Cuando nos volvamos a encontrar

by - 17:40



PRÓLOGO

Londres, Southbank Centre
31 de diciembre 2016
23:55
No tengo ni idea de cómo he sido capaz de llegar hasta aquí a estas horas y subida a estos tacones de vértigo de Balmain. La verdad es que luchar contra esta marabunta de personas que año tras año nos concentramos aquí para recibir el año nuevo, es casi una misión imposible, pero les he prometido a las chicas que estaría aquí con ellas y lo he cumplido. Aunque creo que por el camino he perdido parte de mi dignidad al subirme al muro del río, enseñando así el culo a la mitad de los espectadores. Digo parte, porque el resto de mi dignidad se perdió hace bastantes años. 
—Parece que te has pegado con alguien, Vika. 
—No me toques las narices —miro a Eve a través de la maraña que ha formado mi pelo—. Intentar cruzar eso —señalo a las personas que están esperando la cuenta atrás a nuestro lado— sin despeinarte, es casi imposible. 
—No habrás enseñado esta vez las tetas, ¿no?
Eve está haciendo alusión a la vez que utilicé esta táctica cuando el taxista que nos llevaba al aeropuerto decidió coger un atajo, según él, tomándonos por unas inexpertas turistas y nos metió de lleno en el centro de Londres en hora punta.
—No, pero casi. —Me paso las manos por el pelo tratando de adecentarlo un poco. 
—Chicas.
Jess nos entrega unos vasos pequeños y del escote se saca una petaca en la que supongo que ha metido algún tipo de brebaje de los que suele hacer ella.
—Comienza la cuenta atrás. 
Todas miramos atentamente hacia el Big Ben en el que en unos segundos comenzarán a verse los fuegos artificiales. 
—Tres, dos, uno…
El cielo comienza a teñirse de colores brillantes y nosotras nos abrazamos celebrando esta tradición. 
Nos conocemos desde hace muchos años, más de los que seremos capaces de reconocer en público. A Jess la conocí en el colegio en Edimburgo. Sí, soy una escocesa típica, o al menos eso es lo que me suelen decir en cuanto me oyen hablar, reconocen que mi acento no es el inglés de Londres y mi melena pelirroja ondea salvaje al viento. No sé si piensan que soy como Mérida, la protagonista de Bravey que mi familia va vestida con faldas de cuadros. Me matan cada vez que nombran a nuestro kiltde esta manera. Creo que en esos momentos sí que soy muy como la protagonista y me encantaría coger el arco y ponerme a disparar flechas. El kiltes un traje tradicional escocés, no una simple falda de cuadros que se ponen los tíos para llevar los huevos frescos. Y no me cansaré de corregir a todos los que se atrevan a profanar un kilt. Como podéis ver, estoy muy orgullosa de nuestras tradiciones, de ser escocesa y del whisky. 
A lo que voy, que se me va la lengua y os explico hasta el momento en el que Jess y yo nos hicimos íntimas mientras compartíamos el mismo novio con seis años en el colegio. Otra vez. «Vika, al lío». 
A Jess la conozco desde hace más de treinta años y a Eve, nuestra neoyorkina más chic, la conocimos hace seis años en un viaje a Malta. Fue la noche que nos colamos en la piscina del hotel en el que estábamos alojadas en Sliema y nos la encontramos aferrada a un par de botellas de vino, gritando al cielo un millón de insultos. Su novio acababa de dejarla tirada en aquel hotel sin ropa, cartera, pasaporte ni dinero, aunque llamarle novio era demasiado. Fue un ligue de vacaciones al que le estuvo pagando los viajes hasta que llegaron a Malta y él decidió robarle todo lo que tenía encima. Fue una noche muy larga y en la que decidimos que no íbamos a dejarla allí a su suerte. Movimos los pocos contactos que teníamos para ayudarla. Después de varias horas tratando de contactar con la embajada americana, conseguimos que atendiesen a tres locas borrachas. Allí comenzó una amistad que ha superado ex novios, familias complicadas, ex maridos y ligues que han salido ranas. 
—Feliz año nuevo, preciosuras. Por muchos años más. —Les doy un beso a cada una. 
—Por qué el año que viene podamos estar de nuevo aquí.
—¿Dónde vamos a estar mejor? —Jess nos guiña un ojo. 
—Tal vez un año nos liemos la manta a la cabeza, cojamos un vuelo de última hora y empecemos el año en un lugar en el que no se nos congela el culo a cada campanada. —Me estiro el vestido unos centímetros.
—Es que, Vika, cada año eliges un modelito mucho más corto que el anterior. —Jess frunce los labios reprobando la largura de mi precioso vestido.
—Es lo que me ha dado Michelle este año. —Me abro el abrigo para enseñarles la belleza que llevo puesta—. Es un Balmaina juego con las sandalias tan divinas de su última colección, que aún no ha salido a la venta. 
—Si te vieran tus hermanos…
Me empiezo a reír imaginándome sus caras. 
—Si me vieran —niego con la cabeza un par de veces— me dirían que jamás se hubiesen imaginado verme de esta guisa. De pequeña era más de llevar dos coletas mal hechas, unas botas de plástico de lunares de colores y un chubasquero amarillo.
—Madre mía —Jess se lleva la mano a la boca—, recuerdo que casi dormías con aquellas botas. 
—Las adoraba.
Recuerdo lo feliz que era con aquellas botas y con las expediciones que organizaba sola al bosque para buscar flores raras. Mis hermanos son más mayores que yo, quitando a Grant que es mi mellizo, pero el resto siempre pasaban de nosotros cuando salían de casa. Ellos siempre nos decían que éramos un estorbo. Además, yo soy la única chica de cinco hermanos, así que tenían la excusa perfecta diciéndome que no iban a hacerse cargo de una princesita llorona. 
—Vika, deja de recordar tus tiempos de juventud y responde la llamada. 
Ni siquiera he escuchado mi móvil. Al mirar el nombre en la pantalla, sonrío. Es Kike. 
—Feliz año nuevo, guapo. 
—Feliz año nuevo, preciosa. 
Kike es mi ex marido. Nos conocimos hace más de doce años. Él era mi vecino en el piso que alquilé en Madrid, al que le pedía sal, una cerveza fría o un polvo a las tres de la mañana. Nos casamos hace once años, pero lo nuestro no funcionó. Nos llevamos muy bien, seguimos teniendo esa química explosiva de siempre, pero no nos queremos como una pareja. A ver, nos queremos, pero hay veces que de querer a alguien como una pareja, a quererle como a un buen amigo hay una línea muy estrecha y nosotros la sobrepasamos. Somos buenos amigos, mejores amantes, pero las peores personas para estar casadas. 
—Dime qué estáis viendo los fuegos en Southbank. 
—Aquí estamos las tres. Podías haber venido este año. 
—Imposible, mañana tenemos partido y creo que será el último en este equipo. 
Kike es futbolista profesional. Cuando le conocí jugaba en el Atlético de Madrid, un equipo del que había oído escuchar en la universidad, pero que no conocía demasiado bien, cosa que solucionó Kike a las dos semanas de conocernos. Decidió que era buena idea invitarnos a mis compañeros de piso y a mí a ver un partido contra el Real Madrid. Fue la mejor idea que pudo tener. Me lo pasé como una enana y disfruté de cada grito, de cada gol, de cada falta y de cada jugador que corría por la banda calentando. Desde aquel día me convertí en una india[1]. Mis hermanos siguen sin comprender a día de hoy cómo me he convertido en una aficionada tan salvaje del fútbol en general y del español en particular. Ellos son más de rugby y no entienden cómo me he vendido, como dicen ellos, a un deporte tan poco escocés. Que sea poco escocés es solo cosa de los hermanos Burnett, que quede claro.
—¿Último partido?
—Sí, mi agente está ultimando los detalles para un nuevo equipo. Me vas a tener más cerca para pedirme sal para tus margaritas. —La voz de Kike sigue siendo muy sexy. 
—¿Cómo de cerca? 
—En Manchester. 
—¿En serio? —Me llevo una mano a la boca sorprendida.
A ver, cómo explicar todo lo nuestro siendo realmente sincera. Cuando estábamos casados la relación era perfecta, pero como ya os he dicho, nos teníamos mucho cariño y solo de eso no vive una pareja. La atracción sigue estando, pero tratamos de no hacernos daño. Sabemos que lo nuestro nunca podrá volver a ser aquel “amor” que sentimos cuando nos conocimos. Sigo pensando que el calentón me duró demasiado, tanto como para casarme con él. 
—Bueno, habrá que darte una bienvenida a la ciudad. 
—Miedo me das, Vika. 
—¿Cuándo vienes? 
—Pues creo que en dos semanas estaré por allí. Mi agente ya me ha buscado una casa en Manchester. Tal vez, si tu trabajo te lo permite, podrías escaparte unos días para darle el visto bueno. —Emite un ronroneo con su garganta. 
—¿Tu nueva novia viene contigo?
—No, muy a mi pesar, lo nuestro no ha funcionado. 
—Kike, Roma no se construyó en un día y esa chica estaba más pendiente de tus compañeros de equipo que de ti. A ver si sientas la cabeza y me presentas un día a la futura madre de tus hijos. —Me apoyo en un banco cercano mientras veo cómo todos siguen pendientes de los fuegos artificiales. 
—¿Y tú cuando me vas a presentar al hombre de tu vida? 
—Cuando conozca uno que me quite la respiración y que sea capaz de devolvérmela con una sonrisa, que me aguante hasta en mis días más oscuros, te lo presentaré encantada, pero parece que aún no lo han diseñado. —Suelto una carcajada que hace que Jess y Eve se den la vuelta para mirarme. 
—Cuando menos te lo esperes aparecerá. Deja de ser tan jodidamente exigente con los tíos. 
—Contigo dejé el listón demasiado alto, Kike. 
—¿Por qué no funcionó lo nuestro, Vika? Recuérdamelo. 
—Nos queríamos, pero no nos amábamos. Nos queremos, pero no es suficiente. 
—Lo siento mucho, Vika. —Escucho un suspiro saliendo de su boca. 
—Fue cosa de dos, así que no hay nada que sentir. 
—No quiero hacerte perder más tiempo. Nos vemos en unas semanas y podremos ponernos al día. Tal vez conozcas esta noche a un buen tío en el Cirque le Soir. —Conoce perfectamente nuestra rutina de cada nochevieja. 
—No creo que haya nadie decente allí esta noche. Ya sabes cómo es el local. 
—Y tanto. Recuerdo aquella noche de terror que pasamos allí. Menos mal que al día siguiente desperté a tu lado y no al de uno de esos muñecos sangrientos que colgaban del techo. 
—Vika, tenemos que irnos. Esto se va a convertir en una gran carrera en unos minutos. —Jess tira de mi mano.
—Disfruta de la noche, preciosa. 
—Tú sal de casa y disfruta de la nochevieja. 
—Prefiero quedarme aquí, poner un partido y descansar hasta el día dos. No quiero tener que deshacerme de los periodistas que están buscando que de mi boca salga la exclusiva. 
—Tú verás, Kike. 
—Vamos, Vika, que la fiesta no espera. —Eve está dando pequeños saltitos. 
—Nos vemos pronto, preciosa. 
—Adiós, Kike. 
Tras colgar me quedo unos segundos mirando la pantalla. No es que mi relación con Kike sea la más sana del mundo, pero es la mejor relación que he tenido. Aunque no podamos estar juntos, nos tenemos el uno al otro en los malos momentos. 

La fiesta en el Cirquees brutal. Como siempre, todo está decorado de un modo circense con una mezcla de terror, cosa que a Eve le sigue asustando bastante. Hay que ver cómo corre por la pista huyendo de un payaso sanguinario que le intenta susurrar cosas al oído. 
—¿Has visto a la médium? —Jess tiene una especie de fijación con todo lo paranormal. 
—¿No me has visto esquivarla cuando he pasado por su lado?
—Venga, vamos. —Tira de mi mano y sorteamos a varias personas para llegar a su mesa. 
Lo que tenemos delante es muy de manual: señora de unos setenta años con un turbante de múltiples colores, una casaca en tonos chillones y una bola de cristal en medio de la mesa. Más que de manual diría yo.
—Buenas noches, chicas. ¿Algo que queráis saber de vuestro futuro?
—Sí, necesito saber si el hermano de Vika va a caer rendido a mis pies y va a declararme su amor. —Jess se lanza casi en plancha sobre la mesa redonda de la médium. 
—Quiero mucho a mi hermano, pero es un mujeriego empedernido y te acabaría rompiendo el corazón. Le adoro, pero no ha encontrado la mujer que sea capaz de hacerle perder los papeles. Lo siento. —Acaricio el hombro de Jess que termina mirándome resignada.
—¿Y un buen polvo? De esos que me quite las telarañas que cuelgan desde hace meses. —Jess me mira rogándome con su mirada. 
—Cariño, será mejor que no. No quiero que seas como las chicas que han salido llorando de su habitación. Consolarlas era demasiado difícil. Primero me gritaban a mí, luego le gritaban a él y después rompían lo que pillaban a su paso. Mi hermano no gana para jarrones. 
Las dos me miran entrecerrando los ojos sin comprender lo que digo.
La verdad es que mi hermano Grant, el único soltero junto a mí de la familia, es más que un mujeriego. Cada vez que he estado en su casa pasando algunos días, he vivido situaciones como las que acabo de explicar. Es más, el último ligue con el que me topé, lanzó por la ventana del apartamento de mi hermano en Mayfair su portátil. Creo que no lanzó la televisión porque tenía de 65 pulgadas y era bastante más grande que ella. 
—Encontrarás el amor cuando menos te lo esperes. 
—Toma frase hecha. 
Recibo una mirada de desaprobación de nuevo de ambas. Sí, yo creo en la magia, en las casualidades y en el destino, pero no en lo que una médium contratada para un evento te cuenta para regalarte los oídos y sacarte algo de pasta. 
—¿No crees en lo que digo?
—No es eso, pero me parece que este paripé de bola de cristal, velas, anillos y pulseras llamativas… —levanto los hombros y le pego un trago a mi copa. 
—Tu vida parece que está controlada, que todo está donde debe estar, pero es algo caótica. Tú eres un poco desastre en tu vida personal aunque en tu trabajo seas de las mejores. Tienes sueños, metas que cumplir y te gustaría dar un salto a otro puesto, a otro plano laboral. 
Jess se aparta para que me siente, pero rechazo su invitación negando con la cabeza.
—No quiero ser desagradable, pero eso parece sacado del horóscopo diario de cualquier periódico gratuito. —Me aclaro la garganta—. Es el momento de dejarte llevar por los astros para alcanzar la plenitud del amor. —Levanto una ceja—. Si cambias amor por trabajo, pareja, familia o vida, tienes el horóscopo para varios días de cualquier signo. 
—Vika, no seas maleducada. —Jess me pega un golpe en el brazo que hace que me derrame media copa encima. 
—No te preocupes. Si me dejas dos minutos, puedo hacerte cambiar de parecer. No puedes perder nada por intentarlo. No te voy a cobrar.
—Voy a socorrer a Eve, creo que el payaso la ha tomado con ella. —Jess se aleja de nosotras sonriendo. 
—¿Puedo? —La médium tiene sus manos extendidas ante de mí y creo que me está pidiendo las mías.
—De acuerdo. —Dejo la copa sobre su mesa, me siento y se las entrego resignada. 
Las coge con cuidado, como si se le fueran a romper o yo misma las fuese a apartar en un ataque de gilipollez momentáneo que me puede llegar a dar. Acaricia las palmas y centra su mirada en ellas, momento en el que empiezo a observarla de forma más detenida. Lleva un pañuelo en la cabeza de unos colores bastante bonitos, con unas monedas colgando justo en su frente. Las muñecas están repletas de pulseras doradas y me llama la atención una de ellas. Es bastante grande y en el medio tiene engarzadas unas piedras rojas que brillan con la luz que sale de la bola, supuestamente mágica, que tenemos entre nuestras manos. Los anillos ocupan la mayoría de sus dedos.
—Tu vida cambiará con la luna roja: una luna de sangre que te mostrará el verdadero amor que tanto tiempo llevas ansiando. Ese que no pudiste conseguir con tu ex marido ni con los hombres que has conocido, Vika. Una luna roja que te demostrará que aún no has encontrado lo que siempre has buscado. Que te enseñará el verdadero sentido de la palabra amor. —Me mira fijamente a los ojos—. Pero sufrirás, sufrirás mucho tras esa luna. Según las antiguas predicciones, la luna sangrienta trae malas noticias, catástrofes y pérdidas. Ganarás un amor, pero perderás algo que será imposible salvar. Aprovecha cada momento, porque luego no los podrás recuperar. 
Retiro rápidamente las manos y niego con la cabeza. 
—Vale, primero me vendes la moto de que voy a encontrar al hombre de mi vida y bla, bla, bla, pero atacas con que voy a perder algo. Siento decirlo así, pero no vas a conseguir muchas propinas con estas predicciones de mierda. —Me levanto enfadada. 
—Vika —me agarra de la muñeca antes de que me vaya de su lado—, espera a la luna roja y comprobarás cómo tu vida cambiará para siempre. No me creas si no quieres, pero sé feliz, disfruta y di te quiero cuando lo sientas. No te arrepientas de nada nunca. 
—No lo suelo hacer, pero ahora mismo me arrepiento de haber perdido cinco minutos escuchando esto. 
La miro por última vez antes de que me suelte la muñeca y me alejo de ella. No quiero creer lo que me ha dicho. No me refiero a lo de que voy a encontrar el amor, eso puede pasar, pero lo de perder algo o alguien, me deja pensativa más de media noche. Esa maldita bruja me ha cortado tanto el rollo, que ni siquiera le hago caso al chico tan mono que lleva más de una hora invitándome a copas. 
—Chicas, voy a hacer una llamada fuera. No creo que tarde mucho, pero si veis que no vuelvo, es que me he ido a casa. Os aviso con un mensaje. —Las beso antes de que me puedan decir nada y salgo serpenteando entre la gente. 
Cirque le Soirestá al lado de Carnaby Street, en pleno Soho, y a menos de dos minutos de mi piso, situado en Marshall Street. La calle está llena de personas celebrando el año nuevo y me aparto de ellos para llamar por teléfono. Necesito hablar con Gaven. Él es mi mejor amigo, me crie con él en Linlithgow, un pueblecito cercano a Edimburgo. De pequeños éramos inseparables y aunque ahora los dos estamos bastante lejos, seguimos hablando varias veces a la semana por teléfono. 
—Buenas noches, Vics. ¿Qué haces llamándome a estas horas? ¿Y si estuviese durmiendo o con una mujer entre mis brazos?
—Gav, te conozco demasiado bien. Estoy segura de que estás sumergido en varias páginas de internet buscando información para el master que impartes o con un libro. —No escucho nada al otro lado de la línea y miro la pantalla, pero la llamada sigue activa. 
—Vale, soy el ser más triste del planeta. En vez de estar en una fiesta disfrutando con mis amigos o besuqueándome con una chica, estoy aquí leyendo las cartas de amor y obsesión de Napoleón a Josefina. 
—¿Y a qué droga dura le estás pegando? Porque no creo que sea una lectura ligera para conciliar el sueño. —Camino sin darme cuenta hasta llegar a mi piso. Así que decido subir y olvidarme de seguir celebrando la entrada al 2017. 
—Pues he de decir que en su obsesión por Josefina encuentro atisbos de un amor muy grande. 
Mientras Gaven me habla de esas cartas aprovecho para subir hasta mi apartamento, deshacerme de las fabulosas sandalias que llevan más de media noche reventándome los pies y arrancarme literalmente el vestido, para quedarme en bragas y sujetador. 
—Lo que comenzó como un matrimonio de conveniencia, desató la locura en Napoleón. Se enamoró profundamente de Josefina, obsesionándose con ella. 
Gaven es profesor de Literatura Británica e Historia en la Universidad de Edimburgo y sus clases siempre están hasta los topes. Ya no solo porque es uno de los profesores más guapos y con más encanto de la Universidad, que da unas clases alucinantes y que te enganchan, es que tiene un estilo único. Tiene treinta y cinco años, una sonrisa demoledora y lleva camisetas de los Ramones. Sé que la mitad de sus alumnas quieren clases particulares y charlas con intercambio de fluidos. 
Aprovecho para ponerme un té caliente antes de tumbarme en la cama para seguir escuchando todo sobre Napoleón y Josefina. 
—No quiero aburrirte con esto. No quiero joderte la noche. 
—No te preocupes. Una bruja loca se ha encargado de hacerlo antes que tú. Sigue contándome más de ese loco bajito. —Me tapo con el nórdico. Debemos estar a menos diez grados. 
—Se divorciaron, él se casó con otra y tuvo descendencia, pero hasta sus últimos días, Napoleón continuó escribiéndole cartas desde Santa Helena. Me quedo con una frase de la última carta escrita antes de morir de pulmonía… —Se aclara la voz y escucho cómo trastea con papeles—. «Adiós, mi querida Josefina, resignaos como yo, y no dejéis de recordar al que jamás os olvidó». 
Los dos nos quedamos unos segundos en silencio saboreando estas palabras. No es que sea fan de Napoleón, pero todo lo que Gaven siempre me cuenta me embauca, me contagia su pasión, me atrapa con sus historias y con su voz. 
—Aunque estuviese loco, como una maldita cabra, hay que reconocer que esa frase es demoledora. —Cierro los ojos. 
—Cuando vengas a verme, si te dignas a aparecer por aquí y dejas de trabajar tanto, te leeré las cartas cerca de la chimenea con chocolate caliente con whisky, una manta por las piernas y tu cabeza sobre mi pecho. 
—Como cuando éramos adolescentes. —Me recuesto más en la cama.
—Pero esta vez sin sexo, que eso lo estropea todo. 
No puedo evitar soltar una gran carcajada a la que Gaven responde con otra. 
Lo nuestro no fue una gran historia de amor, ni siquiera se podría catalogar como historia. Nuestra pasión se esfumó en el momento en que nos acostamos. Éramos y somos mejores amigos que amantes. 

Y así acaba mi entrada al 2017. Gaven sigue leyéndome un par de cartas de amor y desamor de Napoleón a Josefina. Me quedo dormida con su dulce voz susurrándome las palabras que aquel loco bajito le escribió al amor de su vida. 
(…)

Título original: Cuando nos volvamos a encontrar
Primera edición: Vitoria, 19 de marzo de 2018
Diseño de portada y contraportada: Marta Lobo

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