15 marzo, 2018

CUANDO NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR

Marzo 2018. Romántica contemporánea
La romántica más macarra está de vuelta

Vika es patosa, descarada, irónica, algo bocazas, pero siempre está de buen humor. Ailean es metódico, algo cínico y siempre está cuestionando a todo el mundo. 

Vika cree que él no tiene ni idea de cómo vivir. Ailean cree que ella basa su vida en vestidos de marca, zapatos de suelas rojas y frases positivas pegadas en un tablón lleno de cosas superficiales. 

Ella no se ha enamorado jamás y él ya no cree en el amor. 

Una fiesta, una confesión, una tormenta, un viaje exprés y unas horas muy gatas, harán que estos dos polos opuestos empiecen a sentir una atracción más que irrefrenable. 

Vika es la pelirroja que nunca debería haberse cruzado en la vida de Ailean o… ¿tal vez sí?

"Por ser lo que creía que no necesitaba,

por ser lo que sabía que no encontraría
y por ser tan jodidamente especial”.

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Título original: Cuando nos volvamos a encontrar.
Primera edición: Vitoria, 19 junio de 2017
Diseño de portada y contraportada: Marta Lobo

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Copyright © 2018 Marta Lobo
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Londres, Southbank Centre
31 de diciembre 2016
23:55
No tengo ni idea de cómo he sido capaz de llegar hasta aquí a estas horas y subida a estos tacones de vértigo de Balmain. La verdad es que luchar contra esta marabunta de personas que año tras año nos concentramos aquí para recibir el año nuevo, es casi una misión imposible, pero les he prometido a las chicas que estaría aquí con ellas y lo he cumplido. Aunque creo que por el camino he perdido parte de mi dignidad al subirme al muro del río, enseñando así el culo a la mitad de los espectadores. Digo parte, porque el resto de mi dignidad se perdió hace bastantes años.
—Parece que te has pegado con alguien, Vika.
—No me toques las narices —miro a Eve a través de la maraña que ha formado mi pelo—. Intentar cruzar eso —señalo a las personas que están esperando la cuenta atrás a nuestro lado— sin despeinarte, es casi imposible.
—No habrás enseñado esta vez las tetas, ¿no?
Eve está haciendo alusión a la vez que utilicé esta táctica cuando el taxista que nos llevaba al aeropuerto decidió coger un atajo, según él, tomándonos por unas inexpertas turistas y nos metió de lleno en el centro de Londres en hora punta.
—No, pero casi. —Me paso las manos por el pelo tratando de adecentarlo un poco.
—Chicas.
Jess nos entrega unos vasos pequeños y del escote se saca una petaca en la que supongo que ha metido algún tipo de brebaje de los que suele hacer ella.
—Comienza la cuenta atrás.
Todas miramos atentamente hacia el Big Ben en el que en unos segundos comenzarán a verse los fuegos artificiales.
—Tres, dos, uno…
El cielo comienza a teñirse de colores brillantes y nosotras nos abrazamos celebrando esta tradición.
Nos conocemos desde hace muchos años, más de los que seremos capaces de reconocer en público. A Jess la conocí en el colegio en Edimburgo. Sí, soy una escocesa típica, o al menos eso es lo que me suelen decir en cuanto me oyen hablar, reconocen que mi acento no es el inglés de Londres y mi melena pelirroja ondea salvaje al viento. No sé si piensan que soy como Mérida, la protagonista de Brave y que mi familia va vestida con faldas de cuadros. Me matan cada vez que nombran a nuestro kilt de esta manera. Creo que en esos momentos sí que soy muy como la protagonista y me encantaría coger el arco y ponerme a disparar flechas. El kilt es un traje tradicional escocés, no una simple falda de cuadros que se ponen los tíos para llevar los huevos frescos. Y no me cansaré de corregir a todos los que se atrevan a profanar un kilt. Como podéis ver, estoy muy orgullosa de nuestras tradiciones, de ser escocesa y del whisky.
A lo que voy, que se me va la lengua y os explico hasta el momento en el que Jess y yo nos hicimos íntimas mientras compartíamos el mismo novio con seis años en el colegio. Otra vez. «Vika, al lío».
A Jess la conozco desde hace más de treinta años y a Eve, nuestra neoyorkina más chic, la conocimos hace seis años en un viaje a Malta. Fue la noche que nos colamos en la piscina del hotel en el que estábamos alojadas en Sliema y nos la encontramos aferrada a un par de botellas de vino, gritando al cielo un millón de insultos. Su novio acababa de dejarla tirada en aquel hotel sin ropa, cartera, pasaporte ni dinero, aunque llamarle novio era demasiado. Fue un ligue de vacaciones al que le estuvo pagando los viajes hasta que llegaron a Malta y él decidió robarle todo lo que tenía encima. Fue una noche muy larga y en la que decidimos que no íbamos a dejarla allí a su suerte. Movimos los pocos contactos que teníamos para ayudarla. Después de varias horas tratando de contactar con la embajada americana, conseguimos que atendiesen a tres locas borrachas. Allí comenzó una amistad que ha superado ex novios, familias complicadas, ex maridos y ligues que han salido ranas.




—Feliz año nuevo, preciosuras. Por muchos años más. —Les doy un beso a cada una.
—Por qué el año que viene podamos estar de nuevo aquí.
—¿Dónde vamos a estar mejor? —Jess nos guiña un ojo.
—Tal vez un año nos liemos la manta a la cabeza, cojamos un vuelo de última hora y empecemos el año en un lugar en el que no se nos congela el culo a cada campanada. —Me estiro el vestido unos centímetros.
—Es que, Vika, cada año eliges un modelito mucho más corto que el anterior. —Jess frunce los labios reprobando la largura de mi precioso vestido.
—Es lo que me ha dado Michelle este año. —Me abro el abrigo para enseñarles la belleza que llevo puesta—. Es un Balmain a juego con las sandalias tan divinas de su última colección, que aún no ha salido a la venta.
—Si te vieran tus hermanos…
Me empiezo a reír imaginándome sus caras.
—Si me vieran —niego con la cabeza un par de veces— me dirían que jamás se hubiesen imaginado verme de esta guisa. De pequeña era más de llevar dos coletas mal hechas, unas botas de plástico de lunares de colores y un chubasquero amarillo.
—Madre mía —Jess se lleva la mano a la boca—, recuerdo que casi dormías con aquellas botas.
—Las adoraba.
Recuerdo lo feliz que era con aquellas botas y con las expediciones que organizaba sola al bosque para buscar flores raras. Mis hermanos son más mayores que yo, quitando a Grant que es mi mellizo, pero el resto siempre pasaban de nosotros cuando salían de casa. Ellos siempre nos decían que éramos un estorbo. Además, yo soy la única chica de cinco hermanos, así que tenían la excusa perfecta diciéndome que no iban a hacerse cargo de una princesita llorona.
—Vika, deja de recordar tus tiempos de juventud y responde la llamada.
Ni siquiera he escuchado mi móvil. Al mirar el nombre en la pantalla, sonrío. Es Kike.
—Feliz año nuevo, guapo.
—Feliz año nuevo, preciosa.
Kike es mi ex marido. Nos conocimos hace más de doce años. Él era mi vecino en el piso que alquilé en Madrid, al que le pedía sal, una cerveza fría o un polvo a las tres de la mañana. Nos casamos hace once años, pero lo nuestro no funcionó. Nos llevamos muy bien, seguimos teniendo esa química explosiva de siempre, pero no nos queremos como una pareja. A ver, nos queremos, pero hay veces que de querer a alguien como una pareja, a quererle como a un buen amigo hay una línea muy estrecha y nosotros la sobrepasamos. Somos buenos amigos, mejores amantes, pero las peores personas para estar casadas.
—Dime qué estáis viendo los fuegos en Southbank.
—Aquí estamos las tres. Podías haber venido este año.
—Imposible, mañana tenemos partido y creo que será el último en este equipo.
Kike es futbolista profesional. Cuando le conocí jugaba en el Atlético de Madrid, un equipo del que había oído escuchar en la universidad, pero que no conocía demasiado bien, cosa que solucionó Kike a las dos semanas de conocernos. Decidió que era buena idea invitarnos a mis compañeros de piso y a mí a ver un partido contra el Real Madrid. Fue la mejor idea que pudo tener. Me lo pasé como una enana y disfruté de cada grito, de cada gol, de cada falta y de cada jugador que corría por la banda calentando. Desde aquel día me convertí en una india. Mis hermanos siguen sin comprender a día de hoy cómo me he convertido en una aficionada tan salvaje del fútbol en general y del español en particular. Ellos son más de rugby y no entienden cómo me he vendido, como dicen ellos, a un deporte tan poco escocés. Que sea poco escocés es solo cosa de los hermanos Burnett, que quede claro.
—¿Último partido?
—Sí, mi agente está ultimando los detalles para un nuevo equipo. Me vas a tener más cerca para pedirme sal para tus margaritas. —La voz de Kike sigue siendo muy sexy.
—¿Cómo de cerca?
—En Manchester.
—¿En serio? —Me llevo una mano a la boca sorprendida.
A ver, cómo explicar todo lo nuestro siendo realmente sincera. Cuando estábamos casados la relación era perfecta, pero como ya os he dicho, nos teníamos mucho cariño y solo de eso no vive una pareja. La atracción sigue estando, pero tratamos de no hacernos daño. Sabemos que lo nuestro nunca podrá volver a ser aquel “amor” que sentimos cuando nos conocimos. Sigo pensando que el calentón me duró demasiado, tanto como para casarme con él.
—Bueno, habrá que darte una bienvenida a la ciudad.
—Miedo me das, Vika.
—¿Cuándo vienes?
—Pues creo que en dos semanas estaré por allí. Mi agente ya me ha buscado una casa en Manchester. Tal vez, si tu trabajo te lo permite, podrías escaparte unos días para darle el visto bueno. —Emite un ronroneo con su garganta.
—¿Tu nueva novia viene contigo?
—No, muy a mi pesar, lo nuestro no ha funcionado.
—Kike, Roma no se construyó en un día y esa chica estaba más pendiente de tus compañeros de equipo que de ti. A ver si sientas la cabeza y me presentas un día a la futura madre de tus hijos. —Me apoyo en un banco cercano mientras veo cómo todos siguen pendientes de los fuegos artificiales.
—¿Y tú cuando me vas a presentar al hombre de tu vida?
—Cuando conozca uno que me quite la respiración y que sea capaz de devolvérmela con una sonrisa, que me aguante hasta en mis días más oscuros, te lo presentaré encantada, pero parece que aún no lo han diseñado. —Suelto una carcajada que hace que Jess y Eve se den la vuelta para mirarme.
—Cuando menos te lo esperes aparecerá. Deja de ser tan jodidamente exigente con los tíos.
—Contigo dejé el listón demasiado alto, Kike.
—¿Por qué no funcionó lo nuestro, Vika? Recuérdamelo.
—Nos queríamos, pero no nos amábamos. Nos queremos, pero no es suficiente.
—Lo siento mucho, Vika. —Escucho un suspiro saliendo de su boca.
—Fue cosa de dos, así que no hay nada que sentir.
—No quiero hacerte perder más tiempo. Nos vemos en unas semanas y podremos ponernos al día. Tal vez conozcas esta noche a un buen tío en el Cirque le Soir. —Conoce perfectamente nuestra rutina de cada nochevieja.
—No creo que haya nadie decente allí esta noche. Ya sabes cómo es el local.
—Y tanto. Recuerdo aquella noche de terror que pasamos allí. Menos mal que al día siguiente desperté a tu lado y no al de uno de esos muñecos sangrientos que colgaban del techo.
—Vika, tenemos que irnos. Esto se va a convertir en una gran carrera en unos minutos. —Jess tira de mi mano.
—Disfruta de la noche, preciosa.
—Tú sal de casa y disfruta de la nochevieja.
—Prefiero quedarme aquí, poner un partido y descansar hasta el día dos. No quiero tener que deshacerme de los periodistas que están buscando que de mi boca salga la exclusiva.
—Tú verás, Kike.
—Vamos, Vika, que la fiesta no espera. —Eve está dando pequeños saltitos.
—Nos vemos pronto, preciosa.
—Adiós, Kike.
Tras colgar me quedo unos segundos mirando la pantalla. No es que mi relación con Kike sea la más sana del mundo, pero es la mejor relación que he tenido. Aunque no podamos estar juntos, nos tenemos el uno al otro en los malos momentos.

La fiesta en el Cirque es brutal. Como siempre, todo está decorado de un modo circense con una mezcla de terror, cosa que a Eve le sigue asustando bastante. Hay que ver cómo corre por la pista huyendo de un payaso sanguinario que le intenta susurrar cosas al oído.
—¿Has visto a la médium? —Jess tiene una especie de fijación con todo lo paranormal.
—¿No me has visto esquivarla cuando he pasado por su lado?
—Venga, vamos. —Tira de mi mano y sorteamos a varias personas para llegar a su mesa.
Lo que tenemos delante es muy de manual: señora de unos setenta años con un turbante de múltiples colores, una casaca en tonos chillones y una bola de cristal en medio de la mesa. Más que de manual diría yo.
—Buenas noches, chicas. ¿Algo que queráis saber de vuestro futuro?
—Sí, necesito saber si el hermano de Vika va a caer rendido a mis pies y va a declararme su amor. —Jess se lanza casi en plancha sobre la mesa redonda de la médium.
—Quiero mucho a mi hermano, pero es un mujeriego empedernido y te acabaría rompiendo el corazón. Le adoro, pero no ha encontrado la mujer que sea capaz de hacerle perder los papeles. Lo siento. —Acaricio el hombro de Jess que termina mirándome resignada.
—¿Y un buen polvo? De esos que me quite las telarañas que cuelgan desde hace meses. —Jess me mira rogándome con su mirada.
—Cariño, será mejor que no. No quiero que seas como las chicas que han salido llorando de su habitación. Consolarlas era demasiado difícil. Primero me gritaban a mí, luego le gritaban a él y después rompían lo que pillaban a su paso. Mi hermano no gana para jarrones.
Las dos me miran entrecerrando los ojos sin comprender lo que digo.
La verdad es que mi hermano Grant, el único soltero junto a mí de la familia, es más que un mujeriego. Cada vez que he estado en su casa pasando algunos días, he vivido situaciones como las que acabo de explicar. Es más, el último ligue con el que me topé, lanzó por la ventana del apartamento de mi hermano en Mayfair su portátil. Creo que no lanzó la televisión porque tenía de 65 pulgadas y era bastante más grande que ella.
—Encontrarás el amor cuando menos te lo esperes.
—Toma frase hecha.
Recibo una mirada de desaprobación de nuevo de ambas. Sí, yo creo en la magia, en las casualidades y en el destino, pero no en lo que una médium contratada para un evento te cuenta para regalarte los oídos y sacarte algo de pasta.
—¿No crees en lo que digo?
—No es eso, pero me parece que este paripé de bola de cristal, velas, anillos y pulseras llamativas… —levanto los hombros y le pego un trago a mi copa.
—Tu vida parece que está controlada, que todo está donde debe estar, pero es algo caótica. Tú eres un poco desastre en tu vida personal aunque en tu trabajo seas de las mejores. Tienes sueños, metas que cumplir y te gustaría dar un salto a otro puesto, a otro plano laboral.
Jess se aparta para que me siente, pero rechazo su invitación negando con la cabeza.
—No quiero ser desagradable, pero eso parece sacado del horóscopo diario de cualquier periódico gratuito. —Me aclaro la garganta—. Es el momento de dejarte llevar por los astros para alcanzar la plenitud del amor. —Levanto una ceja—. Si cambias amor por trabajo, pareja, familia o vida, tienes el horóscopo para varios días de cualquier signo.
—Vika, no seas maleducada. —Jess me pega un golpe en el brazo que hace que me derrame media copa encima.
—No te preocupes. Si me dejas dos minutos, puedo hacerte cambiar de parecer. No puedes perder nada por intentarlo. No te voy a cobrar.
—Voy a socorrer a Eve, creo que el payaso la ha tomado con ella. —Jess se aleja de nosotras sonriendo.
—¿Puedo? —La médium tiene sus manos extendidas ante de mí y creo que me está pidiendo las mías.
—De acuerdo. —Dejo la copa sobre su mesa, me siento y se las entrego resignada.
Las coge con cuidado, como si se le fueran a romper o yo misma las fuese a apartar en un ataque de gilipollez momentáneo que me puede llegar a dar. Acaricia las palmas y centra su mirada en ellas, momento en el que empiezo a observarla de forma más detenida. Lleva un pañuelo en la cabeza de unos colores bastante bonitos, con unas monedas colgando justo en su frente. Las muñecas están repletas de pulseras doradas y me llama la atención una de ellas. Es bastante grande y en el medio tiene engarzadas unas piedras rojas que brillan con la luz que sale de la bola, supuestamente mágica, que tenemos entre nuestras manos. Los anillos ocupan la mayoría de sus dedos.
—Tu vida cambiará con la luna roja: una luna de sangre que te mostrará el verdadero amor que tanto tiempo llevas ansiando. Ese que no pudiste conseguir con tu ex marido ni con los hombres que has conocido, Vika. Una luna roja que te demostrará que aún no has encontrado lo que siempre has buscado. Que te enseñará el verdadero sentido de la palabra amor. —Me mira fijamente a los ojos—. Pero sufrirás, sufrirás mucho tras esa luna. Según las antiguas predicciones, la luna sangrienta trae malas noticias, catástrofes y pérdidas. Ganarás un amor, pero perderás algo que será imposible salvar. Aprovecha cada momento, porque luego no los podrás recuperar.
Retiro rápidamente las manos y niego con la cabeza.
—Vale, primero me vendes la moto de que voy a encontrar al hombre de mi vida y bla, bla, bla, pero atacas con que voy a perder algo. Siento decirlo así, pero no vas a conseguir muchas propinas con estas predicciones de mierda. —Me levanto enfadada.
—Vika —me agarra de la muñeca antes de que me vaya de su lado—, espera a la luna roja y comprobarás cómo tu vida cambiará para siempre. No me creas si no quieres, pero sé feliz, disfruta y di te quiero cuando lo sientas. No te arrepientas de nada nunca.
—No lo suelo hacer, pero ahora mismo me arrepiento de haber perdido cinco minutos escuchando esto.
La miro por última vez antes de que me suelte la muñeca y me alejo de ella. No quiero creer lo que me ha dicho. No me refiero a lo de que voy a encontrar el amor, eso puede pasar, pero lo de perder algo o alguien, me deja pensativa más de media noche. Esa maldita bruja me ha cortado tanto el rollo, que ni siquiera le hago caso al chico tan mono que lleva más de una hora invitándome a copas.
—Chicas, voy a hacer una llamada fuera. No creo que tarde mucho, pero si veis que no vuelvo, es que me he ido a casa. Os aviso con un mensaje. —Las beso antes de que me puedan decir nada y salgo serpenteando entre la gente.
Cirque le Soir está al lado de Carnaby Street, en pleno Soho, y a menos de dos minutos de mi piso, situado en Marshall Street. La calle está llena de personas celebrando el año nuevo y me aparto de ellos para llamar por teléfono. Necesito hablar con Gaven. Él es mi mejor amigo, me crie con él en Linlithgow, un pueblecito cercano a Edimburgo. De pequeños éramos inseparables y aunque ahora los dos estamos bastante lejos, seguimos hablando varias veces a la semana por teléfono.
—Buenas noches, Vics. ¿Qué haces llamándome a estas horas? ¿Y si estuviese durmiendo o con una mujer entre mis brazos?
—Gav, te conozco demasiado bien. Estoy segura de que estás sumergido en varias páginas de internet buscando información para el master que impartes o con un libro. —No escucho nada al otro lado de la línea y miro la pantalla, pero la llamada sigue activa.
—Vale, soy el ser más triste del planeta. En vez de estar en una fiesta disfrutando con mis amigos o besuqueándome con una chica, estoy aquí leyendo las cartas de amor y obsesión de Napoleón a Josefina.
—¿Y a qué droga dura le estás pegando? Porque no creo que sea una lectura ligera para conciliar el sueño. —Camino sin darme cuenta hasta llegar a mi piso. Así que decido subir y olvidarme de seguir celebrando la entrada al 2017.
—Pues he de decir que en su obsesión por Josefina encuentro atisbos de un amor muy grande.
Mientras Gaven me habla de esas cartas aprovecho para subir hasta mi apartamento, deshacerme de las fabulosas sandalias que llevan más de media noche reventándome los pies y arrancarme literalmente el vestido, para quedarme en bragas y sujetador.
—Lo que comenzó como un matrimonio de conveniencia, desató la locura en Napoleón. Se enamoró profundamente de Josefina, obsesionándose con ella.
Gaven es profesor de Literatura Británica e Historia en la Universidad de Edimburgo y sus clases siempre están hasta los topes. Ya no solo porque es uno de los profesores más guapos y con más encanto de la Universidad, que da unas clases alucinantes y que te enganchan, es que tiene un estilo único. Tiene treinta y cinco años, una sonrisa demoledora y lleva camisetas de los Ramones. Sé que la mitad de sus alumnas quieren clases particulares y charlas con intercambio de fluidos.
Aprovecho para ponerme un té caliente antes de tumbarme en la cama para seguir escuchando todo sobre Napoleón y Josefina.
—No quiero aburrirte con esto. No quiero joderte la noche.
—No te preocupes. Una bruja loca se ha encargado de hacerlo antes que tú. Sigue contándome más de ese loco bajito. —Me tapo con el nórdico. Debemos estar a menos diez grados.
—Se divorciaron, él se casó con otra y tuvo descendencia, pero hasta sus últimos días, Napoleón continuó escribiéndole cartas desde Santa Helena. Me quedo con una frase de la última carta escrita antes de morir de pulmonía… —Se aclara la voz y escucho cómo trastea con papeles—. «Adiós, mi querida Josefina, resignaos como yo, y no dejéis de recordar al que jamás os olvidó».
Los dos nos quedamos unos segundos en silencio saboreando estas palabras. No es que sea fan de Napoleón, pero todo lo que Gaven siempre me cuenta me embauca, me contagia su pasión, me atrapa con sus historias y con su voz.
—Aunque estuviese loco, como una maldita cabra, hay que reconocer que esa frase es demoledora. —Cierro los ojos.
—Cuando vengas a verme, si te dignas a aparecer por aquí y dejas de trabajar tanto, te leeré las cartas cerca de la chimenea con chocolate caliente con whisky, una manta por las piernas y tu cabeza sobre mi pecho.
—Como cuando éramos adolescentes. —Me recuesto más en la cama.
—Pero esta vez sin sexo, que eso lo estropea todo.
No puedo evitar soltar una gran carcajada a la que Gaven responde con otra.
Lo nuestro no fue una gran historia de amor, ni siquiera se podría catalogar como historia. Nuestra pasión se esfumó en el momento en que nos acostamos. Éramos y somos mejores amigos que amantes.

Y así acaba mi entrada al 2017. Gaven sigue leyéndome un par de cartas de amor y desamor de Napoleón a Josefina. Me quedo dormida con su dulce voz susurrándome las palabras que aquel loco bajito le escribió al amor de su vida.




Me despierto con parte de la sábana mojada y el teléfono pegado en la cara. Bien, ayer me quedé dormida hablando con Gaven y me derramé encima el poco té que quedaba en la taza. Me desperezo durante varios minutos para posteriormente taparme hasta las orejas. Hace tanto frío en la call, que pretendo no salir de la cama hasta mañana para ir a trabajar, cosa que me apetece menos que comerme ahora mismo un bol de acelgas. Adoro mi trabajo, pero estamos sumergidos en la preparación de la Guía Millennial. Esa palabra que tan de moda se ha puesto en los últimos años y en la que nos incluyen a los jóvenes nacidos entre 1.980 y 1.996. Esto es algo que mi jefa ha decidido porque no hay consenso en este tema. Los Millennials tenemos ansias de crear, de vivir, de viajar, de amar, de descubrir, de componer, de recordar y de no olvidar. Yo nací en 1.982, así que Pat, mi jefa, me encargó todo el tema de diseño para esta Guía, que según ella, estaba hecha para mí. Vamos, que en su idioma es algo así como: te quiero mucho, pero te comes este marrón por mí.
Trabajo en Condé Nast en Londres, la editorial de revistas como Vogue, GQ, Condé Nast Traveller o Vanity Fair entre otras. Llevo trabajando para esta compañía desde hace más de once años: ocho aquí en Londres y tres más que estuve en Madrid cuando terminé la carrera. Once años de mi vida dedicadas al diseño gráfico y maquetación, entre otras muchas cosas. Explicar mi trabajo no es fácil, la verdad. Puedo tirarme una mañana entera y no acabaría con los detalles.
Mi teléfono comienza a vibrar cerca de la almohada. Al mirar la pantalla veo el nombre de Elle, una de las hermanas de Gaven.
—¿Te pillo bien, Vika?
—Sí, me acabo de despertar.
—Dime que estuviste en una gran fiesta y bebiste hasta casi desmayarte. —Elle parece bastante agobiada.
—¿Sigues dándole vueltas a la boda? Aún quedan muchos meses para que estés tan histérica.
—No quedan nada más que doscientos diecisiete días y doscientas diecisiete mil cosas que hacer. Quiero mucho a Owen, pero no me ayuda en nada. Está entrenando cada día y como su equipo ha pasado a Champions… —resopla fuertemente.
Owen juega en el Celtic de Glasgow, el equipo de la ciudad en la que viven los dos desde hace varios años. La historia de cómo se conocieron es bastante divertida. El motivo de que se casen fue un viaje relámpago que Elle hizo a Madrid cuando yo estaba viviendo allí y Owen era uno de los compañeros de Kike en el Atlético de Madrid.

***

—Vamos, Elle, que llegamos tarde a la fiesta y mi jefa me mata. —Estoy terminando de maquillarme mientras Elle decide delante de mi armario qué robarme.
—Recuérdame por qué tenemos que ir a esa fiesta.
—Porque es la fiesta anual de los premios Vogue y trabajo en esa revista. ¿Algo más que te tenga que aclarar? —Entro en la habitación para sacarla arrastras.
—Dime que el buenorro de tu novio va a estar allí y que va a ir acompañado de alguno de sus compañeros. —Elle se decide por un vestido rojo—. ¿Demasiado?
La observo durante unos segundos y sonrío. Elle es preciosa. Tiene el pelo moreno largo, con un flequillo que ella odia, pero que la hace adorable cuando se le despeina. Tiene unos enormes ojos color avellana y unas cejas rebeldes que la hacen aún más adorable.
—Vas perfecta, Elle.
La fiesta es en la terraza The Roof en el hotel ME, situado en la Plaza Santa Ana. Mi piso está en Malasaña, así que tenemos unos veinte minutos de camino, pero con estos tacones que llevamos, es probable que tardemos más de media hora.
—Un taxi.
—Será lo mejor, aunque vamos a tardar lo mismo, pero nuestros pies sufrirán mucho menos.

Sobre las nueve y media de la noche comienza la fiesta. Estamos en pleno julio y hace demasiado calor. Me refugio debajo de una sombrilla que tiene un pulverizador de agua, que de vez en cuando nos refresca. Madre mía, creo que voy a empezar a derretirme de un momento a otro.
—Vika, es genial todo el diseño que has hecho. —Mi jefa se acerca con dos copas en la mano—. Me alegro mucho que hayas estado aquí estos años y me da una pena terrible que te vayas a Londres. Ahora que tú has aprendido castellano tan bien y yo he comenzado a entender tu escocés tan cerrado cuando quieres.
—Gracias, Lola, de verdad. Gracias por la oportunidad, por todo lo que me has enseñado y por todas las fiestas a las que me has invitado. Creo que este es un gran cierre a mi vida en Madrid.
—Prométeme que volverás y nos iremos a ese bar mexicano de tu barrio, ese que tanto me gusta. —Pone su mano en mi brazo y sé que no recuerda ni el nombre. Creo que lleva más copas de las necesarias encima.
—El Kártel de Malasaña. Puedes ir sin que yo esté aquí, Lola.
—Pero no será lo mismo. Prométeme que cuando vuelvas nos veremos allí y acabaremos la cena con una botella de mezcal. —Me da dos besos y me acaricia la cara.
—Prometido.
Lola se aleja de mí sonriendo y saludando a todo el mundo.
Kike aparece en escena acompañado de Owen. Elle viene hacia mí con tres copas entre las manos, con tan mala suerte que su tacón se mete en una ranura del suelo y lanza por los aires esos cócteles rosas, que acaban empapándonos a Kike, Owen y a mí. La cara de Owen es un poema. Me mira atónito, mientras un par de trozos de lima me resbalan por la cara.
—Menudo recibimiento. —Kike coge uno de los gajos de lima y se lo lleva a la boca—. Ahora ya solo me falta el tequila.
Owen está observando a Elle. Se ha quedado atontado con su espectacular entrada. Ella sigue tratando de sacar su tacón de la ranura y a los segundos Owen se agacha para soltar la sandalia y rescatar el pie de Elle.
—Lo siento, lo siento. Soy un desastre. Aunque este tipo de cosas siempre le suelen pasar a Vika. ¿Será que se me ha contagiado?
—Te perdono si cenas conmigo mañana por la noche.
—Joder, sí que es directo aquí tu amigo, Kike.
—Ya le conoces, si algo le gusta… va a por ello. —Kike me besa.
—Ceno contigo mañana y el resto de mi vida.

***

Desde hace ocho años, siguen cenando juntos. Aunque estén cada uno en una punta del mundo, se las apañan para disfrutar de ese momento. Siento cierta envidia por su relación ya que han sido capaces de superar todo tipo de contratiempos y han encontrado el amor de verdad.
—Relájate, Elle. Lo que necesites, pídemelo. No soy experta en bodas, pero seguro que alguno de mis compañeros sí.
—Necesito que me asegures que vas a venir con acompañante porque si no Owen te subastará al mejor postor de los solteros de la boda. Dice que tiene ganas de verte sentando la cabeza.
—Claro. —Suelto una gran carcajada—. No voy a ir con acompañante y si hace falta que me subaste para pagar la boda, yo me dejo. A lo mejor tiene algún hermano que no conozco.
—Me niego. Siempre te he querido como cuñada, pero por mi parte. Ya sabes que quiero que te cases con Gaven, aunque sé que es imposible.
—Lo sabes y lo sabemos nosotros. —Decido levantarme a por algo de comer—. Voy a ver si desayuno y si necesitas cualquier cosa, avísame y yo me hago cargo desde aquí.
—Quiero darle una sorpresa a Owen y todas vamos a llevar el tartán de su familia. Él siempre me dice que no, que hagamos algo con el de nuestra familia, pero voy a hacer que los padrinos lleven el nuestro y las damas de honor el suyo. Creo que le hará ilusión que algunas tradiciones no se rompan.
—La que quería casarse en una azotea madrileña, va a seguir al pie de la letra todas y cada una de nuestras tradiciones. —Niego con la cabeza mientras pongo una cápsula en la cafetera.
—Soy la última esperanza de mis padres. Mi hermana se casó con un italiano en un viñedo de la Toscana, Liah creo que superaría mi boda imaginaria en una azotea de Madrid y Gaven —suspira profundamente—, Gaven no se va a casar.
—Un día nos da una sorpresa y nos presenta a una profesora que le ha vuelto loco.
—Si pasa tu filtro.
—No soy tan mala, Elle.
—No, pero conoces muy bien a mi hermano y captas muy bien las intenciones de la gente. Has heredado la magia de tus abuelas.
Sonrío al acordarme de ellas. Seguro que en este momento están preparando un gran desayuno para todos en casa. Todas las navidades se juntan allí y yo llevo ya demasiados años sin ir. Siempre intentan que vaya, pero nunca tengo libres los días y solemos celebrar las navidades por adelantado en noviembre. Seguro que mis hermanos Brody, Blayne, Corey y Grant estarán cortando leña para el fuego. Laura, Thea y Maira, mis cuñadas, estarán ayudando a mi madre preparando el chocolate casero, mientras mis sobrinos Dan, Mara, Stan, Lucas y Mat, estarán jugando con la nieve en el jardín. Mi padre estará leyendo un libro sentado con un té en la biblioteca, ajeno a todo lo que sucede en casa, buscando esos minutos de paz que sus nietos no le dan. Sí, somos una familia más que numerosa, hablamos a gritos, nos peleamos en las comidas familiares, nos pegamos cuando jugamos y nos adoramos aunque no nos veamos todo lo que nos gustaría.
—En un rato vamos a desayunar con ellos.
—¿Estás con Luka?
—Sí, vinieron el día de Navidad. No sabes las ganas que tiene de verte.
Luka es el hijo de Lucy y Marco, el sobrino de Gaven. Nació hace seis años y es el ojito derecho tanto de su familia como de la mía. Nuestras familias han vivido siempre en el mismo pueblo, a escasos metros una casa de la otra y nos hemos criado como una familia mucho más grande y especial. Hace dos años, Luka contrajo meningitis y tras salir del hospital, cuando se recuperó, le detectaron hipoacusia infantil. La enfermedad le produjo una pérdida auditiva severa. Fue devastador para toda la familia y aunque no es una sordera completa, tuvo muchos problemas para adaptarse de nuevo en el colegio y comunicarse con nosotros. Sus padres lucharon por encontrarle una plaza en uno en el que pudiesen ayudarle, y tras muchas negativas, encontraron un colegio en el que les aseguraron que iba a ser un niño más, no una especie de marginado por su sordera.
—¿Te importa si te llamo por Skype y hablo con él? —Retiro el café que ya está listo y voy a la cama de nuevo a por el portátil.
—Le va a encantar.
Cuelgo el teléfono y me conecto a mi cuenta de Skype. Me paso las manos por el pelo y por la cara tratando de parecer una persona normal, antes de que la preciosa cara de Luka aparezca en la pantalla.
—Hola, Vika.
Luka me saluda con su mano y compruebo que ya no le cuesta tanto hablar.
—Hola, mi amor.
Cuando me enteré de su hipoacusia busqué a una chica de mi empresa que tiene un hermano sordo de nacimiento y le pedí que me enseñase la lengua de signos. Luka iba a aprenderlo y quería poder hablar con él. Comienzo a hablar con las manos.
—¿Qué tal las navidades?
—Sin ti no es lo mismo. ¿Por qué un año no pides vacaciones y te vienes?
—Lo intentaré.
—Para finales de este año quiero jugar contigo. —Pone una palma de la mano en la pantalla.
—Este año jugaremos, prometido. —Afirmo con la cabeza.
—Pero nos veremos antes.
—Sí, en la boda de tu tía. ¿Qué te parece Owen?
—Es divertido, aunque no es muy bueno jugando al fútbol. —Los dos nos reímos y compruebo en la cara de Elle que aún no domina demasiado bien la lengua de signos.
—¿Qué habéis dicho?
Los dos nos llevamos la mano a la boca formando una palabra que es imposible que Elle entienda. Es nuestro signo de secreto, algo que nos hemos inventado y ninguno más sabe.
—Ya estáis con los secretos.
—Me tengo que ir que mamá me está llamando. Te quiero, Vika.
—Te quiero. —Señalo la pantalla y le lanzo un beso.
Luka sale corriendo y desaparece de mi campo de visión.
—Sabes que no tengo muy claro si me voy a casar, pero sí tengo claro que, si cumplo cuarenta y no he encontrado al hombre de mi vida, quiero uno igualito a Luka.
—Si les das un nieto a tus padres, se mueren. Tus sobrinos están en una edad muy complicada ya. El más pequeño tiene quince y el mayor diecinueve.
—Les digo a mis hermanos que voy a ser madre soltera y montan rápidamente un casting para donante de esperma. Tiene que ser escocés, de un buen clan y con un trabajo digno. Tendría que llevar a tu boda a un chico coreano de mi empresa. —Sonrío al imaginarme las caras de mis hermanos.
—Los matas.
—Lo sé. Kike pasaba por su filtro porque es futbolista…
—Aunque no es un deporte de verdad. —Lo decimos las dos a la vez.
—Tú tienes a Marco como acérrimo del fútbol. —Le pego un trago al café.
—Sí, porque mi hermano tampoco es que sea muy fanático. Gaven es más de lectura de cartas de desamor delante del fuego. —Ladea la cabeza—. Sé que esta noche te ha estado leyendo.
—No empieces, Elle. ¿Cómo sigue Liah? ¿Se ha recuperado de su último desamor?
—No, sigue llorando y moqueando las sábanas de mi madre. A ver si aprende que no se conoce a nadie interesante a las dos de la mañana en una discoteca. A esa hora solo quedan los despojos.

Continúo hablando un par de minutos más con Elle, hasta que me dice que tiene que colgarme para ir a desayunar a casa de mis padres. Al bajar la tapa del portátil me recuesto en la cama y me imagino de nuevo a mi familia alrededor de la mesa de uno de los salones, esperando a que los adolescentes hormonados dejen de pegarse. Hace demasiado tiempo que no les veo y estoy preparando con mi hermano Grant una sorpresa para las bodas de oro de nuestros padres. Ellos creen que no nos hemos acordado y que no vamos a celebrarlo, pero es una fecha muy importante para ellos y para nosotros. Se casaron cuando mi padre tenía diecinueve años y mi madre dieciocho. Lo suyo fue amor a primera vista y en cuanto mi madre fue mayor de edad, decidieron casarse. Mis abuelos no lo querían permitir, pero mis abuelas, las personas que más creen en el amor en todo el planeta, les convencieron de que si se amaban, no tenían que esperar más. Ellas son especiales, muy especiales. Tienen ochenta y seis y noventa años y hay que ver la vida que llevan. Si yo intento seguirles el ritmo, al tercer día muero.

Paso el resto del día de año nuevo entre retoques fotográficos, búsqueda de Millennials en las redes sociales, algo de comida china y mucho café. La verdad es que estar a la caza y captura de chicos y chicas entre los miles de Instagrammers, Bloguers, Influencers y demás ers que han proliferado en los últimos años, es agotador. Me siento como una caza recompensas en busca de mi nuevo encargo.

A las nueve de la noche decido dar por finalizada mi jornada de “descanso” para meterme a la ducha y quitarme el olor a fiesta que tengo encima. Sí, debería haberlo hecho cuando he colgado a Elle, pero me he puesto a trabajar y se me ha ido la hora.
Pongo algo de música en mi móvil y comienza a sonar “Thunder” de Imagine Dragons. Me meto en la ducha y empiezo a berrear el estribillo en cuanto suena. A los diez o quince segundos de enjabonarme la cabeza, comienza a sonar el timbre de forma muy insistente. Sea quien sea, parece que se le ha pegado el dedo.
—Ya voy. ¡Joder!
Me pongo una toalla alrededor del cuerpo y dejo un reguero de agua desde el baño hasta la puerta. Al mirar por la mirilla le veo. Está tan impresionante como siempre, con esos ojos azules que tantas veces me han observado, con esa sonrisa irónica y desafiante, con el pelo alborotado…
—¿Qué cojones haces aquí? —abro la puerta queriendo matarle.
—¿Así recibes a tu hermano? —Se abre paso para dejar su maleta y me coge en brazos—. Espero no haberte jodido ningún polvo en la ducha.
—No, Grant, tranquilo. —Pongo mis manos en su pecho para deshacerme de sus brazos—. Si no te importa, voy a volver a la ducha antes de que coja una pulmonía.
—Madre mía, Vika, si es que sigues tan amable como siempre.
Tardo exactamente cinco minutos en salir de la ducha y me lo encuentro en el sofá descalzo, con la maleta tirada en medio del salón y con una cerveza en la mano.
—Al menos podrías haberme sacado una. —Me siento a su lado y no tarda ni dos segundos en ir a la nevera a por otra.
—Toma, gruñona.
Me la entrega y me quedo unos segundos observándole. No parece haber ningún resto de pelea en su cuerpo.
—¿Qué haces aquí, Grant? No es que no me alegre, pero si estás huyendo de tu última conquista… le tengo mucho cariño a todos y cada uno de los objetos que tengo en el piso.
—No huyo de nada ni de nadie. Solamente quería ver a mi hermanita pequeña. —No me mira.
—Mamá te ha obligado a coger el primer vuelo y comprobar que no me he hecho con diez gatos ni me he convertido en una loca de los botes de alubias negras. —Me pego a su cara—. Nos conocemos muy bien, Grant. Por mucho que sepas mentir a tus conquistas, a mí no me la pegas.
—Estaba preocupada porque Gaven le ha dicho que ayer te fuiste pronto a casa y terminase la noche escuchándole hablar de Napoleón y Josefina.
—En cuanto le vea le corto las pelotas.
—¿Has cenado?
—Creo que queda algo de la comida china que he pedido a media tarde. —Noto cómo me observa con los ojos muy abiertos.
—¿No te pensarás que voy a comer comida recalentada? —Saca su móvil y rebusca en una aplicación algo que cenar.
Grant es mi hermano mayor, bueno, mi hermano mayor por diez minutos. Somos mellizos y el nació diez minutos antes que yo. Mis padres decidieron ampliar la familia cuando mis hermanos más mayores tenían trece, doce y cinco años respectivamente. A mí madre le apetecía tener una niña y aunque mi padre trató de convencerla de que tres eran suficientes niños alborotando la casa, mi madre consiguió su propósito. El médico no les aviso de que veníamos dos, así que mis hermanos siempre dicen que a mí me dejaron en la cuna de mi hermano y mis padres decidieron hacer una buena obra conmigo.
Grant es analista de mercados y acaba de trasladarse desde Sídney a Londres, y por lo que parece, pretende instalarse en mi piso una temporada.
—¿Y tu piso de Mayfair?
—Lo estoy reformando. El anterior propietario tenía un gusto pésimo. —Se recuesta en el sofá.
—¿Estás pintando las paredes con tus posturas favoritas del Kama Sutra?
—Oye, pues no es mala idea. Así cuando invite a una mujer a casa para tomar una copa, sabrá muy bien a lo que va.
—¿Cuándo vas a madurar?
—Cuando tú dejes de usar bragas de super héroes para estar en casa. —Me levanta el jersey que llevo hasta casi las rodillas.
—El día que te encuentres a una mujer que aparezca en una cita con unas bragas de Superman y no unas de La Perla, Ann Summers o de Victoria’s Secret… —levanto una ceja sonriendo.
—Me acordaré de ti y tendré el primer gatillazo de toda mi vida gracias a la visión de mi hermana en bragas.
—Te pillarás por ella porque será muy diferente a todo lo que estás acostumbrado, Grant.
—Yo no estoy hecho para enamorarme, hermanita.
—Todos estamos hechos para enamorarnos, Grant. —Me levanto del sofá para poner un poco más alta la calefacción. Debemos estar ya a bajo cero.
—Eso me lo dice la mujer que sigue teniendo una relación extraña con su ex marido, que le quiere, pero no le ama. La que tiene una amistad demasiado rara con su mejor amigo, pero no le ama. ¿Seguro que los mellizos Burnett estamos hechos para enamorarnos?
Me quedo observando el termostato por unos segundos y pienso en lo que Grant acaba de decir. Sí, mis relaciones no han salido bien, no sé qué es estar enamorada y, tal vez, no sepa lo que es amar en el sentido más amplio de esta palabra tan aterradora para mí.
En cuanto llega nuestro pedido del restaurante vietnamita, atacamos la comida sin ninguna piedad. Criarte con cuatro hermanos te hace abrirte paso entre pinchazos de tenedores en las manos para poder comer algo.
Al terminar de cenar, Grant recoge la mesa y yo voy a por unas mantas a la habitación para que mi hermano duerma en el sofá, pero nada más verme levanta una ceja y niega con la cabeza.
—Que no se te pase por la cabeza, Vika. Espero que esas mantas sean para tu cama.
—Mi piso es pequeño, solo tengo mi cama, un baño, la cocina y el salón. ¿Qué quieres que haga?
—Pues que, como buena hermana que eres, compartas tu cama conmigo.
Se acerca a mí sin pestañear. Tiene esa mirada de loco que suele poner cuando me va a atacar. Vale, creo que estoy sintiendo lo que sus conquistas, pero sin la parte sexual. Soy una presa muy fácil ahora mismo para él.
—Espero que el ardor de estómago que voy a tener por pasarme con el picante lo sientas tú también.
Desisto en mi misión de hacerle la cama en el sofá y me voy al baño a lavarme los dientes, a lo que se une Grant a los segundos. Intento no mirarle a través del espejo porque me está poniendo caras como cuando éramos niños.
Cuando nos metemos en la cama no puedo reprimir las preguntas.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en mi casa?
—Hasta que me arreglen la mía. ¿No quieres tenerme por aquí? ¿Algún amante que quieras ocultar? —Tira de mi brazo para que me apoye en su pecho.
—Ninguno. No tengo tiempo. Hace un par de semanas estuve en una de esas citas rápidas y fue un desastre. No había nada más que cincuentones buscando nueva muñeca que pasear. —Cierro los ojos un segundo—. Y me abrí un perfil en una página de estas para conocer hombres y creo que, en vez de en una web de citas, me he apuntado en una para ser directora de casting de películas porno. Solo recibo fotos de pollas de todo tipo y desde todos los ángulos.
—Lo que no te ocurra a ti. —Me acaricia el pelo—. ¿Y ese amigo de Gaven?
—Ni hablar. Nunca es buena idea liarte con amigos de tus amigos o amigos de tus hermanos. Mira cómo acabaste con Liam. —Noto el cuerpo de Grant tensándose.
—Ese no era amigo ni nada.
—Le dejaste sin dientes, hermanito. —Apoyo mi barbilla en su pecho para mirarle a los ojos.
—Te estaba haciendo daño y eso no se lo permito a nadie.
—Teníamos seis años y solo me levantó la falda.
—Volvería a hacerlo.
Nos quedamos dormidos recordando todo lo que solíamos hacer juntos de pequeños, algo que con el paso del tiempo, hemos perdido debido a los años que mi hermano ha estado viviendo fuera del país.

Me levantó a las seis de la mañana y dejo a mi hermano dormir un poco más. Mi piso no es demasiado grande, no son más de cuarenta metros cuadrados y es completamente abierto. No hay ninguna puerta que separe las estancias, tan solo hay una en el baño. Pongo algo de música mientras cojo valor para desnudarme y meterme en la ducha. “La Grange” de ZZ Top inunda la casa y sé que Grant me va a odiar, pero es lo que tiene instalarte en casa de tu hermana sin avisar.
Media hora después me estoy poniendo el abrigo y la bufanda enorme que mi abuela Eileen me ha mandado hace unos días. Según ella, el cuello sufre mucho con el frío y si voy encogida por la calle, acabaré con una chepa enorme.
—Hermanita, me voy contigo a desayunar. Veo que sigues sin hacer la compra. —Grant está ya vestido y preparado para salir.
—¿Cuándo te ha dado tiempo a ducharte?
—Soy muy rápido. —Me guiña un ojo.
—¿Eres para todo igual? Que a lo mejor es eso lo que no te deja conocer a nadie.
—Eres idiota. Cuanto más mayor, más boba.
—En eso me ganas. Naciste diez minutos antes.
Vamos caminando hasta la Vogue House que se encuentra a unos diez minutos de mi piso. Entramos en una cafetería cercana para desayunar y me peleo con mi hermano durante más de diez minutos porque se empeña en venir a mi despacho.
—Que no es el día de traigamos a tu hermano al trabajo. Que me despistas al personal, Grant. Cada vez que vienes sufrimos inundaciones. —Respiro profundamente mientras me acabo mi bagel de queso fresco y salmón.
—¿Sigue Pat siendo tu jefa?
—Sí, sigue siendo ella y pretendo que lo siga siendo durante muchos años. —Miro el reloj de mi móvil y pego un grito—. Joder, tengo una reunión en dos minutos y yo aquí peleándome contigo.
Salgo corriendo del bar con un café extra grande en la mano y me apresuro para llegar cuanto antes a la sala de reuniones. Justo cuando estoy a punto de entrar en ella, la puerta se cierra delante de mis narices y me choco contra ella, golpeándome en la cara, derramándome todo el café por encima y cayendo al suelo ante la atenta mirada de mis compañeros.
—Mierda.
Cierro los ojos y recuerdo que soy uno de los seres más torpes y desastrosos del planeta. Si no me caigo un par de veces por semana, no soy yo.
—¿Estás bien, Vika?
Al abrir los ojos veo a Pat justo encima de mí a punto de reírse.
—Este es el efecto Burnett que tanto te gusta. —Me levanto del suelo y compruebo que el café ha impregnado el abrigo y mi vestido.
—Eres una de las mejores diseñadoras, pero eres un desastre en tantos aspectos… que eres adorable.
—Adorable, esa palabra que tantas veces he oído.
—Vamos a quitarte esa ropa. Seguro que en vestuario hay algo que te puedas poner.
Tras cambiarme, vuelvo a la sala de reuniones y veo un revuelo en la entrada. Escucho risas nerviosas, algunos suspiros y la voz de mi hermano. Está sentado en una de las sillas de recepción y está jugueteando con una de las patillas de sus gafas en la boca. Sabe el efecto que ese simple gesto provoca en las mujeres. Está acorralado por seis de mis compañeras.



—Tu hermano está más bueno cada año que pasa. —Pat me agarra del brazo.
—Por tu bien y por el mío, no te acerques a él.
—Estoy dispuesta a quemarme por ese hombre. Quiero ver lo que esconde esa camiseta tan pegada y pasar mi lengua por cada uno de sus abdominales.
—Pat. —Miro atónita a mi jefa y una de mis mejores amigas.
—Sé que tú tan solo le ves como tu hermano, pero joder, Vika, es que está como un tren. —Las dos escuchamos los suspiros de mis compañeras—. Y a todas esas lobas pienso despedirlas como no le dejen en paz.
—Pat, necesitas salir y desfogarte.
—Lo que necesito es que tu hermano me…
—No, no quiero saberlo. —Me tapo las orejas y me acerco a mi hermano—. Grant —veo cómo se da la vuelta lentamente para mirarme sin dejar de sonreír—, te he pedido que no subieses.
—¿Desde cuándo te hago caso? —Se muerde el labio inferior.
—Nunca. —Comprueba que no estoy de broma cuando se levanta del sillón—. Bueno, chicas, ha sido un placer, pero me tengo que marchar o mi hermana me mata aquí mismo delante de todas vosotras. —Se acerca a mí y me agarra de la barbilla para besarme—. Te quiero, hermanita.
Grant se aleja y levanta suspiros a su paso.
—¿Nos vamos a la reunión? —Me doy la vuelta negando con la cabeza y camino hacia la sala, pero mi jefa no me sigue—. ¿Pat?
—Sí, perdón. Es que cada vez que tu hermano aparece delante de mí, es como si fuese un helado de chocolate con menta en un día caluroso.
Pat, mi jefa, tiene tan solo cinco años más que yo. Hace menos de tres meses que ha ascendido en la empresa. Es la nueva directora artística y seguimos teniendo el mismo trato que hace unos meses. Ella era mi compañera en el departamento de diseño. El puesto estaba entre ella y yo, pero finalmente los jefes decidieron que sería para ella. Aunque pueda sonar falso o hipócrita, me alegro mucho. Es una de mis mejores amigas. Además, yo no estoy hecha para mandar, ni siquiera sé delegar en mis compañeros cuando algo tiene que salir ya. Soy de las que se quedan hasta tarde, se ponen un fin de semana a trabajar y pasan de irse de viaje con sus amigas para que el lunes todo esté terminado.

Tras finalizar la reunión de cuatro horas, una comida rápida en la oficina con dos compañeras, otras dos reuniones más y mucho trabajo para esta noche, termino en el Dirty Martini.
—Zac, sorpréndeme y haz de este lunes menos lunes. —Me desplomo en un taburete mientras él me sonríe desde la barra.
—¿Mucho trabajo?
—Sí y si le añadimos que mi hermano está en la ciudad…
—¿Grant? —Se acerca a mí extrañado.
Conozco a Zac desde hace varios años. El Dirty Martini es nuestro lugar de encuentro y seguramente Jess y Eve estarán a punto de llegar.
—Pues esta noche toca un Martini de mango y chili. Seguro que hace de tu lunes un viernes. —Zac me sonríe y se va a la barra.
Me quedo observando el local que empieza a llenarse de trabajadores que ya han salido de sus oficinas. Todos parecen haber empezado la semana mal y piden copas sin parar. A los segundos recibo un par de mensajes de Eve y Jess. Las dos están reunidas y no pueden acercarse.
—Genial.
Suelto el teléfono en la mesa y en cuanto Zac me deja mi Martini, le pego un trago y lo saboreo. Está delicioso y me evado por unos segundos de todo lo que tengo que hacer en cuanto llegue a casa. Al final me va a venir bien que las chicas no puedan acercarse.

Cuando llego a casa me sorprendo de que Grant no esté aquí. No ha dejado ni siquiera una nota avisándome de que ha salido o se ha fugado o ha decidido no compartir el piso conmigo. Me deshago de toda la ropa y me pongo cómoda para trabajar en la famosa Guía Millennial. Pero cuando llevo veinte minutos de reloj navegando en Instagram, mi teléfono suena varias veces. Es mi madre. Ahora toca la lista de preguntas sobre cómo estoy, si ya me he echado novio, si me he casado con algún hipster de barba larga y muchos tatuajes…
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Me quedo en silencio mientras me miro las uñas. Tengo que quitarme este negro de una vez por todas. Sé que estos segundos de silencio están matando a mi madre y escucho por detrás unos susurros, que supongo que son mis dos abuelas.
—¿Mucho trabajo?
—Sí.
Espero otro par de segundos sin decir una sola palabra. Mi madre no va a aguantar mucho más. Estoy tratando de que se desespere y empiece a soltar preguntas, pero se está haciendo la dura como yo.
—Venga, mamá, que esta no es una llamada de cortesía. Dispara antes de que te empiecen a sangrar las uñas de tanto apretarlas contra tus piernas. —Me muerdo el labio y sigo con mi búsqueda en internet.
—Vale. ¿Cómo estás realmente? Gaven dice que estás un poco rara y Grant… Ese ni me ha llamado.
—Ese, como tú le acabas de llamar, estará cepillándose a alguna incauta. ¿Por qué le habéis mandado aquí? No he adoptado ningún gato, me sigo depilando, no me he dado a las drogas… sigo con las habituales. Tampoco me he llenado la cara de tatuajes, del cuerpo mejor no hablamos. No vivo a base de donuts y café malo. No me he casado en secreto con nadie ni estoy a punto de volver a ser virgen.
Mientras le suelto todo a mi madre, estoy navegando en el perfil de Instagram de un diseñador de camisetas, skater y que tiene un morbazo que se sale de la pantalla.
—Aunque por este tal youwisswereme… madre de Dios. El nombre es un poco prepotente, pero madre mía. —Estoy babeando por un crío de no más de veinte años que en todas las fotos muestra una enorme… sonrisa.
—Vika, no sé de qué me estás hablando, pero te has perdido otra vez las navidades aquí. ¿Algún año decidirás celebrarla con tu familia que te adora? —Escucho un gimoteo en su voz. Su táctica para que me dé pena.
—Le he prometido a Luka que este año estaré allí. —Me quedo unos segundos en silencio y me muerdo la lengua para no reventar la sorpresa de sus bodas de oro.
—Te echo de menos, Vika. Hace más de seis meses que no te veo y me preocupa que ya no quieras pasar tiempo con nosotros.
—Lo siento, mamá, pero es que he tenido mucho trabajo.
—Lo sé. —Las voces que tiene detrás se quedan en silencio.
—¿Cómo está papá?
Mi padre lleva varios meses en tratamiento por una extraña infección que le obligó a estar ingresado varias semanas en el hospital.
—Mucho mejor, pero sigue igual de cabezota que tú. Mira que podías haber heredado otras cosas, pero cogiste su cabezonería.
—Y su tesón. —Sé que este comentario va a hacer sonreír a mi madre.
—Te echa de menos también. ¿Vendrás a vernos antes de la boda en agosto?
—No lo sé. Tengo varios viajes fuera del país y estamos inmersos en una nueva campaña, pero trataré de sacar algún día para volar a casa.
—De acuerdo. Te dejo seguir trabajando y descansa. Dale un beso a tu hermano cuando llegue y no seas demasiado mala con él si no llega en toda la noche.
—Mientras no me traiga a casa uno de sus ligues que me deje sin vajilla, vamos bien.
—Te quiero.
—Te quiero, mamá.

No consigo concentrarme tras hablar con mi madre. Sé que ella no lo hace a posta, pero después de todas sus llamadas recuerdo cómo era vivir allí, cómo era disfrutar de las comidas de los domingos con mis padres, mis hermanos, sus mujeres, la prole de sobrinos que habían decidido tener, mis abuelas y sus locuras. En menos de dos meses estaré de nuevo por allí un par de semanas. Es la sorpresa para las bodas de oro y aún nos queda mucho que organizar. Y no nos olvidemos de su regalo, que se supone que se estaban encargando mis hermanos y ha terminado siendo mi trabajo. Que ellos no saben qué regalarles, que no se les ocurre nada…
—Panda de mamones.
Dejo el portátil encima de la mesa pequeña del salón y voy a ponerme un vaso de leche caliente antes de irme a la cama.
Llevo varias semanas dándole vueltas al regalo, pero todas las ideas que tengo las descarto a los dos o tres segundos. Nuestros padres se desvivieron por nosotros, para que viviésemos bien, para enviarnos a los mejores colegios y universidades, para hacernos felices siempre y nosotros… no somos capaces de encontrar un regalo a la altura.

A las dos de la madrugada, tres horas después de haberme tomado el vaso de leche para acostarme, me meto en la cama sin noticias de Grant. Pongo la televisión y decido dejar un canal de viajes que me encanta. Me empiezo a quedar dormida mientras comienza un viaje por la costa de California y entonces lo veo, veo la luz.
—Un viaje por el mundo. Que recorran todos los lugares en los que estuvieron antes de que nosotros naciésemos.
Claro, estaba delante de nuestras narices y no éramos capaces de verlo. Y de repente, como si de otro flash se tratase, se me ocurre cómo hacerles el regalo. Necesito que uno de mis hermanos me mande las fotos de sus viajes. Vamos a recrearlas nosotros para entregarles un álbum con pistas en cada imagen. Sí, vamos muy tarde, pero nuestros padres se merecen un gran regalo para seguir con la llama de su amor encendida.


Empiezo a escuchar unos ruidos que provienen de la cocina y al mirar mi reloj, compruebo que no son más de las seis de la mañana. Me levanto como una zombi que necesita su primer cerebro de la mañana y, como no me acordé anoche de quitarme las lentillas, no veo una mierda. Voy refunfuñando hasta la cocina para echarle la bronca del siglo a mi hermano por no aparecer en toda la noche cuando…
—¡Mierda!
Mis ojos deciden comenzar a ver en el momento en que el culo de mi hermano aparece delante de mí y a su lado el de…
—¿Pat? No me jodas.
De repente, la mitad de los utensilios de cocina que están en la encimera, acaban en el suelo gracias a los brazos nerviosos de Pat tratando de esconderse detrás de mi hermano.
—Coño, joder… mierda. —La boca de Pat no parece querer soltar nada más que tacos.
—Buenos días, hermanita. —Grant se da la vuelta completamente desnudo, sin ningún pudor, enseñándome toda su esencia—. ¿Un café?
—Un par de ojos nuevos y un cerebro que no contenga este recuerdo que me taladrará el resto de mi vida. Pero… ¿por qué, Pat? —Ladeo la cabeza buscando los ojos de mi jefa.
—Soy débil, soy muy débil. —Sin que mi hermano se dé cuenta, levanta sus manos para señalarle.
—¿Cuántas copas te bebiste?
—Una. —Levanta un dedo en el aire tímidamente.
—Vale. —Cierro los ojos unos segundos y les oigo susurrarse algo—. Más vale que cuando vuelva a abrir los ojos, no estén vuestros culos delante de mi cara. Quiero tomarme un café y en media hora me voy que tengo una reunión importante, a la que tú también tienes que ir y antes me tengo que pasar por la oficina de Eve a recoger unas muestras de telas para la sesión que me has obligado a preparar en tiempo record. —Sigo sin mirarles y siento cómo salen de la cocina, pero mi hermano se acerca a mí.
—Hermanita, nos hemos visto así desde pequeños. No creo que te asustes al ver un hombre desnudo —se pega a mi oído—. ¿O ya se te ha olvidado cómo somos los de verdad?
—Vete a la mierda. —Sin mirar, le lanzo una bolsa con un par de croissants de hace dos días, que tienen que estar más duros que una piedra.
—Creo que hace mucho que no ves a un hombre desnudo y te ha deslumbrado mi belleza.
—Grant, no me obligues a darme la vuelta. —Abro los ojos y enciendo la cafetera—. Si ya sabía yo que me ibas a traer problemas, hermanito. Ojalá te hagan la obra pronto y te pierda de vista rápido.




Pero no es así. La obra de mi hermano está durando más tiempo del que me gustaría y lleva ya más de tres meses instalado en mi casa. Estamos a finales de abril y parece no tener ninguna intención de sacar sus cosas de mi apartamento, aunque la mitad de las noches las pasa en el piso de Pat situado en Chelsea. Un “pequeño” apartamento de unos ciento veinte metros cuadrados, decorado con el mejor de los gustos y con una preciosa terraza, una cocina enorme y dos habitaciones espectaculares, en una de las mejores zonas de Londres. No, no se lo reprocho a mi hermano. Elegir entre dormir conmigo en mi cama o en la de mi jefa… no es reprochable.
—Vika, a las ocho en mi casa. —Pat entra en mi despacho.
—No me apetece nada ir a la fiesta, Pat. Necesito terminar de elegir todo lo de las fotos que tenemos que hacer para el regalo de mis padres y quiero descansar. Esta semana ha sido demasiado larga.
—Venga, Vika. Que van a venir unos cuántos hombres y seguro que alguno de ellos puede pegarte un buen revolcón y ponerte los ojos en la nuca.
—Ya me han puesto los ojos en la nuca un par de veces estos meses, Pat. —Al decirlo me doy cuenta de que no tenía que haber abierto la boca.
—¿Y no me lo cuentas?
—Hombre, entre reunión y reunión no he encontrado el momento, y como mi hermano te chupa todo tu tiempo y más cosas que no me quiero imaginar… —levanto los hombros y sigo trabajando.
—A las ocho en mi casa y no me hagas ir a buscarte.

No, no hago esperar demasiado a Pat. Antes de las ocho de la tarde estoy caminando tras salir de la boca de metro para llegar a su piso. Sé que a esta fiesta van a venir algunos de mis compañeros de trabajo y tengo claro que no pienso liarme con ninguno de ellos. No se me pasa por la cabeza cometer ese error tan garrafal. No pretendo quedarme sin trabajo.
Vale, me doy cuenta de que llego tarde cuando un camarero me abre la puerta con una copa de champán en la mano y veo el piso de Pat lleno de hombres que se fijan en mí nada más entrar. Sonrío, me aparto el pelo de la cara, camino con decisión entre ellos y busco con mi mirada a Pat. La encuentro en una esquina con mi hermano.
—Será posible.
Grant tiene sus manos en la cintura de Pat. Bueno, por no decir por dentro de su blusa y subiendo por su cintura. Me acercó apurando la última gota de la copa que me he bebido de trago.
—Pat, gracias por invitarme a una cena en la que los tíos me están mirando como si fuese un caballo que van a comprar.
Los dos se dan la vuelta y me sonríen. No dicen nada más y me empujan hasta la terraza.
—Vamos a ver, Vika. ¿Qué tiene de malo que un montón de hombres guapos te miren?
—Pues que no me apetece tener que responder preguntas del tipo de —me aclaro la garganta—: ¿estudias o trabajas? ¿En tu casa o en la mía? ¿Encima o debajo? ¿Me vas a poner también una campanita, me vas a dejar en una silla y a los cinco minutos se va a levantar un tío para sentarse otro?
No encuentro respuesta. Ninguno de los dos dice nada y veo la sonrisa en la cara de mi hermano.
—¿Se os va la olla a los dos? Si en esa app no he conocido a nadie decente… ¿voy a hacerlo aquí y ahora?
—Sí.
Pat me empuja hasta una pequeña mesa que está montada en la terraza y me obliga a sentarme en una de las sillas.
—Venga, será divertido.
—Supongo que será mejor que ver pollas a pantalla completa en mi ordenador. —Echo la cabeza para atrás.
Los dos se alejan de mí y entran en el salón. Grant comienza a hablar con ellos y me señala. Levanta una campana con su mano derecha y la agita haciéndonos escuchar a todos su sonido.
—La madre que lo parió, que es la mía también. ¿En qué momento has creído que esto es una buena idea, Vika?
Me levanto y me asomo por la barandilla. Barajo la opción de saltar y hacer algo de parkour, reptar por el tejado y acabar espachurrada en el suelo.
—Hola, bombón.
Escucho una voz detrás de mí. Mal ha empezado llamándome eso. Trato de hacerme la despistada, como que no le he oído, pero es mucho peor la consecuencia.
—Hola, mi bombón.
Respiro profundamente, me armo de paciencia y me doy la vuelta con una sonrisa. La mejor y más falsa de las que tengo ensayadas.
—Eres más preciosa de lo que dijo Pat.
Estiro la mano antes de que se acerque a mí. Él, reticente, la estrecha y noto cómo sus manos están extremadamente sudadas. Tira de mí y me siento rápidamente en la silla para que no se acerque más.
—Por favor. —Lo susurro o trato de hacerlo.
—Creo que solo tenemos cinco minutos y…
—Un segundito, por favor.
Me levanto sin dejarle decir nada más y me acerco a mi hermano que está observándonos desde la cocina.
—Tú, en cuanto veas que te miro y te…
—Toco la campana. Lo sé, no voy a dejarte sola ante el peligro. Sé que de aquí pocos te van a gustar, por no decir ninguno, pero para un buen polvo, alguno te servirá.
—Ya. —Le miro fijamente negando con la cabeza—. Que no se te olvide la campanita.
Salgo con la mente abierta, pero las piernas muy cerradas. Quiero salir corriendo y no mirar atrás.
—Perdóname, me había parecido escuchar mi móvil dentro. —Sonrío y oculto mi disgusto.
—Me llamo Perch, tengo cuarenta y cinco años, pero mi cuerpo aparenta treinta. Soy preparador físico y adoro el deporte. Tú con ese cuerpazo debes practicar mucho. ¿Qué haces? ¿Crossfit? ¿Body combat? ¿Body pump?
Vale, no sé de lo que me está hablando. Yo voy a yoga por mis problemas de espalda, pero odio los gimnasios con toda mi alma.
—Yo soy más de levantar. Me encanta agarrar una pinta con la mano y levantarla hasta la boca.
—Hay que tener cuidado con la cerveza. Se echa barriga.
Miro a mi hermano sin ningún tipo de disimulo y escuchamos la campana.
—¡Qué pena, Ferch!
—Perch.
—Perch. —Abro mucho los ojos—. Ha sido un placer.
Se levanta, me agarra de la mano y de nuevo su sudor se pega en ella. En cuanto se da la vuelta me limpio en la ropa.
Me quedo observando el interior y veo a Pat eligiendo a dedo a mi siguiente cita rápida. Echo un vistazo entre los hombres que hay dentro y me llevo las manos a la cabeza. Tengo desde el tipo más serio con traje, pasando por el de la camisa de flores, hasta llegar a uno con vaqueros rotos y chupa de cuero. Creo que ese me puede dar mucho juego, aunque va mejor peinado que yo.
Me levanto de la silla, entro en la cocina, y sin decirle nada a mi hermano, abro la nevera para buscar una cerveza.
—Esto no ha sido buena idea, Grant. No necesito una serie de citas catastróficas en la terraza de mi jefa. Lo que necesito es irme a un bar, tomarme cuatro pintas y dejarme llevar por lo que la noche tenga que ofrecerme.
—Vika, déjate llevar aquí. Tal vez encuentres a alguien que te alegre la noche.
—Y que me dé dolor de cabeza mañana por la mañana.
Salgo sin dejarle decir nada más y me siento para esperar al siguiente candidato.
—Hola, preciosa. Me llamo Ian.
Levanto la vista y delante tengo a un chico de no más de veinticinco, con los ojos azul oscuro, el pelo revuelto y una sonrisa preciosa. Pues a lo mejor esto no ha sido tan mala idea.
—Hola. Soy el premio de esta subasta de carne. —Le pego un trago a la cerveza y levanto los hombros.
—Si te soy sincero, era un poco reticente a venir.
—¿De qué conoces a Pat?
Se pasa la lengua por los labios unos segundos, para pasarse después los dedos y esbozar una gran sonrisa.
—Por Dios, no me digas que te has acostado con ella.
—No, no es eso. —Entrecierra los ojos unos segundos y niega con la cabeza—. Soy el chico que os lleva los bocadillos.
Me fijo en él. Sus ojos están completamente fijos en los míos, su boca es carnosa y bien perfilada, su pelo moreno revuelto y aparentemente desaliñado, está perfectamente peinado. Va vestido con una camiseta de los Ramones, unos vaqueros oscuros y una cazadora vaquera. Pero no recuerdo haberle visto por la oficina.
—Veo que no me recuerdas. —Se muerde el labio inferior y me agarra de la mano—. Siempre que paso por tu despacho estás trabajando. Nunca levantas la cabeza a no ser que algo se esté quemando. Hablas sola cuando crees que nadie te ve y cantas canciones de Arctic Monkeys mientras mueves el culo, que sueles llevar siempre enfundado en vaqueros que te sientan genial.
—¿Eso es un piropo a mí o a mi culo?
—A tu culo, por supuesto.
Meneo la cabeza un par de veces y termino sonriendo. Respiro profundamente y pienso que, tal vez, Pat haya acertado con este chico. Abro la boca para preguntarle algo más, cuando escucho la maldita campanita de mi hermano.
—Parece que se me ha terminado el tiempo. Espero que cuando acabes con tus otras citas, me busques. —Se levanta para acercarse a mí—. No te vayas de aquí sin mí.
Me besa en la mejilla y se aleja. Me quedo tan ensimismada en ese culo que se aleja de mi lado, que no me doy cuenta de que el hombre de traje esta delante de mí observándome.
—Perdón. Hola, soy Vika.
—Lo sé. Tienes treinta y cinco años, eres escocesa y estoy deseando que tu precioso pelo pelirrojo se quede en mi almohada. Que tu cuerpo descanse entre mis brazos y que tus bragas acaben en el suelo de mi piso de Belgravia.
Genial, un rico con ínfulas de dueño del mundo. Dejo de escuchar lo que me dice e imagino que esas palabras están saliendo de la boca de Ian. Sí, creo que a él le dejaría arrancarme hasta el sujetador de encaje negro que llevo.
De nuevo suena la campana y no han pasado los cinco minutos. Creo que Grant ha sentido mi desesperación con este tío.
—¿Ya se ha acabado mi tiempo?
—Cuando se está a gusto, se pasa el tiempo volando.
Los siguientes hombres son más de lo mismo. Algunos parecen más normales que otros, pero mi hermano lo hace bien y cada vez la campana suena antes. A alguno casi no le deja ni sentarse.

Dos horas después ya no quedan tíos para sentarse delante de mí e intentar convencerme de que sus finanzas son las mejores de Londres o que han desfilado en las mejores pasarelas del mundo. Mi cabeza está con el chico de los bocadillos que sigue dentro observándome fijamente.
—¿Alguno interesante?
—Pat, ¿de dónde cojones les has sacado? El dueño de Belgravia, el preparador físico, el domador de leones, el de la camisa tan terrible como una mala resaca… —cojo una de las cervezas que trae en la mano.
—Gente que conocía y que pensaba que…
—Pat, llevas meses sin pensar. Mi hermano te está robando las neuronas.
—¿Ni uno? —Se sienta a mi lado.
—Ian.
—¿El chico de los bocadillos? —Pat me mira sorprendida.
—Sí. No sé qué es, pero me ha encendido algo. Puede que sea porque no me haya intentado impresionar con su yate o su edificio o su polla…
—¿Por qué no te habías fijado en él en el despacho?
—Porque casi nunca coincido con él y cuando viene debo de estar moviendo el culo mientras trabajo. Me explotas. —Me quedo unos segundos en silencio—. ¿Crees que me he centrado tanto en el trabajo para no tener otra decepción?
—No. Creo que lo que has intentado es evadirte un poco del tipo de hombres que hay en Londres. En los ambientes que nos movemos nosotras es complicado conocer a alguien íntegro, amable, cariñoso y que te haga sonreír con solo rozar tu mano.
—Ay mi madre. —Agarro la mano de Pat—. No me jodas. Tú te estás ena…
—Ni se te ocurra.
Antes de que acabe la frase, la mano de mi jefa está cerrándome la boca.
—No se te ocurra decir las palabras malditas.
Me destapa la boca y la abro un par de veces, pero es obvio que se está enamorando de mi hermano y le está dando tanto miedo, como morbo.
—De acuerdo. Ahora… ¿cómo vas a deshacerte de todos esos hombres?
—Eso es fácil.
Pat entra de nuevo en la cocina y va directa hacia Ian, le susurra algo en el oído y él sonríe. Me levanto de la silla para recoger las cuatro cervezas que me he bebido y cuando estoy a punto de entrar en la cocina, Ian me agarra de la cintura, me pega contra la cristalera y acerca su boca a la mía lentamente.
—Sígueme el juego.
No puedo decir nada. Sus manos se adentran por mi camiseta, rozando la piel de mi espalda, su boca se acerca más a la mía, pero no llega a besarme. No cierra los ojos y en ellos veo un brillo que me hace sonreír. No sé a qué está jugando, pero me apetece seguirle el juego. Roza sus labios con los míos y se queda unos segundos pegado a la comisura de mi boca. ¿Por qué no me besa? Oigo unas voces en el interior del piso que se desvanecen al cabo de unos segundos. Escucho la puerta que da a la calle cerrarse e Ian se separa de mí, pero sus manos siguen en mi espalda.
—Ya me he deshecho de ellos. —Pat se pone detrás de Ian y aprieta fuertemente sus labios en signo de aprobación.
—¿Así que me has utilizado? —Estoy empezando a coquetear con Ian descaradamente.
—Eso parece —se acerca a mi oído—, pero me he quedado con muchas ganas de besarte.
—Me apetece ir al Bounce de Old Street y volvernos locos jugando al ping-pong. ¿Apostamos algo esta noche?
Grant mira a Ian y parece también darle el visto bueno. Creo que Pat y él tienen muchas ganas de que esta sea mi noche.

Una hora después Pat y yo estamos pidiendo unas copas en la barra, mientras Grant e Ian buscan una mesa libre en la que jugar. El local es genial, tiene varias mesas de ping-pong distribuidas por la sala y las luces de neón hacen estragos a partir de las ocho de la tarde. Pat y yo nos acercamos a una que se encuentra en una esquina del local. Parece que es la que más alejada está del resto.
—Jugamos a dos tantos. La pareja que pierda, se tiene que deshacer de una prenda. —Grant no parece darse cuenta de que estamos en un bar del que nos pueden echar—. Venga, hermanita, las luces son muy oscuras y podemos jugar con estas pinturas que reparten.
En sus manos hay seis botes con pintura de neón y se pinta dos tiras amarillas en la cara como si fuese a la guerra. Sí que deslumbra, la verdad.
—¿Recuerdas que soy la invicta Burnett? —Cojo una pala y golpeo varias veces la pelota sobre ella.
—Y yo soy tu hermano mellizo, te conozco a la perfección y sé que te estás poniendo muy nerviosa ahora mismo. Y no soy yo el que lo consigue. —Ladea su cabeza en dirección a Ian y se acerca a mí—. Parece que este chico te gusta. ¿Vas a darle una oportunidad más allá de un par de besos o polvos?
—¿Tú me estás dando consejos de dar más oportunidades? —Me doy la vuelta y mi hermano me pega a la mesa, presionando su cuerpo contra el mío.
—Sí, yo, tu hermano mayor, te estoy diciendo eso. —Se acerca a mi oído—. Está bastante bien y parece una persona normal. No te vendría mal alejarte de las relaciones tóxicas.
—No empieces, Grant.
Desde que mi hermano ha llegado a Londres, se ha empeñado en hacerme ver que mi relación con Kike no es normal. Hace un par de semanas llegó a la ciudad, pero no he tenido tiempo para quedar con él. Grant siempre encuentra un plan para que no lo pueda hacer.
—Te mereces un buen tío a tu lado, no uno al que nunca amarás, no uno que nunca te amará. Un par de buenos polvos no pueden construir una buena historia de amor.
Vale, que alguien me diga a quién tengo delante. Este no es mi hermano el conquistador de féminas, el que las enamora y abandona antes de que se den cuenta. El que las saca de su vida más rápido que la mete… las mete.
—¿Seguro que sois hermanos? —Ian pasa a nuestro lado sin dejar de mirarnos—. Cualquiera que os vea podría decir que sois amantes.
—Nos mataríamos en dos segundos. —Lo decimos los dos a la vez entre risas.
Ian espera a que mi hermano se aparte de mí para darme el bolso que he debido dejar en la barra.
—Parece que te has olvidado algo.
—Me haces perder la cabeza. —Vuelvo al ataque con el coqueteo.
—¿Eso —se pega a mi cuerpo, obligándome a subir un poco el culo en la mesa de ping-pong— me lo repetirás más tarde?
—Tenemos que conocernos un poco más para seguir con este jueguecito.
—Vale. —Se aleja de mí lanzando al aire una de las palas y volviéndola a coger por el mango—. Mientras ellos dos se comen un rato a besos, nosotros jugamos. Quien pierda, responde una pregunta.
—¿Y si no la quiero responder? —Me giro para poder verle.
—Jugamos con las reglas de tu hermano: si no respondes, te quitas una prenda. —Apoya sus manos en la mesa y me observa fijamente.
—Vale.
Dejo el bolso junto con mi cazadora en un sillón que tenemos al lado y le doy un trago a mi cerveza.
—Saca tú. —Me lanza la pelota que atrapo con la mano.
—Tú lo has querido.
Tras un poco de peloteo, comenzamos a jugar de verdad. El primer fallo lo comete Ian.
—Edad.
—Veintiséis.
Me doy suavemente con la pala en la frente.
—Veintiséis en unos meses.
No digo nada más y le paso la pelota. Intento concentrarme, pero sus miradas me ponen nerviosa y pierdo.
—¿Te ha gustado la experiencia?
—Empieza a gustarme.
Continuamos jugando media hora más y respondiendo preguntas muy diferentes. Desde lo que nos gusta, pasando por lo que no, hasta que llega la pregunta de Ian que me hace estallar en una gran carcajada.
—En una escala del uno al diez, ¿cuántas ganas tienes de besarme?
Camina directamente hacia mi lado, sus manos se posan sobre mi cintura y me eleva unos centímetros del suelo para que me siente en la mesa.
—Estás demasiado seguro de ti mismo, chico de los bocadillos.
—Si yo no confío en mí mismo, ¿quién lo va a hacer? —Sus manos suben por mis brazos hasta mi cara.
—Me gustan las personas con confianza.
—¿Yo te gusto?
—No has ganado ningún punto para que te responda.
—Si no respondes, tendrás que quitarte una prenda.
Sin pensármelo dos veces, me deshago de la camiseta que llevo puesta. Debajo tengo un bralette de encaje negro que podría pasar por un top lencero.
—A ti tampoco te falta confianza.
—Ya he pasado la barrera de los treinta y cinco. Creo que sobre los veinte dejé la vergüenza atrás para poder ser feliz. —No veo ningún gesto extraño en su cara al decirle mi edad.
—¿Qué ocurre, Vika?
—Cuando he dicho los años que tengo, no has puesto ninguna cara rara.
—Las personas no nos definimos por nuestra edad, lo hacemos por cómo actuamos, no por un número. Yo no veo el año en que naciste, veo a la chica que tengo delante, la que canta mientras trabaja, la que no es capaz de levantar la cabeza de unos informes porque tiene que sacar una campaña adelante, la que no quiere que su hermano y su jefa le hagan una encerrona.
De repente noto cómo sus dedos van haciendo dibujos por mi cuerpo con la pintura que mi hermano ha usado antes.
—¿A ti te importa mi edad?
—No. Solo me importaría si tuvieses como ochenta años por cuestiones de lógica.
—¿Lógica?
—Sí, Ian. No creo que con ochenta años pudieses subirme encima de una mesa o…
Observo cómo se humedece los labios, mientras sigue dibujándome con las pinturas en la piel.
—¿Vas a besarme o es que se te está secando la boca al mirarme?
No contesta, pasa sus manos por mi escote, sube por el cuello y me agarra de las mejillas. Sus labios están tan cerca de los míos que decido no esperar más. Este chico me está volviendo loca con su confianza. Tiro de su camiseta y le atrapo con mis piernas. Siento la necesidad de sentirle cerca de mi cuerpo, de comprobar si me hace vibrar con un beso.
Sus manos aprietan mi espalda, dejando muy poco espacio entre nuestros cuerpos. Sus labios se alejan de los míos y comienza a recorrer mi cuello entre besos y mordiscos. Joder, sí que está consiguiendo que mi cuerpo vibre. Vuelve a atacar mi boca, pero con una ferocidad que me despista. ¿Veinticinco años me ha dicho? Este chico tiene mucha calle para la edad que tiene. Sin darme cuenta, me encuentro tumbada encima de la mesa con Ian encima y sus manos recorriendo mis piernas.
—Joder. —Se separa de mi boca dándome un mordisco.
—Madre mía. —Me llevo una mano a los ojos y me empiezo a reír.
—¿Podemos jugar una partida o ya habéis empezado sin nosotros?
Al levantar la cabeza veo a mi hermano y a Pat muertos de la risa a nuestro lado.
—Claro, como habéis desaparecido y estabais metiéndoos mano hemos tenido que comenzar. —Le doy la mano a Ian y me ayuda a levantarme.
—Estamos listos.

El resto de la noche es muy divertida. Las pintas pasan por la mesa y las prendas caen en los sillones de nuestro lado. Creo que he perdido ciertas facultades en esto del ping-pong. Puede ser que tener a Ian sin camiseta delante de mí, ver cómo se muerde el labio cada vez que pierde o comprobar que sus ojos no se apartan de mí… me vuelve más idiota de lo que ya suelo ser de normal.
—Creo que vamos ganando, chicos. —Pat está a mi lado jugueteando con la pala entre sus manos.
—Voy a por otra ronda.
Antes de que me aleje de la mesa, Ian se acerca a mí y me agarra de la cintura para susurrarme.
—No pienso perderte de vista.
Aprovecha para besarme el cuello y me alejo de él sonriendo. No creo que me pueda perder de vista ni él ni la mitad de los que están en el local. Brillo como si fuese un unicornio lleno de purpurina fluorescente. Todo mi cuerpo deslumbra con las pinturas y dibujos que Ian ha hecho sobre mi piel. Me quedo en una esquina de la barra esperando mi turno, cuando escucho una voz detrás de mí.
—Joder, Sidhe, te dejo sola en Londres y pretendes deslumbrar más que Picadilly Circus de noche.
Al darme la vuelta, Gaven está delante de mí con las manos en la cintura, una camiseta de los Rolling y su sempiterna sonrisa. Pego dos gritos, tres palmaditas y cuatro saltitos, justo antes de lanzarme a sus brazos.
—Menudo recibimiento. Si lo sé, vengo antes a Londres.
Gaven me sujeta por las piernas mientras me agarro con ellas a su cintura. Me separo un poco para besarle y observarle bien. Está igual de guapo que siempre, bueno, podría decir que más. Sigue siendo el único en el mundo que me llama Sidhe. Sigue siendo el único que me hace sonreír de esta manera.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a buscar a un amigo que venía de Los Ángeles y su avión hacía escala en Heathrow demasiadas horas, así que nos quedamos por aquí un par de días y luego subimos a Edimburgo en coche. —Me deja en el suelo y me aparta el pelo de la cara observando todas las manchas de pintura—. ¿Te lo estás pasando bien?
—La verdad es que sí.
—¿Qué tal tu relación con Grant?
—Ahora que se está tirando a mi jefa, pasa mucho menos tiempo en casa, aunque estoy aterrada de que lo suyo se quede en unos polvos más que salvajes y eso me acabe pasando factura a mí en el trabajo. No me apetece tener que buscarme otro después de once años en Condé Nast.
—No creo que tu hermano arriesgue tu puesto de trabajo.
—Estamos hablando de Grant Burnett.
Los dos nos quedamos unos segundos en silencio sin dejar de mirarnos. Por un instante recuerdo aquel verano de hace más de diecisiete años en el que nos perdimos una noche en el bosque.
—¿Quieres tomar algo? Voy a llevar una ronda a la mesa.
—Estarán a punto de cerrar.
—Nos vamos, hermanita. —Grant no se da cuenta de que Gaven está a su lado.
—Me he encontrado con un amigo. —Señalo a Gaven.
—Hola, Grant.
—¿Qué haces aquí? —Se abrazan—. ¿Te han enviado a vigilarnos?
—No —nos mira a los dos y niega con la cabeza—. Así que eras tú la que ha dado ese espectáculo en la mesa de ping-pong del final. —Gaven se muerde el labio y niega con la cabeza de nuevo.
—Parece que Vika se está desmelenando esta noche con el chico de los bocadillos.
—¿Chico de los bocadillos? —Gaven mira a Grant.
—Sí, un crío de veinticinco años que parece que le gusta aquí la pelirroja loca.
—¿Y a ella le gusta? —Pasan de mí completamente.
—No empecéis a hablar como si no estuviese delante. Ya no soy la cría de diez años de la que pasabais cuando estábamos en verano en casa.
—Yo creo que le puede llegar a gustar, pero sus mundos son un poco diferentes. Él vende bocadillos por las oficinas y ella está en una gran empresa, en la que puede ascender y cumplir sus sueños. ¿Él que le puede dar? Un par de polvos y poco más.
—Sigo aquí, idiotas. —Les pego a los dos—. Nadie sabe qué va a suceder, así que esta noche voy a divertirme y mañana Dios dirá. ¿Que se queda en una noche de loca pasión y polvos increíbles? Pues bienvenidos sean.
—Vika… —Gaven me mira como si quisiera decirme algo más, pero no lo hace.
—Voy a por Pat y nos vamos al Golden Bee. Si quieres coger a tu amigo, nos vemos allí.
Me alejo de ellos un tanto enfadada. No sé quiénes se creen que son para juzgar a alguien sin conocerle. Puede que yo tampoco conozca a Ian más que ellos, pero no juzgo nunca a nadie. No creo que sea justo definir a una persona por su trabajo o por su edad. Tal vez sea solo una aventura o pueda llegar a ser algo más, pero quiero descubrirlo por mí misma, no por los prejuicios del imbécil de mi hermano y del estúpido de Gaven.
Agarro a Ian de la mano y le digo a Pat que nos vamos al Golden Bee. Si quieren venir, genial, si no me divertiré con Ian. Cinco minutos después estamos pidiendo unas copas en la barra e Ian nota que me ocurre algo.
—¿Todo bien, Vika?
—Sí. —Me paso una mano por la cara.
—¿Seguro?
—Sí, no te preocupes. ¿Una copa?
—No puedo quedarme mucho más, Vika. En un par de horas tengo que ir a mi empresa a hacer el pan para preparar los pedidos de mañana.
—Si es sábado.
—Pero hay empresas que trabajan y no voy a dejarles sin sus pedidos. —Me acaricia la cara.
—De acuerdo. Una copa —levanto un dedo en el aire—. Una y te prometo que no insisto más.
—Perfecto.

Media hora después, Gaven, Grant, Pat y un tío muy alto, se acercan a nosotros.
—¿No podíais esperarnos? —Gaven se pone delante de mí y niega con la cabeza.
—No.
Comienza a sonar una canción de Jason Derulo e Ian comienza a dar pasos de baile hacia la pista y me ofrece su mano, después de hacer una vuelta bastante divertida.
—Teníamos que bailar.
Me da exactamente igual si me miran bien o mal cuando me deshago de la chaqueta que llevo puesta. No me he vuelto a poner la camiseta, así que estoy con unos vaqueros, los tacones y el bralette. No me preocupo por el qué dirán los que me están observando fijamente desde la barra, me da igual.

El vuelo ha sido horrible. Las turbulencias nos han acompañado las dos últimas horas y la escala en Londres era demasiado larga, así que Gaven se ha ofrecido a pasar conmigo unos días en Londres y después subiremos hasta Edimburgo en coche. Antes de darme cuenta, Gaven me ha arrastrado a un bar en el que ha estado hablando con una pelirroja con el pelo enmarañado y llena de pinturas estridentes en el cuerpo, a la que hemos seguido hasta otro local. Ahora mismo está bailando como si el mundo se fuese a acabar en unos segundos.
—¿Nos podemos ir ya al hotel, Gaven?
—Espera un poco y disfruta de la noche, Ailean. Que en unas semanas vas a estar sumergido entre papeles para el master de Genética que vas a dar en la Universidad. Tienes que aprender a relajarte y disfrutar un poco de la vida.
—¿Nos conocemos? —El amigo de Gaven me mira sonriendo.
—Creo que no. Hace mucho tiempo que me fui de Escocia.
—¿Te acuerdas de la familia que vivía a unos kilómetros de nuestra casa? ¿Los Cooper? —Gaven pone a su amigo en antecedentes.
—Sí, recuerdo una chica rubia que siempre se colaba en nuestro lago para nadar por las noches.
—Mi hermana. —Niego con la cabeza recordándolo.
—¿Os fuisteis hace mucho tiempo de allí?
—Sí, mi padre acabó trabajando en una empresa de California y nos mudamos cuando no teníamos más de doce años. —Observo a la pelirroja que está en la pista y entonces caigo—. ¿Es la que se colgaba de los árboles boca abajo?
—Sí, Vika es aquella niña loca del bosque.
—Claro, Sidhe. Así la llamabas siempre. Pensé que vivía en España. Eso me comentaste la última vez que intentaste que la conociese.
—Sí, pero se casó y perdiste tu oportunidad.
—¿Intentaste que Vika y él se conociesen? —El tío que tengo delante me mira intrigado.
—No es eso, pero Ailean estuvo unos meses en Madrid con un proyecto y pensé que estaría bien que se volviesen a encontrar, pero Vika tenía una vida bastante agitada.
—¿Ese es su marido?
A ver, no es que me haya llamado la atención una mujer en sujetador, con unos vaqueros roídos y el cuerpo lleno de pintura, pero me intriga que ese chico de no más de veinte años sea su marido. Echando cuentas, Vika tiene que tener unos treinta y pico.
—No, es un amigo del que parece querer conocer todo, hasta si está operado de amígdalas.
Al volver a mirar a la pista, Vika tiene la mano metida por la camiseta de ese chico y este tiene su lengua introducida hasta la garganta de ella, mientras se mueven al son de una música terrorífica. Parece que quieren mostrar al mundo que se pueden fundir dos cuerpos en público sin que a nadie parezca molestarle.
—Gaven, me voy al hotel. Estoy cansado y mañana tengo una entrevista en el centro y quiero aparecer con buena cara.
—Vale, voy a despedirme de Vika.
—Creo que no te va a dar tiempo.
Todos vemos cómo Vika y ese crío se acercan a nosotros sin soltarse, recogen sus cosas, se besan de nuevo un par de veces y niegan con la cabeza.
—Nos vamos, chicos. Tú —señala a Gaven—, mañana comemos juntos. Te llamo y nos ponemos al día.
Lanza un par de besos al aire y sale con una gran sonrisa del local. No puedo evitar mirarla cuando antes de salir por la puerta, vuelve su cara y me mira directamente a mí entrecerrando los ojos. Parece que se le ha olvidado algo, pero a los segundos, el chico con el que se va, la besa y ella se deja llevar saliendo del local sonriendo de nuevo.

Cogemos un taxi en plena calle y media hora después llegamos a un pequeño local situado en Seven Dials, cerca de Covent Garden. Es un local pequeño con puertas de madera azules en las que se puede leer “Eat, Love, Repeat”. Sonrío al verlo e Ian agarra mi mano para que entre con él.
—Esta es mi casa. —Ian abre los brazos tratando de abarcar el local.
—Me encanta.
Observo a mi alrededor y veo cada detalle perfectamente estudiado. Hay una pequeña zona con mesas de madera y pequeños tarros encima con velas de colores. Los tonos de las paredes son cálidos y con frases inspiradoras escritas a mano.
—Son las tres y media. ¿Te importa si pongo el pan a hornear? —Ian se pasa una mano por el pelo.
—Si quieres te dejo trabajar. De aquí a mi piso no hay más de diez minutos.
—No tardo más de media hora.
Me mira con las manos metidas en sus vaqueros y veo en sus ojos que él tampoco quiere que me vaya.
—Si te apetece, después te preparo algo para desayunar.
—¿No es demasiado temprano para eso?
—Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para un buen bocado —se acerca lentamente a mí—, sobre todo si es tan apetecible como tú. —Me pega un mordisco en el cuello que me hace estremecer—. Vamos.
Me siento en una de las mesas de la cocina que Ian me dice que no va a utilizar y pone algo de música mientras destapa varias bandejas en las que ya hay panes preparados. Mete algunos en el horno y comienza a picar algunos productos para los rellenos. Comienzo a escuchar cómo mi tripa emite unos rugidos que espero que pasen desapercibidos, pero cuando le veo mirarme con los ojos muy abiertos, sé que los ha oído perfectamente.
Tras meter otras bandejas en el horno y poner un temporizador, abre una gran nevera de la que saca un par de bandejas que deja a mi lado.
—Esta tarde, antes de ir a casa de Pat, he dejado preparadas algunas novedades que quiero introducir en el menú, pero aún no las ha probado nadie. —Se sitúa entre mis piernas.
—Yo no soy la mejor para decirte si es una delicatessen o no. Yo solo puedo decirte si está bueno y si me gusta.
—Es lo único que necesito. Alguien que come bocadillos de solomillo, chutney de mango, con un toque de especias hindús… —Niega con la cabeza sonriendo—. Tienes un gusto bastante diferente y eso me gusta.
—De acuerdo.
Mientras Ian descubre las tapas de los recipientes, “Do I wanna know” de Arctic Monkeys comienza a sonar. Esta canción siempre me ha parecido muy sexy, con un sonido muy sugerente, pero parece que esta noche va a tomar otro matiz más.
—Esto son falsas cerezas rellenas de chocolate con un licor especiado. —Agarra una por el rabillo y la acerca cuidadosamente a mis labios—. Quiero que sea una explosión de sabores. Abre la boca.
Hago lo que me pide y en el momento en que la falsa cereza se pone en contacto con mis labios, el calor hace que se deshaga en mi boca en un par de segundos. El sabor del chocolate y el licor con especias inunda toda mi boca. Madre de Dios, creo que jamás me he comido algo tan intenso y dulce a la vez. Algo del licor recorre mis labios e Ian es rápido. Pasa su lengua por ellos para deshacerse del rastro que ha dejado.
Me agarra del culo y me pega a él. Sus brazos se tensan mientras me abraza y su lengua comienza a explorar mi boca. No, no quiero parar, me da igual lo que suceda fuera, lo que pase en unas horas, solo quiero dejarme llevar y disfrutar de un momento que a cada segundo se está convirtiendo en más excitante.
Sus manos suben por mi cintura y no puedo evitar mover mi cuerpo buscando el suyo. Se separa unos centímetros de mí y busca el botón de mis vaqueros para deshacerse de ellos. No pide permiso en ningún momento y me gusta, sabe lo que quiere y cuándo lo quiere. Le ayudo a bajarlos con movimientos encima de la mesa, hasta que caen al lado de mis tacones. Apoyo mis manos en el acero frío que tengo debajo para observarle mientras comienza a quitarse la ropa. Nunca me ha parecido demasiado sexy ver a un hombre desnudarse, pero Ian y su gran confianza, me hacen querer mirar. Se deshace de la camiseta de los Ramones y veo que tiene varios tatuajes por los brazos y el pecho. Los observo uno a uno y siento curiosidad por ellos. Estoy tan ensimismada que no me doy cuenta de que se deshace también de sus vaqueros y vuelve al ataque. Me agarra del culo y me pega a él, haciéndome sentir que los grados de esta cocina van a subir bastante gracias a nosotros dos. Levanta mi cuerpo de la mesa y me pega contra una de las paredes. Noto los azulejos fríos en mi espalda, pero me da igual. Nuestras lenguas, juguetonas y hábiles, se mueven en nuestras bocas.
—Si quieres que paremos, estás a tiempo, Vika. —Me mira a los ojos y veo el brillo de su confianza de nuevo. Sabe que no tengo ni la más mínima intención de salir de aquí.
—Ni loca. Me tienes que hacer el desayuno. —Me resbalo por su cuerpo y siento cada músculo tensado.
—Tú lo has querido.
Me agarra de las dos muñecas con una de sus manos, las levanta por encima de mi cabeza, pone su otra mano en mi cintura y...

©Cuando nos volvamos a encontrar ®Marta Lobo







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