10 septiembre, 2017

SOMOS ETERNOS


Junio 2017. Romántica contemporánea. 

Sí, parece que había conseguido controlar mi vida, que por fin Nueva York era mi hogar y había encontrado el amor, pero aquella

A nuestra caótica historia se siguen sumando factores de riesgo que harán que nuestra vida se complique por momentos: el jodido psicópata, una cuñada odiosa y un tiburón sanguinario, se suman a la compleja ecuación.

Tendremos que luchar contra los obstáculos que aparecerán en nuestras vidas que harán que todo se tambalee definitivamente.

El famoso efecto mariposa del que tanto se habla, bate las alas encima de nuestras cabezas. 
¿Habrá un y fueron felices al final de nuestra imperfecta historia de amor?






AVISO: NO LEER MÁS SI NO HAS LEÍDO ANTES SOMOS INSTANTES Y SOMOS CASUALIDADES. CONTIENE SPOILER.


1. 
COMO SI NO ESTUVIESE ALLÍ

Solo quería que me quisiese, que no me mintiese ni me ocultase nada, pero no fue así. No necesitaba ni pretendía que me bajase la puta luna, ya me encargaba yo de volar todos los días para rozarla con la punta de mis dedos y sonreír por ello. Llevaba tantos años pensando que el amor no era para mí… pero al conocerle y pasar tiempo con él, pensé que aquello podría cambiar. Sí, parecía que lo había encontrado, y que juntos podríamos luchar contra todos los dragones del universo, pero Alex no fue capaz de levantar la espada por mí.
Quería que él fuese la excepción que confirmaba la regla, quería que fuese mi excepción, pero no fue posible.
—Bravo, Mariola. —Le pegué un trago al vodka que tenía en la mano—. Para que sigas aprendiendo… por si se te ha olvidado.
Todo el mundo decía que un desengaño amoroso es algo con lo que debías aprender a vivir y tenías que superarlo, porque llorar por algo que ya no era tuyo, era malgastar tu tiempo. Que debías superarlo y olvidarte del daño que te habían hecho lo antes posible para seguir con tu vida. Pero yo no era capaz de comprender cómo todo se había ido a la mierda de aquella manera. Y no, no podía olvidarlo y seguir adelante porque dolía, dolía tanto que las horas que pasé metida en aquel avión se hicieron interminables, fueron dolorosas y mi cabeza no dejó de dar vueltas a aquella maldita entrevista. ¿Tan solo había sido para él otra más con la que jugar?
—Una bonita piedra pulida, Mariola. —Apuré lo que quedaba en la quinta botellita de vodka que me había entregado la amable azafata después del espectáculo que había dado unas horas antes—. Y estás tan jodidamente enamorada de él, que no vas a ser capaz de cerrar este capítulo de tu vida de la forma que quisieras. Sigues creyendo que los imposibles se pueden convertir en posibles. Estúpida, estúpida, estúpida.
Me pegué golpecitos con la botella vacía en la cabeza, ante la atenta mirada de los pasajeros que no me quitaron ojo en todo el vuelo.
—Estamos a punto de aproximarnos a Barcelona. Me llevo todo —recogió con una sonrisa amable las botellas vacías—. ¿Necesita algo más? —Plegó la bandeja.
—Sacarme de la cabeza a un imbécil.
—Creo que con las botellas lo ha conseguido durante un rato. ¿Se encuentra mejor?
Se estaba refiriendo al ataque de pánico-ansiedad que me había dado en pleno vuelo y con el que la mitad del pasaje de primera clase había empezado a rezar.

***

Varias horas antes en medio del Océano Atlántico

Me levanté cuando llevábamos cuatro horas de vuelo. Aquella cabina en la que estaba metida de primera clase se me estaba haciendo cada vez más y más pequeña. Paseé por el avión mientras el resto de los pasajeros dormían. Me iba fijando en ellos: familias que viajaban en lo que suponía que serían sus vacaciones, hombres de negocios que trabajaban con sus portátiles…
Entré en el cuarto de baño del final de aquel pasillo. Necesitaba mojarme la cara o tal vez meter la cabeza debajo del grifo. Entré en aquel minúsculo habitáculo y cerré el pestillo. No necesitaba que nadie me molestase en los siguientes minutos. Me eché un poco de agua por la cara, ya que mi opción de meter la cabeza entera en el lavabo no era factible. Me mojé la cara, la nuca y las muñecas, estaba comenzando a marearme y a sentir la presión de la altitud a la que volábamos. Era como si el suelo tirase para debajo de todos mis órganos y mi cuerpo sintiese esa temida gravedad cero que tanto me mareaba.
Tenía las manos apoyadas en la pequeña encimera y los ojos cerrados, me aterraba mirarme en el espejo y ver lo que aquellas horas habían hecho en mi cara. Al levantar la vista y verme… comprendí por qué me habían mirado el resto de pasajeros cuando pasaban por mi lado para ir a sus asientos. Seguía teniendo restos negros de rímel por toda la cara y el labial, que hacía algunas horas era de un rojo intenso, solo era un manchurrón cerca de mi barbilla.
—No sé cómo no me han detenido en el aeropuerto.
Cogí unas toallitas que había en el baño, y tras mojarlas, retiré todos los restos de maquillaje de mi cara. Tenía los ojos cerrados, tenía miedo a enfrentarme al reflejo que me iba a devolver el espejo porque asustaba. Tenía los ojos hinchados de llorar, unas ojeras que se estaban oscureciendo por momentos, la nariz roja del roce de los pañuelos de papel y mis labios estaban agrietados. En el momento en que cerré los ojos y respiré profundamente en un intento vano de tranquilizarme, el avión comenzó a moverse con una serie de turbulencias que hicieron que mi cuerpo se pegase a la pared del baño y mis manos se aferrasen fuertemente al lavabo. Mi cabeza comenzó a sentir la presión de la pequeña caída del avión, mi estómago dio dos vueltas y estuve a punto de vomitar en aquel lavabo blanco. No fueron más de un par de minutos, pero a mí me pareció una eternidad.
—Respira, no te olvides de hacerlo. No te olvides.
Traté de tranquilizarme a mí misma, pero no fue posible. Mis manos temblaban aferradas al lavabo, sentía que el corazón se me iba a parar de un momento a otro… Un sudor frío me cruzó la espalda y las palpitaciones de mi corazón comenzaron a ser más inestables, como si estuviese a punto de pararse y hacerme caer al suelo. Aquellas paredes estaban empezando a estrecharse, mi garganta se estaba cerrando y mi cabeza estaba a punto de estallar. Me llevé una mano al pecho, sentía una presión terrible. Comenzó a faltarme el aire, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor, no era capaz de respirar con normalidad… Sentía como si no estuviese allí, como si aquel malestar no fuera conmigo, como si solamente estuviese siendo una espectadora desde el espejo.
De repente, como si no tuviese suficiente con mi ataque de pánico, las imágenes de la revista comenzaron a pasarse por mi cabeza terminando de noquearme. Me apoyé en la pared y me dejé caer resbalando por ella hasta el suelo. Metí la cabeza entre las piernas y cerré los ojos.
No sé si pasaron cinco minutos o media hora, pero alguien comenzó a golpear la puerta.
—¿Se encuentra bien? Debería volver a su asiento por su seguridad, estamos entrando en una zona de turbulencias. —No escuchó ninguna respuesta—. Voy a abrir.
Una de las azafatas abrió desde fuera y se arrodilló a mi lado.
¿Se encuentra bien, señorita? —Puso su mano en mi hombro.
—Lo siento, no quería molestar.
¿Puedo ayudar en algo? —Me ayudó a levantarme del suelo, mientras las piernas seguían temblándome.
—¿Tienes algo para hacerme olvidar a un gilipollas y hacer que mi corazón se vuelva a pegar?
—Me temo que no, pero puedo servirle alcohol. A mí eso me suele ayudar bastante.
Las piernas me flaquearon y me tuve que sentar en el pasillo. Aquella amable azafata se limitó a acariciarme el pelo y trató de tranquilizarme ayudándome a respirar.
—Todo saldrá bien. No sé cuál es tu historia, pero todo tiene solución. Si no era para ti, es mejor que se haya terminado.
—Hacerse adulto es una mierda.
—Lo es. —Esbozó una gran sonrisa—. Vamos al asiento y te llevo alguna bebida que te hará más llevadero el viaje.
Al volver a mi asiento, parecía que el resto del pasaje habían visto cómo una loca había gritado desde el baño (cosa que yo misma no recordaba) y me miraban como si fuese una presa a la que estaban a punto de esposar de manos y pies. Sí, sentí aquellas miradas de pena y miedo a mi paso.
—No te preocupes por ellos.

***

Debido a aquel incidente, la azafata me acompañó en Barcelona hasta la puerta de embarque del siguiente vuelo. Se despidió de mí con una amable sonrisa, mientras yo me tiraba en el suelo, poniendo el bolso a modo de almohada y me refugié detrás de mis gafas de sol. Tenía más de una hora hasta que la puerta de embarque abriese para poder sentarme en el asiento que me llevaría hasta Málaga.

Aquel vuelo también fue horroroso, pero no tenía demasiado claro si fue por las turbulencias o por la cantidad de alcohol que viajaba acompañándome.

A mi llegada a Málaga me monté en el primer taxi que se quedó libre y le di la dirección de Aitana en Nueva Andalucía, en Marbella. Era mi paraíso en el que nadie me iba a buscar, en el que Alex no podría encontrarme y donde Jonathan no tendría acceso a mí.
Cuarenta y cinco minutos después estaba delante de la casa de Aitana con mi bolsa en una mano y una botella de vino en la otra. Sí, había sido capaz de comprarla en el aeropuerto antes de coger el vuelo. Llamé por teléfono a Aitana, pero no me contestó a ninguna de las llamadas. Recordé dónde guardaba la copia de la llave cerca de la entrada. Me metí entre los arbustos que daban la bienvenida a aquella gran casa, rebusqué la piedra falsa en el jardín y no tardé más de dos minutos en dar con ella.
—Gracias, Aitana, por no cambiar las cosas.
Abrí la puerta y recé por que no estuviese conectada la alarma o no la pillase con algún tío entre las piernas en el salón. No, no había nadie y la alarma no saltó.
La casa era impresionante. Tenía una gran piscina que daba a la playa, que estaba situada justo delante de la casa, a menos de treinta metros. Un gran salón, habitaciones y un jardín en el que Aitana siempre daba unas fiestas increíbles.
Revisé la casa y volví a llamar a Aitana, pero tampoco contestó en aquella ocasión, así que dejé la bolsa en el salón, me deshice de mis zapatillas, cambié la botella de vino que llevaba en la mano por una de la nevera de Aitana y abrí la gran puerta que daba a la piscina.
—Dios, esto es el paraíso.
Serían las diez y media de la noche y se escuchaba el sonido de las olas rompiendo en la orilla y… nada más. No había claxon de coches ni gritos de conductores en un atasco… No se oía nada. Nada más que mis pensamientos, que sonaban más impertinentes con tanto silencio.
Yo te busco, en el mundo que me ahoga, que me abraza y que me olvida. En la prisa de la gente a la vuelta de la esquina…
Sí, lo mejor era acallar aquellas voces con algo de música y quién mejor que la más grande junto a la otra más grande. Rocío Jurado y Mónica Naranjo con “Punto de partida” eran las mejores para sacarme aquello de la cabeza… o para hacerme gritar a los cuatro vientos hasta quedarme sin voz lo que odiaba a Alex.
Y yo quisiera, encontrarnos cara a cara, retomar desde la herida. Atrevernos desde cero, sin reservas ni mentiras…
—Ni mentiras… —repetí las ultimas palabras de la canción—. Qué fácil hubiese sido todo. —Descorché la botella de vino, me deshice de mi ropa y me senté en el bordillo de la piscina mirando el horizonte en el que se juntaba el muro de separación de la casa con el mar—. “Y entregarse sin temores a la luz de un nuevo día…”
Le di un trago a la botella, bueno… uno, dos, tres y cuatro seguidos, hasta que terminé agitando la botella en mi mano mientras cantaba las canciones de Rocío Jurado a pleno pulmón.

—Chicas, os prometo que va a ser la mejor feria de Málaga de muchos años. —Nos bajamos de mi coche las cinco. Menos mal que las chicas decidieron no parar a comer nada antes de pasar por casa, porque tenía que enviar un par de emails con unos diseños que tenía en el ordenador en casa.
—¿Te has dejado la música puesta, Aitana?
Había luz en la casa y se escuchaba a Rocío Jurado a todo trapo dentro. O me estaban robando y la Jurado les alentaba… o es que la chica de la limpieza se había quedado hasta demasiado tarde aquel día.
Entramos sin hacer ruido y la luz que vimos por debajo de la puerta provenía de la piscina. Allí había alguien que estaba de pie, agitando una botella de vino en la mano y cantando a grito pelado “Muera el amor”.
—¿Pero qué coño…
No me lo podía creer, no daba crédito a lo que mis ojos estaban viendo. Tenía a Mariola borracha bailando y cantando por el borde de mi piscina… en pelotas.
—¿Esa es… Mariola? —Alba se acercó lentamente.
—Creo que sí. Y… ¿está en pelotas?
Lorena, Sandra, Inma, Alba y yo nos acercamos a la piscina sin hacer ruido.
—“Tú que me besas, que me pesas, que me abrazas, que me abrasas, que prometes, que me mientes y te quiero”.
—Sí, la muy guarra está borracha, bebiéndose un reserva en pelotas en mi piscina.
Nos quedamos observándola unos segundos, no se había dado cuenta de que su espectáculo tenía varias espectadoras. Se movía por el bordillo de la piscina gritando al cielo algunas palabras en inglés, entremezcladas con tacos en castellano. Estaba enfurecida con alguien.
—Bienvenida a la tierra de nuevo, Rocío Jurado.
Mariola se asustó al escuchar mi voz y se desestabilizó cayendo a la piscina sin soltar la botella de vino.

No solté en ningún momento la botella mientras caía al agua, ni siquiera estando debajo ni con los cinco litros que me tragué cuando quise respirar.
—¡Coño, que me ahogo!
Al levantar la vista tenía delante a mis amigas al completo, mirándome con unas caras que no tenían desperdicio.
—Te cuelas en mi casa, te bebes lo que desde aquí parece un reserva de Marqués de Riscal, te despelotas y acabas como una sirena sin cola en mi piscina.
—Pero no he derramado ni una sola gotita de tu vino. —Giré la botella vacía en el aire.
—No, para eso parece que has tenido tiempo, Mariola. —Alba estaba con una ceja levantada y sonriendo.
—¿Qué cojones haces aquí? ¿No se supone que estabas viviendo un amor americano en las alturas? —Inma continuaba negando con la cabeza.
—Amor en las alturas. —Repetí una a una sus palabras—. ¿Tal vez por eso la hostia haya sido tan grande? —Levanté la mano y la bajé golpeando fuertemente en el agua.
—Será mejor que salgas de la piscina antes de que mis vecinos se asomen a la ventana. —Aitana giró la cabeza y negó—. Tarde, mirón James ya parece haber descubierto todas y cada una de tus pecas y tatuajes.
Aitana me acercó una toalla para que saliese de la piscina ante la atenta mirada del resto.
—¿Vas a contarnos qué haces aquí?
—A mí me da igual, está aquí, chicas. —Sandra saltó a mis brazos para darme uno de sus achuchones que tanto echaba de menos—. Bienvenida a casa, cariño.
No hizo falta que le dijese nada, lo vio en mis ojos. Sintió que algo no estaba bien y que aquella visita sorpresa no era por gusto, era por pura necesidad.
—Ha sido por la entrevista que he visto al aterrizar. —Alba, como buena periodista, tenía contactos en medio mundo y parecía estar al tanto de todo.
—Parece que las noticias vuelan. —Entramos al salón y todas se sentaron a mi alrededor esperando a que empezase con la historia rocambolesca.
—Ya sabes lo que los medios pueden hacer. —Inma miró de reojo a Alba como regañándola a ella por algo que no era su culpa.
—Puede que sea el mayor imbécil de este mundo y lo que pasa es que nos ha estado engañando a todos con su cara de niño bueno y su cuerpo de adonis. —Lorena emitió una mezcla de gruñido y gemido.
—¿Por qué no me has dicho que venías? —Aitana se dio cuenta de que no la estaba mirando a los ojos—. No sabías dónde ibas cuando desapareciste del radar de los chicos. ¿Me equivoco? —No obtuvo ninguna respuesta—. Has cogido tu pasaporte, cuatro bragas y te has ido al aeropuerto a coger el primer vuelo que saliese a casa… sin avisar a nadie. ¿Me equivoco, Mariola? —Me agarró de la barbilla para que la mirase—. No, no lo hago.
—¿Qué ha pasado de verdad, Mariola? —Sandra siempre necesitaba tener todas las versiones posibles para posicionarse.
—Pues que me he engañado a mí misma. Quise creer en un nosotros que nunca existió. —Respiré profundamente y miré al cielo sonriendo—. ¿Os acordáis de vuestro primer amor? Ese que os hacía vibrar con una sonrisa, el que con solo miraros era capaz de darle la vuelta a un mal día… El que con solo rozarte, conseguía que todo tu cuerpo reaccionase a su tacto. Ese primer amor que está guardado en vuestro corazón por ser el que os dio vuestro primer beso de verdad, el que os hizo sentir únicas y tan especiales que no sois capaces de olvidar. —Bajé la mirada y todas estaban observándome fijamente—. Pues para mí Alex ha sido como mi primer gran amor, el de verdad, el que pensé que podría ser para siempre. —Las lágrimas amenazaron con salir de mis ojos—. Pero yo para él no he sido nada más que… que un… —abrí y cerré varias veces la boca sin encontrar la palabra exacta—. No he sido nada para él por lo que se ve.
—Es imbécil. —Sandra ya se había posicionado—. Si él para ti ha sido tan importante, pero no ha sido capaz de valorarlo… que le jodan. Así de claro. Que te deje en paz.
—Y eso que no ha leído la entrevista. —Alba negó con la cabeza—. Será mejor que no lo hagas, Sandra.
—No, es capaz de ir a Estados Unidos y reventarle la cara a Alex. —Agarré de las manos a Sandra.
—A la ducha, Mariola. Nosotras nos encargamos de pedir algo para cenar. —Aitana tiró de mi mano y recogió mi ropa del suelo, para acompañarme a la habitación de invitados, quedándonos las dos solas—. Me alegro mucho que estés aquí, aunque odie las circunstancias.
—Gracias por dejar que me cuele en tu casa.
—Siempre, cariño.
Me abrazó y rompí a llorar. Había intentado tragarme mis lagrimas delante de las chicas, pero fue imposible con Aitana. Ella sabía todo lo que había pasado con Jonathan en Nueva York y, por mi hermana María, sabía muchas más cosas de las que yo misma le había contado. Trató de consolarme con sus manos acariciando mi espalda y susurrándome que todo saldría bien. Nos tumbamos en la cama y no dejó de abrazarme en ningún momento.
—Descansa, Mariola, lo necesitas. Mañana cuando despiertes, ya hablaremos.
—Gracias, Aitana. —Cerré los ojos y casi no podía articular más palabras.
—Te quiero. Descansa.
—Te qui… e…r…
Me dio un beso y, tras taparme con las sábanas, salió de la habitación y escuché unos susurros fuera. Después no se escuchó nada más que las olas rompiendo en la orilla.

Me desperté al día siguiente y no sabía muy bien si estaba en un sueño o la realidad era aquella habitación blanca con cortinas azules. No me moví en unos segundos, mientras mis ojos se hacían a la claridad que entraba por la ventana. En la mesita de noche de madera blanca que tenía al lado, un reloj me avisó de que había dormido más de quince horas. Eran más de las seis de la tarde y mi cuerpo no quería reaccionar. No quería levantarme de aquella cama y enfrentarme a las chicas. No quería tener que recordar lo que Alex había soltado en aquella entrevista.
Cerré unos segundos los ojos.

Al volver a abrirlos eran más de las siete de la tarde. Sí que me había pegado fuerte el puñetero jet-lag. No escuché ningún ruido en la casa y supuse que Aitana estaría trabajando en el taller. Ni siquiera sabía a ciencia cierta el día de la semana que era.
Puse los pies en el suelo de mármol y agité los dedos desentumeciéndolos, estiré los brazos y miré al techo, fijándome en aquellas molduras tan bonitas que tenía encima. La casa de Aitana era de revista, pero de las revistas de decoración que me gustaba leer, con gusto y mucho estilo.
Rebusqué en la bolsa y encontré una camiseta larga de tirantes que me puse sin pensármelo mucho. Encontré un culotte, no era cuestión de volver a enseñarles todo a los vecinos.
—¿Ayer me quedé en pelotas en la piscina?
Me froté la frente tratando de recordar bien las ultimas veinticuatro horas.
Al salir al salón me encontré una nota de Aitana pegada en la nevera avisándome de que volvería tarde y que las chicas estarían en alguna de las camas de Nikki Beach, con una botella de vodka congelado y algún chulazo alrededor. Sonreí al imaginarlas allí con sus gafas de sol, el vodka en una mano y la lengua rápida poniéndose al día con sus vidas. Era una opción: vestirme con algo que le robase a Aitana de su armario y acercarme. Seguí leyendo la nota y Aitana, que me conocía muy bien, me dijo que en la nevera me había dejado sushi recién hecho y todo lo necesario para hacerme un buen mojito.
—Tú sí que me conoces, Aitana.
Abrí la nevera y saqué todo para preparar una gran jarra de mojito. Y tan grande, podría haber celebrado el día de nacional mojitero yo solita. Me senté en una de las tumbonas de la piscina con el sushi entre las piernas y la jarra de mojito en la mesita de al lado. Me puse las gafas de sol y miré al horizonte. Se oían las risas de personas jugando en la playa y algo de música del vecino de al lado. Había decidido castigarme por mis gritos de la noche anterior con “Here I go again” de Whitesnake. Aquello debió pensar él, que iba a castigarme, pero cuando mi voz se unió a la de David Coverdale[1]… tuvo que deducir que no lo había conseguido.
—¿Eres tú la misma que ayer le hacía los coros a la Jurado? —Una cabeza se asomó por el muro de mi derecha.
—Puede ser, pero también le puedo hacer los coros a David.
—Ya… ya veo. —Se fijó en la jarra de mojito—. Buena comida has elegido.
—Lo que tenía Aitana en la nevera.
Sin saber cómo, terminé abriéndole la puerta al vecino y poniéndole un vaso para compartir mi jarra de mojito.
Empezamos a hablar de las bandas de rock de los ochenta y terminó invitándome a una fiesta que había aquella noche en un garito de la zona.
¿De fiesta privada? —Aitana apareció en la piscina sonriendo—. Veo que ya conoces a mi preciosa amiga soltera. —Aitana me besó sin dejar de mirar a su vecino.
—Lo de preciosa ya me había dado cuenta, pero lo de soltera… —me miró entrecerrando los ojos—. Entonces el concierto va a ser mucho más interesante.
—Para el carro, muchachote. —Me levanté para hacer más mojito.
—¿Concierto?
—Sí, esta noche en Estepona, en el Louie Louie.
—¿Nos vamos de concierto? —Aitana lo dijo más alto para que pudiese escucharlo desde la cocina.
—Eso parece. No ha puesto ningún tipo de resistencia a mi invitación.
—Vale, Colin. Pero no pienses que vas a intentar nada con ella, no necesita otro rompecorazones en su vida. Ni para un buen polvo ni para nada por el estilo.
Al salir con una jarra nueva bien llena, Aitana y Colin me miraron fijamente.
—Ni aunque se te ponga en plan quiero ser el limón de tu tequila… —Aitana miró fijamente a Colin y pilló el mensaje a la primera.
—Nos vemos allí sobre las once. —Colin nos guiñó un ojo y salió de la casa.
—¿Haciendo amigos nuevos?
—No te creas. Es que ayer fue testigo de mi concierto de la Jurado y… bueno… me ha hecho compañía.
Aitana se sentó a mi lado sin decir nada. Sabía que tenía mil preguntas rondándole la cabeza, pero no sabía si yo estaba preparada para darle respuestas.
—Prometo responderte a todo, pero lo hacemos mañana. Necesito despejarme, saltar como una loca en el concierto, beber tequila del malo, agitar la cabeza y menear el culo al son de Mötley Crüe, de Poison o de cualquiera que en los ochenta tuviese melena.
—Creo que a las chicas les va a encantar el plan. No es la música que suelen escuchar, pero seguro que se divierten.
Nos quedamos unos segundos en silencio mientras brindábamos y nos mirábamos. Echaba mucho de menos aquella sensación que tenía con Aitana o con las chicas, con solo mirarnos sabíamos perfectamente lo que necesitábamos: un abrazo, dos hostias, tres cervezas o cuatro polvos.
Cuando les propusimos el plan a las chicas, primero se miraron extrañadas, pero poco después accedieron a meterse en aquella sala para que yo me despejase.
—¿Música de guitarreo terrible? —Alba era más de cantautores llenos de penas y corazones rotos.
—Sí… y de melenas largas moviéndose sin control. De cuernos y lenguas… —Lorena comenzó a agitar el pelo a su lado sabiendo que le molestaría.
—Espero que la noche merezca la pena y podamos sacarle una sonrisa a Mariola.
—Os estoy oyendo. No voy a tumbarme al sol y dejarme morir. Ser débil no es una opción, no para mí. Tal vez lo nuestro no estaba escrito en las estrellas. Las grandes historias de amor tienen un inicio, y algunas de ellas, tienen final. Pero no por ello voy a perder la cabeza por un tío que no ha apreciado mi sinceridad, un tío al que se la peló que me abriese a él. —Me movía por el salón ante la atenta mirada de todas—. Así que no se os ocurra mirarme con pena como si fuese el gato de Shrek mirando con esos ojazos enormes. Estoy bien —me metí en la habitación— o lo estaré en unos días. Solo necesito tumbarme al sol, disfrutar de no hacer nada y estar con vosotras.
Oí susurros en el salón, pero no quise hacer caso. Al igual que Aitana, todas tenían demasiadas preguntas. Sabía a la perfección que aquella noche, con tres copas de más, me harían un quinto grado en toda regla.
Antes de meterme a la ducha, revisé el armario de Aitana y le robé una falda negra con un poco de vuelo. Sería el look perfecto con mi camiseta de los Ramones trillada y las zapatillas, ya que pretendía saltar como si no hubiese un mañana posible.
—Vamos, Mariola. —Inma gritó desde la puerta—. El taxi ya ha llegado.
—Voy. —Salí corriendo con las zapatillas, el móvil y el bolso en las manos.
—Al menos lleva puesta la ropa. —Lorena me guiñó un ojo desde el taxi.
—Al taxista seguro que le habrías alegrado la noche.
—Muy graciosas. Yo que iba a invitaros a cenar esta noche… —me metí en el taxi—. ¿Sigue 11&11 en Estepona?
—Sí, sigue en el puerto.
—Vale. —Me metí entre los asientos de la furgoneta para hablar con el taxista—. ¿Puede llevarnos hasta allí?
—Se te ve el culo con esa falda, Mariola. —Alba tiró de ella para abajo.
—Pues suerte tendrán en el concierto viéndome saltar. —Me senté a su lado—. Disfruta un poco, que te veo demasiado preocupada, preciosa.
Me miraba con una mezcla de pena y preocupación. No sabía si era por todo lo que sabía que Alex había contado en la entrevista o por que había más y no me lo quería decir.
—¿Todo bien, Alba?
—Sí, el curro está un poco rarunillo, pero todo va bien. —Desvió su mirada—. No quiero preocuparos con mis tonterías.
—Pues genial, ¿no? Tú no quieres aburrirnos con tus tonterías, pero pretendes que yo te cuente mi periplo por las Américas. Nada de lo tuyo es una tontería.
—Mañana nos tomamos un brunch de esos que seguro que te metes entre pecho y espalda en alguna azotea de Nueva York y hablamos.
—¿Crees que soy Blair Waldorf[2]?
—Venga, que ya nos mandó María fotos de hace unas semanas. No serás tan estirada como ella, pero sí que haces cosas de neoyorkina de pura cepa. Ya eres una de ellos, pero sin perder un ápice de tu esencia. —Alba me agarró de la mano y la apretó fuertemente—. ¿Alguien sabe que estás aquí?
—No. No he encendido el teléfono desde que salí de Nueva York. Bueno, ayer en la enajenación del momento de la piscina, creo que revisé mi buzón de voz y estaba lleno, pero puse el modo avión. —Lo levanté en el aire—. Quiero sacar muchas fotos esta noche, pero no tengo ganas de conectar con el mundo de nuevo… con mi mundo. —Alcé ambas cejas.
—Sigamos en nuestro mundo, en el pequeño paraíso que tenemos aquí las cinco. —Aitana se movió a nuestro lado.
—Esta noche va a ser muy interesante. —Sandra sonrió y me temí lo peor—. Unos amigos me han dicho que van al concierto, así que puede que no se nos dé tan mal la noche.

Mientras cenamos, Aitana nos contó sus planes para la Feria. Tenía que terminar varios trajes de gitana para unas clientas importantes, así que estaría muy ocupada aquella semana.
—Pero os aseguro que va a ser la mejor Feria de todas.
—Claro que sí. —Lorena levantó una copa en la mano—. Por nosotras, por estos años que hemos seguido conectadas aunque nos separen miles de kilómetros. Por la amistad de la buena, de la que te despierta a las tres de la mañana para sacarte de la cama y volar a Roma. De la que no duda en recorrer mil kilómetros porque te ha dejado tu último novio. De la que aparece en pelotas cantando a la más grande. —Fue recordando momentos con cada una de nosotras—. Por mis hermanas locas, perfectamente imperfectas y luchadoras. —Brindamos junto a ella.
—Joder, Lore —Inma negó con la cabeza—, cada vez hablas mejor, cómo se nota que eres una representante que vale lo que cobra.
—Gracias, Macu. La siguiente factura te la paso con un descuentito. —Le hizo un gesto de pistolas con los dedos.
—Voy un momento al baño, chicas.
—¿Estás bien? —Aitana me agarró de la mano.
—Sí, pero los mojitos hacen estragos en mi vejiga.
En el baño había un par de chicas delante de mí, así que cogí el móvil por instinto para revisar emails, pero me quedé observándolo detenidamente. Aquel era el móvil que me había entregado Dwayne unas semanas antes.
—Es imposible.
Me contesté a lo que se me estaba pasando por la cabeza. Era imposible que pudiesen rastrear dónde estaba, ni siquiera Jonathan podría hacerlo. Estuve tentada de quitar aquel avión que tenía en la pantalla y avisar a los chicos, pero cuando iba a hacerlo, el baño se quedó libre. Olvidé aquello durante el resto de la noche.
Cuando llegamos al local donde se celebraba el concierto, y vimos la fauna y flora que nos habíamos congregado allí, me empecé a reír.
—Va a ser una noche muy divertida. —Di un par de saltitos delante de Alba con Aitana de la mano.
—Sí, veo que mañana nos dolerá la cabeza de tanto agitarla. —Lorena movió la cabeza pegando con su larga melena en la cara de Inma.
—Miedo me dais. —Sandra negaba continuamente con la cabeza.
—Una ronda de chupitos, unas cervezas y comienza la fiesta. Colin está allí con sus amigos y, Mariola, no te quita ojo de encima.
—Eso será porque se me está viendo el culo con tu falda o las tetas con la camiseta. —Meneé el pecho unos segundos.
—No hagas eso o partirás el cuello de varios rockeros que nos están mirando.
Sonreí con aquella frase, no por que me lo tuviese creído, si no porque me recordó a algo que me dijo Alex la noche en que nos conocimos en la fiesta. Suspiré y me quité aquel recuerdo de la cabeza con varios meneos. No iba a permitirle estar allí dentro aquella noche.
—Chupitosssssssssssssssssssssss.
Lorena ya estaba en la barra con seis chupitos a su lado y seis cervezas. Sí, la noche prometía… y mucho.
El concierto comenzó con “Girls, Girls, Girls” de Mötley Crüe. Las cinco comenzamos a cantar y bailar alrededor de Alba, que tras muchos quejidos, se acabó uniendo a nosotras. Sí, llamábamos la atención en aquel concierto, no éramos las típicas chicas a las que supuestamente podían gustarles el rock de los ochenta, pero aquello era lo divertido.
—Venga, Alba, ser normal está sobrevalorado. —Le di un beso y me metí en un grupo de personas que estaban saltando en medio del local.
Pasaron las canciones, los chupitos, las cervezas, los submarinos[3], las risas y las fotos.
—Me he quedado sin batería. —Aitana agitaba su móvil en la mano.
—Yo la tengo a tope. —Activé la pantalla, y tras varios intentos, conseguí poner la cámara.
Sacamos varias fotografías, que seguramente estarían movidas o con media cabeza cortada, y escuché algunos pitidos, pero no hice caso, prefería seguir cantando y bailando.

Dos horas después, cuando el concierto estaba en su máximo apogeo, comencé a sentir todo el alcohol recorriéndome el cuerpo. No dije nada y salí un momento a la calle para respirar. Me apoyé en una pared cercana mientras la gente pasaba por mi lado cantando. Cerré los ojos y sentí cómo toda la presión que había tratado de obviar comenzaba a caer sobre mí. Las palabras de aquella maldita entrevista pasaron por mi cabeza.
—¿Por qué lo hiciste, Alex?
Negué varias veces con la cabeza tratando de olvidarme de sus palabras, de sus mentiras y de toda la mierda que aquella revista sacó a la luz.
—Hola, preciosa. —Colin se acercó a mí con dos cervezas y me entregó una.
—Gracias. —Choqué el cuello de la botella con la suya.
—El concierto es dentro. —Levantó una ceja—. Se te echa de menos.
Observé detenidamente a Colin. Era bastante más alto que yo, rozaría el metro noventa, rubio con ojos azules, una mandíbula marcada y… no pasaba desapercibido, pero no estaba en aquel momento para comerme a un bombón escocés, no era mi tipo.
Charlé con él unos minutos y noté una mirada clavada en mí. Disimuladamente busqué aquellos ojos que me estaban escaneando, pero no encontré a nadie a nuestro alrededor que fuese sospechoso. Recordé las palabras del equipo de seguridad: «si algo te hace sospechar, puede ser algo peligroso».
—A la mierda.
—¿Perdona? —Colin me miró sin saber a qué me refería.
—Perdón, estaba mandando callar a mi cabeza. ¿Volvemos dentro?
—Sin duda alguna. —Pasó su mano por mi cintura y rozó por unos segundos mi piel con sus dedos y… Nada, no sentí nada.
En el interior las chicas estaban rodeadas por los amigos de Colin y se estaba divirtiendo mucho. “Talk dirty to me” de Poison estaba sonando y me dejé llevar. Agarré de la mano a Colin y me puse a bailar con él. No tenía ninguna intención oculta, solo me quería divertir.
Sabes que nunca te he visto tan bien. Nunca actúas de la manera que deberías, pero me gusta y sé que a ti también te gusta…
Noté de nuevo unos ojos taladrándome la nuca, pero no hice caso, me dediqué a bailar y cantar aquella canción que tan buen rollo daba.
Cierra la puerta y… nena, háblame sucio.
Colin se unió a mis berridos y gritos rockeros. Cuando llegó uno de los punteos de guitarra me di la vuelta saltando y al fondo de aquella sala, en una esquina con los brazos cruzados, estaba el dueño de aquellos ojos que me habían estado observando. Estaba en la zona más oscura, pero el gesto de sus labios y aquella pose… Cerré los ojos unos segundos, deseando que aquella imagen fuera debido a los chupitos. Conté hasta diez y abrí uno de los ojos lentamente, mientras me separaba de Colin y…
—Vale, Mariola, puede que sea hora de dejar de beber.
Me di la vuelta sonriendo y negando con la cabeza, cuando me choqué contra alguien.
—Perdón.
Pero al levantar la vista…
—¿Qué coño haces aquí? —Le pegué un empujón.
—Creo que lo de háblame sucio no va por este camino, Mariola.
Ryan estaba delante de mí y no dejaba de mirarme, mientras sus brazos continuaban cruzados. Se suponía que estaba en Colombia perdido en alguna ciudad recóndita.
—¿Qué haces aquí, Ryan?
No dijo nada, me agarró de la cintura, me sacó del local y nos alejamos unos metros de la puerta que estaba abarrotada de gente fumando.
—¿Cómo se te ocurre desparecer sin decir a dónde vas en tu situación? Has mantenido en vilo a muchas personas estos días. —Estaba enfadado—. No puedes irte sin decir nada, coger tu pasaporte y —agitó los dedos en el aire— desaparecer.
—¿Cómo… no lo…
No podía articular más de dos palabras seguidas debido a la cara de Ryan, pero unos segundos después, comenzó a sonreírme y me abrazó.
—Me alegro mucho de que estés bien. —Se acercó a mi mejilla—. Te he echado de menos.
Dejó sus labios sobre mi mejilla, tan cerca de la boca, que me quemó por dentro. Con Ryan sí que hubiese sido fácil dejarme llevar.
Me lancé a sus brazos y le abracé fuertemente. Me alegraba mucho de verle, no nos habíamos podido despedir en persona cuando se fue a su misión en Colombia.
—¿Cómo me has encontrado?
—Mike me llamó muy preocupado y, bueno, no te va a gustar. Hemos localizado tu teléfono…
—¿Me habéis espiado?
—Sí, Dwayne me…
—¿Perdona? —No le dejé terminar—. ¿El mismo Dwayne que trabaja para Alex te ha ayudado? No me lo puedo creer. Espiar en este país es delito.
—Sí, pero yo soy americano y estaba preocupado.
—¿Con eso ya me tengo que tranquilizar? Joder, que eso es ilegal.
—Haría un millón de cosas ilegales para mantenerte a salvo.
Volvió a abrazarme fuertemente, para que no me pudiese separar de él. Sus brazos recorrían mi espalda, acariciándola lentamente y solté todo el aire que tenía retenido en mis pulmones.
—¿Alguien más sabe que estoy aquí?
—No, no se lo he contado a nadie más. En cuánto me dieron tu posición, cogí un vuelo. Esta noche me ha costado bastante encontrarte porque tu teléfono seguía apagado hasta hace un rato.
—No sé qué me da más miedo, si los favores que has tenido que pedir o que alguien más pueda hacer lo mismo.
—No te preocupes por Jonathan. Yo he tirado de mis contactos y ahora debo muchos favores. —Su mano se entrelazó con la mía—. ¿Estás bien?
—Supongo.
—¿Me invitas a una cerveza y me lo cuentas?
—Te invito a esa cerveza. —Tiré de su mano—. Mis amigas van a estar encantadas de conocerte.
Entramos en el local y el concierto estaba a punto de finalizar. Las chicas estaban desperdigadas. Lorena e Inma estaban bailando con un par de chicos, Alba y Sandra charlaban sentadas en una mesa y Aitana estaba ligando descaradamente con el camarero buenorro al que había echado el ojo nada más llegar.
—Vamos a cerrar con una canción que adoramos. Sabemos que no puede gustar a todo el mundo, pero es muy especial para nosotros. —Hizo una señal al guitarra y se sentaron en el escenario—. Gracias por hacernos disfrutar tanto y feliz vida, rockeros.
No había soltado la mano de Ryan en ningún momento, y cuando empecé a escuchar las primeras notas de guitarra de “More than words” de Extreme, no me lo pensé.
—¿Cerveza y baile? —Invité a Ryan.
—Ya sabes que contigo siempre, Mariola.
…te quiero, no son las palabras que quiero escuchar de ti. No es que no quiera que lo digas...
Enterré mi cabeza en el cuello de Ryan y cerré los ojos. Hubiese sido tan fácil haberlo intentado con él, haber dado una oportunidad a lo nuestro, haber sido más lista que mi corazón, pero en el corazón mi cabeza no podía mandar. Sí, Ryan me había tratado muy bien y hubiese sido fácil dejarme llevar, dar de lado mis sentimientos por Alex y…
Todo lo que tienes que hacer es cerrar los ojos, extender tus manos y acariciarme… Nunca me dejes ir.
Me separé de él y al mirarle, me regaló una de sus preciosas sonrisas, de las sinceras, de las que siempre me había dedicado. Negué con la cabeza un par de veces, entrecerré los ojos, le agarré de la mejilla y le besé. Sí, mis labios se pegaron a los suyos y no me sentí culpable por hacerlo, pero Ryan se separó agarrándome de las mejillas.
—Mariola, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
—No nos despedimos en condiciones, Ryan. Te fuiste sin decirme adiós.
—¿Te estás despidiendo de mí? —Sus manos apretaron un poco más mis mejillas.
—No.
Mientras terminaba la canción, y a nuestro alrededor coreaban las ultimas palabras de la misma, Ryan y yo nos miramos sin decir nada.
Hubiese sido tan fácil...


Título original: Somos eternos.
Trilogía: Mi tarea pendiente, 3. 
Primera edición: Vitoria, 19 junio de 2017
Diseño de portada y contraportada: Shia W Design

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Copyright © 2017 Marta Lobo
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[1] Cantante de Whitesnake. 
[2] Uno de los personajes principales de la serie de libros  Gossip Girl. 
[3] Bebida alcohólica a base de cerveza y un chupito. En una pinta (586ml) se introduce un chupito de whisky y se bebe antes de que se desborde.

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