo que me abruma de ella. Que es tan independiente, que no necesite nada más, que no quiera nada más.
—Tienes miedo a quererla y a perder. —Dejó la copa en la mesa y se acercó a la ventana—. Pues estás mandándola directamente a los brazos de ese tío. No sé qué cojones te está pasando, Alex, pero la estás cagando con Mariola. Vas a perder a la única mujer que he visto que se ha preocupado realmente por ti, que ha visto más allá del playboy millonario y te ha querido. —Frank se quedó callado.
¿Qué has dicho?
—Nada. —Se removió nervioso.
¿Qué has dicho, Frank?
—Que la estás cagando con Mariola.
¿Me quiere?
—Es una forma de hablar.
—No es una forma de hablar, Frank.
—Mira, Alex, Mariola me mataría si se entera de que lo he soltado por mi gran bocaza, como diría ella. Mariola es un libro abierto. Si no te quisiera, aunque solo fuese un poco, no hubiera aguantado cuando te vio besándote con aquella chica en el bar, y aun así, pensar solo en ti y sacarte de allí sin montar un escándalo. Solo porque tú no salieras perjudicado. Solo pensó en ti y no en el daño que le estabas haciendo.
—Ella solo me dijo que estaba enamorada de mí. Nada más.
—Deberías hablar con ella. Os debéis una conversación, porque si sigues así la perderás para siempre. —Frank agarró la puerta para marcharse—. Ese tío la miraba exactamente como tú la miraste en el cumpleaños de Andrea y no parece que la quiera apartar de su lado. La quiere bien cerca.
—No me estás ayudando con esas palabras, Frank.
—No pretendo ayudarte, Alex. Lo que pretendo es que abras los ojos antes de que sea demasiado tarde y te arrepientas por haber cometido errores que no tengan solución.

María se comió hasta las ensaladas del resto de los platos. Parecía que el viaje la había dado hambre y sed, mucha sed. Se trincó casi ella sola una botella de vino. Y se suponía la borracha de la familia era yo.
—Creo que es hora de ir dando un paseo hasta el hotel, cariño. —Mark besó a mi hermana y puso una cara extraña—. Y de lavarte los dientes, apestas a alcohol.
—Cariño, estamos de vacaciones. Hay que disfrutar, estamos en la ciudad más increíble del mundo, estamos con mi hermanita —me agarró del cuello, casi tirándome de la silla— y vamos a vivir mil aventuras que nunca olvidaremos. Por Nueva York.
Pegó un grito demasiado alto e hizo que todo el restaurante nos mirase.
—Tu hermana parece peligrosa. ¿Tendré que sacarla de la cárcel alguna noche? —Ryan me susurró al oído, muy cerca de mí.
—Pues podría ser, pero si eso pasa, déjala allí unas horas. —Me reí imaginándome a mi hermana en una celda mugrienta.
—Eres demasiado mala, Mariola.
—Soy la hermana pequeña. Mi misión en la vida es volverla loca. —Le sonreí y vi cómo Ryan negaba con la cabeza agachándola.
—Vamos a acompañarles hasta el hotel y te llevo a casa.
—No es necesario. Puedo coger un taxi. Vivo cerca de aquí.
—No voy a dejar que vayas a casa sola. —Se bajó de la silla para acompañar a María y a Mark a la entrada mientras yo pagaba la cena.
Temblé al dejarles en el hall del hotel y pedí al cielo no encontrarme de nuevo con Alex. Lo mejor para nosotros sería que el destino, las casualidades o como quisiera llamarlas, dejasen de unirnos por las calles de la ciudad. No más encontronazos, no más fiestas y tal vez… podríamos seguir con nuestras vidas sin querer desgarrarnos la ropa cada vez que nos viésemos. Tal vez era hora de desgarrarle la ropa a otras personas…
—No sé en qué estás pensando, pero se te está poniendo cara de guarrilla de revista erótica. —María me besó antes de irse.
—Ten cuidado con ella. No destrocéis la suite, por favor.
—Caerá redonda en cuanto ponga su precioso culo en la cama. —Mark me besó—. ¿Tú vas a dormir sola o acompañada? —Miró a Ryan que nos estaba dando cierta privacidad.
—Con una preciosa niña. No voy a dormir con él, Mark.
—Mira, sé que no le conozco, pero tú tampoco. Mereces que un tío se preocupe por ti y él te salvó de un atraco, te ha acompañado al aeropuerto a buscarnos y ahora te va a llevar a casa. —Levantó la ceja sonriendo—. Me gusta.
—Buenas noches, Mark.
Bajé las escaleras sonriendo y me acerqué a Ryan que seguía con el móvil en la mano.
—Si tienes trabajo o cualquier cosa que hacer…
—Mi hermana. Está en una fiesta en Brooklyn y quiere que vaya a buscarla. —Se guardó el móvil en el vaquero—. Lleva toda la semana asegurándome que era la fiesta del siglo. —Puso su mano en mi espalda para guiarme hasta el coche.
—A esa edad todas las fiestas son las del siglo.
—Está en Output. —Miró su reloj.
—Ryan, ve a por ella y yo me voy en taxi.
—No te preocupes. ¿Te importa si pasamos a por ella, la dejo en casa y después te llevo a la tuya? Vivimos en Brooklyn.
—Sin problema. Si no me vas a dejar coger un taxi, iremos a por tu hermana.
Nos montamos en el coche y puso algo de música mientras conducía. Iba muy concentrado en la carretera y supuse que en echarle la bronca a su hermana. Comenzó a sonar “Still breathing” de Green Day, y mientras miraba por la ventanilla, escuché atentamente aquella letra.
Porque aún estoy respirando por mis propios medios. Mi cabeza está por encima de la lluvia y las rosas. Estoy formando mi camino…
Bajé la ventanilla, me apoyé en ella y cerré los ojos mientras el aire me agitaba el pelo. Respiré muy  profundamente y sonreí.
—¿Estás bien?
—Sí. —Giré la cara—. Mejor que nunca. Gracias, Ryan.
—No he hecho nada.
—Gracias.
Volví a mirar a la carretera mientras cruzamos el puente de Brooklyn. Solamente necesitaba cambiar de aires, recordarme a mí misma que podía respirar y podía volver a ser la misma Mariola que era de antes de conocer a Alex. No quería olvidar lo que aún sentía por él, pero sabía que con el paso de los días podría dejar en un segundo plano aquellos sentimientos y tal vez conocer a alguien más. Si era capaz de sacarme a Alex y todo lo que me había hecho sentir de la cabeza.
—Ahí está. —Ya habíamos llegado y ni me había dado cuenta—. Ahora se estirará la falda para subir al coche y pondrá sus ojos de niña buena.
—Eso lo hemos hecho todas, Ryan.
—Hola, hermanito. —Se acercó a nosotros y se me quedó mirando fijamente—. ¿Esta es la chica del atraco? No parece que necesite mucha ayuda.
—Astrid, ¿vas a montarte en el coche o te vas a quedar ahí haciendo que no te estás estirando la falda?
—Hola… —me miró queriendo saber mi nombre y me encontré su mano metida en el coche—. Coño, tú eres la que está saliendo con Alex McArddle.
—¡Astrid! Esa boca, joder.
—Tú me lo vas a decir, míster taco profesional del año. —Astrid se montó en la parte de atrás del coche y no dejaba de observarme—. Te he reconocido. No me habías dicho que habías salvado a una famosa.
—No soy famosa. Que haya compartido cama y un par de desayunos con el señor McArddle, y se me conozca más por eso que por mi trabajo, no me hace famosa.
—¿Te lo has tirado?
—¡Astrid! —Ryan reprochó la actitud de su hermana.
—¡Ryan! —Astrid gritó por tocarle las pelotas a su hermano.
—Mariola. —Yo dije mi nombre y los dos me miraron extrañados, con la misma cara de no entender nada—. Yo que sé, estáis diciendo nombres y el mío no lo decía nadie. Sí, Astrid, soy la que salía en las revistas. Sí, nos hemos acostado unas cuántas veces, sí es igual de guapo que en las revistas, pero mucho más capullo y arrogante de lo que ya parece. ¿Alguna pregunta más? —Vi su cara a través del retrovisor, abrió la boca y miró a su hermano.
—No, por ahora no.
—Te dejamos en casa y llevo a Mariola a la suya.
Notaba cómo Astrid me miraba durante todo el trayecto. Una vez que la dejamos en casa, justo antes de entrar en el portal, gritó.
—Has mejorado mucho en tus gustos, hermanito. Por lo menos esta no tiene pinta de presidiaria recién salida de Guantánamo.
Subió corriendo las escaleras antes de que Ryan pudiese decir nada más.
—Ya veo cómo te puede volver loco tu hermana.
—Perdón por todo lo que ha dicho. Tiene la maldita costumbre de decir lo primero que piensa. —Cerró los ojos y negó con la cabeza. Yo tuve que reprimir una carcajada, porque aquella loca con el pelo rubio y californianas rosas, me recordaba mucho a mí.
—Si ella te vuelve loco, yo haré lo mismo. Me veo muy reflejada en ella, en mi yo de veinte años. Me encanta que sea así, ya tendrá tiempo para ser comedida y callarse algunas cosas.
—¿Tú también vas a volverme loco? ¿Eso significa que quieres volver a verme ? —Me miró fijamente y sentí que su mirada era sincera, pero que escondía muchas cosas que quería conocer.
—Llévame a casa, Ryan. Ha sido un día muy largo y empiezo a decir tonterías.
—No creo que nunca digas tonterías, Mariola. Si vas a volverme loco… —Ryan se incorporó a la carretera para ir al piso— puede que te deje hacerlo.
—Te crees demasiado encantador y con una sonrisa irresistible, ¿verdad?
—¿Irresistible? —Ryan me miró de reojo antes de entrar en el puente de Brooklyn en dirección a mi piso—. Me han dicho de todo, pero nunca han usado esa palabra conmigo.
—Tal vez porque no han visto más allá de esos tatuajes y tu pose de policía.
—La verdad es que no salgo mucho y no tengo oportunidad de conocer a muchas chicas. Y menos a chicas como tú.
—¿Chicas como yo?
—Chicas que siempre van sonriendo y llenas de vida. Que un atracador les intente robar y se nieguen a perder lo que llevan encima. —Me miró durante unos segundos—. No has dejado de sonreír desde que te he visto y creo que es una coraza que tienes. Esa sonrisa esconde mucho detrás y me lo acabarás contando con un perrito del Grey’s Papaya, un paseo por Broadway y tal vez un helado.
—¿Plan para un domingo por la tarde?
—Mejor plan para un jueves por la noche. Esta semana tengo… tenemos algo complicado en el equipo. El briefing de mañana va a ser muy interesante.
Preferí no preguntar nada más. Sabía que la policía nunca contaba nada de lo que no quisiera que te enterases. Media hora después me estaba abriendo la puerta delante del portal.
—Muchas gracias por todo, Ryan. De verdad. —Puse mi mano en su mejilla y le besé la otra—. Has sido muy amable.
—No hay nada que agradecer, ha sido un auténtico placer, Mariola.
Me acompañó hasta la puerta y se me acercó muy decidido. Pensé que me iba a besar y… y no me aparté. No desvié la cara ni me opuse a lo que pensaba que estaba a punto de hacer. Pero Ryan a escasos centímetros de mis labios, se apartó para besarme en la mejilla.
—Buenas noches, Mariola. Nos vemos el jueves.
Me quedé unos segundos mirando cómo se iba hasta el coche. Me di la vuelta y rebusqué en mi bolso las llaves de casa. Como siempre, lo llevaba con un millón de cosas innecesarias en aquel momento. Saqué la agenda, mi IPad y varias libretas hasta que encontré las llaves. Una vez dentro del portal se me cayeron todas las cosas al suelo, pero antes de que la puerta se cerrase, una mano me tapó fuertemente la boca y me empujó contra el hueco que dejaba la escalera cerca de los buzones. No podía ver quién me estaba aprisionando contra la pared, pero aquel olor me resultaba demasiado familiar. Su cuerpo era mucho más fuerte que el mío y no me dejaba casi respirar.
—Estás tan guapa como siempre, nena.
Me removí tratando de deshacerme de su mano, pero me fue imposible.
—Ni se te ocurra gritar o esto acabará peor de lo que quieres. —Sin duda era Jonathan. Era imposible olvidarme de su voz.
Giró mi cuerpo, sin dejar de presionar mi boca con su mano.
—¿Me prometes que no vas a gritar? —Se pasó la lengua por los labios y me resulto más asqueroso que nunca—. Se una buena chica y no grites.
¿Qué… —Tuve que controlar mi respiración entrecortada—. ¿Qué coño quieres de mí?
—¿Qué no quiero de ti? Quiero volver a sentir tus labios —pasó un dedo por mi boca y traté de mordérselo—. Me encanta que sigas siendo una fiera. Ya sabes lo que quiero. —Comenzó a pasar su mano por el escote de mi parte de arriba.
—Suéltame, por favor. —No quise levantar la voz.
—No. Querías saber qué era lo de hoy por mí, mañana por ti. Pues esto es a lo que me refería. Si tú me complaces, me olvidaré de todo y os dejaré en paz. —Metió su mano por debajo de mi falda e instintivamente cerré mis piernas.
—Eres un hijo de puta. —Le escupí en la cara.
—Conozco todos tus secretos, Mariola. Tendrás que darme algo muy jugoso a cambio. Mi silencio vale mucho, nena. Seguro que no quieres que el señor McArddle se entere de cómo fueron tus primeros años en esta ciudad.
—Me da igual. —Sonreí—. El señor McArddle, como tú le llamas, no es nada mío.
Jonathan desvió la mirada hacia la derecha, tapándome más la boca ya que escuchó algún ruido proveniente de las escalera. Parecía que alguien estaba bajando. La hija de una de las vecinas bajó con los cascos puestos y la música a tope. Bajaba con los ojos cerrados y se quedó en la primera escalera haciendo un solo de guitarra eléctrica. Se llevó la mano a la cabeza y volvió a subir las escaleras. Jonathan me empujó un poco más en la oscuridad. No quise hacer ruido para que no le hiciese daño a aquella chica.
—¿Y qué harías por proteger a tu querida sobrina? Por que no le pase nada un día que sale de sus clases de tenis. Nunca se sabe lo que le puede pasar. Los niños salen corriendo Hay accidentes todos los días. —Le pegué una patada en la entrepierna. Me soltó las manos e intenté pegarle, pero me agarró de la mano—. ¿Quieres jugar? Tienes todas las de perder, Mariola. Tu hermana y tu cuñado están en la ciudad. Suerte que a Sonia la has mandado lejos, porque sería de las que más fácil podría librarme. —Me agarró de la cara y trato de besarme en la boca. Su aliento era una mezcla de alcohol, tabaco y restos de comida—. Volveré a hacerte mía y me rogarás que te bese como solía hacerlo. Volverás a disfrutar entre mis brazos, tal y como nunca harás de nuevo con otro hombre.
—Tú no sabes hacer disfrutar, Jonathan. —Sabía que le pondría de los nervios hablando de su virilidad y hombría—. ¿Crees que me hacías disfrutar? —Solté una carcajada sabiendo que le dolería en su orgullo masculino—. No tienes ni idea de lo que hay hacer con una mujer.
Las venas de su cuello comenzaron a ser más notables, apretó los puños a ambos lados de su cuerpo y apretó su mandíbula. Negó con la cabeza y se le dibujó una temible sonrisa en la cara. Sin verlo venir, su mano acabó en mi cara, propinándome una bofetada que me hizo caer al suelo. Desde abajo vi cómo salía corriendo del portal y respiré de nuevo. La puerta se quedó abierta debido a mis cosas que estaban desperdigas por el suelo. Cerré los ojos e introduje la cabeza entre las piernas. Necesitaba recomponer mi respiración para subir al piso y que los chicos no se enterasen de lo que acababa de ocurrir.
—¡Mariola!
Escuché mi nombre y unos pasos rápidos dirigiéndose a mí. Levanté la vista y tenía a Ryan delante de mí con cara de preocupación.
—Mariola, ¿estás bien?
—Sí. —Me limpié las lágrimas y traté de sonreír.
—Se te ha caído el móvil en el coche. He visto que alguien salía corriendo y te… —Se agachó a mi lado y en sus manos tenía todas mis cosas—. ¿Qué ha pasado?
—De verdad —me costaba hablar—. No es nada.
—Vamos —tiró de mi mano—, ven aquí. —Me levantó y cogió en brazos. —No te preocupes, estás a salvo.
Me inspeccionó la cara y me tocó los labios. Debía tener algún tipo de corte en ellos, porque su tacto me escoció. Negó varias veces con la cabeza, se mordió los labios y llamó al ascensor.
—Puedes dejarme en el suelo, Ryan.
—No. Me vas a invitar a un café en tu casa y me vas a contar lo que ha pasado.
—No… —no me dejó terminar la frase.
—No trates de decirme que no es nada, Mariola.
—Vale.
Cuando entramos en casa, Mike ya estaba durmiendo con Andrea en su cuarto y Justin no estaba en casa. Lo agradecí mucho. No quería tener que seguir mintiéndoles, pero tampoco quería poner en peligro a nadie si le contaba a Ryan lo que estaba pasando.
Preparé dos cafés en la cafetera de Mike e invité a Ryan a acompañarme a la azotea.
—Bienvenido a mi pequeño gran paraíso en la ciudad. —Nos sentamos en unos cojines.
—Me gusta mucho tu paraíso.
Nos quedamos callados unos segundos. Supuse que Ryan esperaba que yo comenzase a hablar y yo estaba rezando para que a Ryan le atravesase momentáneamente un rayo y se olvidase de lo que había pasado.
—No puedo contarte mucho lo que está pasando, Ryan. Solamente es mi pasado que parece que ha vuelto para darme por culo. Primero ha tratado de joder la vida de Sonia, que ahora está internada en una clínica y ahora viene a… —miré el café—. Creo que me he pasado de azúcar en el café y me ha soltado la lengua.
—Mariola, yo te puedo ayudar.
—No quiero que la policía se involucre. Ni siquiera los chicos saben lo de la nota que me dejó ni los emails que me manda y no se van a enterar de la visita en el portal de esta noche. No quiero que se preocupen. —Apoyé la cabeza en la pared—. Ya han sufrido por Sonia y no quiero que esto les afecte más.
—¿Y de ti quién se preocupa?
—Yo.
—Mariola, tienes que aprender a dejar que las personas te ayuden. No te voy a forzar a nada, pero me gustaría ayudarte.
—Ya has hecho mucho por mí, Ryan. —Le acaricié la cara.
—Sabes que soy policía y no dejaré que esto quedé así, ¿verdad? —Puso su mano sobre la mía.
—Déjalo estar, Ryan. Yo me encargo de todo, de verdad.
Pasó su otra mano por mi mejilla, llegando a mi barbilla y dejé que me diese un suave beso en los labios. El contacto apenas duró dos segundos, quizás tres, pero no me aparté.
—Lo siento, Mariola. Sé que acabas de salir de tu relación con… —hizo un divertido gesto con los ojos que me hizo sonreír—, pero…
—No te preocupes, Ryan. Está bien.
¿Realmente estaba bien? ¿Estaba bien que Ryan me hubiese besado? Aunque tan solo durase varios segundos, cerré los ojos...

Título original: Somos casualidades. 
Trilogía: Mi tarea pendiente, 2. 
Primera edición: Vitoria-Gasteiz, 22 de mayo de 2017
Diseño de portada y contraportada: Shia W Design

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[1] Fotógrafo de la famosa fotografía V-J Day, en la que un marinero besa a una enfermera en Times Square durante la Segunda Guerra Mundial.
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